Publicado en
la revista Tres
(30.10.98) |
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¿Sobrevivirá la democracia en el siglo XXI?
Lee y salva tu cuello
por José Luis Castagnola
Hubo una época en Inglaterra en que saber leer podía, literalmente, salvarle el cuello a
una persona. El antiguo derecho medieval inglés permitía a quien demostraba la capacidad
de leer salvarse de la horca. En este siglo XX, durante las décadas de los años 30 y 40,
los totalitarismos hicieron lo contrario, pusieron bajo sospecha a los letrados y
realizaron emblemáticas quemas de libros. Ahora, al llegar el fin del siglo hay algunas
voces que alertan sobre la absorción de la cultura de las palabras por la invasión de
las imágenes, cada vez más omnipresentes en nuestra vida. Uno de ellos, Giovanni
Sartori, visitó Uruguay la pasada semana y habló de ese tema, que es el de su libro Homo
videns, cerrando el ciclo de conferencias organizado por radio El Espectador en su 75°
aniversario. Para algunos el tema de esta conferencia de Sartori expresó la visión de
alguien que no entiende estos tiempos y se refugia nostálgicamente en el pasado, en la
cultura escrita, literaria, del ayer. Esta es, sin duda, una interpretación posible, pero
también tiene sus peligros. Es bueno preguntarse si abandonar a su suerte aquella cultura
de las palabras es una opción inevitable y, sobre todo, positiva. Negar la presencia y la
utilidad que brindan hoy las tecnologías de las imágenes -vía TV o Internet, por
ejemplo- es tonto e improductivo. Pero plegarse a los vientos de la cultura de la imagen
sin reflexionar sobre sus implicancias puede ser una tontería aun mayor.
Las letras o la horca
En el antiguo derecho inglés existía el llamado neck-verse, literalmente "verso del
cuello". Era algún breve pasaje bíblico, usualmente el comienzo del Salmo 51, y la
habilidad para leerlo frente a un tribunal podía salvar a una persona de la horca. ¿Por
qué? Pues porque si era letrado, entonces, era un clérigo que no estaba sometido a la
autoridad de los tribunales ordinarios. Tenía un fuero especial. Ser letrado, saber leer
y escribir, era la forma de determinar si la persona era un clérigo o no lo era. Ocurría
que por esos tiempos clérigo y letrado eran prácticamente sinónimos. Luego de la caída
del Imperio Romano la alfabetización de los laicos declinó hasta desaparecer; entonces
la escritura y el saber se refugió en los monasterios y fuera de ellos no se aprendía a
leer. Este privilegio de salvarse de la horca no resultaba exclusivamente de la autoridad
o el poder de la Iglesia. En buena medida las cosas eran a la inversa. El tener el cuasi
monopolio de los letrados era lo que daba en esos tiempos una autoridad e influencia
enormes a la Iglesia. Más que un privilegio clerical se trataba de un tema de utilidad,
una razón de Estado, diríamos hoy. Ya que sólo los clérigos sabían leer y escribir,
entonces eran imprescindibles para administrar, para llevar las cuentas, para conservar la
memoria de la sociedad, para registrar testamentos, leyes, decretos y pasar de generación
en generación las experiencias, los aprendizajes, los conocimientos. Por otra parte,
además de registrar la memoria de la sociedad, también eran quienes producían nuevo
conocimiento; la astronomía, la filosofía, la estrategia militar, las prácticas
agrícolas, etcétera, se desarrollaban y perfeccionaban en los monasterios. Esto mismo
había ocurrido ya antes en Egipto, donde los sacerdotes letrados eran ingenieros,
arquitectos e inventores. El neck-verse era, en realidad, un mecanismo de salvar a los
letrados, que en esos tiempos eran un recurso muy escaso. Por ello es que más tarde se
mantuvo la costumbre, a pesar de que hubo cada vez más personas
letradas que no eran eclesiásticos. El neck-verse, en definitiva, era una forma de
proteger lo que hoy llamamos el capital humano. El neck-verse es un ejemplo, especialmente
curioso, pero también existían otras formas de proteger a los letrados y todas ellas
contribuyeron a que Inglaterra constituyera uno de los primeros parlamentos de la historia
y estableciera un gobierno constitucional que ha dado lugar a un ya centenario modelo de
democracia parlamentaria.
Imágenes y muchedumbres
En este siglo tenemos ejemplos de un criterio opuesto. Los totalitarismos, el fascismo en
Italia, el nazismo en Alemania y el comunismo soviético o chino, fueron hostiles a los
letrados, salvo en los
casos en que se convirtieron en defensores de la autoridad e ideólogos de esos
regímenes. ¿Por qué? Pues porque había una hostilidad hacia el individuo razonante,
hacia el letrado con capacidad de pensar por sí mismo porque era un potencial disidente.
