Canessa y Fernández Strauch a 40 años de Los Andes: "Cuando estás en lo más arrastrado, en lo más vil, los seres humanos somos todos iguales"

Canessa y Fernández Strauch a 40 años de Los Andes: "Cuando estás en lo más arrastrado, en lo más vil, los seres humanos somos todos iguales"

    El 24 de diciembre de 1972 los uruguayos estaban conmovidos: dos días antes se habían enterado del hallazgo de sobrevivientes del avión estrellado a fines de setiembre en la Cordillera de los Andes. En Perspectiva conversó con dos de los protagonistas de la historia, Roberto Canessa y Daniel Fernández Strauch, junto a los contertulios Conrado Hughes y Antonio Mercader, que participaron de la organización de la conferencia de prensa brindada al regreso de los sobrevivientes. Tanto Canessa como Fernández Strauch destacaron la "conciencia de grupo" como factor clave en el desenlace de una hazaña que sigue emocionando 40 años después. "Esta historia quedó por algo, se va pasando de generación en generación y sigue importándole a todo el mundo", aseguró Fernández Strauch. "La gente se sube a las historias de vida porque quiere ser feliz, quiere salir adelante, quiere tener mística, quiere salir de ese materialismo desenfrenado que nos preocupa", acotó Canessa.


    (emitido a las 8.34 Hs.)

    EMILIANO COTELO:
    “El día 22 de diciembre, como todas esas mañanas, yo había salido antes del amanecer con Eduardo Strauch a sintonizar la radio minúscula con la esperanza de encontrar alguna noticia de la travesía de Nando y Roberto. El momento era muy preocupante, porque ya habían transcurrido diez días. De pronto, mi cuerpo se estremece cuando escucho que habían aparecido dos uruguayos que venían de un avión que había caído en las montañas. Con Eduardo evaluamos si podía haber otro avión, otros dos uruguayos, otras montañas, pero como no hacían más que repetir esa sola frase, consideramos que todavía no era prudente dar la noticia a los que todavía dormitaban en el fuselaje. Otra frustración a esa altura, podía ser fatal.

    Hasta que de repente ocurre otra de esas coincidencias inverosímiles e inexplicables. Tras la noticia, buscando afanosamente la confirmación en otra emisora, sintonizamos una radio donde estaban emitiendo el Ave María de [Charles] Gounod.

    No sé por qué apareció ese Ave María en ese preciso momento, en la radio que lograba sintonizar tan pocas frecuencias interrumpidas por la estática. Pero Eduardo lo interpretó sin margen a dudas, eran Nando y Roberto. Los dos uruguayos que habían arribado a la vida, eran Nando y Roberto”.

    Así relataba Daniel Fernández Strauch en el libro “La sociedad de la nieve”, de Pablo Vierci, el momento en que se enteraba que aquella tragedia que había durado 71 días. Su tragedia se convertía en el milagro de los Andes: 16 de los 45 pasajeros que viajaban en aquel avión Fairchild de la Fuerza Aérea uruguaya que se estrelló contra la cordillera habían logrado sobrevivir contra todos los pronósticos posibles.

    Esta mañana les proponemos volver a recordar qué pasaba hace exactamente 40 años. Cómo fueron aquellos primeros días posteriores al regreso a la vida y cómo se organizó la conferencia de prensa que poco después de Navidad se llevó a cabo en el colegio Stella Maris de Carrasco, donde los sobrevivientes de los Andes revelaron los detalles de su epopeya.

    Para eso vamos a conversar con dos de ellos, aquí en estudios recibimos a Roberto Canessa, que tenía 19 años cuando ocurrió el accidente. En ese entonces cursaba el segundo año de la Facultad de Medicina, y era jugador de rugby del Old Christians.

    Y por teléfono nos acompaña Daniel Fernández Strauch. Tenía 26 años cuando ocurrió el accidente, era el mayor dentro del grupo de jóvenes, no pertenecía al equipo de rugby sino que había viajado invitado por uno de sus primos, de hecho viajó con tres de ellos, Eduardo y Adolfo Strauch, y Daniel Shaw.

    También nos interesa hablar con dos conocidos de nuestra audiencia, Conrado Hughes y Antonio Mercader. ¿Por qué los convocamos a ellos dos? Porque ambos trabajaron mucho en la organización de aquella conferencia de prensa que se realizó al regreso de los sobrevivientes a Montevideo, y más tarde en la preparación del libro “Viven”, escrito por Piers Paul Read en base a las entrevistas que hizo el autor con los muchachos que habían vuelto de la montaña.

    ***

    El 21 de diciembre de 1972, después de una travesía que Roberto Canessa y Fernando Parrado realizaron caminando durante diez días por las montañas, Parrado se encuentra con el arriero chileno Sergio Catalán. Ahí comienza la historia de la que hoy queremos conversar con ustedes.

    ROBERTO CANESSA
    Primero, creo que en esta historia no está suficientemente enfatizada la caminata de los diez días cruzando la Cordillera de los Andes. Nadie tiene idea lo que pasamos con Nando, nadie tiene idea lo dura que es la cordillera, cómo sopla el viento, cómo te resbalás en la nieve, cómo te caes, cómo te empapás, la incertidumbre que tenés de no saber dónde estás. Cuando nos tocó subir con "Tintín" [Antonio Vizintín] que no llegábamos nunca a la cima, decíamos “¿qué estamos haciendo acá?, ¡qué terrible que es esto!”, me acordaba cuando a Gustavo Zerbino lo agarró esa noche de niebla y se le aflojaron los dientes, quedó ciego. Es decir, nadie tiene idea lo que nos tocó vivir con Nando para cruzar la cordillera.

    EC – No tenían el equipamiento necesario

    RC – Habíamos perdido 30 kilos, estábamos a 5 mil metros, caminábamos 33 pasos en honor a los 33 orientales para no aflojar, y sentías que el corazón se te salía de la boca. Veías los aludes alrededor, caer esa nieve, y te sentías una pulga ridícula en lo gigantesco de la Cordillera de los Andes; la gente no tiene idea de lo que es la Cordillera de los Andes. Muerto de cansado, Nando avanzaba un poco y cuando yo lo alcanzaba y quería descansar me decía “dale, Músculo, vamos a darles un poquito más”.

