JEREMY RIFKIN:
Yo viví durante 28 años en Washington, una ciudad pequeña. Es extraño, por supuesto,
encontrarse con la primera dama en un hotel aquí en Montevideo. Fue muy interesante
verla. Hablamos unos momentos sobre su visita y la mía a Uruguay y sobre las cuestiones
de Estado. Como ustedes saben, al igual que el presidente, la primera dama está muy
interesada en el tercer sector y su impacto en la sociedad. Y también me encontré con
una persona de su comitiva que hacía mucho tiempo que no veía. Fue para mí muy
interesante.
EC - Es una buena oportunidad ésta para preguntarle si efectivamente usted ha asesorado
al presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton.
JR - Bueno: creo que ha habido algún mal entendido en esto. Yo he trabajado con el
Vicepresidente Gore y con otra gente de la administración Clinton en temas económicos y
en especial en lo relacionado con los efectos de la ciencia y tecnología, y algunas de
mis ideas han sido tomadas por este gobierno. Pero en realidad no he sido un consultor
directo del presidente Clinton.
La primera dama me dijo muy generosamente anoche que había estado leyendo mi material
sobre el tercer sector y que lo había encontrado muy útil e interesante para lo que ella
está haciendo. También me dijo que estaba totalmente de acuerdo con la propuesta de
promover al tercer sector como empleador de refugio para los desempleados. Creo que mis
ideas y mis libros han interesado a la Administración y, naturalmente, a muchas personas
en el Senado y en el Congreso de los Estados Unidos.
EC - Le agradezco el esfuerzo que ha hecho al madrugar y al estar con nosotros tan
temprano esta mañana, a las 8:00, en radio El Espectador. Espero que no haya sido
difícil para usted.
JR - No, es un placer. Estoy un poco cansado, pero ésta es una ciudad tan preciosa, y es
un país tan lindo, que para mí es un verdadero gusto estar aquí. Cada vez que vengo a
Uruguay creo que es como estar de vacaciones. Todos son muy amables y hospitalarios. Así
que, para mí, es un placer.
EC - En su libro "El fin del trabajo", y también en sus conferencias y
disertaciones, usted advierte que vamos "hacia la gran revolución económica que
caracterizará al siglo que viene: la revolución de la informática y de la
biotecnología". Usted dice: "Se podrán producir los bienes y servicios para la
economía global del siglo XXI utilizando apenas una fracción de la fuerza laboral que
estamos utilizando ahora". Sostiene, además, que se trata de una revolución tan
importante, "que va a forzarnos a todos a repensar el contrato social, a reformular
nuestro concepto de trabajo en sociedad". ¿Puede explicarnos brevemente cuál es su
razonamiento?
JR - Estamos en medio de una transformación fundamental que va a tener un gran impacto en
la producción de bienes y servicios y en la naturaleza del comercio. Este cambio es tan
importante como el cambio de la agricultura medieval a la revolución industrial. De modo
que vamos a tener que repensar el contrato social. Eso incluye a las políticas públicas,
a la forma en la que organizamos el trabajo y a los relacionamientos entre los componentes
de la sociedad en su conjunto.
En los últimos 40 años han estado desarrollándose dos revoluciones tecnológicas en
forma paralela: las ciencias de la información (computación, telecomunicaciones) y las
ciencias de la vida (la biotecnología y la ingeniería genética). En los últimos dos
años estas tecnologías han empezado a reforzarse mutuamente para crear una nueva base
tecnológica muy poderosa para la nueva era. La computación es el idioma de esta nueva
revolución económica, pues genera la posibilidad de manejar grandes cantidades de
información a bajo costo. En otras épocas, por ejemplo, en la primera revolución
industrial, lo fue la máquina a vapor y el acero barato lo que potenció una ola de
crecimiento que duró varias décadas, más recientemente, fue la energía barata lo que
posibilitó el boom industrial de este siglo.
Ahora estamos viviendo el pasaje de esa economía global de los minerales petroquímicos y
los combustibles fósiles a un nuevo modelo en el que el motor es la biotecnología. La
modificación genética es la base de los proyectos que se realizan para casi todo: para
la producción de alimentos y sus nuevas formas, para la bioquímica y la medicina. Y la
computadora es la forma de organizar este nuevo idioma. De modo que ésta es una de las
grandes revoluciones de la historia y, por supuesto, tiene muchas ventajas económicas.
Pero va a acarrear también problemas sociales y éticos. Ahora vamos a ser los
arquitectos de esta revolución, vamos a dejar en manos de los científicos y las
corporaciones científicas el poder a para diseñar los cambios fundamentales que se
producirán en la sociedad.
Ustedes saben que la era industrial se basaba en el trabajo masivo para producir enormes
cantidades de bienes y servicios. Pero la era de la biotecnología se caracterizará por
masas laborales más pequeñas que están acompañadas cada vez más por un
"software" inteligente, es decir, la tecnología de la computación, la
informática. Hoy estamos en la víspera de una revolución que va a poder darnos
extraordinarias posibilidades de producción, pero utilizando sólo una fracción de la
fuerza laboral actual. Por ejemplo: con la agricultura moderna nosotros podemos alimentar
a todo el mundo con una mínima porción de la fuerza laboral que teníamos en el campo de
la agricultura. Y va a pasar lo mismo con la industria y los servicios.
