Televisión y sociedad

Esa inteligente "caja boba"


¿Es la televisión la causante de todos los males actuales? ¿Es acaso una mera máquina de reproducción ideológica ante la cual los consumidores sólo pueden ser pasivos? La llegada a Montevideo de Giovanni Sartori,* uno de los más conocidos "telecríticos" de la actualidad, replantea estos debates.

 

Raúl Zibechi

El debate sobre la televisión y los medios audiovisuales debe ser uno de los más importantes y abarcativos que se producen en estos momentos en el mundo, a juzgar por la cantidad de artículos periodísticos y la proliferación de libros. El debate se ha instalado y hasta los más destacados pensadores han decidido que llegó la hora de tomar partido o adentrarse en el análisis: filósofos, sociólogos, antropólogos y un largo etcétera se han propuesto poner la lupa sobre un fenómeno social que, como pocas veces en tan poco tiempo, amenaza con trastocar -si no lo ha hecho ya- elementos clave de la sociedad y los modos de convivencia actuales.

"Creo que dedico demasiado tiempo a mirar televisión y simultáneamente me reprocho no leer ya lo suficiente o no hacer otra cosa." Quien pronuncia esta frase no es un ciudadano del montón que busca desenchufarse de la rutina laboral y familiar haciendo zapping sino uno de los pensadores contemporáneos más destacados: el filósofo francés Jacques Derrida. Al parecer, los hábitos cotidianos que promueve la cultura globalizada del fin del milenio atraviesan clases sociales y se instalan con la misma fuerza en los medios artísticos más creativos y entre los intelectuales más concienzudos que entre los ciudadanos "comunes", cuestión que, mirada en perspectiva, parece toda una novedad antropológica que puede indicar, incluso, una verdadera mutación en los hábitos del género humano.

Aunque Derrida se muestra más partidario de alcanzar un uso alternativo de la televisión, otros -como el italiano Giovanni Sartori-, creen que constituye un verdadero peligro para la democracia ya que la conversión del homo sapiens en homo videns "está cambiando la naturaleza del hombre". Pero aunque el aserto y la preocupación del italiano parezcan exageradas no es el único intelectual que piensa así. El sociólogo francés Pierre Bourdieu -en uno de los más penetrantes ensayos respecto al tema, Sobre la televisión- sostiene que la tevé puede acabar convirtiéndose en instrumento de opresión simbólica y todo un peligro para la vida política y la democracia.

Entre la densa y extensa literatura acerca de los efectos de la tevé sobre individuos y sociedades destaca una porción nada desdeñable dedicada a la influencia de la pantalla chica en los niños, considerada, casi unánimemente, perjudicial. No obstante, en el debate en curso tienden a confundirse los contornos y acciones recíprocas entre las causas y las consecuencias del fenómeno: ¿es la televisión la culpable de la desertización de la vida cotidiana y el empobrecimiento de los vínculos? ¿O sirve apenas como elemento amplificador de un proceso que atraviesa la sociedad desde hace algunas décadas?

 

PARA TODOS LOS GUSTOS 

El argumento central de Bourdieu -al igual que el de la mayoría de los que se muestran horrorizados por la cultura mediática- hace referencia a la tiranía del rating. "La competencia sin límites por los índices de audiencia" estaría en la base de lo que el francés ve como la exclusión de todo discurso articulado en los platós de televisión. Lo importante ahora es "ser visto" porque ya "no se está ahí para decir algo". Como ningún otro medio, la tevé ejerce una forma sutil o invisible de censura -auspiciada por la recomendación de mensajes breves, los únicos que el televidente puede asimilar- que llevaría a un aumento del control político y social, al desarrollar una propensión hacia el conformismo.

En efecto, la televisión parece especialmente apta para trasmitir el culto de lo efímero: la attention span (la duración útil de la atención del espectador) era en Estados Unidos de unos diez minutos cuando apareció la tevé, para reducirse luego a cinco, después a un minuto y en la década actual apenas a diez segundos. De ahí que Bourdieu sostenga que "la televisión no resulta muy favorable para la expresión del pensamiento" y que, por lo tanto, la considere "un colosal instrumento de mantenimiento del orden simbólico" en base a su "monopolio de hecho sobre la formación de las mentes" de porciones nada desdeñables de la población. La búsqueda de lo sensacional y lo espectacular -otra vez la tiranía de los ratings- conduce directamente hacia la banalización y la uniformización de los mensajes. Más grave aun es cuando, como en la ex Yugoslavia y en otras regiones de Europa, medios como la tevé caen en manos de manipuladores de masas que promueven la xenofobia y el racismo. Estas opiniones de Bourdieu son plenamente compartidas por Sartori, para quien el homo videns puede desembocar "en un modo de vivir que consista sólo en matar el tiempo".

