La estadía de
Giovanni Sartori
en imágenes

 

Introducción a
Giovanni Sartori
realizada por el
presidente de
la República,
J. M. Sanguinetti
(Edificio
Mercosur,
27.10.98)

 

Discurso del
escribano
Javier Massa,
director de
El Espectador

(Edificio
Mercosur
27.10.98)


La sociedad teledirigida


Conferencia de Giovanni Sartori

en el Edificio Mercosur, 28 de octubre de 1998.


Señor Presidente, usted hablaba de una "democracia confusa" y yo ahora me siento confuso por sus elogios. En italiano florentino, un idioma rico, erudito, le diría que estoy "circonfuso" con su elogio. Confieso que nunca había sido presentado por un Jefe de Estado, lo que aumenta aún más mi confusión. El libro tiene una dedicatoria que dice: "A Ilaria, que lee". Ilaria es mi hija y entonces tiene el derecho de ser citada en primer lugar, pero si el libro fuera reeditado en Uruguay podría tal vez agregar a la dedicatoria "a Ilaria y al Presidente Sanguinetti que leen". Le agradezco mucho, es un gran honor.
Espero que la luz no se vuelva a apagar, porque mientras el presidente Sanguinetti es un excelente orador, es imbatible, a mí en cambio si se me apaga la luz ya no puedo leer mis apuntes. Me viene a la mente una historia de Massimo D´Azeglio en sus "Recuerdos", que es un clásico para los estudiantes italianos de hace cincuenta años. Nos hacían leer a Silvio Pellico que era muy aburrido, en cambio Massimo D´Azeglio era muy gracioso. El nos contaba sobre un general que conducía las maniobras del Ejército del Piemonte, y que tenía las instrucciones de estas maniobras. Sucede que viene una ráfaga de viento que hace volar sus papeles y entonces D'Azeglio comentaba: "Si el papel cae, toda la ciencia desaparece al galope". Esperemos entonces que la luz no se nos vaya. Tal vez la luz sólo se apaga delante de los poderosos y no de los comunes mortales.


"El salto se produce con la televisión, porque con ella se pasa de pensar en cosas que no se ven, a no pensar en cosas que se ven. O, dicho de otra manera, a ver sin pensar"

Entro ahora finalmente "in medias res", al fondo del asunto. Como ustedes sabrán, el tema es el de la "sociedad teledirigida" y como no voy a repetir por supuesto lo que digo en el libro, ustedes tienen que leerlo; no les voy a facilitar tanto la tarea. Resumo entonces el libro partiendo de tres preguntas, y trataré en esta breve presentación de responderlas. En primer lugar: ¿la televisión es beneficiosa?. Segunda pregunta: ¿la televisión es nociva? Y en tercer lugar: ¿la televisión es insuficiente?
En estas tres preguntas, como verán, hay mucha cosa de que hablar. Tal vez ustedes ya han adivinado que en mi opinión es muy nociva, pero eso conlleva demostrar que no es beneficiosa y que es insuficiente. No sirve decir que es nociva o que es beneficiosa sólo en teoría, y demostrarlo es el objetivo de esta conversación.

La pregunta que se nos plantea en primer lugar es por qué se le atribuye tanto centralismo a la televisión. En el mundo multimedia actual hay muchos aparatos, no sólo la televisión: tenemos Internet, el futuro digital, el ciberespacio de Negroponte (este nombre, Negroponte tiene algo de "yeta": el sólo pronunciarlo me hace estremecer, y cuando lo vuelvo a leer me estremezco nuevamente). ¿Por qué la televisión, entonces? Y bueno: porque la televisión rompe con la tradición de la cultura hablada, de la cultura de la palabra escrita. La radio todavía pertenece a la cultura de la palabra . En este momento estoy hablando y también ven mi imagen, pero no es mi apostura lo que cuenta ahora sino lo que estoy diciendo. La radio, entonces, aún pertenece a la cultura de la palabra.