El tema real es que esta transición puede ser un gran salto adelante o puede crear una
gran desestabilización y un tumulto o, quizás, disturbios sociales. Ese es el dilema al
que nos estamos enfrentando. Esto es un desafío.
EC - Usted no habla del "fin del empleo" sino del "fin del trabajo". O
sea, habla de algo más grave aún. ¿Qué quiere decir con "fin del trabajo"?
JR - Lo que quiero decir con esto es que en las puertas de las fábricas del siglo XXI
-las fábricas de computadoras o de software- no vamos a ver miles y miles de obreros.
Tenemos que hacernos a la idea de que vamos a poder producir bienes y servicios con una
fuerza laboral más reducida. Dentro de 20 años menos del 2,5% va a seguir estando en el
trabajo tradicional de las plantas de ensamblaje o de montaje.
La última vez que vine aquí estuve hablando con el presidente Sanguinetti de la
diferencia entre los países de alta tecnología en el Norte y aquellos que tienen otro
tipo de industria en el Sur. No vamos a poder entrar al siglo XXI con servicios o con
fábricas del tipo tradicional, más intensiva en puestos de trabajo. El obrero más
barato del mundo no lo será tanto como la tecnología que lo pueda reemplazar. En
cualquier país -Uruguay, India, México, Malasia- van a ver lo mismo: la tecnología de
punta que está surgiendo, más automatizada, como la que ustedes ven ahora en Estados
Unidos. Y esto es cierto para las industrias de fabricación de bienes y para los
servicios.
Uno de los argumentos que ustedes escuchan de los economistas y de los líderes políticos
es que si bien es cierto que estamos destruyendo empleos, también estamos en camino de
crear nuevos empleos. Es cierto. Nuestra imaginación no tiene límites, y siempre
encontraremos formas para desarrollar nuevos empleos en el mercado.
Ahora, una parte de nuestros obreros son científicos, técnicos, consultores y
educadores. Estos son los obreros de la revolución científica y tecnológica. Los
políticos y los economistas van a decir: "Bueno, miren: lo que tengo que hacer es
mejorar la calidad de la fuerza laboral y preparar la próxima generación con las
capacidades que se necesitan para esta economía tan competitiva a nivel global". Un
problema que encuentro en los líderes con los que yo trabajo es que creen que así van a
encontrar nuevos puestos de trabajo para toda la gente. Y no es así. Aunque capacitemos a
todo el mundo para estos trabajos es posible que no haya suficiente número de empleos
para absorber a toda la gente, porque la capacidad de trabajo que se requiere actualmente
para la producción de bienes y servicios ya no es masiva como antes.
En el siglo XXI nuestra fuente de trabajo va a ser la tecnología. Actualmente tenemos una
tecnología secuencial, que evoluciona en etapas más o menos predecibles. Pero en el
siglo próximo vamos a tener una forma de tecnología completamente diferente, por ejemplo
podremos tener una informática de otro tipo. Quiero hablarles de la importancia del ADN.
El ADN es el procesador de información más eficiente que se conoce en la naturaleza. Su
capacidad de proceso es sorprendente. Apenas se pueda terminar de dominar el conocimiento
del ADN para darle un uso como forma de procesar información podremos tener computadoras
con ADN que ¡van a ser un millón de veces más rápidas que las computadoras que tenemos
ahora!
Les daré un ejemplo sobre la tecnología informática. Hay un nuevo campo en el que vemos
que los científicos están clonando animales tales como ovejas y cabras que van a tener
genes especiales de los que resultarán productos químicos. De modo que convertimos
animales en fábricas genéticas: un rebaño de 20 cabras con determinada información
genética va a poder elaborar muchos más productos farmacéuticos con su leche que miles
de obreros en una fábrica normal. Así, muchos de los trabajos biotecnológicos hechos
hasta ahora por hombres van a ser realizados por el "software" o por la
tecnología de los genes. Esta es una gran revolución que nos va a llevar a repensar la
naturaleza del trabajo.
Las circunstancias actuales son como un cuchillo de doble filo. Podemos liberar a las
generaciones futuras, porque no necesitamos a los jóvenes en el mercado para que sigan
trabajando largas horas. Y esto puede significar tanto un "renacimiento" como un
abismo con un futuro que nos asusta. Porque, ¿qué vamos a hacer con los jóvenes, si no
van a tener empleos en el mercado laboral? Por eso, parte de mi trabajo es abrir los ojos,
y decir: "En realidad estamos enfrentando a un mundo con grandes desafíos, y debemos
pensar en el tercer sector".
EC - En seguida me va a interesar conversar con usted a propósito, justamente, de cuáles
serían los pasos que habría que dar -entre ellos el fortalecimiento del "tercer
sector"- para que estas oportunidades o estas condiciones que se están dando con el
avance tecnológico condujeran a lo que usted denomina un "renacimiento".
También me va a interesar conocer las soluciones que usted propone. Pero antes, si le
parece, vamos a charlar sobre algunas críticas que su tesis -su diagnóstico, su
pronóstico- ha recibido, y en qué medida su visión de este desempleo generado por el
avance tecnológico es aplicable realmente a países como Uruguay.