La argentina Beatriz Sarlo va más lejos, al suponer que los nuevos hábitos mediáticos pueden afectar incluso el concepto de ciudadanía: "La escena televisiva es rápida y parece transparente; la escena institucional es lenta y sus formas (precisamente las formas que hacen posible la existencia de instituciones) son complicadas hasta la opacidad que engendra la desesperanza". La reestructuración de las prácticas culturales conduciría a la concentración de las decisiones en herméticas elites tecnológico-económicas, excluyendo a las mayorías de toda decisión pero incluyéndolas como consumidoras o clientes.

Este análisis es sostenido también por otro argentino, Néstor García Canclini, especialista en el estudio de las culturas populares latinoamericanas, para quien "las sociedades se reorganizan para hacernos consumidores del siglo xxi y regresarnos como ciudadanos al xviii". En América Latina, indica García Canclini, el consumo televisivo es mucho mayor que en Europa: aquí se trasmiten anualmente más de 500 mil horas de televisión, mientras la Europa latina cuenta sólo con 11 mil horas. Y en países como Colombia, Panamá, Perú y Venezuela hay más videocaseteras por hogar que en Bélgica o Italia. "Somos subdesarrollados en la producción endógena para los medios electrónicos, pero no en su consumo", concluye.

En el Tercer Mundo, los medios audiovisuales son la forma dominante de penetración cultural de las metrópolis: mientras las identidades modernas eran territoriales y monolingüísticas, las posmodernas tienden a ser transterritoriales y multilingüísticas, lo cual provoca el desvanecimiento de las identidades colectivas que sustentaron durante siglos las culturas autóctonas de los países periféricos.

El filósofo español Eduardo Subirats hizo hincapié, en una reciente visita a Montevideo, en las peculiaridades del lenguaje televisivo. La tevé, señaló, "es un sistema omnipresente de configuración, ostentación y movilización de pautas virtuales en la sociedad tardo-industrial". Preocupado por el poder de lo mediático y reafirmando su intención de realizar un "análisis crítico" de la tevé por la "amenaza que representa para la cultura y hasta para la democracia", tema que ya había abordado en su libro Linterna mágica. Vanguardia, media y cultura tardomoderna, el español apuntó en Montevideo a la "banalización de la realidad" que la tevé hace a partir del tratamiento breve de los temas, de sus mensajes simples y el peso dominante de la imagen sobre el discurso. Algo inquietante cuando datos oficiales aseguran que 23 por ciento de los uruguayos pasa más de cinco horas frente al televisor y más de la mitad no lee siquiera un libro al año.

 

NO TODO ES TELEBASURA 

Hipercríticos frente a este medio que hace apenas tres décadas atrás nadie podía suponer que extendiera "su influencia al conjunto de las actividades de producción cultural, incluidas las artísticas y científicas", Bourdieu, al igual que Derrida y Subirats, dicen de todas maneras no manejar un discurso "apocalíptico". El español se dijo partidario de la necesidad de desarrollar "estrategias" que apunten a modificar los contenidos actuales de la oferta televisiva. Derrida sostiene por su lado que los receptores de mensajes deben realizar "un trabajo de resistencia, de contrainterpretación vigilante" de lo que hacen "periódicos, diarios, semanarios y noticieros de televisión". Bourdieu señala a su vez que su enfoque procura evitar "una variedad de materialismo de poca altura intelectual, asociada a una tradición marxista, que no explica nada, que denuncia sin sacar a luz nada".

Hay quienes reivindican inclusive el papel formador que tienen algunos programas y las posibilidades de información que brinda la tevé a grupos que de otra forma no tendrían acceso a los bienes culturales. Es el caso de tres investigadoras argentinas, Graciela Peyrú, Adriana Puiggrós y Adriana Zaffaroni. Para Peyrú, pedagoga, no es cierto que la televisión atonte a los chicos. Cree que puede aumentar el conocimiento de los grupos humanos y sus culturas así como la capacidad para percibir conflictos e informaciones: "Como televidentes entrenados -dice-, a los 11 años los chicos ya pueden decodificar los complejos códigos de la televisión". Aunque reconoce que la tevé puede interferir en los procesos de aprendizaje de la lectoescritura, Peyrú afirma que los males de la tevé pueden acotarse siempre que los padres elijan los programas que los chicos pueden ver y que prohíban férreamente el zapping.