    Yo creo que en esta historia la caminata está olvidada, y yo invité a mucha gente a que nos acompañara y he escuchado cosas absurdas. El otro día alguien decía “Tiene razón Carlitos Páez, mucho más difícil era quedarse en el fuselaje con esa incertidumbre de si te vas a morir o no”. Lo llamé a Carlitos y le dije: “Gordo, no seas sinvergüenza, ¿por qué no viniste a caminar conmigo?, ¿por qué no viniste a acompañarme?”; esta historia se ha deformado para todos lados. Ahora resulta que los Strauch eran los ideólogos que sabían, ¡¿por qué no vinieron a caminar conmigo?! ¡¿Por qué no acompañarme?!

    Yo tenía un entrenamiento impresionante, 19 años, Nando tampoco fumaba, pero ¿sabés lo que era salir del fuselaje a treparte los Andes? Nadie lo sabe, y yo, tantos años después, me caliento porque no saben que salimos caminando de la Cordillera para decirles “estamos vivos”. Que cada cual dio lo que pudo es verdad, que cada cual cinchó lo que pudo, pero Daniel, que estaba ahí, en la cordillera, que diga lo que era vivir en los Andes y estar en ese lugar.

    DANIEL FERNÁNDEZ STRAUCH:
    Lo que dice Roberto es una gran verdad. Nosotros siempre tuvimos muy en claro que dependíamos 100% de ellos. Habían en el grupo algunos que quizás podrían haber pensado en un plan B, pero si ellos no llegaban evidentemente no íbamos a llegar ninguno de nosotros. El tema nuestro ahí en el fuselaje era mantener el espíritu alto de los que estaban más débiles y que evidentemente se iban a morir en pocos días, caso de Roy Harley o del “Coche” [José Luis] Inciarte, seis o siete de los que estaban ahí, que ya venían muy mal.
     
    Pero sí, el reconocimiento total de lo que es caminar esa cordillera, yo no hubiera podido. Yo tenía 26 años, me consideraba un viejo ya, era un fumador, no hacía deporte, y no hubiera podido salir caminando por donde salieron ellos, eso es evidente. Le reconozco a Roberto que se ha deformado y se ha transformado en la cordillera del fuselaje, y no en la otra. Esos diez días son memorables.

    EC – ¿Cómo fue el momento en que vieron llegar al helicóptero que venía finalmente a rescatarlos?

    DFS – En el momento de la llegada de los helicópteros ya los estábamos esperando. Después de que tuvimos la confirmación de que eran ellos –que la tuve yo, porque yo era el que salía todas las mañanas a escuchar la radio– fue una gran alegría. Y esperar a los helicópteros, que demoraron una eternidad...

    EC – Esa era la pregunta, ¿cómo hicieron para que transcurrieran esas horas hasta el momento en que finalmente aparecieron los helicópteros?

    DFS – Yo escuchaba la radio de ustedes, El Espectador, todas las mañanas. Eso es una cosa impresionante, en el medio de la montaña, con esa radio chiquitita, poder escuchar el informativo de El Espectador de las 7.30 hasta las 7.50, donde me hacían interferencia los radioaficionados. Y ese día fue al revés, ese día puse la radio y tuve una interferencia no de radioaficionados sino una interferencia estática que me hacía un ruido. No quería cambiar la emisora, pero al final la ansiedad me hizo cambiar. Ahí es donde me encuentro con ese Ave María. Lo miro a Eduardo y él me dice “esta es la señal”. Yo la noticia a los que estaban adentro del fuselaje se las di con el Ave María, esa fue la confirmación que supusimos que era.

    EC – ¿Y cuál fue la reacción? ¿Creían que eso era posible? ¿Cómo manejaron la ansiedad?

    DFS – Todos ahí empezaron a festejar. Después yo salí de vuelta y empecé a escuchar  radios chilenas que estaban dando la noticia de que los helicópteros estaban prontos para salir, y la confirmación de los nombres de Nando y Roberto. Ya ahí teníamos la certeza total, sabíamos lo que estaba pasando con los helicópteros, que no podían salir porque había mucha niebla y el tiempo estaba feo. Entonces esa espera fue brutal, fueron como cuatro horas sentados esperando, pero cuando sentimos el ruido –porque en esa inmensidad el ruido del helicóptero se siente desde lejísimos– que se iba arrimando cada vez más, y después aparecieron esos dos helicópteros, fue el fin de la espera.

    EC – Mientras tanto, ¿qué pasaba aquí en Montevideo? Connie, tu habías sido compañero de tres de los pasajeros del avión que se estrelló en la montaña.

    CONRADO HUGHES:
    Tres de mi clase en realidad, compañeros de cuadro, de juego, de diversión y de colegio de todos los 26 exalumnos. Y como además somos cinco hermanos, Roberto era íntimo amigo de mi hermano Fernando, o “Fito” [Adolfo] Strauch de otro de mis hermanos, Gustavo Zerbino y Roy Harley eran de la clase de mi hermano Román…

    EC – Además integrabas la directiva del club de rugby del Old Christians. ¿Cómo recibiste la noticia de la aparición los sobrevivientes, la confirmación de que algunos estaban con vida y otros habían quedado en la montaña?

    CH – Yo lo único que recuerdo es el momento, esas cosas como cuando uno dice “¿dónde estabas tú el día del acto de octubre del 83, en el obelisco?” O, “¿dónde estabas el día que se cayeron las Torres?”. Yo sé dónde estaba, en mi casa con los compañeros del Movimiento Universitario Nacionalista de Ciencias Económicas, porque teníamos el asado de fin de año. Estábamos preparando elecciones universitarias, estábamos preparando un congreso. Escuchamos en la radio como a las 23.30 la primer noticia. Alguien vino y dijo: “Mirá que están dando una cosa por la radio”. Y ahí apareció. Como dice Laurita, la mujer de Roberto, a ella la mandaron a dormir, le dieron una pastillita y a las dos de la mañana la despertaron porque de verdad estaba la confirmación. Y después lo que fue el día siguiente... Yo no estuve sentado en la vereda esperando la lista, pero sí recuerdo a Carlos Páez leyendo y fue realmente una cosa impresionante de la que no me olvido nunca más.

    EC – Antonio, tú no tenías relación con el colegio Stella Maris ni tampoco con el Old Christians, ¿conocías alguno de los pasajeros del avión?

