|
¿Sobrevivirá la democracia en el siglo XXI?
La carne es débil ...
por José Luis Castagnola
La historia, la literatura, la filosofía y la teología, desde los relatos bíblicos
hasta los cuentos infantiles, no ha dejado de poner en evidencia que el hombre es una
criatura débil, que resiste mal las tentaciones. Así, por ejemplo, en el libro de los
libros la tentación del fruto prohibido da lugar a la expulsión de Adán y Eva del
jardín del Edén, al tiempo que los relatos de los profetas testifican la lucha
permanente contra la tentación de la idolatría. En la literatura infantil, la tentación
de poseer el primado de la belleza da motivo a las desventuras de Blancanieves. "La
carne es débil", reza la fórmula popular que resume esta experiencia secular.
A pesar de que ya no suele mirarse de esa manera, la democracia es una forma de lidiar con
esa debilidad constitutiva del hombre. Y hay que decir que ha sido una forma bastante
eficaz. Sin embargo, no es infalible y siempre hay que recordar, como lo hace Giovanni
Sartori en un pequeño y recomendable libro sobre los peligros que enfrenta la democracia
en este fin del siglo XX, que: "El político es, en lo que respecta a dejarse tentar,
el más débil de los hombres".
Sartori menciona en ese libro que uno de los problemas de las democracias actuales es
ceder a la tentación de una sociedad donde hay una inflación de las expectativas, donde
los ciudadanos se sienten cada vez con derecho a mayores beneficios y para los políticos
es cada vez más costoso en términos electorales el ser responsables. Porque ser
responsables equivale a tomar el papel de guardianes de la hacienda pública, para
recordar que los beneficios siempre alguien debe pagarlos. Peor aun, hay que reconocer que
para un político suele ser más sencillo y redituable en el corto plazo convertirse en un
promotor de las expectativas del ciudadano. Siempre es más simpático prometer o reclamar
que hacer ahorros.
La sociedad de las expectativas
Puede aducirse que este problema siempre existió en la democracia, donde la
autoridad resulta de la aprobación popular. Algunos críticos de la democracia sostienen
que esa es una debilidad que hace inviable la democracia. Ante ellos, sin embargo, la
democracia tiene argumentos y hechos. En el plano de los argumentos se puede sostener que
ese riesgo es menor frente a los que resultan de formas de gobierno donde la autoridad es
ejercida sin los controles propios de esa invención que llamamos democracia. Los abusos
de autoridad y las arbitrariedades siempre han sido mayores cuando desaparecen las
formalidades democráticas. Por otra parte, en el plano de los hechos hay que decir que la
democracia se ha mostrado posible y en muchos casos con envidiable estabilidad.
Pero señala Sartori que una de las incertidumbres políticas mayores de este fin de siglo
es cómo las democracias manejarán una transformación decisiva que se ha operado en
nuestras sociedades, que se han convertido en sociedades de expectativas, donde los
ciudadanos se sienten cada vez más titulares de derechos entendidos como débitos, de
cosas que se esperan. Este cambio tiene varios aspectos importantes y entre ellos hay uno
decisivo: se confunde lo que son derechos formales, civiles o políticos, con
"derechos materiales" que tienen la forma de beneficios. En términos generales
los derechos civiles tiene relación con la igualdad ante la ley y las garantías para la
integridad individual y de la propiedad.
Los derechos políticos son los que refieren a la participación en los asuntos públicos
y que responden a la célebre fórmula "un hombre un voto", que significa
universalidad de la ciudadanía e igual valor de todos y cada uno de los ciudadanos.
En el siglo XX se agregaron a estos derechos civiles y políticos otros a los cuales se
suele denominar "derechos sociales y económicos", que involucran beneficios
materiales: una pensión, una jubilación, educación, salud, etcétera.
Sartori los denomina "derechos materiales" para distinguirlos de los otros dos
tipos, que son sencialmente derechos formales o jurídicos y no implican un costo directo.