En la misma línea, la también pedagoga Puiggrós opina que el problema no es la tevé en sí sino su baja calidad y, sobre todo, los monopolios mediáticos. Puiggrós apuesta a una tevé educativa y pone como ejemplos el Discovery Channel o series como Los Simpsons. La socióloga Zaffaroni va algo más allá y afirma que para los excluidos de los consumos culturales "la televisión es un medio de socialización que de otro modo no tendrían y una forma de estar conectados con las nuevas tecnologías".

En los últimos años han cobrado cuerpo análisis que desmienten, parcialmente, la idea de una audiencia pasiva que representa a los medios como una "aguja hipodérmica" que inyecta mensajes en la mente de sujetos pasivos. Esta corriente hace hincapié en la necesidad de representar a la audiencia como un agente activo toda vez que relevamientos de campo demuestran la limitada capacidad de los medios para persuadir a los televidentes. No existiría -sostiene- una audiencia sino una pluralidad de audiencias, en función de la pertenencia a culturas determinadas, clases sociales y del diferente posicionamiento en la estructura social.

"Es la cultura de las audiencias la que realiza el trabajo de apropiación del medio", razona el sociólogo español Javier Callejo Gallego, exponente de una corriente que desplaza el centro de gravedad de sus análisis de lo que sucede en la pantalla a lo que sucede frente a ella. La diferencia entre esta concepción y la de quienes consideran al televidente como un sujeto pasivo y manipulable estribaría entonces en el punto de mira que se adopta.

Una de las principales conclusiones que cabría extraer de los análisis cualitativos de la audiencia es el carácter instrumental del consumo televisivo. El aumento en la oferta de canales y la multiplicación de televisores en el hogar, así como el paso de un sujeto que se conectaba con el mundo cuando pulsaba el power al de un telespectador que selecciona el mundo que desea consumir en virtud de una amplia oferta, "han traído una distancia afectiva con el medio y la tendencia a concebirlo más como un instrumento-pantalla, disponible para el consumo, que como un mensaje", destaca Callejo. Para este analista, las clases populares, que algunos intelectuales ven como una suerte de "carne televisiva", están "ausentes" en su relación con la pantalla, "lo que les permite permanecer fieles a sí mismas, a sus certezas y rituales cotidianos", porque la televisión "no irrumpe ni interrumpe, simplemente mantiene la actividad de sus audiencias". Incluso el zapping puede ser entendido como una forma de consumo dinámica, más propia de los jóvenes y los adultos de clase media, frente al consumo más estático de las amas de casa y los varones de las clases populares.

Las formas estáticas o dinámicas de consumo tienden a superponerse con el consumo intensivo y el extensivo. Así, quienes dedican poco tiempo a ver televisión lo hacen de forma intensa, ven varios canales simultáneamente y les prestan mucha atención, mientras quienes están muchas horas frente al aparato tienden a no cambiar de canal pero le prestan poca atención. Esta última sería una forma de consumo más pausada, marcada por la abundancia de tiempo libre (amas de casa, jubilados).

Por el contrario, los jóvenes "proyectan su lógica transformadora en la relación con la televisión" haciendo zapping, práctica que se muestra como una metáfora del espíritu del tiempo, observa Callejo. En ellos predominaría una relación instrumental con la tevé, una forma de satisfacer los momentos que pasan dentro del hogar, pero también un distanciamiento valorativo respecto a ese medio.

¿De dónde provendría entonces tanta insatisfacción con las programaciones? Según Callejo, de una suerte de negociación permanente que deja insatisfechos a todos los miembros de la familia: así como las amas de casa buscan a través de la tevé mantener el orden familiar y evitan todo aquello que lo perturbe, los varones apuntarían a establecer a través del medio una relación constante con el espacio público (política, fútbol). Las clases populares mantendrían gracias a la tevé una relación evasiva con la realidad y las medias una suerte de distinción por intermedio de lenguajes formalizados. "El resultado es paradójico: para estar reunidos ante la pantalla, en referencia a la unidad familiar, los respectivos miembros de ésta ceden en sus gustos, con lo que, al final, el conjunto familiar se encuentra ante programas que no satisfacen a ninguno, que no les gustan, sólo por el hecho de estar junto a los demás."

Ciertamente, la posición social tiene su reflejo ante la pantalla. En los casos de las clases más carenciadas aparece como una forma de legitimidad. En el otro extremo, las clases medias visualizan la tevé como amenaza, ya que hábitos y lenguajes propios de los sectores desplazados (en particular los de los jóvenes) irrumpen en la pantalla chica. Sin embargo, la tan temida desestructuración familiar que la televisión generaría, para analistas como Callejo no es tal sino que el aparato termina poniendo a cada sector en su lugar.