    ANTONIO MERCADER:
    AM – Sí, era compañero de estudios y amigo en la Facultad de Derecho, coincidíamos en la carrera y estábamos en una práctica forense con Gastón Costemalle, que fue de los que murió en el momento del accidente. Cuando se desprende la cola del avión, allí murió Gastón.

    EC – Eras periodista en La Mañana y El Diario, y ese punto de vista es muy interesante tenerlo en este momento. ¿Cómo fueron aquellas primeras horas después de la confirmación?

    AM – Fue un caos, para el diario de la noche era, por supuesto, una gran noticia, una noticia importantísima. En seguida se pensó en mandar gente a Chile, y después estaba la confirmación de la noticia y la expectativa general que se iba creando en los medios de todo el mundo y que rebotaba en La Mañana y en El Diario. Medios del exterior, diarios del exterior, cadenas de radio, de televisión, se comunicaban con los medios de Uruguay para tener más información, con cosas absolutamente absurdas. Por ejemplo nos preguntaban dónde quedaba exactamente Uruguay, cuántos habitantes tenía, qué era Uruguay. Para algunos países, imaginemos países de Asia o de África, era la primera noticia sobre Uruguay en muchos años o quizás la primera en la historia.

    EC – A medida que los sobrevivientes iban llegando a Santiago la prensa comenzaba a comunicarse con ellos a la distancia incluso, ese era el caso, por ejemplo, de radio El Espectador.

    AUDIO DE 1972:
    “Periodista: - ¿Los demás compañeros están allí en el hotel?
    Sobreviviente: - La mayoría de ellos están acá.
    Periodista: - ¿Están con usted allí en la pieza mismo?
    Sobreviviente: - No, en la pieza no, están en sus dormitorios.
    Periodista: - Están en sus dormitorios, ¿sería posible traerlos hasta su teléfono? Mientras yo converso con usted, si alguno de sus familiares los puede acercar a ellos, queremos hacer una nota con todos, aquí hay algunos familiares de ustedes, estamos con familiares de Algorta, de José Pedro Algorta.”

    EC – Roberto, ¿cómo fueron aquellas primeras comunicaciones con los periodistas?

    RC – Bueno, lo primero era que habíamos salido por nosotros mismos. Como grupo de amigos, mandarles a los 14 al fuselaje los helicópteros era una fascinación. Nosotros teníamos una conciencia de grupo, de cuerpo, entre todos, estábamos todos flacos, todos abrazados, todos peludos. Cuando Javier Methol me abraza el 11 de diciembre y me dice: “Roberto, yo sé que vos vas a llegar, ¿cómo no vas a llegar? Mirá la polenta que tenés”, con esos ojos azules. Y cuando Carlitos [Páez] le da el zapatito a Nando y le dice: “Nando, cuando sean un par de vuelta, cuando se junten estos zapatos, vamos a estar a salvo”. Nosotros teníamos una sensación personal de grupo de poder hacerlo por nosotros mismos.

    Inclusive hay cosas increíbles, evidentemente estábamos en un trance, en una sociedad diferente. Decíamos: “Si viene helicóptero, ¿qué hacemos?”, “Vamos a esperar que golpeen a la puerta, a que se acerquen”, “¿Y si te ofrecen cigarros?”, “No, no, yo solo fumo de los míos”.  

    Teníamos un orgullo de grupo en esa miseria, en esa mugre, en ese hacinamiento que vivíamos en la montaña. Era parecido a la gente que está presa, que te dice: “No sabés el ratoncito que vi hoy de mañana…”. El hombre que se reequilibra es impresionante. Cuando Gus Zerbino recorría el avión con uno de los montañistas, después del rescate del primer grupo, le decía al tipo: “Mirá que este era [Numa] Turcatti, y este era Daniel Maspons”, y el tipo que venía de afuera decía “pero, ¿qué tiene que ver? Esto es un montón de huesos”. “No, no es un montón de huesos, este es mi amigo que está acá”, le decía Zerbino.

    Entonces hay toda una sociedad de la nieve, como magistralmente Pablo Vierci capta, que tiene que juntarse con la sociedad, el mundo civilizado. A mí cuando Laurita se me tira y me abraza con todo ese perfume, todo ese pelo y toda esa humanidad, y yo que era un esqueleto… “Coche”, que cuando Soledad lo va a abrazar y le toca la cabeza se le había separado la mollera como un bebe. “Coche” pesaba 47 kilos y era un tipo de 90 kilos. Es muy difícil entender lo que éramos nosotros.

    EC – ¿Y cómo hacían para contestar preguntas de los periodistas?

    RC – No teníamos ningún problema en contestar las preguntas porque era como que venía una maraña gigantesca de afuera que a nosotros no nos importaba. A mí me importaba mi casa, ir a tocarle el timbre a Raquel Nogueira y decirle: “Mirá, Arturo [Nogueira] se murió, te dejó esta carta, Gus Zerbino la tiene”. Vivíamos en ese micro mundo, pero sólido como un hierro.

    EC – ¿Habían pensado cómo iban a hacer para contar la historia de lo que había ocurrido? ¿Habían pactado algún tipo de “historia oficial” para ser relatada?

    RC – Yo tenía que ir a tocar el timbre a la casa y explicarle lo que nos había pasado, que iba a ser muy difícil que nos entendieran. Pero el mundo nos había decretado muertos. ¿Qué iba a juzgarnos el mundo si nos habían matado? Habían decretado “esta persona no está aquí”. ¿Quién sos vos para decir eso? ¿Qué me importa qué te parece a vos si me comí a los muertos, si está bien o está mal? ¿A mí que me hace eso? Yo sé lo que hice, sé lo que es mi conciencia y sé que es la única oportunidad que tenía y sé que si me hubiera muerto el mejor homenaje que podía hacer era, en ese proyecto de vida, que hubiera un pedazo mío.
        
    EC – Estaba claro que el desafío más duro que tenían por delante era explicar qué habían comido para sobrevivir. Esta grabación que vamos a escuchar es un ejemplo de las dificultades que pasaron en aquellas primeras horas:

    AUDIO DE 1972:
    “Periodista: - ¿Cómo pudieron sobrevivir ustedes? ¿De qué se alimentaban?
    Roberto Canessa: - Sobre ese tema…
    Fernando Parrado: - Sobre esa pregunta… prefierimos no contestar
    Roberto Canessa: - Nosotros... nos cedían los alimentos para que estuviéramos fuertes a los que hacíamos las excursiones y fue realmente racionar a muerte, los demás comían poquísimo, no había casi comida.”