Estos derechos materiales, en cambio, sí implican un costo, una carga, para el
presupuesto público. Y esta es una diferencia fundamental.
Formaliddad y bienestar
Estos derechos materiales -sociales y económicos- nacen de valores intrínsecamente
ligados a la idea democrática: el humanitarismo y la justicia.
Esos derechos materiales obedecen a criterios de justicia, como en el caso de la
instrucción, o humanitarios, como en el caso de las ayudas alimentarias para los
necesitados. En este sentido es que son conquistas democráticas: nacieron de la
experiencia de las sociedades libres, abiertas, y se consolidaron en ellas. No son
superfluos, la experiencia ha mostrado que son no sólo valiosos sino importantes. El goce
de los derechos formales, civiles y políticos, requiere de ciertas condiciones materiales
de bienestar mínimas.
Sin embargo, que no sean superfluos no significa que no sean distintos de los derechos
formales. Mientras los derechos políticos y civiles son incondicionales, los derechos
materiales están inevitablemente condicionados a las disponibilidades de recursos de la
sociedad. Y Sartori va un paso más allá, sostiene que perder de vista esa diferencia
puede hacer que se pierdan los unos y los otros.
Cuando esos derechos materiales se perciben y reclaman como derechos absolutos, sin
reparar en que sus costos no son marginales sino realmente onerosos, es porque el
ciudadano como el político han caído en la tentación irresponsable de olvidar que ellos
tienen costos que alguien deberá pagar.
Esa tentación en algunos casos puede ser involuntaria, lo que implica el pecado de la
ingenuidad. En otros casos es deliberada y merece el nombre de oportunismo o demagogia.
Oportunismo, cuando se trata de los ciudadanos organizados en corporaciones o grupos de
presión que alimentan esa confusión para mantener privilegios. Demagogia, cuando es el
político quien alimenta las expectativas de los ciudadanos irresponsablemente.
Sartori sostiene, en definitiva, que equiparar los derechos materiales con los derechos
formales no es sólo un error conceptual, es también una estupidez práctica, capaz de
llevar a la bancarrota a los Estados y también a las democracias. Porque la lógica a la
que conduce es profundamente perversa y destructora. Y en este punto la historia de
América Latina ofrece ejemplos de cómo los Estados dispendiosos, aunque sea con las
mejores intenciones, a la larga terminan en inestabilidad política. El populismo siempre
dejó como herencia el autoritarismo.
La serpiente se muerde la cola
En la visión de Sartori, no reconocer la diferencia sustancial entre los derechos
formales y los materiales tiene profundas consecuencias y peligros para las democracias
contemporáneas. En primer lugar, conduce a confundir la esencia del propio concepto de
democracia: de una sociedad de ciudadanos iguales -con derechos y deberes- se pasa a una
sociedad de beneficiarios.
En segundo lugar, esa sociedad de beneficiarios se convierte rápidamente en una sociedad
del descontento, porque ninguna sociedad soporta demandas crecientes de servicios
costosos. De esta forma la democracia termina en un círculo vicioso: alimenta
expectativas que no puede satisfacer o degrada los beneficios, con lo que de una forma u
otra aumenta el descontento.
La confusión culmina como la serpiente que se muerde la cola: los derechos materiales,
que nacieron para permitir el mejor goce de los derechos civiles y políticos por parte de
los ciudadanos, se convierten en causa del desprestigio y la ruina democráticos. Por eso,
en definitiva, las políticas de austeridad no son algo superfluo en la democracias: son
parte de una política de la razón y la supervivencia institucional. La debilidad de la
carne es un lujo que la democracia no se puede dar.
José Luis Castagnola es sociólogo, tiene 42 años, trabaja como consultor y es profesor
en la Universidad Católica del Uruguay. Es autor de varios libros y también ha publicado
en diversas revistas académicas.
--------------------
Publicado en la revista Tres
(16 de octubre de 1998)
|
|