"A mí no me interesan todas las informaciones. La información de que un gato ha muerto es trágica pero no me interesa; que salvaron a una ballena me conmueve, pero en última instancia esa ballena morirá porque también las ballenas mueren; que mataron a un perro y hay que ver si se trata de asesinato me hace reír, pero no me parece un elemento importante de mi formación cultural. Me interesa la televisión que informa, al mismo tiempo que forma una opinión pública sobre las cosas públicas, y por consiguiente sobre la política"

Con la televisión entramos en la llamada "cultura audiovisual", que prioriza lo visual sobre lo auditivo y que en definitiva pasa de la palabra a la imagen. Y este es el motivo por el cual le otorgo centralismo a la televisión: porque el salto se produce con el advenimiento de la televisión. Lo que viene después, Internet y todas las otras bellezas como computadoras personales, etcétera, tal vez desde el punto de vista cuantitativo sean más importantes, habrá más máquinas de uno u otro tipo, habrá más computadoras que televisores, pero el problema no es de porcentajes sino de centralismo. Si bien me dicen que la televisión ha sido superada, en este libro yo digo que desde el punto de vista de su centralismo no ha sido superada.

El salto se produce con la televisión porque, según mi tesis, con ella se pasa de pensar en cosas que no se ven a no pensar en cosas que se ven. O, dicho de otra manera, a ver sin pensar. Debe quedar claro de entrada que mi objetivo no es toda la televisión , y más claro aún que no quiero destruir toda la televisión. Si entrara a competir en esas condiciones es evidente que la televisión acabaría conmigo y mi adversario, mi objetivo, no es toda la televisión, sino aquel segmento, tal vez pequeño pero central de la misma, que es la parte didáctica, formativa, educativa, y la parte informativa de la televisión. La televisión que en una última instancia educa, "educe", y la televisión que nos informa, nos transmite noticias y nos hace saber -o debería hacernos saber- dónde estamos y qué cosas suceden en el mundo.

Quisiera precisar una vez más que a mí no me interesan todas las informaciones. La información de que un gato ha muerto es trágica pero no me interesa. La información de que salvaron a una ballena me conmueve pero bueno: en última instancia esa ballena morirá porque también las ballenas mueren al igual que los seres humanos. La información de que mataron a un perro y hay que ver si se trata de asesinato me interesa porque me río de ella, pero no me parece un elemento importante de mi formación cultural. Entonces, evidentemente, lo que me interesa es la televisión que informa al mismo tiempo que forma una opinión pública sobre las cosas públicas y por consiguiente sobre la política, sobre la "polis", sobre la ciudad.

No interesa si es el diez por ciento o el cinco por ciento de la televisión sino que es lo importante para el ciudadano y para la ciudad. Y saber de política, aún cuando el 80 o el 90 % de los encuestados responden que les importa poco o nada la política, es importante. Tal vez sea una consideración elitista. Yo soy elitista, por lo que la acusación no me preocupa. Es importante porque la política es la casa en la que vivimos. La política condiciona todo nuestro vivir y nuestro convivir.Y si la política produce una ciudad incorrecta terminamos en prisión. Si la política se equivoca nos empobrecemos, comemos poco y mal. Es decir que la paradoja de nuestros sistemas al borde ya del segundo milenio es que dependemos cada vez más de la política, porque la política interviene cada vez con mayor frecuencia y nos guste o no eso es así, pero cada vez nos interesamos menos por la política.

Yo soy muy nervioso y a veces me enfado cuando me dicen que la televisión no ofrece política porque ésta no interesa. Pero ¿y por qué no interesa la política? ¿Qué sucede? ¿Tenemos una población que sale de la caverna de Platón, que ya sabe todo y ya ha decidido sobre todo lo que se encuentra fuera de la caverna? No. Si la política no interesa es porque la televisión crea el desinterés en la política. Y lo crea -y esto forma parte de mi argumentación- porque lo poquísimo que ofrece es a menudo insulso y nunca es explicado. Cuando miro la televisión italiana (no quiero ofender la de otros países; tengo mi patriotismo en estos asuntos), cuando termina me digo: "Pero ¡no entendí nada! ¿Qué fue lo que sucedió en Inglaterra?". Entonces, si yo no entiendo, que no seré demasiado inteligente pero alguna experiencia tengo, imagínense que es imposible que el ciudadano común entienda. Porque tratar de trasmitir las cosas importantes y significativas del mundo en veinte o treinta segundos es imposible.


"Si la política produce una ciudad incorrecta terminamos en prisión. Si la política se equivoca nos empobrecemos, comemos poco y mal. La paradoja es que dependemos cada vez más de la política, porque la política interviene cada vez con mayor frecuencia, pero cada vez nos interesamos menos por la política"

Entonces, el desinterés es creado por el hecho de que nadie se interesa por cosas que no comprende. El que no entiende de fútbol no se interesará por las cosas del fútbol, y entonces quien quiera difundir este deporte debe preocuparse por explicarlo. Quien no conoce de música o no se interesa por la música no la comprende. Para Napoleón, por ejemplo, era un rumor; pero él tenía muchas cosas en que concentrarse, y era sordo para la música. A él se lo admito. Pero para apreciar la música, para interesarse por la música debemos comprenderla. Y lo mismo sucede en todos los ámbitos. Entonces, si el ciudadano común en niveles preocupantes del 80 o del 90% no se interesa por la política, es porque la televisión ayuda al público a no interesarse, no la explica, no la hace comprensible, y lo que no se comprende no interesa.