    CH – Ese es Roberto.

    RC – Esa pregunta a mí me pareció que estaba tocando mi intimidad. Contame la luna de miel, ¿cómo fue la relación con tu mujer?, ¿qué ropa le sacaste primero?, ¿qué parte del cuerpo le tocaste? Nosotros éramos un grupo de gente que teníamos esa intimidad, y este señor de afuera, así de la nada, vino a preguntarme. Nos sentimos totalmente invadidos por esa pregunta a quemarropa. Evidentemente si en ese momento hubiéramos lanzado la noticia al mundo hubiera explotado todo. En esta historia lo importante no es que tuvimos que usar los muertos, lo importante es que sobrevivimos. Porque cuando estábamos ahí y viene la BBC de Londres a Los Maitenes dice: “Es increíble que estén vivos”. Nadie sabía nada de todo eso de la historia.

    Es impresionante como a la historia de los Andes el mundo quiere imponerle el corsé de sus conceptos y sus dogmas en lugar de enriquecerse de cómo fue realmente este comportamiento. “No, porque lo más importante para ustedes era eso. No, no es lo más importante, lo más importante es sentir que tenías tu casa y decías: “Mamá, voy a volver” y decirle a Laurita mi novia: “No me esperes más, buscate a otro”. Eso era el motor de la cordillera.

    Ec – Daniel, ¿tu habías pensado cómo ibas a explicar esta parte de la historia?

    DFS – No, yo no había pensado nada. Pienso exactamente igual que Roberto, ese tema fue lo que hizo explotar nuestra historia, pero para mí eso era una cosa más de las que habíamos pasado ahí adentro. Mirá como sería la cosa, te voy a contar algo de antes, para que veas lo que era ese grupo. Cuando yo escucho en la radio cuatro días antes que ellos lleguen que unos helicópteros habían visto una cruz que nosotros teníamos al costado del avión, que la hacíamos todos los días, después sentimos los helicópteros. Nunca los llegamos a ver, y luego los helicópteros se fueron. Al otro día ustedes dan la noticia de que era una cruz meteorológica que medía la cantidad de agua que iba a haber en los deshielos. Menos mal que no nos vieron esos helicópteros, porque estos tipos hace siete días que están caminando y si ahora vienen los helicópteros se van a llevar ellos lo que les corresponde a Nando y a Roberto. Ese fue el consuelo que tuvimos. Ese grupo dijo “la vamos a hacer por nosotros”, y la hicimos por nosotros. Que nos cortaran la historia al final era realmente muy triste.

    Y con respecto a la pregunta tuya, yo fui el primero que vine a Montevideo, y esa noche tuve una conversación con El Espectador que me hizo una nota en el hospital de San Fernando. Les pedí que se conectaran con mi familia, se iban a ir todos para Chile al otro día y les dije: “No se vayan, que yo estoy lo más bien y me voy yo para Montevideo.”

    EC – Fuiste el primero que volvió, llegaste precisamente el 24 de diciembre, hace hoy 40 años. ¿Cómo fue? ¿Por qué resolviste volverte solo? ¿Por qué te volviste primero?

    DFS – Yo me volví primero porque sentía que estaba bien y me parecía absurdo hacer viajar a todos hacia Chile cuando yo me podía volver. Nosotros éramos tres primos y la probabilidad de que en 16 los tres estuviéramos vivos era muy baja. Se tiró una monedita y le tocó al padre de Eduardo ir a Chile. Y cuando tuvo la confirmación de la lista yo tuve esa llamada por teléfono donde les dije “no se vengan que yo me vuelvo mañana”. Yo me vine para Montevideo el 24, en el avión conmigo venía [Roberto “Bobby”] François, pero a él lo traían medio dopado atrás, o sea que no lo vi en todo el viaje.

    EC – ¿Y cómo fue aquella Nochebuena?

    DFS – Bueno, una de las cosas que yo decía para mantener el espíritu alto de mi familia era “quédense tranquilos que yo la Navidad la voy a pasar en mi casa”, y la pasé al final.

    EC – Pero no fue una Nochebuena cualquiera.

    DFS – No, no, fue una Nochebuena diferente, evidentemente. Pero en mi casa me estaban esperando, eso “La sociedad de la nieve” lo plasma bastante bien. Yo pensé que ahí se cerraba el libro y empezaba nuevamente la vida: la meta era volver y encontrarme con mi familia y se había cumplido. Pero lamentablemente no fue así.

    EC – ¿Qué quiere decir que “lamentablemente no fue así”?

    DFS – No, porque la historia siguió, nos seguían haciendo preguntas. Después vino el libro “Viven” y dijimos “bueno, acá esta la verdad, acá se terminó todo” y tampoco fue así, nos siguieron haciendo preguntas permanentemente. Y han pasado 40 años y la historia sigue latente y ustedes ahora nos están haciendo una nota. Y yo pienso, desgracias hay todos los días y ahora con los medios de comunicación que tenemos nos enteramos al instante, y sin embargo todas van pasando y esta va quedando. Esta historia quedó por algo; y la gente que ahora va a las charlas nuestras es gente que no había nacido cuando sucedieron los hechos, o sea que se va pasando de generación en generación y sigue importándole a todo el mundo.

    EC – Roberto, y ustedes que se quedaron en esas primeras horas, en esos primeros días en Chile, ¿cómo pasaron la Nochebuena?

    RC – Muy bien, espectacular. En seguida nos llegaron los apoyos de la comunidad del Old Christians. Nosotros pertenecemos a un grupo de gente maravillosa, con el ejemplo de esos curas de 24 años que vinieron de la pobreza de Irlanda a enseñar el estoicismo. Con esos curas que no sabían dónde ir y preguntaban “brother, ¿qué va a hacer?, ¿qué va a pasar?, ¿va a hacer una misa?” y los Brothers (Christian Brothers of Ireland) decían “¿Yo qué les puedo decir?, ¿qué puedo hacer?”.

