Teatro

El uruguayo Sergio Blanco cree que el cine ha muerto y es tiempo de teatro

El uruguayo Sergio Blanco cree que el cine ha muerto y es tiempo de teatro

     Según el dramaturgo uruguayo Sergio Blanco, el cine es algo "terrible" que adoraban los dictadores y que ya está "muerto y enterrado". Ahora, dice, es "el tiempo del teatro", un arte capaz de ofrecer distintas miradas del ser humano en obras como la dolorosa e íntima 'autoficción' "El bramido de Düsseldorf".


    "El cine está muerto y me alegro de que así sea, porque ni siquiera creo que fuese una manifestación artística, fue un aparato creado por el siglo de la imagen. El cine es algo terrible, por algo (el dictador español Francisco) Franco lo adoraba y también Fidel Castro, Stalin, Mussolini o Hitler", señala Blanco (Montevideo, 1971) en una entrevista con Efe. "El siglo XXI es el siglo de la mirada, el siglo del teatro", apostilla.


    El dramaturgo, locuaz y rotundo en sus respuestas, opina que la única posibilidad que tiene el cine está representada por el género documental y el pornográfico, y considera que Hollywood es "otro fascismo", que "no es muy diferente a lo que fue el aparato de Auschwitz".


    "Los grandes pensadores se están volcando cada vez más en las artes plásticas, las instalaciones y la 'performance'", apunta Blanco, que ha estrenado en el Teatro de la Abadía de Madrid "El bramido de Düsseldorf", un montaje con tres personajes en escena en el que relata la agonía y la muerte de su propio padre en una clínica de esa ciudad alemana.


    La obra es un nuevo ejemplo de 'autoficción', una "forma" que el director teatral encontró hace diez años y que le permite reinventarse e imaginarse a sí mismo en "mundos imposibles". De ahí parten otros trabajos, como "Tebas Land" o "Kassandra".


    "La 'autoficción' no tiene un pacto de verdad, como tiene la autobiografía, sino que tiene lo que yo llamo un pacto de mentira. Yo, como creador, asumo que te voy a mentir y el espectador, cuando viene, sabe que le van a mentir", precisa.


    Al contrario de lo que se cree, recalca, la 'autoficción' no es algo "egocéntrico", sino justo lo opuesto: "Todo lo que voy a decir de mí también lo estoy diciendo de los demás. Es partir de un 'yo' para llegar a un 'tú'".


    Lo demuestra con "El bramido de Düsseldorf", donde el público puede reconocerse en temas universales, como el vínculo entre padres e hijos, las creencias religiosas, la sexualidad o la muerte, muy relacionado este último con el origen de la obra.


    "Recibí un correo de una madre a la que se le había suicidado un hijo ligado a un texto mío. Había visto "La ira de Narciso" en Montevideo, y cuando la obra fue de gira a Santiago de Chile le compró una entrada a los padres para que la vieran y él, mientras tanto, se colgó de un árbol. La madre quería leer la obra para saber si había algún mensaje oculto allí", explica Blanco.


    Le dolió "profundamente" que su obra estuviera marcada por un episodio tan violento, así que decidió escribir una nueva historia que abordara de ese hecho para "sanar" el dolor.


    "El tema de la muerte es recurrente en mis trabajos porque es algo que nos interesa a todos. La única certeza que podemos tener es que nos vamos a morir, y es lo que nos iguala a los demás, lo que más nos hermana", comenta el director de escena, que estrenará en agosto de 2019 una nueva obra titulada "Cuando pases sobre mi tumba".


    Está plenamente convencido de que la "salud" del teatro es muy buena en todo el mundo, pero para que perdure, dice, no debe perder "la dimensión de escala humana".


    "El teatro tiene que ser elitista, pero para todos. Tiene que huir de los megaespectáculos porque nuestro mundo no es el del Bernabéu (estadio de fútbol del Real Madrid), que está esperando miles de personas. Somos poquitos y está bien que sea así", termina. EFE