Y además ¿qué tipo de discurso es éste? Decimos "No ofrecemos política porque al público no le interesa". Entonces no enviemos a los niños a la escuela porque no quieren ir; para el niño la escuela es muy aburrida. Si los dejáramos elegir veremos cuántos van. Esto es parte de nuestro deber como padres, así como es parte del deber de una televisión responsable el mantener vivo el interés de un cierto número de ciudadanos que estén bien informados.

Y es así que llego como premisa al punto de las preguntas de las cuales partí, comenzando de atrás para adelante. La televisión no incide mucho. Está sobrevalorada. Decimos que es muy importante y no es así. Yo siempre pregunto, como lógico que soy: "¿Cómo se prueba esto? ¿Cuáles son las certezas que prueban esta aseveración?". Porque el lógico exige el elemento contrafactual. No voy a explicar acá este concepto, pero se explica fácilmente con referencia al impacto de los diarios, que es el mismo problema. Desde hace cincuenta años nos preguntamos: "¿Cuál es la influencia de los diarios? ¿Cambian? ¿Provocan cambios? ¿Sobre qué inciden?", y tampoco lo sabemos porque falta el elemento contrafactual. ¿Cuál sería este elemento? Se crean dos grupos experimentales, dos universos que tengan todas las características relevantes análogas; uno es expuesto sólo a los periódicos de derecha y otro a los de izquierda, y luego se ve cuál es la diferencia en las preferencias de derecha o de izquierda en ambos grupos. En teoría esto es fácil de llevar a cabo pero en la práctica es difícil, porque no se hace en una semana. Se necesita un público virgen y un lapso adecuado, y por lo tanto no contamos con el elemento contrafactual. También se podría emplear para la televisión pero carecemos de él.


"Todo el saber del homo sapiens se desarrolla en la esfera de un mundo intelligibilis de conceptos y de concepciones mentales, que no es en modo alguno el mundus sensibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos. Y la cuestión es ésta: la televisión invierte la evolución de lo sensible en lo inteligible y lo convierte en ictu oculi, en un regreso al puro y simple acto de ver"

Mas no existe una vía sola para establecer certezas en cuanto al impacto de la televisión . Otro camino que se les ha escapado a los que escriben sobre estos temas es preguntarse: "¿Influencia sobre qué? ¿Sobre qué aspectos precisos? ¿Sobre qué elementos en particular?". Y es aquí que yo, perversamente, me centro en la capacidad de abstracción, y digo que la influencia de la televisión es muy grande con respecto a la capacidad de abstracción. Si preciso el problema de esta forma puedo demostrarlo y venzo fácilmente, porque cuando digo capacidad de abstracción veo mil rostros que no me comprenden y si no me comprenden quiere decir que ya han perdido dicha capacidad. Ni siquiera saben de qué estoy hablando, y entonces me digo muy contento: "¿Ven? La televisión es nociva porque ustedes ya ni siquiera saben lo que es la capacidad de abstracción". Pero como este es el punto central quería leer un pasaje Es la única lectura del libro que haré, ya que he observado que la mayoría no se da cuenta del carácter central de este punto Quiero leerles de qué manera lo presento y lo explico en el libro. Estamos en el capítulo V de la primera parte, El empobrecimiento de la comprensión, y el texto dice así:

"El homo sapiens debe todo su saber y todo el avance de su entendimiento a su capacidad de abstracción. Sabemos que las palabras que articulan el lenguaje humano son símbolos que evocan también «representaciones» y, por tanto, llevan a la mente figuras, imágenes de cosas visibles y que hemos visto. Pero esto sucede sólo con los nombres propios y con las «palabras concretas»" (lo digo de este modo para que la exposición sea más simple). "Son, en el lenguaje técnico, palabras denotativas; es decir, palabras como casa, cama, mesa, carne, automóvil, gato, mujer, etcétera, nuestro vocabulario de orden práctico. De otro modo, nuestro vocabulario cognoscitivo y teórico consiste en palabras abstractas que no tienen ningún correlato en cosas visibles, y cuyo significado no se puede trasladar ni traducir en imágenes. La ciudad se ve desde un helicóptero" (se puede fotografiar Montevideo por ejemplo), "pero la Nación no, el Estado tampoco, ni la soberanía, la democracia ni la burocracia. Son conceptos abstractos elaborados por el homo sapiens que no tienen un correlato visible. Son abstracciones no visibles de los conceptos de justicia, legitimidad, legalidad, igualdad, derecho (y derechos). Y aún hay más: palabras como desocupación, inteligencia, felicidad, también son palabras abstractas. Y toda nuestra capacidad de administrar la realidad política, social y económica en la que vivimos, y a la que se somete la naturaleza del hombre, se fundamenta exclusivamente en un pensamiento conceptual que representa -para el ojo desnudo- entidades invisibles e inexistentes".


"A la pregunta: ¿es la difusión de la televisión un progreso en el sentido de que el contenido de esa difusión es positivo?, contesto que a veces sí y a veces no. Que cada vez se ofrece menos y cada vez de peor calidad. Aumentó la subinformación, porque la información es tan poca que subinforma, no informa lo suficiente, y no permite comprender nada o deja comprender poco"

"Así pues, en síntesis, todo el saber del homo sapiens se desarrolla en la esfera de un mundo intelligibilis de conceptos y de concepciones mentales, que no es en modo alguno el mundus sensibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos. Y la cuestión es ésta: la televisión invierte la evolución de lo sensible en lo inteligible y lo convierte en ictu oculi, en un regreso al puro y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender". Fin de la aburrida lectura, y prometo no reincidir.

Paso a otro punto. Si no existe el hecho contrafactual ¿dónde voy a centrar la discusión del problema? La voy a centrar en la capacidad de abstracción, aspecto que ni siquiera ha sido abordado. Y por lo tanto mi conclusión al respecto es que la televisión incide de manera muy negativa si se enfocan las capacidades de abstracción que hacen del homo sapiens un hombre capaz del saber que la letra impresa requiere.

Nos queda la primera pregunta: ¿la televisión es beneficiosa? Bueno, con una sola piedra no puedo crear un gran lío, no puedo matar tres pájaros. Dije que en muchos aspectos es nociva pero cabe la posibilidad de que en otros sea positiva. No se puede entonces inferir que por el hecho de que considero que incide negativamente no pueda considerar que la televisión pueda también, reitero, tener algún efecto benéfico. Este es un punto que aún debo tratar.


"La televisión se exhibe como portavoz de una opinión pública que, la mayoría de las veces, es en realidad el eco de retorno de la propia voz. ¿Cómo hace el público para saber si aprueba o no a los políticos que va a votar? Los ve en la televisión o en los diarios importantes"

En el libro examino los argumentos que dicen que la televisión es beneficiosa. Se los voy a ahorrar, pero recuerdo que los contextos en los cuales se supone que la televisión hace bien, o por lo menos es más positiva que negativa, son tres. Se sostiene que la información es beneficiosa porque amplía la cantidad de personas que la reciben cuando la pueden ver por televisión. Quiere decir que la información se extiende, se expande. Y los otros argumentos son en sustancia que la televisión es un instrumento de democracia que refuerza y promueve el demo-poder, es decir la democracia. Y si estos son los argumentos principales de elogio del tele-ver entonces, y ustedes lo pueden apreciar en el libro, en cuanto al primer punto de que la televisión extiende la información hacia públicos más amplios, puedo concederlo. Porque el punto no es si esta ampliación es cuantitativa, sino si también es cualitativa.

El concepto de progreso, cuando se aplica a la historia aún hoy, es el concepto iluminista del mismo. Cuando decimos que un cáncer progresa es otra definición lingüística, queremos decir que la enfermedad avanza, cuando decimos que hay progreso en la delincuencia queremos decir que aumenta, pero cuando decimos que la televisión es progreso porque se extiende, entonces, si es verdad, debe haber un contenido cualitativo en este juicio porque una extensión de por sí es un número más alto pero no hace a la naturaleza del problema. Y a la pregunta: ¿es la difusión de la televisión un progreso en el sentido de que el contenido de esa difusión es positivo?, contesto que no. Que a veces sí y a veces no. Que cada vez se ofrece menos y cada vez de peor calidad. Aquí me voy a detener bastante porque lo que llamamos aumento de la información, y esta es una opinión que emito, es un aumento de la subinformación, porque la información es tan poca que subinforma, no informa lo suficiente, y no permite comprender nada o deja comprender poco. Y también sostengo que la información que da la televisión sobre la cosa pública (debemos tener esto en mente) no solamente es subinformación sino que es también en sustancia desinformación, aunque a veces no deliberadamente, porque faltan el contexto y su explicación, y al final tenemos una información falsa sobre lo que realmente es y una información falsa sobre esta deficiencia.