    Allá en Chile la gente en la calle nos cantaba cantos de Navidad, los niños nos abrazaban, la gente venía a abrazarnos emocionada, todo Chile de fiesta en esa Navidad. Era un momento durísimo para Chile que estaba en la época de [Salvador] Allende, y esa noticia de Navidad yo creo que fue como abrir una ventana de aire fresco, de emoción, de todo. Gente que veía que el triunfo de la vida estaba, que había que tener esperanza. En ese momento arranca lo que es la mística de los Andes, de todos esos grupos humanos que en ese momento pasaban mal y se acercaban a darnos lo mejor de sí. Uno que era un pescador te ofrecía un pescado, otro te ofrecía un pedazo de pan, te daban todo, porque la gente necesita de estas historias espectaculares. La gente se sube a las historias de vida y entusiasmo porque la gente quiere ser feliz, quiere salir adelante, quiere tener mística, quiere salir de ese materialismo desenfrenado que nos preocupa. Esa es la historia que la gente necesitaba para saber que Dios existe y que hay que tener esperanza.

    ***

    EC – Hay muchos mensajes de los oyentes. Pero por ejemplo, Romina, podemos leerle este a Roberto, que aparecía casi al principio, a raíz de ese planteo fuerte que él hacía.

    ROMINA ANDRIOLI:
    Decía un oyente: “Qué lástima que después de un milagro de Dios se reprochen cosas entre ellos”.

    EC – Brevemente, Roberto, tu respuesta.

    RC – Es que esto es una historia de personas comunes y corrientes que enfrentados a una situación terrible logramos un resultado extraordinario. ¿Mo nos podemos pelear porque somos de los Andes? Creo que tiene que ser humana esta parte, ¿vas a dejar de pelearte con tu cuñada porque es Navidad? No, yo creo que tenemos que humanizar esta historia, y la manera de abrazarlo a Daniel y decirle que lo quiero mucho en este momento duro de su vida es diciéndole las cosas, o a Carlitos, ¿cómo no voy a llamar a Carlitos a decirle: “Bo, gordo, callate la boca…”? Esto es lo bueno de esta historia, que son personas comunes y corrientes, que se pelean, que discuten, que se enojan, que todas esas cosas, pero que hay un final común y hay un sacrificarse entre todos porque queremos salir, queremos sobrevivir y quiero abrazar a mi familia, ¿entendés?

    EC – Les cuento a los oyentes que es impresionante ver a Connie, que está sentado al lado de Roberto y que a cada rato, según lo que dice Roberto, se emociona mucho y hasta lagrimea yendo para atrás en el tiempo.

    ***

    EC – El 28 de diciembre de 1972 los sobrevivientes de la tragedia de los Andes que todavía estaban en Chile llegan a Uruguay. Son recibidos como héroes por una multitud que los espera en el aeropuerto de Carrasco.

    Desde allí, escoltados por una larga caravana, se trasladan hasta el colegio Stella Maris, donde brindarían una conferencia de prensa. La alocución de Alfredo “Pancho” Delgado resulta absolutamente impactante.

    AUDIO ALFREDO “PANCHO” DELGADO, 1972:
    “En la cordillera, cuando uno se levanta de mañana y mira para los costados, ve esos picos nevados impresionantes. El silencio de la cordillera es majestuoso, sensacional, todas las palabras; es una cosa que aterra, y que uno se siente solo, solo frente al mundo. Y les puedo asegurar que Dios está ahí, todos lo experimentamos dentro nuestro. Nosotros no éramos unos muchachos de una fe de comer rosarios ni cosas por el estilo, en cuanto a la parte ritual, pero teníamos esa base religiosa. Pero uno ahí siente, lo siente a Dios. Y siente sobre todo lo que se llama la mano de Dios, y la interpreta.

    Llegó el momento en que todas las provisiones y las cosas que teníamos a mano [se acababan], después de que nos habíamos recuperado anímicamente para salir en la expedición y todo ese tipo de cosas. A los seis días viene el alud y nos mata a nuestros mejores compañeros. Los compañeros que han muerto, todos, creemos que Dios los llevó porque eran los mejores. Porque cada uno en su momento cuando murió nos dejó a todos una enseñanza, un ejemplo de valor. Decirlo con palabras es achicarle la dimensión a todo aquello. Nosotros los llevamos cada uno dentro de nuestro corazón, y mencionar nombres, y hechos concretos, de valor, de entereza, sería achicar todo eso, así que prefiero no mencionarlo, pero quiero dejarlo claro.

    Llegó ese momento en el cual ya no teníamos alimentos ni cosas por el estilo. Y nosotros pensamos: si Jesús en la última cena repartió su cuerpo y sangre a todos sus apóstoles, ahí nos estaba dando a entender que nosotros debíamos hacer lo mismo. Tomar su cuerpo y sangre que se había encarnado. Y eso, que fue una comunión íntima entre todos nosotros, fue lo que nos ayudó a subsistir. Fue una entrega de cada uno.

    Nosotros no queremos que esto, que es para nosotros una cosa íntima, sea ni manoseada, ni tocada, ni cosas por el estilo. Nosotros en países extranjeros tratamos de hablar de esto con la mayor altura posible. A ustedes, que son nuestro propio país, se lo decimos como debe ser, pero debe ser interpretado y tomado en su real dimensión. Y tienen que pensar en todo lo grande que fueron aquellos muchachos.”

    EC – Connie, ¿cómo se organizó desde Uruguay aquella conferencia de prensa?

    CH – Nosotros tuvimos una charla telefónica con Jorge Zerbino, el papá de Gustavo, cuando estaban en el hotel en Santiago y ya teníamos información de prensa, Daniel Fernández había tenido unas entrevistas, unas ruedas de prensa, y por lo tanto teníamos información. Entonces simplemente quisimos chequear. Le contamos la información que había acá, él nos dijo “es así, manéjenlo con prudencia, pero se va a hablar todo”. Entonces yo recurrí al auxilio de Manino, porque estudiaba con su señora, y le dije “necesitamos que nos des una mano, los Brothers nos van a prestar el colegio y tenemos que hacerlo de la manera más profesional posible”. Vamos a entendernos, Manino era experiente porque tenía 28 años, yo tenía 25, Adolfo Gelsi, mi amigo y compañero de la vida, también tenía 25, y Daniel Juan, el presidente del club, tenía 21.