Se aplicaba el criterio opuesto al que estaba detrás del neck-verse. En la visión de los
totalitarismos la cultura literaria fue frecuentemente considerada decadente, un vestigio
de la cultura que debía ser sustituida en los nuevos tiempos. Por otra parte, los
totalitarismos siempre exaltaron la imagen y los gestos, porque eran formas de movilizar
grandes masas y convocarlas mediante apelaciones emotivas. Las grandes escenografías
hitlerianas, las camisas negras fascistas, las banderas rojas comunistas. Un conjunto
abigarrado de símbolos e íconos para convocar, atraer y disciplinar a las grandes masas.
Y estas masas suponían siempre la sumisión del individuo, del hombre que piensa en forma
independiente, en el torbellino de las multitudes, en la corriente de las emociones tras
una bandera o un gesto. La política totalitaria siempre fue una política de masas de
colectivos, no de ciudadanos, de individuos que razonan.
Y el totalitarismo siempre se justificó en el pueblo, en el supuesto bien para las
mayorías, en las necesidades populares. Así, por ejemplo, Lucien Rebatet, un francés
colaboracionista de los nazis y cinéfilo apasionado, oponía la imagen que consideraba
"popular" a lo escrito que consideraba
"elitista". Esta curiosa oposición está en muchos argumentos de hoy en favor
de la imagen como vehículo de democratización, perdiéndose de vista que la democracia,
como ha dicho Sartori, no tiene que ver tanto con la cantidad de quienes participan de la
política como con la calidad de esa
participación. La democracia requiere de ciudadanos, esto es, de individuos con capacidad
de juzgar y decidir por sí mismos, sin dejarse seducir por las imágenes de un candidato
o emocionar por los símbolos efectistas de un partido o movimiento. La experiencia de
este siglo, en distintos puntos del planeta, nos muestra que una multitud de hombres y
mujeres en una plaza cantando o
saltando frenéticamente mientras esperan la aparición de su líder en un balcón no es
sinónimo de democracia. Por el contrario, en general esas cosas son augurios de mal
futuro para las democracias. Los grandes líderes democráticos han sido sobrios, nunca
abusaron de las muchedumbres en la plazas ni necesitaron de escenografías monumentales.
No olvidemos las palabras
Tampoco se trata de caer en el fanatismo de demonizar las imágenes. El uso totalitario de
las imágenes como forma movilizadora y de persuasión emotiva de las masas no significa
que la imágenes son malas en sí mismas. Las imágenes, las palabras, la televisión o un
tractor son instrumentos creados por el hombre y pueden ser bien o mal usados. No hay que
satanizar ni divinizar las creaciones humanas. Pero sí vale la pena reflexionar en algo
que la experiencia nos muestra: que en política el monopolio de la imagen es el comienzo
de la desaparición de la política
de la razón, la única auténticamente democrática. Porque las democracias son, como lo
ha escrito Giovanni Sartori, una apuesta al homo sapiens, al hombre razonable que es capaz
de juzgar y actuar por sí mismo.
El pasaje de Sartori por Uruguay desató polémicas y dejó en algunos la provinciana
satisfacción de haber puesto en aprietos al sabio "venido de afuera". Esa es
una vanidad, como todas, inconducente. Porque sin duda es fácil desacreditar como
débilmente argumentado a un libro, como Homo videns, escrito para un público amplio, con
una prosa corrida que evita la erudición. Se puede también entender la preocupación
para evitar que el mundo de las imágenes, de la televisión, aplaste la vieja cultura de
las palabras y la civilización de la escritura, como un acto de nostalgia por el pasado
que no volverá. En lo personal creo que en su libro hay más razón de la que le
atribuyen sus críticos.
En definitiva, lo que Sartori quiere decir es: evitemos el monopolio de las imágenes, no
abandonemos la cultura de las palabras, de la escritura, a su suerte, si no queremos
perder nuestras democracias. Lamentablemente la experiencia muestra que la política
dominada por las imágenes crea una política de la aclamación, de las muchedumbres, que
anula la razón y que
termina aplastando al individuo, en especial si es un disidente. Hasta el presente ha
sido, siempre, una política sin libertad. Así hoy la cuestión parece ser "lee y
salva tu libertad", que en muchas ocasiones es una forma de salvar el cuello.
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José Luis Castagnola es sociólogo, tiene 43 años, trabaja como consultor y es
profesor en la Universidad Católica del Uruguay.
Es autor de varios libros y también ha publicado en diversas revistas académicas.
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Revista Tres, 30.10.98
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