Una mirada sobre "El fin del trabajo"
y su aplicabilidad en Uruguay
Entrevista con el director del Instituto Cuesta-Duarte
(PIT-CNT), economista Daniel Olesker.
EN PERSPECTIVA
Jueves 24.09.98 - Hora 09.20
EMILIANO COTELO:
"El fin del trabajo" es el título del libro del economista Jeremy Rifkin que le
dio en los últimos años una enorme popularidad y lo convirtió en centro de discusiones,
tanto a nivel académico como político.
Jeremy Rifkin sostiene cosas como ésta: "Vamos hacia la gran revolución económica
que caracterizará el siglo que viene, la de la informática y la biotecnología. Una
revolución tan importante que va a forzarnos a todos a repensar el contrato social, a
reformular nuestro concepto de trabajo en sociedad".
"Mandos medios, secretarias, telefonistas, funcionarios administrativos, cajeros de
banco... Es muy probable que estos trabajos ya no existan más dentro de cinco o diez
años. En la década del 60, en Estados Unidos, el 66 por ciento de los empleados
trabajaban en fábricas. Hoy son menos del 17 por ciento. De todos modos, Estados Unidos
sigue siendo la potencia industrial número uno. Peter Drucker sostiene que en el año
2020 ya no habrá más obreros en las fábricas". Y, subraya Rifkin, "éste no
es sólo un problema de los países más desarrollados. Hasta hace unos años, la
distribución de roles era alta tecnología en el Norte y mano de obra barata en el Sur,
pero ese esquema perdió validez y el Sur no puede competir en los mercados globales con
máquinas antiguas, por más que los salarios sean bajos. Durante la revolución
industrial, cuando un sector se mecanizaba, surgía otro que creaba nuevas oportunidades
laborales. Es cierto que hoy está surgiendo un nuevo sector generador de empleo, el del
conocimiento, pero es un error la creencia de los líderes políticos de que entonces la
solución es mejorar la educación de nuestra fuerza laboral. La era industrial se basaba
en el trabajo vacío, pero la era del conocimiento descansa en una élite de trabajadores
altamente capacitados, entrenados y educados que cada vez son más sofisticados e
inteligentes. ¿Vamos a crear todo tipo de empleos y mercados nuevos? Sí, pero no habrá
nunca más una fuerza laboral de masas. El éxito en el próximo siglo va a medirse en
términos de pocos obreros".
Aporta Rifkin algunos ejemplos: "Entre los ingenieros, aquéllos de calidad media ya
no son necesarios, porque tenemos computadoras que pueden hacer el trabajo pesado, ese
trabajo de cálculo que a ellos les correspondía hace cinco años atrás. Lo mismo sucede
con los médicos o los abogados. En el futuro requeriremos a los mejores de estos
profesionales, pero no necesitaremos una gran variedad".
"Estamos en las puertas de un gran éxito en la historia del capitalismo. Se podrán
producir los bienes y servicios para la economía global del siglo XXI con una fracción
nada más de la fuerza laboral que estamos utilizando ahora, pero no tenemos una demanda
efectiva, porque no tenemos capacidad para distribuir la producción. No hemos generado un
nuevo contrato social que permita suficiente poder de compra para adquirir esos
bienes".
Esa es, muy a grandes rasgos, una síntesis del pensamiento del economista Jeremy Rifkin
en su libro "El fin del trabajo". Por supuesto que Rifkin no se queda en el
diagnóstico y aporta también una serie de líneas de acción que permitirían atacar esa
situación que aparece como tan dramática.
Sobre estos temas, justamente, va a centrarse la conferencia que el viernes de la semana
que viene Jeremy Rifkin va a ofrecer en Montevideo, en el Edificio Mercosur, invitado por
Radio El Espectador en sus 75 años. Sobre estos temas hablará además de contestar
preguntas de un panel de especialistas que ha sido convocado también por Radio El
Espectador.
Uno de los integrantes de ese panel es el economista Daniel Olesker, director del
Instituto Cuesta-Duarte, del PIT-CNT, que hoy se encuentra con nosotros.