    Hablamos con los Brothers y arreglamos el colegio, y la Onda puso el ómnibus para que a los muchachos los levantaran directamente en el aeropuerto desde la pista, para que no hubiera interferencias. Vinieron por Avenida Italia, llegaron al colegio. Ahora es imposible que la gente entienda, pero había una entradita de piso de hormigón lustrado que tenía unos palitos al costado y llegaba al pie de la escalera que llevaba a los vestuarios. Por ahí subieron mientras nosotros tratábamos de organizar. Recuerdo perfectamente, ahí conocí a Neber Araújo, que hoy es mi amigo, y estaba con una torre que había puesto Canal 12. Por supuesto que en el techo del gimnasio estaban las torres de todos los canales, y había cientos de tipos que nosotros no sabíamos quiénes eran pero que se habían acreditado. Acreditado es una manera de decir, habían exhibido que el tipo era japonés y venía de un diario de Tokio y el otro que era de la BBC de Londres. Para acreditar en serio nosotros no teníamos ni experiencia ni conocimiento.

    Pusimos la mesa, se sentó Daniel en el centro. Estábamos los familiares, los compañeros de clase, los amigos; el gimnasio lleno, yo calculo que había 450, 500 personas, por eso se sienten los aplausos. El aplauso era una mezcla de alivio y seguridad de que eso era lo que había que decir.

    EC – Antonio, ¿tu recuerdo de detrás del escenario?

    AM – Fue Connie Hughes el que me llamó y me introdujo en la historia, y el tema era qué hacer con esos cientos de periodistas que estaban llegando de todo el mundo, cómo organizar la conferencia de prensa, y sobre todo como evitar que derivara en una serie de preguntas sobre detalles, y terminara siendo algo espantoso. Sobre todo porque estaba siendo transmitida en directo a todo el Uruguay. Ese es un pequeño detalle, pero era en directo, o sea que cualquier error o cualquier cosa que se dijera la gente lo iba a escuchar en forma inmediata.

    La organización de aquello fue por todo ese grupo fantástico de la directiva del Old Christians que integraba Connie, Daniel Juan, Adolfo Gelsi y otros. Ahí el colegio realmente demostró la disciplina y la unidad que tenía, porque ayudaron todos. Yo me acuerdo que fui el día antes y vi cómo los Brothers, los hermanos, estaban preparando allí a los muchachos, las cosas que tenían que hacer, cómo tenían que dirigir. Cuando fue la conferencia de prensa yo estaba en un costadito del escenario, tratábamos con Daniel Juan de ir organizando la cosa, de quién iba hablando, del turno, pero realmente la actuación de los que hablaron, porque no fue solo “Pancho” Delgado el que habló, pero el de él fue el momento culminante, fue absolutamente extraordinario. Ese aplauso que recién se oyó fue el final de la conferencia de prensa, después no hubo más preguntas.

    EC – ¿Cómo salió esa comparación que terminaron utilizando, Roberto? ¿De dónde surgió la idea de comparar lo que ustedes debieron hacer para alimentarse con la última cena de Jesucristo?

    RC – Era Javier Methol, en los Andes, el que decía “bueno, si en la última cena Jesucristo dijo eso…”. Pero para mí no éramos ni Jesucristo ni la última cena, cada cual lo asumió diferente. Cuando a mí dijeron eso yo me acordé del ciclo de Krebs, prótidos, glúcidos y lípidos y grasas, no tenemos glucosa, pero abajo la cetoacidosis... o sea que el combustible era apropiado para el cuerpo. El problema era que a mi amigo yo no le podía pedir permiso para invadirlo, para violarlo, para llegar a eso. Ese era mi problema. Y un día digo, “pero si yo me hubiera muerto, ¿qué mejor que usaran mi cuerpo para ayudar a los demás? O sea que lo que le estoy haciendo a él no es nada que no me haría a mí mismo”. Cada cual tuvo su punto.

    EC – Pero, ¿así lo habían conversado en la propia cordillera?

    RC – Claro, vamos a hacerlo, no vamos a hacerlo. Para Marcelo Pérez era terrible, era durísimo. Además hay toda una parte teórica que podemos discutir mucho tiempo, pero hay una parte práctica, cuando vos tenés que ir ahí y te sentís que te estás comiendo un muerto y que no tenés ganas de hacerlo, y decís: “¿no será mejor morirme, en lugar de llegar a esta parte salvaje y bestial de persona primitiva? ¿Y por qué me tengo que comer esto? ¿Y por qué esto, que no me quiero tragar, que mi boca no se quiere abrir?”. Y ahí me acordé de mi vieja, que dijo “si a mí se me muere un hijo yo no puedo seguir viviendo”. Y dije “para vos, mamá, yo me voy a comer esto, me voy a comer el avión y me voy a comer las piedras, y a mí me van a tener que matar de un palo, porque no voy a aflojar un centímetro”, como no aflojó ninguno de los Old Christians cuando llegamos. Y ahí estaba Sica Platero, que se le había muerto el hermano y… estaban todos ahí.

    EC – Connie recordaba recién cómo se enteró él de que había sobrevivientes. Yo me acuerdo perfectamente de esa conferencia de prensa. Yo tenía 14 años y me acuerdo de la familia reunida frente al televisor, un televisor blanco y negro, viendo aquella transmisión. Y recuerdo que estábamos todos tensos, en silencio, estremecidos. Y recuerdo el comentario que hizo mi padre en ese momento. Estaba entre sorprendido y maravillado de la comparación con la comunión. “Qué bien, que solución tan ingeniosa y sobria le encontraron”, palabras más palabras menos, fue lo que dijo. No era sencillo darle ese tono.

    CH – Y porque tu papá era un escritor, tenía la sensibilidad del que sabe escribir y describir. Por eso yo ahora que escuchaba de vuelta a “Pancho” digo: ¡qué lo peló! “Pancho” tenía 24 años, y elaboró tres minutos de discurso absolutamente coherentes en donde no repite un concepto. Los va dando uno por uno y va llevando al razonamiento. Fue extraordinario.

    EC – Daniel, ¿tú no participaste de esa conferencia de prensa?

    DFS – No, ni siquiera pude ir a la conferencia de prensa porque el 26 de diciembre me fui para afuera, para el campo. Quería venir a la conferencia de prensa y me dijeron que no, que era una locura, que me quedara allá.

