Lech Walesa en Uruguay (2)
Un líder poco conocido: en 1968,
cuando "Solidaridad" era sólo
un cartel en el astillero Lenin.
Entrevista con el ingeniero Jorge Pivel.
EN PERSPECTIVA
Miércoles 29.07.98 - Hora 09.15
EMILIANO COTELO:
El nombre de Lech Walesa comenzó a ser conocido internacionalmente en 1980. Hay una fecha
clave en su biografía: el 14 de agosto de 1980. Por aquellos días, en los astilleros
Lenin, en Gdansk, tenía lugar una serie de manifestaciones de protesta provocada por dos
razones: un aumento de precio de los alimentos y el despido de Walesa y otros dos
activistas sindicales. Ese 14 de agosto del 80, Walesa salta por encima de un muro,
ingresa al predio e improvisa un fervoroso discurso llamando a la huelga a los 17 mil
trabajadores de aquella compañía. Walesa es designado como líder de un comité de
huelga que negocia con la dirección del astillero y 72 horas más tarde las demandas de
los huelguistas son aceptadas. Entonces los huelguistas de otras fábricas de Gdansk le
piden a Walesa que continúe su huelga pero ahora ya en solidaridad con ellos. Walesa
acepta y se forma un comité interempresarial de huelga que abarca las plantas de Gdansk,
Sopot y Gdynia y se lanza de inmediato una huelga general.
El 31 de agosto de 1980 -las cosas van muy rápido, todo ocurre en apenas dos semanas-
Walesa y el gobierno firman un acuerdo que concede a los obreros varias de sus
reivindicaciones: el derecho a organizarse de manera libre e independiente, el derecho a
aumentos de salarios y mayor libertad de expresión, tanto en materia política como
religiosa. Es entonces cuando aquel comité interempresarial de huelga se transforma y da
paso a Solidarnösc, Solidaridad.
Esos son los orígenes de Lech Walesa que todos tenemos más o menos frescos en la
memoria. Pero sucede que su activismo gremial había empezado en realidad más de 10 años
atrás.
Walesa nace el 29 de setiembre de 1943 en una pequeña ciudad del Este de Polonia llamada
Lipna, en una familia humilde, de campesinos. Durante la Segunda Guerra Mundial su padre
es enviado a un campo de concentración; sale con vida pero muere un par de meses después
de regresar a su hogar en 1945. Lech concluye sus estudios en una escuela de oficios y
comienza a trabajar como mecánico de maquinaria agrícola. En 1961 deja su casa para
servir en las fuerzas armadas, pasa seis años cumpliendo con el servicio militar
obligatorio, y cuando termina ese período no regresa a su ciudad natal sino que se muda a
Gdansk con la intención de mejorar su situación económica. Allí consigue un empleo
como electricista en los gigantescos astilleros Lenin.
Es allí donde unos meses después lo conocería un uruguayo, el ingeniero Jorge Pivel,
con quienes hemos conversado varias veces aquí En Perspectiva. El ingeniero Jorge Pivel
tiene 65 años, es ingeniero industrial, director de la empresa Julio Berkes SA, que en el
año 1992 se ubicó entre las 100 más innovadoras de Iberoamérica en el certamen
organizado por iniciativa del Instituto de Cooperación Iberoamericana; es además
dirigente de la Cámara de la Industria Metalúrgica, integra el Instituto Manuel Oribe,
fue profesor grado 5 de la Facultad de Ingeniería, consejero de la Cámara de Industrias
entre 1994 y 1997, y en esa época presidió la Comisión de Asuntos Laborales de la
Cámara de Industrias.
¿Qué hacía usted en 1968 en Polonia?
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"A mi regreso me atreví a asegurar al
rector (Oscar) Maggiolo: «Estimo que el régimen no sobrevive más de 12 años»".
(Foto de archivo) |
JORGE PIVEL:
En 1968 ya estaba recibido, era profesor de la Facultad de Ingeniería y un gran docente,
el ingeniero Juan Angel Parrillo, me alentó a presentar mi candidatura para un concurso
de becas que ofrecía Naciones Unidas para ser desarrollado en Polonia en un curso de
posgrado durante por lo menos siete meses.
EC - Usted tenía 35 años.
