Entrevistas

Las mujeres, la pareja y
la política según la escritora
chilena Marcela Serrano


EN PERSPECTIVA
Jueves 24.04.97 - Hora 10.10

Transcripción: Escribas
E-mail: escribas@adinet.com.uy
Edición: Julieta Sokolowicz


DIEGO BARNABE:
Tenemos el gusto de darle la bienvenida en Montevideo a una persona que conocimos el año pasado, que muchos de ustedes conocieron antes que nada como escritora, como mujer, a través de sus obras, las primeras que llegaron al Uruguay. Me refiero a la obra de Marcela Serrano, nacida en Santiago de Chile en 1951. Es la cuarta de cinco hermanas, todas ellas profesionales y casi todas muy conocidas también en su país, personas muy destacadas, muy respetadas, que llevan -según ellas mismas lo reconocen y según lo ha dicho también Marcela- el gérmen de las letras en el cuerpo.


MARCELA SERRANO:
Efectivamente.


D. B. - ¿Tu mamá fue escritora?


M. S. - Y mi papá también. Mi madre era novelista y mi padre era ensayista.


D. B. - En "Antigua vida mía" el padre de Josefa tiene una librería.


M. S. - Claro, pero no escribirá.


D. B. - Tú te licenciaste en Grabado en la Universidad Católica de Chile entre los años 1976 y 1983. En el 83 abandonaste completamente la plástica, la colgaste en el ropero.


M. S. - Literalmente. Saqué un premio muy importante en el Museo de Bellas Artes con un trabajo que era muy bonito, sobre las mujeres del sur de mi país, que están en extinción. Hice un trabajo sobre ellas con mi cuerpo, porque yo trabajaba con un cuerpo, y me dieron un premio. Y llegué a la casa, literalmente dejé el premio en el velador y dije: "Hasta aquí llegué y nunca más. Se acabó".


D. B. - Algo que has hecho de diferentes maneras y que te importa mucho, por ejemplo, es rescatar la memoria de ese grupo de mujeres que ya no se ven.


M. S. - Las extinguieron, las mataron, una a una, lentamente. Es una raza de la que ya queda una sola representante, una viejita de unos 90 años.


D. B. - Común al sur de Chile y al sur de Argentina.


M. S. - Comúnes, claro, pero ellas viven en la Patagonia nuestra.


D. B. - Ya titulada por la Universidad Católica en Grabado, te radicaste en Italia, donde, según tú misma has dicho, aprendiste del miedo y del dolor.


M. S. - Del frío y del hambre.


D. B. - Que te marcaron profundamente. ¿En qué circunstancias llegaste a Europa?


M. S. - El exilio. Primero, antes del exilio había vivido en París un año como estudiante, debe haber sido cuatro años después del 68, cuando estaban todos los gérmenes de la Revolución de Mayo en el aire, y yo me fui con dos de mis hermanas, según nosotras a aprender francés. Congelamos nuestros estudios en Santiago y nos fuimos a vivir allá. Fue una experiencia fascinante, realmente apasionante. Aprendimos francés, pero también aprendimos muchas otras cosas. Después volví a Chile y vino el golpe. Ahí me tocó el exilio italiano; nos tocaba, uno no decidía cuando era militante de un partido, y tuve un exilio en Roma. Roma en sí fue un privilegio. El calor de los italianos, la recepción que nos hicieron, la solidaridad de ellos fue una cosa maravillosa, pero tuvimos que vivir en condiciones que yo ni siquiera intuía. Yo había tenido una vida bastante "regalada" antes de eso, en casa de mis padres, entonces fue muy duro. Al final me volví.


D. B. - Tú te defines, incluso, como la hija de una familia aristocrática. ¿Es así?


M. S. - La palabra "aristocrática" está mal usada, porque a Chile no llegó la aristocracia, no fuimos virreinato. Mi familia viene de los primeros españoles, efectivamente, y era una familia -como nosotros llamaríamos en Chile- de la clase alta, los dueños de la tierra, los latifundistas.


D. B. - Trabajaste en Roma para el vivero de la Municipalidad, plantando almácigos y árboles.


M. S. - ¿De dónde sacaste esa información? Hasta a mí se me había olvidado. Efectivamente, hice de obrera un buen tiempo y trabajaba en un invernadero repleto de lagartijas, entonces me quedó una gran fobia a las lagartijas, porque se me cruzaban todo el día mientras yo trabajaba con las semillas. Mi papel era sacarles la bolsa a las semillas. En eso trabajé.


D. B. - En el año 77 volviste a Chile, donde te conectaste con grupos artísticos. Montaste tu primera exposición a comienzos de los 80, si hablamos de artes plásticas, por supuesto, y después la abandonaste. La historia más conocida para nosotros es la de tus obras literarias, tus dos primeras novelas: "Nosotras que nos queremos tanto", del año 91, y "Para que no me olvides", del 93. En 1994, "Para que no me olvides" obtuvo el Premio Municipal de Literatura. La otra obra que conocimos aquí, "Antigua vida mía", es del año 95. Los uruguayos las conocimos en desorden.


M. S. - Sí, en desorden, en Argentina igual y en otras partes. Eso es por culpa de los contratos chilenos. Yo publiqué mis dos primeras novelas en una editorial chilena que no me dio posibilidades de sacar los libros fuera de Chile.


D. B. - Me decías el año pasado, cuando nos visitaste, que aunque en realidad en la infancia y en la adolescencia ya escribías novelas, públicamente empezaste a escribir bastante más tarde.