    EC – ¿Pudiste seguirla en vivo?

    DFS – La escuché por la radio.

    EC – ¿Cuáles fueron tus impresiones?

    DFS – Lo mismo que están diciendo ustedes, me maravillaron las palabras de “Pancho”, porque era muy difícil decirlo en ese momento. A mí me lo habían preguntado, pregúntenle a Connie que estaba en casa…

    CH – Sí, yo estaba sentado en la escalera de 8 de octubre.

    DFS – Me acuerdo que me estaba haciendo una nota Neber Araújo, de “En vivo y en directo”, que fue el primer periodista que entró a casa. En un corte me trajeron un telet, que era lo que había en aquel momento, para que lo leyera, y veo que me preguntan si era cierto esto. “Ni lo confirmo ni lo desmiento”, dije. “Cuando vengan mis compañeros van a hacer una conferencia de prensa y ahí se va a contar todo”.

    Ya sabía que se nos venía eso y en el corte lo conversamos con Neber. Quiero resaltar también la grandeza de ese periodista de El Popular y la grandeza de Neber, que tenían la confirmación mía y no siguieron insistiendo, dejaron el tema ahí hasta que viniera la conferencia de prensa.

    EC – Roberto.

    RC – Yo no quería venir a Montevideo, me quería quedar en Chile, estaba pasando bárbaro y todo, y vino Jorge Zerbino y me dijo: “Roberto, vos tenés que volver, vos no te das cuenta de lo importante que es que estén todos juntos como grupo”. La visión de Jorge era brutal, y logró convencerme, “vos tenés que estar”. Cada cual tenía su parte, y yo tenía que contar lo de la caminata en esa conferencia de prensa.

    “Pancho” es un tipo brillante. Él está en la cordillera mirando los picos y decidiendo “¿qué hago?”, “¿tomo este pedazo o no lo tomo?”, en una mística y en un estado espiritual brutal, en cercanía a ese Dios que conocimos en los Andes que era el mejor amigo que tenías. Desde esa dimensión es que él lo explica, por eso es que la gente lo entiende. En el momento en que a Daniel Juan, que tenía 21 años, lo agarra Jorge Zerbino y le dice “Daniel, no te puedo explicar con palabras, pero mirame a los ojos para ver si entendés lo que te quiero comunicar” y Daniel lo mira y después dice “sentí como que me hablaba un profeta”. De ahí Jorge Zerbino, para la historia, siempre se llamó “el profeta”.

    ***

    EC – Mensajes de los oyentes. ¡Qué cantidad!, ¿cómo elegir?

    Por ejemplo este, dice Álvaro del Cordón: “Las historias más fantásticas, conmovedoras, cuyo contenido se renueva en lo más hondo de cada uno cada día, pertenecen a gente común sometida a condiciones extremas y extraordinarias. Por eso les aseguro, sinceramente”, dice el oyente, “y aunque parezca que no tiene nada que ver, que muchos presos de la dictadura podemos entender y sentir, quizás como nadie, la peripecia de aquellos jóvenes en los Andes”. Roberto, ¿cómo te suena esto?

    RC – Cuando estás en situaciones extremas… yo me acuerdo que un día [José] Mujica le decía a Gustavo Zerbino que él sentía hablar a las hormigas cuando estaba metido adentro del pozo durante diez años. Por eso digo que es un experimento del comportamiento humano. Cuando estás en lo peor, en lo más arrastrado, en lo más vil de la humanidad, los seres humanos somos todos iguales. El asunto es que nosotros ahí no estábamos por culpa nuestra, no era una decisión nuestra, nosotros no habíamos elegido tomar las armas, habíamos elegido vivir.

    AUDIO:
    “Periodista: - ¿Qué mensaje podrías llevarle tú en este momento a tus padres? ¿Qué les dirías ahora?
    Fernando Parrado: - A mi padre que uno de los pensamientos fundamentales que me mantuvo vivo durante dos meses fue tratar de verlo de nuevo, ya que sé que en este momento él me debe estar necesitando y yo a él mucho, que pronto espero estar con él.”

    EC – “Los uruguayos no han terminado de asumir la odisea de los Andes como la hazaña que fue. Nuestros 16 sobrevivientes son los protagonistas de una de las mayores aventuras humanas del siglo XX, aunque en Uruguay seguimos mirando su peripecia con recelo, prejuicios e indiferencia. Sobre todo con indiferencia, ni uno solo de nuestros pensadores ha destinado un párrafo a analizar el episodio, no hay canción popular que los mencione, no existen como héroes ni pertenecen a épica alguna.

    El caso no habla bien de nosotros, de nuestra capacidad de extraer de esta historia sus aspectos aleccionantes. El coraje, la inteligencia, la solidaridad, el don de la organización, el ingenio, el sentido de grupo, la fe, y un apasionado amor por la vida fueron las razones de su salvación. Esto es lo que explica el milagro de los Andes, y esto es lo que merece ser exaltado, especialmente ante las nuevas generaciones.”

    ¿A quién pertenecen estas palabras? A Antonio Mercader. Fueron publicadas en diciembre de 1999 en el diario El Observador. Antonio, ¿todavía cargás con esa impresión o cambió tu opinión?

    AM –En aquel momento habían pasado unos años y me parecía que el Uruguay había sumido en el olvido la historia por una serie de diversas razones. Pero creo que seguimos cometiendo una injusticia, en el sentido de que tiene a estos 16 sobrevivientes. Los 16 han seguido, están todos vivos, están todos bien. Creo que el país no ha sabido analizar ni extraer de esta historia sus valores positivos. Hace poco lo dije en la radio y lo vuelvo a repetir, este país durante muchos años veneró a Obdulio Varela por aquella gesta del Maracaná. Yo dije: allí en los Andes entre otras cosas tenemos a uno de los sobrevivientes que cargó a un compañero en sus brazos y nadie lo recuerda, nadie menciona lo que fue esa gesta. Lo que contaba Roberto, la escalada de los Andes, los actos de solidaridad, de fraternidad que hubo entre ellos. Nadie los toma en cuenta en su país, quizás por aquello de que nadie es profeta en su tierra. Pero el tiempo del reconocimiento llegará y el reconocimiento que hay hoy en el mundo es bastante elocuente.