EC - Una de las objeciones que ha recibido su libro es que se trata de un pronóstico
"apocalíptico" o "catastrofista". Algunos de quienes opinan que usted
exagera recuerdan que años atrás, por ejemplo, cuando se avizoraba el auge de la
computación y de los computadores personales, hubo quienes pronosticaron el fin del papel
impreso. Y ello no ocurrió. ¿Qué responde usted?
"Si se reduce la semana laboral a 35 horas y
aumentan los salarios (...) tendremos más gente trabajando que, a su vez, podrá gastar y
pagar más impuestos Yo creo que Uruguay es un s país donde se puede implementar esta
medida. Tiene un muy buen contrato social y muy buenas relaciones entre los patrones y los
empleados".
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JR - Le propongo examinar lo que está sucediendo ahora en el mundo. Porque los
últimos acontecimientos pueden llevar a pensar que tal vez mis previsiones han sido
incluso un poco conservadoras. Mire lo que ocurre en este momento en los mercados.
En mi libro hablé de la ciencia clásica, y cuando vemos la revolución que ha tenido
lugar en la sociedad vemos que tenemos la capacidad de producir bienes y servicios en
mayor escala y también en mayor cantidad cada vez con menos mano de obra. La capacidad de
crear una demanda agregada para satisfacer esta nueva producción siempre está en
retraso. Tenemos que alentar a las personas a usar esos nuevos bienes y servicios, pero
también tiene que haber una presión de parte del público, a través de los sindicatos o
de los partidos políticos, para que se puedan compartir los frutos de esta nueva
tecnología, para que puedan mejorar su poder adquisitivo para adquirir los nuevos
inventarios que se producen.
Lo que ha sucedido a fines de las décadas del ´80 y del ´90 es que hemos tenido una
producción masiva que ha llevado a una depresión económica. También sucedió esto en
su momento con la introducción de la electricidad.
Lo que ahora tenemos es una sobreproducción. Hay demasiados proveedores y no tenemos
suficientes ingresos para poder comprar los bienes y servicios que producimos. Y la razón
es que la tecnología que aumenta la productividad es la misma que hace que los obreros no
sean ya necesarios, porque la tecnología es más barata y más eficiente, y los
reemplaza. Ese es el nudo de la contradicción.
Debemos saber encontrar formas para que millones de obreros entren en esta ecuación.
Tenemos millones de personas que están subempleadas o desempleadas, y la cuestión es
qué hacemos con ellas.
EC - Pero, casualmente, Estados Unidos tiene hoy uno de los índices de desempleo más
bajos de los últimos años, acompañado, además, de un índice de inflación de los más
reducidos de la historia. ¿Cómo se explica esto, si es que vamos al fin del trabajo,
como usted dice?
JR - Me alegra que me pregunte sobre este asunto. El presidente Clinton dice que tenemos
el 4,7 por ciento de desempleo y que hemos creado muchos puestos de trabajo. Pero esa
afirmación en realidad no cuenta toda la historia. Primero, ese 4,7 por ciento de
desempleo no registra a aquellos americanos desempleados que ya no buscan empleo. En mi
país, si usted no busca más empleo, lo llamamos un desempleado desalentado y no figura
en las estadísticas. Usted puede ir por las ciudades de Estados Unidos y ver mucha gente
que está parada ahí, en la calle, que no busca empleo. Segundo: después de la segunda
recesión, hemos tratado de emplear a personas por tiempos más cortos. Tenemos ahora
numerosos empleados "part-time", a medio tiempo, y empleados que trabajan cada
tanto, en forma ocasional. Entonces, cuando yo hablo del fin del trabajo me refiero a la
disminución del trabajo de tiempo completo no al empleo de tiempo parcial.
El secreto mejor guardado en Estados Unidos es cómo logramos que la gente volviera a
trabajar después de la última recesión. Ese secreto son las tarjetas de crédito. A mis
colegas no les gusta que yo hable de esto. Pero es así. Tenemos la deuda privada más
alta del mundo. Millones de americanos siguen siendo consumidores y manteniendo el
funcionamiento de la economía gracias a sus tarjetas de crédito. En mi país, una
familia- tipo destina alrededor del 20% de sus ingresos al servicio de la deuda que tienen
con las tarjetas de crédito. Por esa razón el año pasado muchos entraron en quiebra.
Tenemos un problema que va a ser mucho más serio que en la década de los '20. En esa
época la energía eléctrica barata reemplazó a la máquina de vapor. Ahora muchos
obreros marginales van a ser desempleados porque tenemos una tecnología que permite
producir en forma mucho más barata y más eficiente. El problema es que no vamos a tener
suficientes compradores para comercializar esos bienes y servicios. Debemos tratar de
convencer a las personas de que compren cosas con el dinero que tienen para poder seguir
rebajando los "stocks" que tenemos. Pero para la década del 90 la deuda de los
consumidores era tan grande que tuvimos una gran depresión, que estamos enfrentando
ahora. Estamos muy cercanos a la situación que teníamos a finales de la década del
´20.
Una reflexión más: Estados Unidos está en el lugar 56 en la disparidad económica a
nivel mundial. Tenemos dos economías dispares: por un lado la del 5% de las personas de
mayores ingresos que está creciendo muy rápido, y por otro la del 95% restante, que lo
que están haciendo es mantenerse y que ven que su calidad de vida se está deteriorando.