JP - Exactamente. Ya tenía mis primeros cinco hijos de entre ocho años y ocho meses y no
era nada fácil en aquel momento dejar a mi pobre señora con las cinco chicas mientras yo
eventualmente disparaba del país durante un tiempo tan prolongado, en circunstancias tan
particulares. Lo cierto es que tuvimos suerte de ser seleccionados entre los aspirantes de
todo el mundo a ese curso de posgrado en Polonia y allá marchamos en abril de 1968. Esa
es la razón de nuestra presencia en ese primero de los 10 viajes que ya llevamos hechos a
Europa.
EC - 1968 fue un año muy interesante en Europa y en el resto del mundo. Para empezar, fue
interesante en París. Y usted estuvo allí en mayo del 68.
JP - Parecería que éramos una especie de catalizadores de las catástrofes, porque
cuando llegamos a fines de abril en París ya estaba en marcha la revolución del famoso
(Daniel Cohn-Bendit, Dany el) Rojo de la Universidad de Nanterre, que culminara cinco o
seis días después con el incendio de esa universidad y los disturbios consiguientes en
todo el mes de mayo. Salimos de París y llegamos a Varsovia el 1º de mayo del año 68,
donde participamos de la Fiesta Nacional del Trabajo pero en medio de una hecatombe entre
milicia, trabajadores y estudiantes, que ya estaba marcando algo muy alejado del 1980 al
que se marca como origen de Solidarnösc, y que ya estaba embrionario en ese momento y
dispuesto a explotar en cualquier momento, cosa que nosotros tuvimos muy claramente a la
vista a partir de los siete meses que vivimos en Polonia.
EC - Aquellos fueron también los meses de la primavera de Praga.
JP - Ya estaba en marcha la primavera de Praga y el 28 de agosto vimos pasar el ejército
del Pacto de Varsovia rumbo a Praga para apagar, bajo las instrucciones de Moscú de aquel
entonces, lo que era el movimiento liberador de Alexander Dubceck y Ludwig Svoboda,
terminando por lo menos con el aspecto parcial de lo que se estaba realizando en ese año
1968 en Checoeslovaquia.
EC - Ese era el contexto. ¿Cómo conoció a Lech Walesa?
JP - El curso de posgrado consistía en trabajo de entrenamiento dentro de las propias
plantas industriales de Polonia, la que recorrimos de Norte a Sur y de Este a Oeste.
Conocimos a decenas de miles de trabajadores, entre ellos a los miles de trabajadores del
astillero Lenin en ese trío de ciudades del Báltico que son Gdansk, Gdynia y Sopot. Esta
última es prácticamente un balneario que me resultaba muy similar a Carrasco, sobre todo
por un hotel similar al Hotel Carrasco, en esa especie de aferramiento que uno hace cuando
está lejos del país, cuando encuentra todo parecido a todo, aunque no lo sea.
EC - Los astilleros Lenin son un emprendimiento impresionante, según coinciden en
calificarlos todos los que los han visto.
JP - Efectivamente. Polonia tenía en ese entonces -no sé ahora qué lugar ocupa- el
tercer lugar en tonelaje botado por año. En todas las oportunidades en que estuvimos en
el astillero pudimos presenciar algo que para nosotros los becarios era insólito: que la
botadura de los barcos se realizaba de costado, por estribor y no de proa, como hemos
visto tantas veces en el cine. Aquello era emocionante porque cuando el casco entraba en
el agua estaba a punto de convertirse en una especie de palangana llena, porque no era
fácil que tuviera estabilidad, tanto que en la botadura de uno de los grandes barcos que
allí se construían la propia banda hizo una contracción de la respiración y por lo
tanto interrumpió su sonido musical justamente alarmada por lo que sucedía con el casco
recién botado.
Eramos muy particularmente acosados por los operarios de todas las fábricas que
visitábamos, en razón del aislamiento y de la ignorancia de lo que sucedía en el mundo
exterior respecto de Polonia y el resto de Europa en aquel régimen tan duro de Wladislaw
Gomulka, que impedía que hubiera filtración de informaciones. Nuestra presencia como
becarios de Naciones Unidas nos daba una especie de salvoconducto para todo lo que pudiera
suceder en un régimen comunista muy duro como el que se vivía en Polonia en ese momento,
y éramos un elemento de atracción para todos los trabajadores que se acercaban a
hacernos todo tipo de preguntas a los 14 becarios que constituíamos el grupo.
EC - ¿Cómo aparece Walesa en esa historia?
JP - Era uno de los operarios del astillero que ya tenía más importancia desde el punto
de vista gremial, a pesar de sus 25 años.
EC - Y de que hacía muy poco tiempo que estaba trabajando allí.