Con "el argumento de que la cultura no es democrática porque es elitista, y que la televisión es democrática porque es anti-elitista (...)se presenta el famoso argumento «elitismo - antielitismo» que se tornó políticamente correcto a fines de los años sesenta, y que desde entonces se mantiene con toda tranquilidad".

Por lo tanto no comparto el elogio de la televisión basado sólo en el hecho de la expansión de la información, pues también amplía la subinformación y la desinformación. Esto lo digo como axioma, pero en el libro intento probarlo.

Queda el último punto que, según los que lo defienden, no se puede negar: el de que la televisión promueve la democracia, crea más democracia, maximiza la democracia. Y con respecto a esto me niego a negociar como podría hacerlo con otros aspectos: me mantengo firme y me digo que no me lo van a vender. Para explicar el motivo de mi negativa cerrada me refiero al proceso de formación de la opinión pública, que en el panfleto ocupa un lugar bastante importante partiendo de la pregunta "¿Cómo se constituye una opinión pública relativamente autónoma, es decir que sea del público y no impuesta al público?". Reitero, una opinión pública relativamente autónoma y no mayoritariamente fabricada desde afuera. Del análisis se deduce que la fuerza del ver elimina las fases intermedias de opinión y las facultades cognitivas que establecen pautas. Porque ciento treinta personas que sostienen lo opuesto hacen pensar ¿a quién debo creer? Si se establecen las verdades de la fuerza cognitiva o de la fuerza de la imagen, llego a la conclusión de que en los últimos veinte o treinta años la televisión ha vaciado, ha empobrecido a la opinión pública, que ya no es la opinión del público sino un efecto reflejante de sí misma sobre el público. El público a menudo ha sido bombardeado por la televisión y, por lo tanto, con algunas excepciones, digo que la televisión se exhibe como portavoz de una opinión pública que, la mayoría de las veces, es en realidad el eco de retorno de la propia voz. ¿Cómo hace el público para saber si aprueba o no a los políticos que va a votar? Los ve en la televisión o en los diarios importantes. Donde no es así es en Estados Unidos, donde se da la paradoja de que la opinión pública más confiada del mundo es, yo diría, la más desinformada y empobrecida del orbe, Africa excluida naturalmente puesto que estoy hablando del mundo alfabetizado.

Y la última observación tiene que ver con la tesis que forma parte del argumento según el cual la televisión es más democracia, que fortalece la democracia, que la favorece. Ya lo he mencionado pero me complazco en tomar el cuchillo y seguir hurgando en esta herida, y es el argumento de que la cultura no es democrática porque es elitista, y que la televisión es democrática porque es anti-elitista. Aquí se presenta el famoso argumento "elitismo - antielitismo" que se tornó políticamente correcto a fines de los años sesenta, y que desde entonces se mantiene con toda tranquilidad.

En 1968-1969 me vi obligado a presidir la Universidad de Florencia en momentos en que, a causa del movimiento contestatario, nadie quería hacerlo. Durante dos o tres años no hice otra cosa que disertar allí. Pero la razón por la cual traigo esto a colación es que en esos años ya escribía yo en el Corriere della Sera unos comentarios con el título de "Asnocracia", poder de los asnos. No democracia: asnocracia. Esto me costó veinte años de excomulgación, y si ya antes era políticamente incorrecto en ese momento fue una tragedia, pues me segregó de los demás. En aquel artículo la tesis era que el antielitismo era el padre de la asnocracia. El asno, para poder triunfar, tenía que destruir a la élite. Era una tesis cultural. El antielitismo corresponde pues, en mi opinión, a la asnocracia triunfante. Magnífico, "perfecto" (como dicen en español), pero un demo-poder transformado en el asno-poder no encontrará jamás un defensor en quien les habla, ni siquiera cuando esté completamente imbecilizado o transformado en asno por el discurso elitista.

Les agradezco mucho. Finalizo aquí agradeciendo nuevamente al señor presidente, al señor embajador, a las damas y caballeros presentes, y a toda esta numerosa audiencia tan simpática. Muchas gracias.