Supongo que usted leyó hace tiempo el libro "El fin del trabajo" de Jeremy
Rifkin. A grandes rasgos, ¿cuál es su impresión? ¿Qué es lo que más le llamó la
atención de la obra?
DANIEL
OLESKER:
Creo que "El fin del trabajo" realiza una correcta, -aunque también exagerada-
caracterización de los problemas que va a generar esta nueva revolución tecnológica en
el ámbito del empleo. Su mirada está influida por la realidad de los lugares donde esta
tecnología se está aplicando de manera muy dura, o sea, en Estados Unidos o Japón, que
son los países en los que centra sus ejemplos.
Después de leer el libro uno entiende, obviamente, las características peculiares que
tiene la situación actual. Pero si uno mira en términos históricos -y ésta me parece
la primera reflexión importante- cada una de las revoluciones tecnológicas del mundo
capitalista (la revolución industrial, la gran revolución tecnológica de los años
veinte, la de energía eléctrica y el taylorismo) provocó esta misma contradicción;
quizás en niveles menores. Es decir: un sistema que encuentra una gran capacidad para
aumentar sin cesar la producción, y no necesariamente encuentra, por el propio carácter
desigual del sistema, la capacidad de hallar niveles de consumo adecuados. En algunos
casos, como en la época del taylorismo, los trabajadores no podían ser consumidores de
esa producción porque habían sido desplazados por la misma, y los que no, por los bajos
salarios que se les pagaba. En el caso actual, por los trabajadores que desplaza.
Las nuevas normas de producción tienen un gran objetivo central, que es aumentar la
rentabilidad y la productividad de manera acelerada para expandir nuevamente el
capitalismo. (No olvidemos que estas tecnologías empiezan al comienzo de los setenta,
cuando es notoria la crisis del sistema fordista en Europa, Estados Unidos y Japón.) Pero
estas normas de producción, que han encontrado un gran éxito para aumentarla
visiblemente -en especial, por lo que él llama la "revolución de la
información", lo que comparto- no encuentran normas adecuadas de consumo para
compatibilizarse.
Entonces, igual que algunos autores muy importantes dentro del pensamiento económico
capitalista -como fue Keynes, en particular, pero también Marshall, Wallras y otros, que
ofrecieron soluciones, además de ese diagnóstico muy terrible sobre la desocupación en
aquellas épocas-, Rifkin hace lo mismo: detecta esta contradicción, y con un espíritu
muy constructivo propone en la parte final de su libro una serie de propuestas para que
esta incompatibilidad se transforme en compatibilidad. De esta forma busca que permita el
aprovechamiento no sólo para la humanidad, sino también para los propios líderes
empresariales.
EC - Rifkin propone ingresar cuanto antes en la discusión de lo que él llama "un
nuevo contrato social". ¿Por ese lado viene también su razonamiento?
"Frente a este problema de la existencia de una
mayor riqueza con menos trabajadores incluidos en la generación de la misma, que desplaza
y excluye a éstos y empresarios (...)¿Es viable la reducción de la jornada o la
conformación del tercer sector, con aportes adicionales de las empresas a la seguridad
social para que el Estado lo financie? Es viable solamente en algún reducido sector,
donde efectivamente esas condiciones de productividad y competitividad se están
dando".
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DO - Sí, sin duda. Lo que propuso Keynes en su época fue también un nuevo
contrato social, del cual surgió el famoso "estado de bienestar". El propone
otro camino, camino que tiene una gran similitud y una diferencia con la propuesta
keynesiana. La gran similitud es que el actor gravitante para que ese nuevo contrato
social sea posible es el Estado. Rifkin dice "el sector público tendrá un rol
gravitante". La diferencia es que el sector público es gravitante, pero no es
ejecutor de la solución en el contrato social como lo fue en aquella época, cuando el
empleo en el sector público fue muy importante. Hoy lo es para que el contrato social
exista, pero lo desplaza hacia la constitución de una nueva forma de organización
económica. "Nueva" en el sentido teórico, pero bastante vieja en el sentido
práctico, como él mismo lo demuestra, con cifras de su existencia, que es el llamado
"tercer sector".
