¿Sobrevivirá la democracia en el siglo XXI?
Una época de confusión democrática
por José Luis Castagnola
Decía Jorge Luis Borges que él hacía pocas excepciones al criterio de no leer
escritores vivos, porque al ser contemporáneos estamos envueltos en el ruido y los ecos
de críticas y comentarios, no siempre ecuánimes. El criterio es discutible, pero no es
malo. El tiempo decanta y ayuda a distinguir las estrellas fugaces de las obras que poseen
luz perdurable.
Contra este criterio puede argumentarse que conduce a vivir atrasado y al desconocimiento
de cosas buenas. Puede decirse con son argumentos válidos pero relativos. Ante el primero
puede decirse que un buen libro es aquel que tiene algo de universal, que siempre tiene
algo que decir en cualquier presente, así tenga dos meses o quince siglos de escrito.
Respecto de lo segundo hay que admitir que nadie puede leer todo lo que desearía, como
tampoco puede estar en todos aquellos lugares que le gustaría: se va al fútbol o se
duerme la siesta; si hoy leo el último libro de Galeano o de Benedetti quizás nunca
tenga el tiempo para leer joyas como La cartuja de Parma, de Stendhal, o el ensayo Sobre
la libertad, de John Stuart Mill. Hay que admitir que es un criterio realista: somos
mortales, nuestro tiempo y nuestras fuerzas son finitas, todo no se puede y, entonces,
cada día tenemos el desafío y la responsabilidad de elegir. Alguien con ingenio podrá
decir también que ese criterio se vuelve contra su inventor, porque siguiéndolo se llega
a la conclusión de que hubiera sido un error leer a Borges cuando aún estaba vivo o aun
hoy, cuando no ha pasado una década de su muerte. Seguramente en vida el escritor habría
declarado, con el fino humor que no le faltaba, su acuerdo con ese corolario. Pero,
además, hay un detalle: ese argentino universal y agudo afirmó que el suyo, como todo
criterio, admitía excepciones y muchos concordarían en que su caso merecía ser una de
esas excepciones, porque Borges fue uno de esos clásicos vivos, escasos en todos los
tiempos.
Otro clásico vivo del presente es don Giovanni Sartori, que visitará por primera vez
Uruguay en algunas semanas. Su campo no es, como en el caso de Borges, la literatura sino
la teoría política, pero en sus textos se encuentran rasgos de los genuinos clásicos:
lucidez, precisión, hondura.
Leer a Sartori es una experiencia recomendable y necesaria para quien se interese por eso
que llamamos política y que no es otra cosa que el conjunto de los esfuerzos humanos por
ordenar y dar un cauce razonable a los inevitables conflictos de la convivencia social. Y
en especial para quienes tienen curiosidad por el futuro de la forma de gobierno
democrática, en cuyo nombre se dicen y hacen cosas no necesariamente democráticas. En
varios de sus últimos libros Sartori reflexiona con lucidez sobre los peligros que rodean
a la democracia al fin de este milenio dominado por la video-política. Por eso es
oportuno dar una mirada a su obra en esta y otras páginas que vendrán.
Una época de confusión democrática
La nuestra es una "época de la confusión democrática", dice Sartori al
comienzo del primer volumen de su magnífica "Teoría de la democracia",
publicada en 1987. ¿En qué basa ese diagnóstico nuestro autor? En la constatación de
que hasta los años cuarenta de este siglo existía una clara idea en políticos y
ciudadanos de qué era la democracia. Había quienes la defendían y también quienes la
atacaban por considerarla insuficiente o defectuosa. Cada quien con sus argumentos. Hasta
entonces los regímenes
comunistas y fascistas no pretendían pasar por democráticos. Ellos se justificaban,
precisamente, en la crítica de la democracia "burguesa" o
"representativa" y pretendían superarla. Pero, dice Sartori, eso cambió luego
del fin de la Segunda Guerra Mundial.Desde entonces hasta hoy personas, líderes o
partidos con las más dispares ideas y prácticas justifican sus acciones apelando a esa
palabra que ha llegado a ser "universalmente honorable". Así, por ejemplo, los
regímenes de los países que luego de la guerra quedaron en el área de influencia
soviética -Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Alemania Oriental- se autodenominaron
"democracias populares". En ellos no existían los derechos políticos
democráticos básicos, como el de reunión o asociación, ni tampoco libertad de
expresión o de culto, pero se reivindicaban democracias, aunque adjetivadas. Desde fines
de los años cuarenta se pueden encontrar no pocos libros o discursos en defensa de la
denominación de democracias populares para esos regímenes. El resultado fue que comenzó
a hablarse de distintos tipos de democracias y con los años fue creciendo la confusión
en torno al concepto.