JP - No debemos olvidar que la zona de Gdansk -que en alemán era Danzig- había sido
alemana hasta poco después de la segunda guerra mundial, por lo tanto había un nivel
cultural y mental y una calidad de vida distintos a los del resto de Polonia, a pesar de
que la parte más pobre después pasó a formar parte de Rusia. Es bastante entendible que
en esa zona que estaba perdiendo status en el nivel de vida -adonde fue a trabajar Walesa
buscando mejores salarios que los que tenía en sus regiones natales- surgiera la primera
inquietud frente al régimen comunista, que era sumamente duro y restrictivo de las
libertades individuales.
EC - ¿Cómo le fue presentado a usted Walesa?
JP - No hubo una presentación especial, sino que hubo el contacto de nosotros los
becarios que pasábamos a trabajar como nuevos operarios de la empresa mientras hacíamos
el training y nos relacionábamos con los trabajadores. Obviamente había muchos que eran
más extrovertidos que otros y se nos acercaban además por su inquietud de saber qué
pasaba en el resto del mundo. Ahí es que recuerdo concretamente la imagen de Lech Walesa,
a quien después seguí la pista no solamente desde Polonia sino a mi regreso al Uruguay
en el correr de los años.
EC - A pesar de que aquí era absolutamente desconocido.
JP - No tanto. El haber vivido siete meses en Polonia fue el mejor camino para poder
discernir sin necesidad de la historiografía dónde estaba el desarrollo, los elementos
embrionarios y cuáles eran las perspectivas futuras. Tanto que a mi regreso me atreví a
asegurar al rector (Oscar) Maggiolo, cuando me preguntó cómo me había ido en Polonia:
"Mire, rector, estimo que el régimen no sobrevive más de 12 años".
EC - 1968 más 12, 1980, que fue el momento en que estalló la serie de huelgas que
terminaría con la caída del régimen comunista.
JP - Exactamente. Me equivoqué en 10 años en cuanto a la duración del régimen porque
Walesa fue presidente en el 90, pero en el 80 ya lideraba todas las huelgas de un
sindicato que tenía nueve millones de miembros.
Quisiera rescatar que en el año 68, cuando llego por segunda o tercera vez al astillero
Lenin -donde nos dejaban entrar sin cámaras fotográficas-, recuerdo claramente un cartel
muy artesanal de no más de tres metros por uno, que decía "Solidarnösc". No
quiere decir con esto que Solidarnösc haya nacido en el 68, sino que esa palabra,
Solidaridad, podría estar significando el sentimiento de los obreros del astillero por
encima de lo que después fue el nombre emblemático del sindicato. Las primeras huelgas o
intentos de huelga se dieron en 1970, un año y medio después de mi presencia en Polonia,
pero ya en el 68 había un embrión de descontento, justamente porque se vivía en la
parte que anteriormente tenía mejor nivel de vida, que lo había ido perdiendo, que
había entrado en una situación de régimen muy duro para el trabajador y para el obrero,
y que en el 70 se manifestó ya con algunos amagos de huelga, razón por la cual Walesa
fue despedido en el 76.
EC - En el año 70 -según destacan sus biografías- Walesa aparece integrando el comité
que organiza la huelga en el astillero Lenin. Como consecuencia de esas movilizaciones es
arrestado y despedido, y lo será varias veces en el correr de los años siguientes
mientras no cejaba en su militancia en procura de libertad sindical.
JP - La más importante a partir de la ley marcial del 13 de diciembre del 81, cuando el
general Jaruszelsky lo detiene y lo libera recién un año y medio después para empezar
la marcha ascendente de Solidarnösc, que tiene un basamento netamente cristiano y apoyado
sin ningún ambage por la Iglesia Católica. La población polaca tiene un arraigo y una
devoción católica muchísimo más destacados que los que pueden tener la población
italiana o española.
EC - Sería bueno abundar en esas impresiones suyas.
JP - En una visita al Lekarz Minister -el Ministerio de la Industria Ligera- el ministro
de aquella época nos preguntó a los becarios qué era lo que más nos sorprendía de
nuestra estadía en Polonia, cuando ya llevábamos más de cinco meses allí. Muchos
optaron por preguntas tal vez triviales. Por razones de edad y de trayectoria gremial
-estoy haciendo gremialismo desde el año 53 o 54- se me ocurrió decirle que lo que más
me sorprendía era la coexistencia de la hoz, la cruz y el martillo. Eso provocó un
silencio sepulcral del ministro. La convivencia entre el comunismo y el catolicismo me
resultaba atípica e inentendible. Cuando siguió la reunión protocolar, en una parte el
señor ministro de la Industria Ligera me dijo: "Usted me hizo hace un rato una
pregunta que no quise contestar en grupo, pero le digo sin ningún tipo de reserva que la
coexistencia se da porque el día que toquemos el catolicismo nos dan vuelta". Era
tal la devoción y la participación del pueblo polaco en las actividades de la Iglesia
Católica, que no estoy equivocado si afirmo que más del 80 por ciento de la población
era católica practicante, entre ellos Walesa.