EC - El tercer sector, formado por las organizaciones no gubernamentales, las asociaciones
sin fines de lucro, las iglesias. Pero ésa es una de las patas de su paquete de
soluciones. La otra, la reducción de la semana laboral,
es la más conocida porque ha sido muy polémica y muy discutida, lo que no ha ocurrido
con el tercer sector.
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SEGUNDA PARTE
EC - Vayamos a lo que usted piensa del diagnóstico y de las soluciones que Rifkin
presenta en su libro. ¿Esta es una tesis bien vista por el PIT-CNT? Se lo pregunto
porque, en distintos momentos, Rifkin manifiesta opiniones que probablemente les caigan
bien a los sindicatos, o por lo menos a los sindicatos uruguayos.
Por ejemplo, Rifkin dice: "El capitalismo es el sistema creativo más ingenioso
posible. Lo que hace bien es crear capital; lo que hace mal es no distribuir sus frutos
con suficiente rapidez. Los empresarios sólo ganan si comparten sus ganancias con sus
clientes. Y estos, que son los trabajadores, sólo ganan si hacen que la empresa sea
competitiva. Los empresarios deberían soñar con un nuevo movimiento sindical. Las
empresas y la fuerza laboral se necesitan una a la otra".
DO - Tanto en la cátedra de Economía Laboral de la Facultad, que yo dirijo, como del
Instituto, hemos hecho un esfuerzo por sintetizar algunas ideas y transmitirlas, en las
comisiones de empleo en las que se trabaja en el PIT-CNT. Y yo diría que las tesis, en
general, son bien vistas. Es un aporte indudable en tanto resalta esa contradicción
fundamental que tiene el sistema, que justamente es la enorme posibilidad que las formas
de organización capitalista tienen para generar y crear la riqueza. Es indudable, desde
1800 hasta ahora, la espiral de crecimiento de la riqueza, de la producción, de la
capacidad técnica, y la incapacidad de los propios organismos creados por el sistema -el
mercado, básicamente- para distribuir equitativamente producción y consumo, el capital
financiero a nivel internacional, como lo estamos viendo de manera muy reiterada en estos
últimos días.
Por otro lado, es importante la idea de que toda solución que se genere tiene que ser una
solución consensuada y en la que los trabajadores deben participar.
Dentro del PIT-CNT hay muy claros matices sobre cuál es el rol de los trabajadores
organizados en la búsqueda de competitividad entre las empresas. Y sobre eso hay
diferencias muy importantes, que se han expresado muchas veces, incluso en los congresos
del PIT-CNT. Pero la necesidad de que la sociedad discuta, a través de las organizaciones
empresariales y sindicales, es fundamental.
Quizá lo relevante del libro de Rifkin, en la medida que tiene un cierto carácter
eurocentrista o Estados Unidos-centrista, no son tanto las soluciones concretas que
propone, o el diagnóstico concreto, porque muchas de las cosas que propone estén lejos
de aplicarse aquí. Quizá lo relevante sea el trasfondo. Incluso hay un capítulo muy
breve, de tres páginas, sobre las modificaciones tecnológicas a largo plazo en la
agricultura, que yo lo trasladaría a nosotros. Si es verdad lo que dice Rifkin, de que en
30 los recursos naturales van a ser insignificantes para la competitividad natural,
-porque lo mismo que se puede hacer en cien hectáreas se va a poder hacer en un lugar
mucho más pequeño-, entonces hay que pensar la agricultura y la agroindustria uruguaya
de otra manera: más por el lado tecnológico que por el lado de los recursos naturales.
Todos coincidimos, en mayor o en menor medida, que es uno de los sostenes del modelo de
desarrollo.
Ese capitulo de tres páginas sobre la agricultura creo que nos da un alerta muy relevante
para nuestro país.
EC - Pero vayamos a lo que Rifkin dice a propósito de los efectos de todo esto en el
empleo, que es, de alguna manera, el nudo de la cuestión.
DO - Las dos soluciones que propone Rifkin, la del tercer sector y la de la reducción de
la jornada, yo creo que tienen algo en común, como cualquier otra solución que se pueda
visualizar.