Para ellos las perspectivas no son tan buenas. Creo que tenemos que tener un enfoque mucho
más realista de cuál es la economía americana en este momento.
EC - Usted habló hace unos minutos del caso uruguayo. Yo quiero detenerme algunos minutos
más en ese capítulo: ¿su tesis vale para todo tipo de países? Voy a leer una frase de
su libro: "Nos acercamos rápidamente a una encrucijada histórica en el devenir de
la humanidad. Las empresas multinacionales son capaces en la actualidad de producir un
volumen de bienes y servicios sin precedentes con una cada vez menor fuerza laboral".
Utilizo esta frase porque en ella usted habla de las empresas multinacionales. Entonces,
¿las consecuencias que usted vislumbra, no valen sólo para ese tipo de empresas? En un
país como Uruguay, donde pesan de una manera preponderante las pequeñas y medianas
empresas -las que, en la escala de los Estados Unidos, serían empresas infinitesimales,
su enfoque puede no parecer realista.
JR - Yo suelo reunirme con líderes y empresarios, incluso en los países en desarrollo. Y
mi experiencia me dice que hay muy poca diferencia con los otros países, si es que la
hay. La tecnología a la que me refiero está en todas partes: en la industria
manufacturera y los servicios. Lo que quiero decir es que el trabajador más barato en el
mundo no va a ser tan barato como la tecnología que está ingresando en este momento y
que va a reemplazarlo.
Sé que hay líderes que no están de acuerdo con esto. Pero yo insisto: No importa si la
empresa es una transnacional, o es una pequeña o mediana empresa; o si está en Estados
Unidos o Uruguay. No tiene ninguna importancia. Si usted quiere competir, necesita tener
los costos de producción más baratos; y esta tecnología va a ser más barata. De hecho,
yo trabajo con empresas cuyos directivos dicen que la tecnología va a ser tan barata que
lo que van a hacer es dársela, regalársela, a sus clientes. A esto lo llaman una
"plataforma", y la usan para modificar la relación con los clientes. Lo que van
a hacer es co - manejar, co - gerenciar el negocio con los clientes.
Creo que tenemos que entender que la presente revolución nos va a afectar a todos a la
misma velocidad. Veamos dos ejemplos de este fenómeno en los países en desarrollo. En la
industria textil, los ingenieros acaban de lograr la automatización de la costura. Ahora
se están automatizando los componentes electrónicos que permiten terminar ese proceso de
automatización.. Imagínense la importancia que tendrá esto en países como Camboya,
India, China, Malasia, cuando hayamos automatizado los últimos dos mercados que
permitían generar oportunidades laborales para los trabajadores más baratos. No vamos a
necesitar más a esos trabajadores.
Pero es importante que se entienda que la tecnología también nos brinda una gran
oportunidad. El problema sería que no la veamos como tal porque no hemos podido crear una
visión política que sea lo suficientemente sólida para que pueda justificar una
relación directa con este poder que nos da la tecnología. Cuando solo vemos una crisis
potencial es porque en realidad no estamos viendo las posibilidades que se abren para
tener una nueva estructuración del trabajo.
EC - Asumiendo que las consecuencias graves en materia de desempleo debido al avance
tecnológico también valgan para países como Uruguay, queda por ver otro ángulo: ¿no
podrán crearse, no podrán surgir, nuevas actividades industriales o de servicios que
puedan absorber a los trabajadores dejados cesantes por la revolución tecnológica? Aquí
me detengo en el caso de Uruguay. Por ejemplo: ante el avance tan arrollador de la
producción tan automatizada y en serie; ante la perspectiva de una uniformización
extrema de los productos, puede crearse un espacio amplio, interesante, para las
producciones artesanales. Producciones diferenciadas, de alta calidad, que escapen a la
rutina de lo producido masivamente. Este sería un caso.
Otro espacio en el que el Uruguay tiene mucho para hacer es el turismo, donde la
tecnología no parece jugar un papel tan fuerte. ¿Qué dice usted de estas dos
posibilidades?
JR - Creo que la industria turística es una posibilidad y, por supuesto, requiere muchos
empleados.
Pero creo que la mejor analogía que se puede hacer es con la agricultura. Ahora nosotros
podemos alimentar a todo el mundo con una fuerza laboral muy pequeña, así que llegamos
al extremo de pagarle a los granjeros para que no produzcan. Eso es una pena y una
vergüenza. Hemos intentado repartir los frutos de la tecnología para que la gente pueda
comprar, y estamos yendo a la misma situación con los bienes y servicios. La capacidad de
producir va a incrementar casi exponencialmente el tema, pero lo que no tenemos es
personas que puedan comprar lo que se produce, para poder hacerlo tendrían que tener
poder adquisitivo.
Creo que hay muchos otros campos que van a estar abiertos a la intensividad de la mano de
obra, y un ejemplo es la biotecnología. Usando estas nuevas herramientas podemos llegar a
producir alimentos biotecnológicos que tal vez sean riesgosos desde el punto de vista
ambiental. Creo que debería repensarse esa política porque no hay ningún seguro que
pueda proteger las pérdidas catastróficas a largo plazo si estos genes pasan a crear
peligros o riesgos. Sin embargo, la misma biotecnología puede llevarnos a entender cómo
podemos producir mejor las plantas tradicionales que teníamos, en lugar de hacer una
reingeniería de las plantas en laboratorio. Ese nuevo camino hacia lo tradicional puede
ser mucho más saludable.
