La era digital
y el fin del homo sapiens
por Juan Carlos Doyenart
especial para El Observador
La máquina aportó a las sociedades modernas un gran caudal de libertad y
autodeterminación, pero también posibilitó sangrientas guerras, aunque nadie puede
dudar de que la Revolución Industrial significó un inconmensurable avance de la
humanidad. La era digital hoy se presenta como una revolución que puede implicar un
avance inimaginado. Este deslumbrante mundo, lleno de promesas y esperanzas de eficiencia
y libertad también está lleno de peligros que debemos saber reconocer y prever con
antelación. El progreso tecnológico genera mucho bienestar, pero también sabe cobrar
sus costos y, como ocurre en estas etapas de transición, los agoreros del fin de la
humanidad siempre aparecen.
Días atrás, en nuestro país, Giovanni Sartori brindó una charla basada en su libro, El
Homo Videns, la cual despertó un singular interés en muchos sectores. Allí se expresa
la típica visión apocalíptica de la era digital. Sartori afirma que la navegación
cibernética no deja de ser un entretenido video-juego y si se lo toma muy en serio se
corre el peligro de perder el sentido de la realidad y vivir constantemente en un mundo
virtual. Por otra parte, la emprende nuevamente contra la televisión, llamando nuestra
atención sobre el "video-niño", donde se está produciendo una metamorfosis
que revierte la naturaleza misma del homo sapiens, generando un nuevo tipo de ser humano:
el homo videns. Este nuevo tipo pierde la capacidad de pensar, de comprender, de analizar,
todo le llega a través de las imágenes y pierde su relación con la palabra escrita que
nos permite la abstracción y el entendimiento. Según Sartori, la televisión informa
poco y mal, desfigura las realidades en base a imágenes que también mienten.
Lógicamente no se priva de hablarnos de la mala influencia que tiene la televisión sobre
la política, la "video-política" como él la denomina, basada en la opinión
de la gente, opinión que es conformada por la televisión, condicionando totalmente la
vida política. Una opinión, según Sartori, basada en "pareceres", donde los
ciudadanos opinan de todo sin estar informados.
Hablar contra una sociedad "teledirigida" vende libros, cualquier intelectual
que se precie de serlo se siente atraído por estas sombrías afirmaciones que no dejan de
expresar un pensamiento elitista, el cual pierde totalmente de vista los positivos cambios
que la nueva era genera en el conjunto de la sociedad. Se queda en sus efectos negativos,
que existen, y los dramatiza al punto de ocultar las verdaderas dimensiones del fenómeno.
De ninguna manera comparto esta visión apocalíptica, aunque no dejo de percibir los
peligros. Creo que la abstracción, la comprensión y la imaginación también se
estimulan y desarrollan con la televisión y las redes, sólo que es necesario utilizarlas
correctamente, a nuestro favor. Aquí radica la responsabilidad de los propios seres
humanos y su libertad de elegir.
Así como los padres son responsables de sus hijos en todos los órdenes, ya sea para
elegir en qué colegio estudian, a qué cines pueden ir, con qué otros niños pueden
jugar, también son responsables de orientar a sus hijos en el mundo de la multimedia.
Reconozco los peligros, pero prefiero esto a la existencia de censores, en definitiva
burócratas, que deciden por nosotros qué conviene ver y qué no. Por otra parte, apuesto
a la complementariedad de los medios de comunicación; así como la televisión no mató
el cine, ni éste el teatro, tampoco la era digital tiene por qué matar la lectura. Es
cierto que la televisión no informa sobre todo, selecciona y muchas veces sin el mejor
criterio; también es cierto que en general informa superficialmente, y otras veces lo
hace mal, pero me pregunto si éste es sólo un privilegio de la televisión o también
ocurre con la radio y la prensa escrita. Pero aún admitiendo que los diarios son un canal
de información mucho más completo, me pregunto cuánta gente se informaba en profundidad
a través de los diarios cuando no existía la TV, ¿tres, cuatro, cinco veces más que
hoy? En cualquier caso no dejan de ser muy pocas personas, sin embargo con la televisión
se universaliza efectivamente la poca información que ella transmite. Porque según se
desprende de las afirmaciones de Sartori, con la TV retrocedemos en el nivel de la
información, como si antes de ésta viviéramos en un mundo muy informado, donde todos
leíamos libros. Nada más lejos de la realidad, porque ésta nos muestra que gracias a
esta tecnología la información supera casi todas las barreras que existieron antes. Otra
cosa muy diferente es nuestra capacidad para administrarla; si Sartori avanzara por allí
podemos estar de acuerdo. Porque, efectivamente, no la administramos bien, y éste es un
desafío que tenemos por delante, pero sin perder de vista la gran potencialidad que ella
nos otorga. Pero también discrepo con Sartori con relación a la "video-
política". Dice que hoy ésta se construye sólo con imágenes; en parte es cierto,
pero también reconoce las diferencias entre sociedades con sistemas de partidos fuertes y
débiles, aunque no se pregunta qué es lo principal: ¿eliminar la TV de la política o
fortalecer los sistemas de partidos? Antes de la TV, ¿cuánta gente conocía a sus
dirigentes? Seguramente muy poca; hoy están constantemente expuestos al juicio de los
ciudadanos, lo cual resulta en un avance sustantivo de la vida democrática. Finalmente,
también voy a discrepar con relación a las encuestas de opinión, que no dejan de ser
una herramienta que debe saber utilizarse. Ellas recogen opiniones, "pareceres"
como dice Sartori, de personas con muy diferente nivel de información, pero me pregunto:
cuando la gente vota, ¿está bien informada? ¿Sabe qué vota, por qué y qué
repercusiones tendrá? ¿Está bien informada sobre todos los candidatos? La mayoría no,
sin embargo la democracia funciona en base a la opinión que los ciudadanos expresan en
las elecciones. Si hiciéramos caso a Sartori, el voto debería estar limitado a los
informados, seguramente con nivel de instrucción terciario, de clases altas y de tez
blanca.
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El Observador, 07.11.98
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