Existe en ambas propuestas un carácter comunitario. Frente a este problema de la
existencia de una mayor riqueza con menos trabajadores incluidos en la generación de la
misma, que desplaza y excluye a éstos y empresarios, tanto la solución de crear y
sustentar por la vía pública un sector social comunitario, como la vía de dividir la
jornada supone redistribuir la riqueza generada de una manera distinta. Como decía la
consigna francesa de la CGT, es la forma de poder "trabajar menos, trabajar
todos".
Sin duda, las dos soluciones tienen un grado de aplicabilidad diferente según el nivel
del país en el que estemos. En el capítulo de desempleo tecnológico de Rifkin Japón
aparece con 80% de desempleo por causa de la tecnología, y sólo el 20% como consecuencia
de otras causas menores.
Pero la situación en Uruguay es muy distinta. Debe precisarse cuánto es el desempleo que
efectivamente se ha generado por restricciones tecnológicas, por modificaciones en las
técnicas nuevas, y cuánto se debe a la insuficiencia de las empresas para hacer frente a
la competitividad, por problemas que nada tienen que ver con la tecnología. Problemas
como los enormes costos financieros, las contribuciones fiscales, la competencia desleal
de los países que operan con subsidios. Si se observa esto, puede decirse: "Muy
bien, ¿es viable la reducción de la jornada o la conformación del tercer sector, con
aportes adicionales de las empresas a la seguridad social para que el Estado financie a
ese sector?" Es viable solamente en algún reducido sector, donde efectivamente esas
condiciones de productividad y competitividad se están dando.
EC - Porque la condición, dice usted, es que en esos sectores de empresas se esté
logrando mejorar la rentabilidad y al mismo tiempo, se esté ganando más.
DO - Claro: se esté mejorando la productividad y a partir de ella, con el apoyo público,
competir en igualdad de condiciones con el resto del mundo. Eso genera un ingreso
adicional. Es sobre ese ingreso adicional que las nuevas tecnologías están generando que
trabaja Rifkin, y es allí donde él propone la partición. Una parte será para que esas
propias empresas se mantengan competitivamente. Otra parte, para los trabajadores que
quedan y la otra como aporte al sustento económico del resto de la población. Esta
partición en tercios es arbitraria.
EC - Pero usted dice que en el caso de Uruguay esto no es de aplicación general, no vale
para todas las empresas.
DO - Justamente estamos estudiando este asunto, y hemos planteado a la central de
trabajadores la posibilidad de que nuestras ideas sobre este tema comiencen a ser
discutidas en casos concretos. Por ejemplo, Funsa va a ser comprada por otra empresa y
seguramente incorporará nuevas tecnologías, esto abrirá la posibilidad de repensar la
estructura productiva, para irla definiendo y tomándole el grado de generalidad. En el
caso de Uruguay hay otros márgenes de acción sobre el desempleo, que no necesariamente
surgen por el lado tecnológico, sino que tienen su origen más bien en la gran
distorsión en la asignación de recursos. En general, el grueso de los estímulos se
dedica a la importación de bienes de capital, y no a la contratación adicional de mano
de obra.
EC - Quizás tendríamos que examinar y explicar un poco mejor las dos grandes líneas de
acción que Rifkin propone, porque sobre todo una de ellas no ha sido muy divulgada. La
reducción de la semana laboral, detengámonos un segundo en ella, aparece entre los
empresarios uruguayos como disparatada, en general.
DO - Sí, sí. Nosotros no hemos encontrado ningún eco en esa idea...
EC - Porque reducir la semana laboral implica que alguien trabaja menos horas por semana
cobrando lo mismo.
DO - Claro.
EC - Es decir que la empresa está absorbiendo la diferencia. ¿Cómo ve usted esto en
Uruguay?
"Si el sector privado no va a ser generador de
empleo, sino, más bien, lo contrario; (...) si el sector público, que durante mucho
tiempo absorbió sus excedentes, tampoco genera empleo, surge este "tercer
sector". ¿Cómo se conforma este tercer sector? Básicamente, por organizaciones no
gubernamentales que trabajan en el ámbito comunitario: iglesias, clubes deportivos,
asociaciones sociales, y voluntariados que trabajan en distintas áreas".