Tenemos que entender que hay muchas opciones. En este momento creemos que los supuestos de
la industria de la revolución industrial todavía son ciertos. Pero ya no lo son.
EC - La última pregunta en el plano de las objeciones. En los últimos años, los
organismos especializados de las Naciones Unidas han rectificado pronósticos
demográficos anteriores que aseguraban un permanente aumento de la población mundial. Y
en algunos países, y en especial entre los más industrializados -por ejemplo, Japón-
las proyecciones demográficas son ahora regresivas. Es decir que, con el correr de los
años, habrá menor presión sobre el mercado laboral. ¿En qué medida estas nuevas
proyecciones demográficas afectan las conclusiones de su análisis? ¿Usted las tuvo en
cuenta?
"Tenemos que pensar en la política como un
taburete de tres patas y crear nuevas asociaciones entre el gobierno, la comunidad
empresarial y el tercer sector".
|
JR - No las afectan en términos globales. Hay países, como Italia, que se
están moviendo hacia una tasa de natalidad negativa, y esto también se ve en otras
partes de Europa y en Japón. Por otro lado, todos los estudios demográficos sugieren que
en términos generales vamos a ver una duplicación de la población mundial en una
generación. Creo que el tema real es la población creciente de jóvenes que se enfrenta
a la reducción de las oportunidades laborales. Ya tenemos en este momento un billón (mil
millones) de personas desempleadas o subempleadas: imagínese cuánta gente va a estar en
esta situación cuando se duplique la población mundial y cuando las fuerzas laborales se
vean acompañadas, además, por la tecnología. Y esto va a suceder en los próximos 20
años.
Lo que tenemos que hacer es ajustarnos a esta realidad. Y dejar de verla como algo que
rechazamos, para tomarla como una oportunidad. Creo que podemos encaminar algunas
soluciones relacionadas con el empleo en el sector privado y en el Estado. Pero también
creo que el mercado es esencial pero no es suficiente para el tipo de trabajo que tenemos
que crear. Vamos a tener que tener a jóvenes que trabajen más allá del gobierno y del
mercado. Vamos a tener miles de organizaciones en el tercer sector formando el capital
social. Es lo que vamos a ver en el siglo próximo.
EC - Usted ya lo ha mencionado a lo largo de esta charla: frente a este panorama de
desempleo estructural que advierte, plantea como grandes soluciones, dos: la reducción de
la semana laboral y el fortalecimiento del tercer sector. Le propongo que veamos primero
la reducción de la semana laboral: en qué consiste su propuesta, cuáles serían sus
ventajas.
JR - Si ustedes no necesitan a personas que trabajen durante muchas horas, esas personas
van a tener tiempo libre. Lo que tenemos que hacer es elegir una visión, elegir la
tecnología para nuestra propia salvación. A través de las movilizaciones de los
sindicatos, nuestros padres y nuestros abuelos y nuestros bisabuelos lograron ir
reduciendo la semana laboral de 80 horas a 60, a 50, y a 40 horas, como es en la
actualidad. Al mismo tiempo hemos aumentado los beneficios y las condiciones. Y eso se ha
ido dando en todas las partes del mundo. Primero tuvimos la revolución del vapor, luego
la de la electricidad y ahora tenemos la de la tecnología. Si ustedes creen que las
ganancias de productividad de esta tercera revolución van a estar al mismo nivel que las
de las otras revoluciones, vamos tener que reducir la semana laboral. Podemos tener una
semana laboral de 30 horas en las próximas décadas. (Piensen que si hoy tuviéramos una
jornada laboral de 50 o 60 horas, tendríamos muchos más desempleados.)
Creo que una semana laboral de 30 horas sería realmente una bendición, porque
significaría que las personas podrían volver a sus casas y tener más tiempo para el
resto de la familia y para su vida personal.
EC - ¿Cómo se financia la reducción de la semana laboral?
JR - Primero, creo que es esencial que las compañías mantengan la posición competitiva.
Segundo, no hay nadie que esté en desacuerdo en tener una semana laboral más corta para
que la gente pueda aprovechar su tiempo libre. Entonces el tema es ver cómo podemos
financiar este cambio. En realidad, nunca he visto un presidente de una compañía que,
luego de que yo le haya explicado cómo puede hacerse esto, me diga que no se puede hacer.
Le voy a dar un ejemplo: el vicepresidente de la Hewlett Packard, en Grenoble, Francia, se
despertó un día y les dijo a los sindicatos: "Tenemos todas esta tecnología nueva
en Hewlett Packard, en Grenoble, pero no estamos trabajando 24 horas por día. Hay
máquinas que están ociosas parte del día y en el fin de semana". Les propuso a los
operarios turnarse de modo de poder operar esa tecnología las 24 horas, todos los días.
Así la producción podría triplicarse y las ganancias adicionales podrían compartirse
con los accionistas y los trabajadores. Y los sindicatos estuvieron de acuerdo.