EC - ¿Usted es católico?
JP - No.
EC - Se lo pregunto para saber desde qué perspectiva había analizado ese fenómeno.
JP - Desde una perspectiva totalmente objetiva y despojada de toda participación mía con
respecto a la Iglesia Católica.
EC - Usted tuvo más de un diálogo con Walesa. ¿Qué impresión le dio en aquel momento?
JP - A pesar de sus 25 años era en potencia el líder que después resultó, aunque
debería decir que si no ha tenido una evolución -que puede haberla tenido y no la
conozco directamente- es porque era un sindicalista pero no un estadista. Tal vez ése sea
el justificativo para que en el año 95, después de su primer período, perdiera con
Kwasniewski la elección o reelección que pretendió ese año.
EC - ¿Por qué dice que en aquellos encuentros del 68 usted lo percibía como un
sindicalista, como un líder, pero no como un estadista?
JP - En primer lugar por razones de edad; en segundo lugar porque el hecho de que los
polacos estuvieran tan aislados con respecto al resto del mundo no le permitía tener una
visión adecuada de lo que sucedía en los alrededores. Era tan cerrado el sistema, que
recuerdo concretamente tres cosas que estaban netamente prohibidas y catastróficamente
dolorosas para quien violara la prohibición: cambiar dólares en el mercado negro,
escuchar La Voz de Europa y La Voz de América. El aislamiento era tan grande y la
gestión periodística estaba tan dirigida desde las esferas gubernamentales que lo que se
conocía era lo que el gobierno opinaba. Recuerdo concretamente que en el diario de la
ciudad en que estuvimos más tiempo, la ciudad de Lodsz, que es un centro textil, se
hacía prácticamente un ataque a diario de dos aspectos que gobernaban la vida de Polonia
en aquel entonces: el resentimiento del sector obrero y la aparición de los hooligans y
la beatlemanía. Se estaba dando una renovación enorme por la introducción de las
músicas occidentales y las costumbres que transmitían los cuatro monstruos de Liverpool,
además de la situación económica muy crítica que se vivía en Polonia.
Hay un elemento sintomático: trabajador en polaco se dice "robotsznich", y de
ahí sale la palabra "robot", porque tal vez el pobre trabajador polaco fuera
aquel más constreñido a hacer lo que le mandaban, sin tener siquiera la oportunidad de
opinar. Eso también está marcando por qué junto con la presencia de la Iglesia
Católica -no en vano el papa es polaco-, con lo que se dio a pesar de la destrucción o
el arrasamiento de la Primavera de Praga, es Polonia la que -mucho tiempo antes que todos
los países eslavos, y a pesar de las presiones naturales que se daban desde Moscú- tuvo
la valentía y la posibilidad de entrar en un camino de cambios radicales.
EC - Había un chiste en Polonia en la década del 80: "¿Cuántos polacos se
necesitan para cambiar el mundo? Sólo uno: Walesa". Por lo que usted está contando
ahora de su experiencia del año 68 había todo un caldo de cultivo, esto no fue obra de
una persona.
JP - Sin duda, además no lo puede ser por más valiosa que sea esa persona. Además se
daba a dos puntas. Hemos mencionado la zona rica que antes era Alemania, pero también
había -lo conocimos porque estuvimos dos meses en Cracovia y 15 días en Katowdice- una
zona hullera, minera, de trabajo muy duro donde las condiciones de los mineros en ese
momento eran terribles. Ahí también había un descontento un poco al estilo de lo que
sucedió en el Uruguay de los 60 y los 70, donde estaban por un lado los cañeros, que
eran los más desposeídos, y por otro los bancarios y gremios de otro tipo de cultura y
posibilidades que juntaron sus esfuerzos para hacer los movimientos gremiales que se
dieron en nuestro país. Se conjugaron las dos situaciones: la de los más desposeídos y
la de aquellos que tenían mayores posibilidades de ser escuchados porque tienen más
potencial en función de su cantidad de operarios, de la importancia de las fábricas en
las que trabajaban, y porque sentían que habían perdido mucho status con respecto a la
vida en la Alemania anterior.