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DO - Creo que para que la reducción de la jornada sea viable, debe darse en
condiciones de acuerdo social. No debemos olvidar, por ejemplo, que la reducción de la
jornada a ocho horas a principios de siglo no fue, obviamente, el resultado exclusivamente
de un nuevo contrato social, sino un contrato social empujado por un proceso de
movilización y de lucha.
Vista la cuestión como un nuevo contrato social, tiene que reunir ciertas condiciones:
productividad creciente, mantenimiento de los niveles salariales. Si estas condiciones se
dan, podría ser lo que usted dice, que la empresa tenga que absorber los costos. Pero si
estamos hablando de ramas de empresas en crecimiento nosotros hemos trabajado en algunos
lugares en cuatro turnos de seis horas en lugar de tres turnos de ocho, seguramente lo que
va a pasar es que, eso va a generar mayor producción. Si además es una empresa con
mercados crecientes, en realidad no va a absorber nada, sino simplemente va a generar un
incremento de la riqueza global que se repartirá entre los participantes.
La cuestión es que en los países más desarrollados estas tres condiciones, si bien no
se cumplen en todo su tejido económico se cumplen en las industrias de punta. Por lo
tanto, es posible generalizarlo; aunque, como en el caso de Francia, se corran algunos
riesgos que la propia ley prevé para atender casos especiales.
Me parece que en Uruguay puede darse a la inversa. Los casos especiales pueden ser
aquellos que logren ser una punta de lanza, pioneros en este tema, de manera de ir
mostrando un camino. Una cosa que sucede mucho en Uruguay es que, frente a la alternativa
de mejorar la productividad con inversiones tecnológicas, o con más intensidad de
trabajo, aportando a los subsidios del Estado, buscando mecanismos de muy diferentes
formas que no alteran la relación tecnológica, en general se tiende a esto último. Y
así hizo, aun cuando tuvo, como en los años 70, enormes oportunidades de renovación
tecnológica, dado el importante nivel de ganancia que se obtuvo en los primeros años de
la década.
Mientras no se muestre aquel camino, va a ser muy difícil generalizarlo por la vía de
este gran acuerdo social. Obviamente que el PIT-CNT cree que la reducción de la jornada
es a largo plazo, un paradigma a seguir, y buscará diversos mecanismos para, por lo
menos, ponerla en debate.
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TERCERA PARTE
EC - El segundo capítulo de las soluciones que propone Rifkin, se centra en la necesidad
de fortalecer al "tercer sector".
Creo que buena parte de nuestra audiencia debe de haber oído hablar poco del "tercer
sector". Tendríamos que empezar, entonces, con una definición. El "tercer
sector" implica que hay otros dos. ¿Cuáles son estos?
DO - Los otros dos son el sector público y el sector privado. La apuesta hacia ese sector
proviene del largo análisis negativo que se hace sobre las posibilidades ocupacionales
del privado -por todo lo que hemos venido diciendo hasta ahora- y del público. No tanto
por un análisis tecnológico, sino por una especie de convicción entre los teóricos y
la economía capitalista de que la etapa de que sea el sector público directamente quien
expanda el empleo es una etapa culminada desde el punto de vista histórico.
Entonces, si el sector privado no va a ser generador de empleo, sino, más bien, lo
contrario; esto quedó comprobado cuando el agro expulsó fuerza de trabajo a la
industria; la industria, a los servicios; y ahora los servicios la están expulsando hacia
no se sabe qué. Si el sector público, que durante mucho tiempo absorbió sus excedentes,
tampoco genera empleo, surge este "tercer sector".
¿Cómo se conforma este tercer sector? Básicamente, por organizaciones no
gubernamentales que trabajan en el ámbito comunitario: iglesias, clubes deportivos,
asociaciones sociales, voluntariados que trabajan en distintas areas.