(N. de R.: En "El fin del trabajo" Rifkin explica que los 250 empleados de la
empresa trabajan en la actualidad 26 horas y 50 minutos en el turno de la noche, 33 hora y
30 minutos en el de la tarde, y 34 horas y 40 minutos en el de la mañana. Reciben los
mismos salarios que cuando trabajaban 37 horas y 30 minutos, a pesar de que trabajan un
promedio de casi seis horas menos a la semana. La paga extra es considerada por la
dirección como una compensación a los empleados por trabajar con un programa de horas
flexibles.)
Hace poco, el presidente de Hewlett Packard Grenoble participó en uno de mis cursos en la
Wharton School of Busines. Me confirmó que el nuevo sistema seguía dando ganancias y me
confesó que una de sus grandes frustraciones era no haber logrado convencer a otros
directivos de Hewlett Packard en otras partes del mundo para que siguieran el mismo
camino.
¿Y el gobierno qué tiene que hacer? El gobierno también puede tener espíritu
empresarial y decir al sector privado: "Bueno, miren: nos interesa a todos la
reducción de la semana laboral, para que todos puedan trabajar y llevar dinero a su
casa". De modo que el presidente de Uruguay puede decir: "Si ustedes reducen la
semana laboral a 35 horas y contratan más empleados, van a beneficiarse con exoneraciones
fiscales, de modo que no pierdan dinero en esta expeiencia.". Por supuesto, el
gobierno va a tener en principio una rebaja en la recaudación, pero lo va a compensar ya
que, al tener una semana laboral más corta, habrá más gente que está trabajando, que a
su vez va a poder gastar y pagar más impuestos. De modo que ésta es una posibilidad.
He trabajado bastante tiempo, como usted sabe, en Italia y Francia con esta propuesta. Y
los gobiernos de Italia y de Francia han aprobado una legislación para reducir la semana
laboral de 40 a 35 horas, pagando por 39. Esta es una forma de pensar en las iniciativas
legislativas en torno a esto. Yo creo que Uruguay es uno de los buenos países en donde se
puede implementar esta medida. Tiene un muy buen contrato social, tiene relaciones muy
correctas entre los patrones y los empleados.
EC - Ese papel que usted le atribuye al Estado o al gobierno promoviendo este tipo de
soluciones, como la de la reducción de la semana laboral con ese tipo de incentivos, es
interesante. Porque, justamente, una de las varias objeciones que aquí se le han
formulado a su libro es: a la hora de financiar la semana laboral, ¿qué pasa con
aquellas empresas que realmente no puedan realmente enfrentar ese aumento de los costos?
Por ejemplo, empresas uruguayas que hoy están muy acuciadas por problemas de
competitividad en los mercados internacionales.
JR - Tenemos que hacer este cambio de manera que las empresas se mantengan competitivas.
Si no, no habrá una buena transición. El gobierno puede jugar un papel activo,
proponiendo un contrato de este tipo: "El Estado financia el aumento de costos que
ustedes van a tener, y ustedes van a seguir dando empleo. Vamos a ver cómo funciona
esto".
Piense en este otro ángulo del tema. Estamos aprendiendo cada vez más sobre
cronobiología y los tiempos de nuestro cuerpo. Y lo que se está viendo es que la mayor
parte de los individuos tienen solamente tres o cuatro horas en las que pueden producir
bien. Esto es así biológicamente. De modo que, pasadas esas horas, el resto del tiempo
que esa persona permanece en el trabajo, en realidad le están pagando por un desempeño
que es cada vez menor. Así que cuanto más horas las empresas tienen a sus empleados
trabajando, lo que en realidad están haciendo es perder dinero. Porque la performance, el
desempeño, de esos empleados baja después de las cuatro horas. Entonces, por ejemplo, si
tenemos empleados en un régimen de seis horas corridas, sin pausa, su productividad va a
aumentar. Les vamos a pagar por las 30 horas de trabajo en las que tienen una producción
pico. Entonces, lo que tenemos que hacer es empezar a ajustar nuestros sistemas de trabajo
a los ritmos que nosotros tenemos como seres humanos. Y ese es sólo un ejemplo de las
correcciones que podemos hacer. Otro ejemplo: Los jóvenes pueden trabajar más tiempo,
porque no tienen tantas obligaciones. Y cuando se casan y tienen hijos, pueden pasar a
trabajar menos. Y cuando los hijos crezcan, entonces pueden volver a trabajar más.
Tenemos que flexibilizar nuestros esquemas de trabajo en función de los ritmos de vida.
Aprovechando los conocimientos científicos podremos quizás medir cuál es la temperatura
específica de un trabajador ese día y determinar cuándo es su pico de desempeño en el
día. Tal vez, un empleado produzca más o mejor entre las dos y las seis de la tarde. Con
los nuevos tests genéticos vamos a poder repensar el trabajo de una forma mucho más
sofisticada. No tenemos que estar en nuestros lugares de trabajo durante largas horas con
productividades reducidas. Esa no es una buena inversión, y tampoco es una buena
inversión para los obreros.
EC- Estábamos hablando de la reducción de la semana laboral -la primera solución que
usted propone- y estábamos por pasar ahora a la otra. Usted impulsa la nueva formulación
de un nuevo contrato social, por el cual queden bien asentadas las "tres patas del
taburete de la sociedad: el sector público, el mercado y el tercer sector". ¿Qué
es exactamente el tercer sector? Se lo pregunto porque en este sector del mundo es un
concepto que no manejamos frecuentemente. Usted mismo en su libro dice que en Estados
Unidos, el tercer sector, que es muy importante, no tiene conciencia de que es un sector.