EC - En esos meses en que vivió en Polonia usted también conoció a quien después
sería el papa.
JP - Exactamente, a Carol Woytila, que era quien nos orientaba en los conciertos del
tercer órgano de Europa en la catedral de Cracovia. No teníamos la menor noción de que
podía ser el futuro papa, aunque hay elementos que vale la pena tener en cuenta. En el
año 68 ya había fallecido Juan XXIII, y cuando nosotros llegamos a Postdam para la feria
industrial polaca él ya tenía un monumento de seis metros de altura. Hay que pensar lo
que significaba en la Polonia comunista erigir un monumento a un papa católico, conseguir
la financiación pero sobre todo obtener permiso. Ello estaba demostrando que el
movimiento a nivel sindical y de la iglesia tenía una importancia capital ya en el año
68. En ese momento el papa era Pablo VI, al poco tiempo Salvino Luciani tuvo su corto
período y siguió el papado de Carol Woytila.
EC - Electo en 1978.
JP - Recién 10 años después de la aparición de esos primeros embriones de rebelión en
la zona de Gdansk y Gdynia. Hay todo un conjunto de factores que se aúnan. Estoy seguro
de que la importancia de Walesa, con ser enorme, tal vez hubiera sido insuficiente sin el
apoyo incondicional de la Iglesia Católica.
EC - ¿Usted logró dominar bastante bien el polaco en esos meses? Lo escucho pronunciar
con mucho cuidado varios de los nombres que introdujo en esta entrevista.
JP - Si bien le vamos a pedir a la audiencia que siga recordando a Lech Walesa y a Carol
Woytila, en realidad en polaco se dice "Lej Vawenza" y "Carol
Voytiwa", porque hay una letra muy particular en su fonética. Lógicamente nosotros
adquirimos en ese año, después de tantos meses de convivencia, el lenguaje polaco que
nos permite tener las 400 o 500 palabras que nos permiten comunicarnos con un ciudadano
polaco.
EC - Hay que concluir que la "l" se pronuncia como una "u".
JP - No es una "l" ni una "t", es una "l" con un tilde
parecido al de la "t" con un sonido de doble vocal, "eu". Además tuve
una gran ventaja: mi compañero de pieza durante los siete meses era un ciudadano cubano,
casado con una checa. Había estudiado en Checoeslovaquia porque Fidel mandaba oleadas de
estudiantes a las universidades de Praga y a la Patrik Lumumba de Moscú. El hecho de que
él estuviera siete años en Checoeslovaquia le hizo dominar el checo, que es al polaco
como el italiano al español. Por lo tanto, al mes ya tenía un gran conocimiento del
polaco y me sirvió de muy buena ayuda para mejorar mi inexistente polaco de ese momento.
Eso me dio una cierta posibilidad de conversar en polaco, que además tiene una gran
ventaja para los que hablamos castellano: si lo pronunciamos con la fonética castellana
pronunciamos las palabras en forma perfecta y somos perfectamente entendidos; no sucede lo
que con el inglés, en que la fonética es distinta. Es muy difícil la declinación del
polaco, es un idioma muy difícil para el extranjero, pero para el de habla castellana es
de una pronunciación muy fluida, tanto que a nosotros nos confundían con polacos un poco
por fisonomía, otro por el uniforme y otro por la pronunciación.
EC - ¿Cuál es su expectativa en relación a esta conferencia de la semana que viene?
JP - Tengo una expectativa espectacular, que seguramente no es la misma que tiene Walesa
hacia mí; de repente ni se acuerda de mi existencia. Mi expectativa es tan grande como la
de reencontrarme con mi líder que fue Wilson Ferreira. Encontrarme con él va a ser
emocionante.
EC - ¿Algún tema en especial, algún aspecto de la vida de Walesa en especial?
JP - Su dedicación al trabajador, su diafanidad como gobernante, su solidaridad con el
resto de los trabajadores del mundo -no en vano fue Premio Nobel de la Paz- y sobre todo
ser un hombre de familia constituida, de gran cantidad de hijos, con su esposa Danuta.
Creo que es un ejemplo que deberíamos seguir todos.
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Transcripción: María Lila Ltaif Curbelo
(e-mail: liltaif@internet.com.uy)
Edición: Jorge García Ramón
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