Pero, ¿cómo se financian todas estas organizaciones? Porque si son voluntarios u
organizaciones no gubernamentales, ¿cómo se financian? Rifkin nos propone lo que él
llama un "salario fantasma", es decir, una reducción de las contribuciones. Por
ejemplo, si una persona trabaja "equis" horas en una actividad, de su
declaración de impuestos a la renta personal, deduce de sus contribuciones
"equis" dinero, que aparece como su salario luego. Esta solución no se puede
aplicar a Uruguay porque aquí no existe la renta personal. Este "salario
fantasma" es otra vez el Estado, que de alguna manera -quizá no con un aporte
directo de dinero sino con dinero que no recibe- hace su aporte financiero a la
constitución del tercer sector.
EC - ¿Estamos hablando, entonces, de fortalecer ese tercer sector para que termine
asumiendo buena parte de la acción social que, durante décadas, se entendió que debía
llevar adelante el Estado?
DO - Sin duda.
EC - Es decir: ¿se habla de una traslación a la comunidad de funciones, servicios, que
hasta un tiempo se entendía que eran competencia exclusiva del Estado?
"Privatización" -entre comillas- de servicios, pero no privatización asumida
por empresas, sino por la comunidad.
DO - Para la propia comunidad.
EC - "Privatización" por entidades sin fines de lucro. Se menciona a la
Iglesia, o a las iglesias, en ese conjunto de instituciones.
DO - Sí. Incluso en la definición de actividades hay cosas que no pueden pasar a ese
tercer sector. Entre ellas Rifkin destaca, esencialmente, la salud pública, la educación
pública y algunas actividades adicionales. Todo el resto de las actividades comunitarias,
las incluso relacionadas con la organización de actividades de producción, con
construcción de mejoras edilicias, deben pasar a esas organizaciones.
Pero dice Rifkin una cosa importante, vinculada con el fortalecimiento del tercer sector.
El fortalecimiento de ese sector pasa, entre otras cosas, por su existencia. El mismo dice
que quienes integran ese sector ni siquiera saben que lo integran. Entonces, el
fortalecimiento del sector implica constituir un tejido, en el que el sector público
vuelve a ser relevante, para que tenga vida como sector, y tenga tareas, organización,
financiamiento. Que sea, de alguna manera, un sector más, que cumple ese rol de
articulador entre las normas de producción y las normas de consumo.
Esto nos lleva siempre al punto de origen: el problema central que tiene que resolver el
sistema capitalista es la relación entre rentabilidad-producción-consumo. Siempre se han
buscado soluciones para esa relación. Pero la inexistencia de las mismas lleva a las
crisis, y éstas una vez más a la búsqueda de soluciones. En tal sentido, el libro de
Rifkin es muy fértil, porque encara los problemas muy francamente, analizando las
ventajas y las desventajas del sistema, y eso ayuda a quienes tienen responsabilidades
públicas a asumir soluciones para superar las desventajas. De alguna manera, quiebra un
mito que por la vía de los hechos ya está terminado, pero que nosotros escuchamos
insistentemente: que los problemas del empleo son exclusivamente derivados de la falta de
crecimiento económico. Dice Rifkin que para absorber el empleo se necesita un crecimiento
de no menos del 10 por ciento del producto mundial en los próximos treinta o cuarenta
años, lo que parece medianamente imposible en la lógica actual.
EC - Entonces, una de las preguntas que uno se puede formular es: ¿esas dos líneas de
acción que Rifkin propone (la reducción de la semana laboral y el fortalecimiento del
tercer sector) serán suficientes para absorber esa mano de obra desocupada a consecuencia
del avance tecnológico? De nuevo, me imagino, su respuesta tiene dos partes: una, el caso
de Estados Unidos o países fuertemente desarrollados, en los que usted entiende está
basado este trabajo. Y otra, la realidad de países como el nuestro. Pero, ¿las cuentas
dan? ¿Es posible hacerlas? ¿O esto es una gran aproximación?