JR - El tercer sector es el más viejo y el más grande, pero en los últimos 50 años ha
estado marginalizado en un estado "colonial". El tercer sector lo conforman
todas las organizaciones e instituciones de la comunidad que no son una corporación y no
son una agencia del gobierno. Es mucho más amplio que las organizaciones no
gubernamentales. Las entidades de servicios sociales, las iglesias, las organizaciones
ambientalistas, los teatros, los museos, las asociaciones de vecinos, las organizaciones
juveniles... son todas las instituciones que forman la cultura de las comunidades. Aquí
mismo, en Uruguay, si desapareciera el tercer sector de la noche a la mañana, el país se
paralizaría. A pesar de que el tercer sector está muy atrasado en su desarrollo en
comparación con los otros dos, sin él los países no podrían funcionar. De ahí que yo
sostengo que le hemos dado un nombre equivocado. No es el tercer sector; es en realidad el
primer sector. Es el más importante y el más antiguo. Las comunidades perciben a los
mercados y a los gobiernos, pero éstos no perciben al tercer sector. Lo que pasa es que
hemos perdido la visión sociológica y antropológica de la realidad. Cuando estudiamos
la antropología cultural vemos que históricamente los seres humanos establecieron
primero las comunidades, después las instituciones sociales, luego desarrollaron
intercambios y crearon el "capital social", que es la confianza entre los
actores sociales. Y recién después que hay un desarrollo social importante, es entonces
cuando pueden abrirse los mercados y se crean los gobiernos. No conozco ejemplos en la
historia en que primero se haya creado el mercado y después la comunidad (salvo en casos
en los que se da un proceso repentino de desarrollo económico, por ejemplo en torno a una
mina de oro; pero esas sociedades duran poco). No conozco ejemplos en que primero se haya
creado el gobierno y después la comunidad.
El tercer sector es la fuente que crea el capital social, que alimenta y renueva
permanentemente la confianza entre los actores sociales, y que es esencial para que
funcione el mercado. En este punto está lo importante: cuanto más fuerte sea el tercer
sector, mayor va a ser el mercado y más fuertes van a ser los gobiernos. Cuanto más
débil sea el tercer sector, más débil serán también el mercado y el gobierno.
EC - Entonces, ¿qué significa fortalecer el tercer sector, y cómo repercutiría esto en
la búsqueda de soluciones al problema del desempleo?
JR - Vamos a empezar a movernos de una política de dos sectores a una política de tres
sectores. Creemos que la política siempre está marcando el rumbo. Pero en Estados Unidos
y en otros países ésa es una lectura falsa de la realidad. En verdad, la política tiene
tres patas, como un taburete: el sector público crea capital social, y sin el capital
social los otros dos sectores no pueden funcionar.
Yo creo que este tercer sector está por ser liberado de su estadio neo colonial (de esa
dependencia que hoy tiene del gobierno), por la simple razón de que los gobiernos
(federales, regionales y municipales) están reduciendo sus competencias. Los gobiernos
son cada vez más globales y están menos involucrados en la vida de la comunidad. Las
empresas son menos locales y más globales, y hasta llegan a moverse en el ciberespacio.
¿Quién va a llenar ese vacío? La carrera por llenarlo está entre el tercer sector y el
"cuarto sector", que es la economía informal y la delincuencia.
Creo que lo importante es que ese vacío institucional sea llenado por el tercer sector.
Uno de los problemas de este sector es que ni siquiera sabe que existe como tal. Por eso,
yo opino que la clave para el siglo XXI está en la renegociación del contrato social, y
en el surgimiento del tercer sector como una fuerza política, social y económica
suficientemente poderosa como para poder relacionarse con los otros dos en condiciones de
igualdad.
Una parte importante de este análisis son los puestos de trabajo, las nuevas
posibilidades de empleo. Los nuevos empleos, los más interesantes, los que presentan más
desafíos no van a estar en el mercado ni en el gobierno. Van a estar en el tercer sector.
Serán millones y millones de puestos. El tipo de trabajo que hace en estas entidades
sociales y culturales es enormemente complejo, sofisticado y humano, y no lo extinguen las
nuevas tecnologías. Estas, por más evolucionadas que sean, no pueden sustituir a una
maestra que atiende a 25 niños de entre uno y cuatro años en un jardín de infantes. Si
un presidente de una empresa cree que su trabajo es importante, que se tomen una semana e
intenten desempeñarse como maestros de pre-escolares. Uno de esos niños puede pararse
frente a su maestro y preguntarle, por ejemplo, qué es Dios, cómo nacen los bebés, por
qué la gente se muere, o por qué tiene que compartir sus juguetes con el niño que está
a su lado. Con sus respuestas, el maestro está moldeando las mentes de esos niños, está
"conectando" el sistema neurológico de ese pequeño ser humano.
De manera que lo que vamos a ver en el próximo siglo es que no va a ser el sistema
capitalismo lo más importante. Lo que él va a hacer es darnos una enorme oportunidad. A
través del incremento colosal de la productividad, consecuencia de la aplicación de
nuevas tecnologías, el capitalismo nos ofrecerá la oportunidad de liberar a buena parte
de los individuos de las generaciones futuras de la esclavitud del trabajo. Habrá que
redefinir el trabajo más allá del mercado y del gobierno.
