Conferencia de Lech Walesa
Socialismo, liberalismo
y globalización.
¿Qué rol deberá tener el Estado
en la sociedad del próximo milenio?
Cuando el reloj dé las 12.00 de la noche del 31 de
diciembre del año 1999, eso durará sólo algunos segundos. Sin embargo, en aquel momento
vamos a entrar en un mundo totalmente nuevo, nos encontraremos con condiciones
completamente distintas.
Vamos, entonces, a enfrentar nuevos retos, y tendremos que ponernos a
la altura de estas exigencias.
El final de nuestro siglo demostró el fracaso total de dos ideologías
que promulgaban odio, tanto nacional como clasista. Reveló la crueldad y los crímenes
desmesurados del terror rojo y negro. Auschwitz y Gulag se han convertido en nombres bien
conocidos en todo el mundo.
Con la derrota de esas grandes utopías, estamos frente a una hoja en
blanco en el libro de la historia. Dependerá de nosotros lo que escribamos en ese libro.
La globalización
Al mismo tiempo, observamos un enorme desarrollo tecnológico. Nuestro
mundo se contrae mientras que los problemas se globalizan. La información ya ha logrado
una dimensión global gracias a la telefonía y televisión de satélite, gracias a
Internet y otras invenciones que permiten comunicaciones inmediatas con cualquier persona,
esté donde esté.
La ecología también está planteada en términos globales. La
condición de la selva del Amazonas afecta al clima en Europa; las corrientes del Océano
Pacífico influyen en el estado del tiempo en Estados Unidos; el desastre de la central
nuclear de Chernobyl demostró que los peligros ecológicos cruzan las fronteras sin
pasaportes ni visas. Los incendios de los bosques de Indonesia moderan el tiempo en
Malasia.
Nuestro medio ambiente no se limita al país, sino que abarca al mundo.
Además, se globaliza la economía. Montevideo reacciona cuando
fluctúa la Bolsa de Tokio. Grandes corporaciones tienen sede en un país, sus empresas en
otro, sus mercados todavía en otros, y en alguna otra parte viven sus accionistas.
Las economías están apartadas de sus raíces nacionales y se ponen
por encima de las fronteras.
Europa ya introdujo una moneda común. Sin embargo -lo veo como muy
inminente- habrá una moneda común para todo el mundo: en vez del Euro vamos a tener el
"Globo".
Vivimos en la aldea global. Todos estos cambios resultarán también en
la modificación de la función del Estado. Los organismos supra-estatales, tanto en
América como en Europa, nos harán redefinir las nociones de soberanía e independencia.
Una cosa ya está comprobada: no es posible aislar y cerrar un país. Y
no por la buena voluntad de sus gobiernos sino precisamente por el gran avance técnico de
la civilización.
Los gobiernos de muchos países no tienen una autonomía más grande
pero sí más amplia, porque nuestras relaciones internacionales están más fuertemente
enlazadas.
Pero todo ese progreso no significa que la situación esté mejor. Lo
que pasa es que Estados Unidos ha quedado como la única superpotencia en el mundo.
Desempeñan su papel de líder económico, político y militar, pero no proponen un
liderazgo moral.
Esto lo vimos en los últimos tiempos, cuando renunciaron a participar
en la iniciativa del tribunal internacional.
Liderazgo no equivale a poseer los cohetes más eficaces o las bombas
más devastadoras, las computadoras más rápidas o las cajas fuertes más repletas. El
liderazgo significa poseer el modelo social más atractivo.
La sociedad del siglo XXI
En el siglo XXI se agotarán tanto el liberalismo como el socialismo.
Vamos a enfrentar nuevos retos, vamos a enfrentar la necesidad de construir nuevos
órdenes sociales.
¿En qué vamos a basar la sociedad del futuro? ¿La vamos a apoyar en
la economía, que sigue la regla de que el más rico es, al mismo tiempo, el mejor y más
justo?
Una actitud de este tipo crearía un mundo atroz, en el que un ser
humano no sería nada más que mercancía; nos traería la esclavitud del siglo XXI.
Otra opción -como quiere la gente de izquierda- es basarnos en la ley.
Yo soy un fervoroso partidario del respeto a la ley, pero la ley sin el apoyo del
espíritu es cero. La ley como tal, sin ningún soporte, no es nada más que una
colección de regulaciones insensibles que, si a la gente no le gusta, no va a hacer caso
a las regulaciones.
La sociedad del siglo XXI tiene que basarse en valores. La política no
es solamente la esfera de una actitud eficaz, porque la eficacia siempre se puede
cuestionar, se puede poner en duda. La eficacia no sirve de manera digna y justa en todos
los casos.
La política tiene que ser la esfera donde se implantan los valores. La
ley y la economía pueden aquí desempeñar la función de medios, no de fines.
¿Cuáles son los valores que la política tiene que implementar? Ante
todo, el derecho a vivir, a la dignidad y a un desarrollo libre del ser humano.
En cuanto a la naturaleza, tenemos que darnos cuenta de que el medio
ambiente no es de nuestra propiedad sino un depósito que vamos a devolver a nuestros
sucesores, en forma no peor de la que lo heredamos.
Tenemos que esforzarnos para posibilitar el libre desarrollo de todos
los seres humanos, para que tengan oportunidades iguales en la salida pero también para
que encuentren justicia en la meta: los mejores deben ser justamente premiados.
Podría continuar con esta lista de valores, como la libertad de
iniciativa económica, la libertad de palabra y asociación, la libre circulación de
bienes y personas, la democracia representativa, la solidaridad, la tolerancia, la
autogestión, la justicia. Y mucho, mucho más.
Sin embargo, no se trata de elaborar una lista. Lo esencial es que los
valores de esta lista estén bien internalizados en los corazones de los ciudadanos. No se
los puede imponer, cada uno tiene que formulárselos para su propio uso, aunque el
beneficio sea para todos nosotros. Cada uno tiene que creer en ellos hasta el punto de
vivir para ellos y morir, si las circunstancias lo requieren.
Les deseo a ustedes y a mí mismo una sociedad así en el siglo que
viene.
El rol del Estado
¿Cuál sería el papel del Estado en tal sociedad?
El Estado debe ser autogestionario. Esto implica derivar el máximo de
medios financieros y poder a los niveles más bajos de administración. Al mismo tiempo
tiene que funcionar la regla de auxiliariedad, que significa que un organismo de nivel
más alto no reemplaza ni ejerce el cargo de la entidad administrativa del nivel más
bajo; alcanza con ayudar en caso de que existan problemas.
Además, el Estado tiene que ser tolerante. Es su deber proteger a
todos los tipos de minorías, que constituyen nuestra riqueza.
La actitud frente a los grupos minoritarios demuestra en qué medida
una sociedad está abierta.
El Estado tiene que garantizar condiciones para el desarrollo de los
individuos, tanto en el plano económico como en el educativo.
El Estado no puede romper con la tradición o cultura, no puede
rechazar esos elementos únicos que constituyen nuestra identidad.
Al Estado del siglo XXI no le faltarán ni obligaciones ni tareas, pero
espero que tampoco le faltarán medidas.
Pero el realizar estas tareas y obligaciones tiene que basarse en los
valores profesados.
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5 de agosto de 1998
Sede administrativa del Mercosur
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