DO - Yo no he sacado cuentas, pero creo que estas propuestas de Rifkin apuntan
fundamentalmente a absorber algo así como lo que podríamos llamar el "crecimiento
marginal" o "adicional" que las nuevas tecnologías provocan en la
exclusión. Es decir: la recuperación de una parte de esa sociedad que queda excluida por
razones económicas, productivas o tecnológicas. Creo que no alcanza para absorber el
conjunto del sistema, porque se han dado dos procesos que pueden tornarse irreversibles:
uno es la propia condición del desarrollo del sistema, que en sí mismo alberga un margen
de exclusión, y que permite la movilidad del empleo y el mantenimiento de niveles
salariales adecuados a las condiciones de acumulación y rentabilidad. Pero otra es que el
mismo proceso, este proceso que describe Rifkin, ha generado una cierta exclusión,
creciente, que hace que, aun en condiciones de recuperación de esa exclusión a través
del tercer sector y la reducción de la semana laboral, no toda la población pueda ser
reasimilada. Porque, quizá, la solución a la exclusión no es sólo económica, ha
adquirido ribetes que tienen que ver con lo social, con lo político, con lo ideológico,
e incluso con el modo de vida de la gente. Yo creo que es una solución interesante,
importante, que hay que hacer a costa de no seguir aumentando esta exclusión, pero que
debe complementarse con medidas que apunten a fortalecer la inclusión en otras áreas.
Areas que Rifkin plantea marginalmente y que supongo que no las desarrolla porque no es su
tema, tienen mayor relación con el tema educativo y otros.
EC - ¿Cómo entiende usted que en nuestro país se está analizando y buscando enfrentar
el tema del empleo? Porque ésta es una tesis. Habrá otras, y hay otras. ¿Pero en qué
medida el Uruguay está enfrascado en el tema?
DO - Yo creo que, lamentablemente, el tema del empleo no ha adquirido -y no sólo en el
Uruguay, sino en la región- un nivel preeminente en el debate. A tal punto, que
habiéndose creado el Mercosur en el año 1990, recién en el año 1997, y a propuesta de
la Coordinadora Sindical del Cono Sur, el foro consultivo debate políticas de empleo para
la región.
Esto por dos razones esenciales: el diagnóstico que se hace de la situación y de sus
soluciones es sustancialmente diferente. Creo que para el gobierno -lo hemos dicho
reiteradamente en las últimas reuniones del diálogo social, antes de que éste se
frustrara- el problema del empleo es un problema relevante desde el punto de vista de su
magnitud, pero subsidiario desde el punto de vista de las soluciones. Estas no pasan por
el problema del empleo -como de alguna manera lo propone Rifkin para los países
desarrollados, o como lo hemos propuesto nosotros con medidas de políticas activas,
inversión pública y demás-, sino que es un problema subsidiario en la medida en que su
solución depende esencialmente de la mejora de los niveles de inversión. Entonces, todas
las políticas de empleo no son, en realidad, políticas de empleo, sino que son
políticas de inversión y crecimiento. En ese sentido, hay un corte en la discusión.
La segunda razón, creo yo, es que una en Uruguay de alguna manera la hondura de las
conclusiones de Rifkin se ven relativizadas porque nosotros tenemos un problema previo al
problema de la exclusión y del desempleo que es el de la calidad y la precariedad de los
empleos. En Uruguay tenemos 140 mil desocupados, pero, según las cifras del Instituto
Nacional de Estadística, tenemos 360 mil subocupados precarios. Si uno mira la
estadística de los últimos tres años verá que el crecimiento en el empleo se está
concentrando en los trabajos precarios y de microempresas. Entonces, simultáneamente o
antes de discutir la exclusión, hay tener en cuenta que no sólo, no se crean empleos,
sino que los que se crean -y esto no es consecuencia de las nuevas tecnologías- son muy
precarios.
La discusión sobre desempleo está muy lejana justamente porque existen estas cuestiones
previas. Pero, además, hay como una barrera que dificulta el debate sobre estos temas
porque, repito, se entiende que las políticas de empleo no son discutibles como objeto de
estudio en sí mismo. En esto tenemos una dificultad real con el gobierno y, en parte, con
una porción de los empresarios porque con otros los hemos tratado desde un punto de vista
microeconómico. Algunas empresas ya han encontrado y convenido soluciones.
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Transcripción: Fernando Iglesias
Edición: Mariana Viera
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