Hoy toda propuesta busca legitimarse echando mano al concepto de democracia. Se escucha
por doquier decir que se quiere la democracia, que se busca profundizar o ampliar la
democracia, que hay que complementar la democracia política con la democracia social y la
económica. En muchos casos estos esfuerzos tienen la mejores intenciones, pero en la
visión de Sartori han hecho un flaco favor a la democracia -como dice el refrán "de
buenas intenciones está empedrado el camino al infierno". Porque la retórica sobre
los complementos o las distintas caras de la democracia -política, social, económica-
han contribuido a aumentar la confusión y a desdibujar el sentido de la democracia
"a secas", su contenido fundamental, perenne, clásico.
Se ha sustituido la idea de la democracia por el de una diversidad de democracias y no
suele estar claro el alcance real y el significado de esas expresiones. Y, lo que es más
grave, no se explicita ni analiza a fondo cómo esas propuestas pueden afectar o
contradecir sustancialmente los derechos y libertades de los ciudadanos y sus garantías,
que están en el centro de la concepción clásica. Cosa que debiera atenderse, en
particular luego de vista la experiencia de las llamadas democracias populares del este
europeo, donde la preocupación por "complementar" o "superar" a la
vieja democracia a secas condujo a la ausencia de bienestar y de libertades.
La Babel democrática
Luego de medio siglo tenemos como resultado que a la democracia se le ha pretendido
agregar tanto que quiere decir muy poco para el hombre de hoy. Así, en definitiva,
disponemos de abundantes tratados y declaraciones sobre todo lo que falta y debe agregarse
a la clásica idea de la democracia política, mientras la mayor parte de los ciudadanos
de las democracias actuales son incapaces de dar una respuesta clara y mínimamente
compartida sobre qué es lo que define a la democracia. La confusión gana hoy a la
ciudadanía democrática y este no es un tema menor, porque "las ideas erróneas
sobre la democracia determinan que la democracia funcione mal". Como en la leyenda
bíblica de la torre de Babel, si quienes están aplicados a una empresa común muy clara
y concreta no disponen de un lenguaje preciso y compartido para entenderse, entonces la
confusión de las palabras se convierte en la inoperancia de los actos y todo concluye en
fracaso y frustración. Sartori constata, además, que la universal honorabilidad de la
palabra democracia en esta segunda mitad del siglo XX no ha eliminado la
fragilidad de la democracia ni a sus enemigos. Lo que ocurre es que ahora también éstos
invocan su nombre. Esto significa algo muy elemental, que no son democráticos todos los
que dicen serlo. Y en este caso ya no hay buenas intenciones, sino lo contrario: el uso de
la fraseología democrática con fines demagógicos, lo que alimenta el ruido y la
confusión acerca de qué es la democracia.
Para Sartori este panorama es lo que justifica el esfuerzo de reconstruir la corriente
principal de la teoría democrática. Ver qué es lo esencial, qué es secundario y qué
es contrario a la democracia a secas. Y esa es una tarea de la teoría política pero con
indudables e inmediatas consecuencias prácticas.
La democracia se basa en los ciudadanos y su suerte depende de que ellos no la traicionen.
Aunque pueda parecer algo pesimista, hay que reconocer que las democracias no tiene un
futuro asegurado. Para que la democracia continúe vigente al iniciarse el siglo venidero,
es necesario recuperar su sentido fundamental. No hay que reinventarla, hay que revisar
sus fuentes y despejar la confusa nebulosa que hoy la rodea. Reconocer, en definitiva, que
sin la vieja democracia política difícilmente habrá bienestar generalizado o equidad
creciente y duradera, sino una forma muy incómoda de igualdad: la de los esclavos.
José Luis Castagnola es sociólogo, tiene 42 años, trabaja como consultor para distintos
organismos internacionales y es profesor de la Universidad Católica del Uruguay. Autor de
varios libros y también de artículos publicados en distintas revistas académicas.
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Publicado en la revista Tres
(18 de setiembre de 1998)
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