Los aborígenes australianos,
genocidio y discriminación


Seguramente los Juegos Olímpicos Sydney 2000 popularizarán aún más la imagen de la Sala de Ópera de esa ciudad, los bellos paisajes de su bahía y sus fabulosos nadadores. Pero también llamarán la atención del mundo a una realidad australiana menos conocida. Es que los aborígenes de aquel país continente decidieron contarle al mundo su historia de masacres primero y discriminaciones después. Y quieren que el gobierno les pida perdón.

En cierta medida lo lograron. Una de las suyas, la atleta Cathy Freeman, fue la encargada de encender la antorcha olímpica en la ceremonia inaugural que el viernes 15 maravilló a los miles de millones de telespectadores e intentó reconciliar las distintas etnias que componen la Autralia de hoy. El presidente del Comité Olímpico Internacional, Antonio Samaranch, se fotografió intentando soplar un instrumento musical aborigen junto a un grupo de bailarines nativos y los mencionó en sus discursos. Además, el boomerang fue incorporado en el logo oficial de los Juegos del Milenio.

En una población de 19 millones de habitantes, unos 400.000 australianos son descendientes de las población nativa de la isla. Su colonización comenzó en 1788 con mil presidiarios británicos que fundaron Sydney. La persecución alcanzó su punto más alto en el Siglo XX. Entre 1910 y 1970, unos 100.000 niños aborígenes, la mayoría de piel clara, fueron separados de sus padres e internados en casas de "adiestramiento" para asimilarlos a la cultura blanca. Los australianos llaman a esos niños como "la generación perdida".

Esa es la historia de Valerie Murphy que vive en una de las zonas más pobres de Sydney, el distrito de Redfern. Fuma nerviosa y cuatro décadas después le cuesta recordar el tiempo en que su vida fue "robada". Tiene 53 años y no le gusta pensar en esos años, según le dijo al corresponsal del New York Times. "Me llevaron a los cinco o seis años y pasé 11 allí", recordó mirando la foto de la Escuela de Adiestramiento para Niñas de Cootamundra.

Pero aunque no siguieran el camino de Valerie, todos los aborígenes australianos saben de discriminaciones. Hasta 1962 no pudieron votar y fueron censados por primera vez en 1967. Hoy sus sueldos promedio son tres veces inferiores a los de la población blanca, su expectativa de vida 18 años menor y el desempleo aborigen es cinco veces más alto que el de los blancos. La tasa de mortalidad infantil es el doble que en el resto de la población y el alcoholismo ha alcanzado niveles angustiosos igual que la criminalidad.

Ante tal desigualdad, este año el gobierno decidió invertir 1.500 millones de dólares en programas destinados a remediar problemas de educación, salud, empleo y vivienda de los nativos, informó El País del sábado 16 citando al New York Times. Sin embargo, hace poco más de una semana el primer ministro conservador John Howard suspendió su colaboración con las Naciones Unidas para investigar las violaciones a los Derechos Humanos sufridas por las etnias nativas.

Howard también desestimó la posibilidad de pedir perdón oficialmente porque podría "dar a entender que las generaciones actuales son en alguna forma responsables de las acciones de generaciones previas, que fueron aprobadas por las leyes de esos tiempos, y que se creía que serían las mejores para los intereses de los niños", según lo justificó el ministro de Asuntos Aborígenes, John Herron.

El símbolo de los aborígenes

A falta de un Martin Luther King o un Malcom X, los nativos no han encontrado una figura más prominente que Cathy Freeman -dos veces campeona mundial y reciente ganadora de la medalla de oro en 400 metros- para denunciar sus problemas. Es hija de la etnia nativa australiana y el 15 de setiembre encendió el pebetero olímpico. Dicen en Australia que es la mayor celebridad nacional y aunque tiene sangre siria, escocesa y china, se siente orgullosa de su raíz nativa, hasta el punto de vulnerar ciertos protocolos para proclamar los derechos de su pueblo.

Aunque no es una activista radical, su importancia ha sido fundamental para que Australia tomara conciencia del problema aborigen, informó El País de Madrid. De sus antepasados, Freeman aprendió el drama que la etnia nativa australiana padeció durante 200 años. Dos de los abuelos de la atleta fueron parte de esa bochornosa "generación perdida" en las primeras décadas del siglo.

Criada por un padrastro de raza blanca, fue una estrella precoz en su etapa escolar. En 1990, con 17 años, participó como relevista en los Juegos de la Commonwealth. El equipo australiana ganó la carrera y se convirtió en la primera atleta aborigen en ganar una medalla de oro en una gran competición internacional. "Ser aborigen representa todo para mí. Siento que es mi pueblo. Muchos de mis amigos tienen las condiciones para brillar en el deporte, pero no se les concede la oportunidad de lograrlo", dijo tras su éxito. Cuando triunfó en el campeonato mundial lo celebró portando las banderas de Australia y la de la comunidad aborigen. El escándalo llegó al Parlamento del país, donde algunos diputados exigieron un castigo. La respuesta de Freeman fue contundente: en los Mundiales de 1997 volvió a exhibir la bandera de su etnia tras ganar en su distancia favorita.

Primeros en el número de presos

"Se trata de un problema endémico que la mayoría de los australianos prefiere ignorar", dijo el senador Aden Ridgeway, único miembro aborigen del Parlamento. Sin embargo, tras los juegos ya no será tan fácil hacerlo. Mientras duren, en el Parque Victoria de Sydney, decenas de aborígenes acamparán celebrando rituales ancestrales y narrando la historia oral de su pueblo.

En tal sentido, la organizadora del evento Isabel Coe declaró que desean "que el mundo sepa que este país está en guerra con su población indígena. Somos tratados como extranjeros en nuestra propia tierra: en lo único que estamos primeros es en el número de presos", sentenció.

Lentamente esa situación parece mejorar aunque la igualdad todavía es remota. El puñado de egresados universitarios aborígenes de hace unos años, hoy son 8.000. Sin embargo, según el senador Ridgeway, las autoridades deberán realizar un esfuerzo mayor. "A lo máximo que puede aspirar un joven aborigen hoy en día es ser beneficiario de algún sistema de subsidio. No hay nada más allá para ellos".