¿Sobrevivirá la democracia en el siglo XXI?
Menos heroica, más humana
por José Luis Castagnola
Los grandes crímenes de la historia de la humanidad han sido crímenes políticos. O al
menos aquellos que se recuerdan. Sus autores siempre se proclamaron defensores de alguna
"buena causa". Este es un triste privilegio de la política, que algunos con
tono desencantado y otros acusador, esgrimen como una prueba más de la maldad intrínseca
de la política y de los políticos.
Este razonamiento, tan radical, es efectista pero incorrecto. No se sostiene lógicamente:
que la política sea la partera de grandes crímenes no significa que la política sea
intrínsecamente criminal, como el hecho de que existan hombres de 24 años que son
ladrones no habilita a sostener que todos los hombres con esa edad sean ladrones. Es
necesario ser más respetuosos de la lógica y más sutiles. No toda política es igual a
otra: la hay buena, mediocre y mala, como también siempre hubo buenos, mediocres y malos
políticos.
Giovanni Sartori, pensador político fino y de buena lógica que visitará Uruguay este
mes, ha procurado mostrar que las concepciones políticas que están detrás de los actos
de estadistas y ciudadanos comunes son decisivas para dar origen a la buena o a la mala
política. Y en el caso particular de la democracia va más allá, afirmando que las
concepciones erróneas sobre la democracia son una causa importante del fracaso de este
tipo de regímenes políticos. Sus comentarios son especialmente pertinentes en América
Latina, donde lo que ha caracterizado la vida de las democracias es su inestabilidad, más
allá de las diferencias de grado que se verifican entre los países.
El héroe y el disidente
Parte de la grandeza de la democracia resulta de que confía en los ciudadanos, en su
razonabilidad y buen sentido para llegar a acuerdos que les permitan resolver sus
conflictos en forma pacífica. Para entender, en definitiva, que la convivencia en paz es
un bien apreciable y beneficioso. Esta confianza, sin embargo, puede volverse contra la
democracia, tornándola frágil y vulnerable, si predomina esa visión que entiende,
muchas veces en forma no confesa o aun inconscientemente, que "la guerra es la
continuación de la política por otros medios".
El célebre aforismo que equipara la guerra a la política pertenece a Clausewitz y ha
encontrado a lo largo de este siglo numerosos adictos, que han sostenido la simetría de
la proposición: que la política es la
continuación de la guerra con otros medios. Algunos de ellos llegaron a ser gobernantes y
su obra es de triste memoria: Stalin, Hitler, Mao, Videla entre otros muchos.
Todos ellos tienen en común haber entendido la política como aniquilación de enemigos
genéricos en nombre de las más variadas inspiraciones o justificaciones ideológicas. Se
proclamaron defensores de la nación, la raza, la clase proletaria o la revolución, en
cuyo nombre desarrollaron políticas de terror y exterminio.
Sartori sostiene en su "Teoría de la democracia" que la distinción fundamental
que permite delimitar la mala y la buena política es la que existe entre una
"visión beligerante" de la política, precisamente orientada hacia la guerra, y
una "visión legalista" de la política, orientada hacia lograr una convivencia
pacífica. Saber situarse respecto de esta distinción es, además, decisivo para la
sobrevivencia de las democracias.
En la visión beligerante la política está basada en la fuerza, la persuasión se basa
en la autoridad o la imposición, el poder establece el derecho y se intenta resolver los
conflictos en términos de derrota de un "enemigo".
Es una forma de política absolutista, en cuanto toma a las propias ideas o convicciones
como puntos de referencia no transables. Por influjo de esa herencia romántica del siglo
pasado, que gusta de encontrar héroes en el exceso, es que esa visión absolutista y
dogmática de la política suele verse muchas veces como una virtud, como un modelo de
"idealismo" político.
Eso, por supuesto, en los casos en que el dogmatismo se ha asociado al fracaso, porque
cuando tiene éxito resulta en tiranía. Algo así ocurrió, por ejemplo, en el caso del
"Che" Guevara, quien siendo un profeta de esta visión beligerante de la
política devino un mito de entrega a los ideales cuando, en realidad, es un magnífico
ejemplo de ese dogmatismo que expresa la pobre visión del mundo donde todo se divide
entre buenos y malos, entre blanco y negro. Un mundo con dos trincheras, cuando se obtiene
autoridad, antes o después, termina justificando la eliminación del disidente porque es
un "enemigo".
Una política de héroes anónimos
Sartori ha señalado que en términos históricos la primera atenuación importante de las
relaciones basadas en la fuerza, propensas a la guerra, ha sido la construcción romana
del derecho civil, que llevó la resolución de los litigios entre los ciudadanos ante
tribunales, que arbitraban y resolvían tomando en cuenta los precedentes y el criterio de
la equidad. Esta construcción institucional del derecho civil motivó que los pueblos que
fueron conquistados por el imperio buscaran afanosamente la ciudadanía romana, porque les
proporcionaba esa manera pacífica y clara, sujeta a reglas, de resolver los problemas con
sus vecinos o conciudadanos. Esa práctica pacífica del derecho civil romano no se
trasladó, sin embargo, del mundo de los asuntos privados, entre los ciudadanos, al de las
cuestiones públicas o políticas. La vida política del imperio estuvo más tiempo
dominada por la fuerza que por las leyes. La relación entre el soberanos y los súbditos
siguió aferrada al principio de la fuerza, durante el imperio y muchos siglos después de
su decadencia. Eso cambió hace pocas centurias. La sustitución de la fuerza como
principio para regular las relaciones entre gobernantes y gobernados fue una proeza que
alcanzó el constitucionalismo liberal.
Señala Sartori que el pensamiento liberal inauguró el sometimiento de la política a
procedimientos legales, transformó las prácticas basadas en la ley de la jungla, la ley
del más fuerte en la "ley del derecho", dando lugar a eso que llamamos
democracia. Por ello nuestro autor habla de una visión legalista de la política como
fundamento de las democracias. Y por ello su lógica lo lleva a decir que la democracia es
democracia liberal o no lo es. La esencia de la democracia es el sometimiento de la
autoridad política a leyes, que es la esencia de la contribución del pensamiento
político liberal. Esta visión legalista de la política suele aparecer menos heroica,
pero es más humana. La resolución de los conflictos inevitables de la convivencia debe
atenerse a reglas y procedimientos que procuran asegurar un tratamiento igual para todos.
Es también una visión pluralista, donde la persuasión debe resultar del debate y del
respeto de las opiniones ajenas, donde la regla de la mayoría no puede significar la
eliminación de la voz para las minorías. Sartori dice que la sobrevivencia de la
democracia no es ajena a la madurez de los ciudadanos para no dejarse tentar por el falso
idealismo de los héroes de la política beligerante. La política emocrática, la buena
política, no tendrá grandes héroes visibles, sino anónimos que acuerdan y se atienen a
leyes,
porque su criterio no es la victoria de un ideal, sino la convivencia de las ideas
distintas. Será, en fin, menos heroica pero más humana.
José Luis Castagnola es sociólogo, tiene 42 años, trabaja como consultor y es profesor
en la Universidad Católica del Uruguay. Es autor de varios libros y también ha publicado
en diversas revistas académicas.
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Publicado en la revista Tres
2 de octubre de 1998
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