    RC – Quiero mandar un saludo a Lalo Larregui, que es del Partido Socialista de Chile, que nos trajo una canción desde el corazón. Nos han llegado algunas canciones, algunas cosas que han hecho. Quiero que escuchen lo que dice Nando en ese momento, que perdió a la madre, perdió a la hermana y está contento, y le manda un saludo al padre. Yo creo que ese es el espíritu de la Navidad, pensar que pese a que nos hayan pasado cosas terribles, hay que apostar a lo maravilloso. Nandito en ese momento, con 24 años, había perdido a su madre y a su hermana, pero estaba feliz de la posibilidad de encontrarse con su papá. Y con los periodistas ahí acosándolo, él le apuesta a la vida.

    EC – Daniel, tú acabas de publicar este año un libro, otro de los libros que se han salido a propósito de aquella gesta. En este caso el título es “Regreso a la montaña, una guía de supervivencia espiritual”. ¿Por qué ese libro? ¿De algún modo es la necesidad de profundizar en la comunicación a propósito de hechos que ustedes también entienden que no están suficientemente asumidos?

    DFS – Si, creo que eso es lo que pretendí hacer con ese libro, se llama “Regreso a la montaña”, es mi regreso espiritual a la montaña, porque yo físicamente nunca más volví. Dije “bueno, se cumplen 40 años, creo que es momento de volver a la montaña y comparar lo que era aquello y lo que es esto donde estamos viviendo ahora”. El primer mensaje que hubo criticaba a Roberto porque decía cosas de los compañeros. Yo reconozco que en la montaña tuvimos discrepancias como hay en cualquier grupo humano, pero pudimos vivir en comunión y logramos convertir ese desierto espantoso que era la cordillera en una fábrica de esperanza y de amistad. Eso es el mensaje que hay, que cuando uno está peor también puede lograr ese tipo de cosas.

    EC – Estos 40 años que se cumplen en 2012, Roberto, ¿marcan algún cambio en la divulgación y comprensión de esta historia?

    RC – Sin lugar a dudas. Anoche en casa, el 22, estaba Raquel Nicolich, estaba Bimba, que era madre de Diego Storm; invitamos a los Nicola también y brindamos todos juntos, y estaba la hermana de Echavarren…

    EC – Quizá a los oyentes no todos esos nombres les suenan. ¿Qué particularidad tenía que estuvieran ellos?

    RC – Que fallecieron sus familiares en los Andes.

    CH – Dos hijos y un hermano, ¿no?

    RC – Inclusive [Rafael] Echavarren no iba al colegio, a “el vasquito” lo conocimos ahí en el avión.

    CH – Te lo presentaron en el fuselaje porque en Mendoza ni lo conociste.

    RC – A mí la primera noche me abraza “Coche” Inciarte, “me estoy muriendo de frío, por favor, abrazame”, ahí comenzó lo que fue lo de los Andes. Y ahora, 40 años después me abrazo con la hermana de “el vasquito”, con Raquel Nicolich, que nos apoyó desde el primer momento: “A estos muchachos hay que apoyarlos, hay que ayudarlos”, porque la gente nos veía como héroes, y éramos lo más vulnerables que existía. No sabíamos qué íbamos a hacer, si la facultad estaba, si no estaba, dónde eran nuestras casas, no teníamos fuerzas para nada. En la fiesta de ayer, 40 años después, pudimos estar juntos con ellos, admirar la grandeza desde su tristeza de venir a dar un abrazo y decir “vamos a seguir juntos”.

    Creo que estos 40 años marcan un hito. como decía Nando almorzando en casa, “te das cuenta que estábamos con Sergio Catalán”, y me dice “bo, Músculo, si nos hubieran dicho firmás por diez años de vida hubiéramos firmado con las dos manos”. Es que hubiéramos firmado por cadena perpetua, porque para nosotros en los Andes, cadena perpetua era cinco estrellas, tenés donde comer, donde dormir, no tenés aludes. Así era lo mal que estábamos en ese lugar, agobiados por la muerte, constantemente. Y ahora, 40 años después, soy abuelo.
     
    EC – Daniel, esta Nochebuena del año 2012, ¿tendrá alguna connotación especial para ti?

    DFS – Sí, evidentemente. Es lo que dice Roberto, salimos 16 y ahora somos 140. Yo lamentablemente este año no pude estar en la fiesta del 22, pero así como Roberto contaba de quienes estaban ahí, en la Fundación Viven tenemos en el Consejo a la hermana de “el vasco” y los Nicola, y también estuvo integrándolo hasta que falleció el arquitecto Nicolich. Somos una gran familia y brindamos por todo eso que quedó y esos amigos nuevos que nos hicimos ahí.

    EC – Connie, largá algo de eso que tenés atragantado ahí.

    CH – Yo lo tuiteaba ayer, cuando veía la nota anunciando lo de la radio. Entonces tenía 25 años, ahora con 65 y como dice Roberto, como abuelo, realmente estoy esperando poder tener un diálogo suficiente con mi nieto Juan Martín, que es el más grande, para un día contarle estas historias de su abuelo cuando era joven.

    ***

    AUDIO DE 1972:
    “Periodista: - ¿Cómo te sientes en este momento?
    Roberto Canessa: - En este momento me siento casi feliz porque voy a sacar a los compañeros, hasta que no los saque no voy a ser feliz completamente, y por los compañeros que fallecieron estoy contento porque sé que están en el cielo.”

    EC – Roberto Canessa, hoy médico cardiólogo especialista en eco cardiografía infantil; Daniel Fernández Strauch, ingeniero agrónomo, gracias por acompañarnos con los testimonios, los recuerdos, los sentimientos esta mañana.

    RC – No, gracias a El Espectador. La noche de Navidad es la noche ideal para celebrar todo esto, para ir a buscar lo espiritual. Ahora con Connie nos toca ser los veteranos, porque nuestros viejos ya no están, y transmitir a los más jóvenes que no es en el alcohol y en el sexo y en la gula que está la fuerza de la vida. Que cuando te pasa como en los Andes que se te cae el avión, te das cuenta qué es lo importante.

    DFS – Yo les digo a los jóvenes y a todos que se puede vivir sin nada y nosotros lo probamos, pero que no se puede vivir sin amigos y sin esperanza.

    ***

    Foto Daniel Fernández Strauch: EFE