EC- ¿Cómo se financia el fortalecimiento del tercer sector?
JR- Creo que hay diferentes formas. Vamos a tener que tomar una pequeña porción de las
grandes ganancias adicionales que surgirán de esta revolución de la informática y la
biotecnología. Creo que vamos a tener que tomar parte de ese capital a través de los
impuestos y otros medios para poder crear -en cada comunidad, provincia o Estado- un
"fondo" que se destine a la educación, para poder preparar a los jóvenes en
miles de empleos dentro de este tercer sector, y para poder pagarles luego salarios
competitivos.
El tercer sector no siempre confía en el mercado ni en el gobierno. Tenemos todos los
recursos humanos ahí para que el sector sea fuerte pero el problema es que no hemos
desarrollado recursos para que las comunidades puedan tener una economía fuerte.
EC- La pregunta que se puede formular a su propuesta es ¿quién garantiza la eficiencia
de este sector, qué garantías hay de que esos recursos que se destinen a financiarlo van
a ser empleados racionalmente, cómo evitar que ese sector termine sumido en los mismos
problemas de burocracia, ineficiencia, exceso de personal, que llegaron a caracterizar al
estado de bienestar de las últimas décadas?
JR- No puedo asegurar que el tercer sector no va a tener problemas. Está en la naturaleza
del ser humano. Va a haber todo tipo de dificultades como sucede en todas las soluciones,
pero la historia muestra que el tercer sector es mucho más efectivo en prestar servicios
políticos y sociales que el propio gobierno, porque el tercer sector está más cerca de
las personas, compuesto por gente de los barrios, de las comunidades. Estas personas saben
lo que necesitan sus semejantes, así que también saben cómo hacer un empleo más
eficiente de los recursos. Es un sector que tiene una alta motivación porque trabaja con
seres humanos que quieren tener éxito. El problema es que el sector se dé cuenta de
esto. Ahora está subdesarrollado, sin conciencia de su poder potencial dentro de la
sociedad. Una vez que valore su poder y entienda que es el primer sector del cual dependen
el gobierno y el mercado, vamos a tener un escenario político muy diferente. Vamos a
poder crear nuevas oportunidades laborales. Pero tenemos que pensar en la política como
un taburete de tres patas y crear nuevas asociaciones entre el gobierno, la comunidad
empresarial y el tercer sector.
EC- No quiero que quede fuera de esta entrevista el factor educación. Usted sostiene que
el problema del desempleo generado por la tecnología no se arregla simplemente con
educación, y maneja algunos ejemplos al respecto: "algunos ingenieros de calidad
media", dice usted, "ya no son necesarios porque tenemos computadoras que pueden
hacer el trabajo de cálculo que a ellos les corresponde. Lo mismo sucede con los
médicos, los abogados... En el futuro recurriremos a los mejores pero no necesitaremos
una gran variedad". La consulta es: ¿cómo deben orientarse los sistemas educativos
en sus distintos niveles, si queremos que sean útiles en este nueva era que usted define
como el fin del trabajo o de renacimiento, si se dieran las condiciones necesarias.
JR- Creo que la educación es clave. Muchos educadores americanos están preocupados
porque estamos preparando a los jóvenes para el mercado del ciberespacio (les damos
computadoras y les enseñamos a manejarlas), pero después no los vamos a necesitar. No
vamos a precisar tantos profesionales en estas áreas. Los estamos educando para una
desilusión.
Por eso en Estados Unidos se está poniendo en marcha una nueva revolución educativa.
Estamos empezando a preparar para el tercer sector. Llamamos a esto la educación civil.
En cada escuela, en cada liceo, en cada universidad, están comprendiendo que los
estudiantes aprenden mejor cuando lo que se les enseña es experimental y está
relacionado con la resolución de problemas referidos a su comunidad. Si su hijo está
emprendiendo los temas de zoología lo mejor es ver qué es lo que sucede en su entorno a
propósito de esos asuntos; así los principios de la ciencia van a ser más claros porque
los alumnos los sienten como propios.
Estamos teniendo un cambio que pasa por integrar la educación en la clase y la de la
comunidad. Además se implica a los padres, los estudiantes, maestros y organizaciones
locales. Los estudiantes se desempeñan mucho mejor porque su aprendizaje tiene una
relación directa con quiénes son como seres humanos, y eso va fortaleciendo el capital
social.
Hasta ahora nuestro sistema educativo estaba poniendo énfasis en cosas que no son tan
relevantes. Una vez que un niño sabe que tiene relaciones con otros seres humanos en el
tercer sector es que vamos a poder darle lo que necesita, pero si no lo hacemos así vamos
a preparar ese niño para algo a lo que no va a poder ajustarse en el futuro. Tenemos que
considerar la educación civil como un modelo para preparar a miles de jóvenes
acostumbrándolos a tener una relación directa con las organizaciones del tercer sector.
Al hacerlo vamos a ir consolidando una generación que estará capacitada para tres tipos
de trabajo: para trabajos en la función pública, en el gobierno y en empleos pagos del
tercer sector. Vamos así a ampliar las oportunidades laborales, que pueden ir más allá
del Estado y del Gobierno.
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Traducción: María Julia Sáinz
Transcripción: Fernando Iglesias
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