 

EL HUEVO Y LA GALLINA 

Si los estudios de los comportamientos y hábitos de las audiencias coinciden en que las clases populares tienden a elegir programas que las evaden de la realidad, que las clases medias en ascenso se inclinan por los programas de formación e información, que las amas de casa adquieren un compromiso con una serie y la siguen y que el consumo televisivo de los jóvenes está signado por la inmediatez, no se estaría más que reflejando los roles sociales existentes ("la relación con la televisión es capaz de condensar las relaciones con la sociedad", resume Callejo). A ello habría que agregar que la audiencia, habitualmente, no elige tal o cual programa sino "ver televisión". En suma, la tevé "viene a ser la práctica presente cuando no hay otras prácticas", concluye el investigador español. En la misma línea, se pueden visualizar los conflictos familiares acerca del uso de la televisión como un reflejo de la distribución de poderes en la familia: mientras la mujer tiende a disputar el aparato para desplazar al varón -sentado frente a la pantalla "central" con el mando en la mano- los jóvenes aspiran a la tele en el cuarto, como forma de garantizar la independencia. Pero difícilmente se deje de hacer lo que se tiene que hacer por estar sentado frente a la pantalla, una realidad que lleva a pensar que las horas que se dedican a ver tele son parte del tiempo restante o "vacío".

Ciertamente, todos los estudios actuales demuestran que los nuevos medios audiovisuales crean mayores y mejores condiciones para ejercer un control social más profundo y, sobre todo, más cercano al sujeto y más sutil, por "invisible". Pero no llegan a establecer que sea la televisión la culpable del incremento del control social ni de la fragmentación o el desinterés de los ciudadanos por la suerte de sus semejantes y de ellos mismos. Por el contrario, se trata de tendencias que vienen creciendo y afirmándose, por lo menos, desde la década del 50, con un breve paréntesis hacia fines de los sesenta, como afirma Cornelius Castoriadis.

La "crisis del sentido" que, siguiendo a este autor grecofrancés recientemente fallecido, caracteriza a la sociedad actual, parece encontrar su reflejo en el producto televisivo. Si los seres humanos han renunciado a la autonomía y a la creación, el consumo refleja esa opción histórica. La historia de la modernidad puede leerse como el entrelazamiento de dos dinámicas: "la significación de la expansión ilimitada de un supuesto dominio pretendidamente 'racional' sobre todo" y, paralelamente, "la significación de autonomía individual y social, de la libertad, de la búsqueda de formas de libertad colectiva, que corresponden al proyecto democrático, emancipador, revolucionario".

Lo novedoso de este fin de milenio es que la segunda significación enunciada por Castoriadis aparece eclipsada y que la única significación presente (omnipresente) es la de la expansión indefinida, funcional al capitalismo actual. Se estaría viviendo, entonces, la "era del vacío" o de la "ilusión del fin", profetizadas por Gilles Lipovetsky y Jean Baudrillard.

La difuminación de los apuntalamientos clásicos de la identidad -hábitat, familia y trabajo- corre en paralelo con la de significaciones y valores, y redunda en un aumento exponencial del tiempo vacío, abre un espacio hueco que es llenado a menudo con el consumo televisivo. Un papel que en otros tiempos jugaron otras instituciones: desde el circo romano hasta el estadio de fútbol, pasando por la iglesia y la taberna. En este sentido, la tevé vendría a ser el emergente de la descomposición social actual, como el "pan y circo" lo fueron para los romanos. 

El pensamiento crítico frente a la televisión podría aparecer enmarcado en una actitud global que Castoriadis menciona como la más singular de las creaciones de la historia humana: "aquella que permite a la sociedad cuestionarse a sí misma". Pero esa idea de autonomía, "de interrogación que no conoce ni acepta ningún límite", que habría sido la forma dominante de vida por lo menos en las sociedades occidentales, hoy estaría en decadencia, vistos los elevados consumos posmodernos de "telebasura". No obstante, la pluralidad de puntos de vista sobre el significado de la televisión permiten matizar un tanto los análisis más pesimistas y tienen la virtud de devolver la pelota a su sitio natural: "que una colectividad puede autoinstituirse explícitamente y autogobernarse", como decía Castoriadis, bastante más allá de las constricciones de la geografía y la economía o las que impone el mercado televisivo.

 

(Producción: Víctor Silva)

* Sartori expondrá el martes 27 en el ex Parque Hotel, en el marco de los festejos del aniversario de El Espectador.

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Publicado en Brecha
(23 de octubre de 1998)