M. S. - Claro, exactamente, siento que para las mujeres debería ser un incentivo que uno, de repente, a los 38 años, de vuelta a la vida, empiece otra actividad y lo pueda pasar así de bien. Nunca es tarde. Es maravilloso sentir que siempre hay tiempo.


D. B. - ¿Y por qué nunca antes habías pensado en hacerlo públicamente, como tú dices?


M. S. - Porque me daba terror, francamente. Sentía que para escribir hay que ser tan inteligente... Yo no me sentía inteligente, entonces prefería refugiarme en la pintura.


D. B. - Aunque después hablaste de que lo importante es la inteligencia para que te lean, de alguna manera para conquistar al lector.


M. S. - Claro, pero entonces mi única referencia era la cantidad de libros, de novelas que había escrito mi madre, que tenían una estupenda crítica, que tenían miles de ediciones. Entonces, ser hija de una novelista exitosa no es tan fácil.


D. B. - Pesaba.


M. S. - Claro que pesaba, entonces quería diferenciarme y tratar de ir por otros cursos, hasta que ya no pude más.


D. B. - Podríamos titular este encuentro y esta entrevista "Se dice de mí", como aquella famosa canción, no sé si la conoces, porque en realidad he trabajado relativamente poco para esta entrevista. Los que han trabajado mucho son tus lectores en Uruguay, porque vamos a escuchar a algunos de ellos, anónimos, simplemente con su nombre de pila, comentando tu obra, y además haciéndote preguntas, si estás de acuerdo.


M. S. - Perfecto.


D. B. - Entonces vamos a comenzar con una mujer, que se llama Alexandra.


"ALEXANDRA:
Me resulta amena, detallista, con muchísimo sentido del humor, me parece que es un humor finísimo. Es muy "salada" a la hora de juzgar a nuestro género y un poquitito menos "salada" cuando juzga al opuesto. Me parece fantástica a la hora de relatar lo cotidiano. 'Nosotras que nos queremos tanto' tiene un pasaje -para mí insuperable-, que es cuando un ama de casa, la mamá de los cinco niños -no me acuerdo cómo se llama-, le describe al marido las tareas que hizo durante ese día. Es una sucesión interminable de tareas pequeñas que alguien tiene que hacer y que, casualmente, las hace un ama de casa. Me parece que uno encuentra varias veces personajes parecidos y me resulta muy amena su lectura.

Sé que no le gusta mucho que la comparen con sus pares mexicanas y alguna otra chilena, pero tiene mucho de eso. Son mujeres que hacen cosas, y por suerte ahora aparecen mujeres que cuentan muy bien las cosas que las mujeres hacemos desde hace mucho tiempo.

Ella cuenta, en algunas entrevistas que he leído, que -de chicas- ella y sus hermanas se contaban historias unas a otras. Yo le preguntaría si ahora, ya como escritora renombrada y destacada, alguna vez pensó en escribir cuentos para niños".



M. S. - No, nunca he pensado en escribir cuentos para niños, nunca ha estado dentro de mis perspectivas.


D. B. - ¿Tienes hijos?


M. S. - Dos chicos.


D. B. - ¿De qué edades?


M. S. - Tienen nueve y 15 años.


D. B. - Esta lectora, esta amiga, Alexandra, introducía un tema sobre el que seguramente ya estás cansada de hablar, que es que te comparen, que te coloquen en un mismo cajón con Isabel Allende, Angeles Mastretta o Laura Esquivel. Has hablado sobre esto en otras entrevistas, donde decías: "Ellas son un fenómeno internacional, la Mastretta y la Esquivel son un tiro al aire con una sola novela; Isabel es mucho más sólida".


M. S. - No, no. Yo dije que la Esquivel era un tiro al aire. Nunca he dicho que la Mastretta es un tiro al aire.


D. B. - Esto es según La Tercera, un diario de tu país, de julio del 95.


M. S. - Bueno, lo habrán transmitido mal.


D. B. - ¿Cuál es la diferencia?


M. S. - Quisiera decir que le tengo mucho respeto a Angeles Mastretta. Es más; soy amiga de ella personalmente. Me gusta mucho cómo escribe. Yo siento que para Angeles es una injusticia meterla en un mismo saco con la Laura Esquivel. Siento que Laura Esquivel es una mujer amorosa, muy bien intencionada, pero no me interesa lo que hace literariamente. Creo que Isabel Allende ya ha probado a través del tiempo que es la más forjada de todas. Pero quiero dejar en claro que yo separo a la Mastretta de la Esquivel.


D. B. - Hay quienes dicen que no hay hombres entre los lectores de Marcela Serrano, pero los hay. Vamos a escuchar uno, ¿te parece bien?


M. S. - Perfecto.


"ALBERTO:
Marcela se inscribe en este grupo de mujeres que ha aparecido con mucha insistencia, con mucha fuerza en el campo literario, se podría decir que aportando una visión nueva, una sensibilidad nueva de ver la vida, especialmente la vida cotidiana y también -¿por qué no?- de ver las cosas trascendentes. Marcela Serrano, que es una mujer con la cual compartimos la generación, ha vivido obviamente en ese Chile la fuerte experiencia de Salvador Allende y el desenlace altamente cruento que tuvo esa experiencia socialista en Chile. Y de algún modo creo que en sus novelas se refleja el calor con que fue vivido eso y se refleja especialmente en la voz, en la mirada de una mujer, que, reitero, es de una sensibilidad diferente a la que estamos acostumbrados los que nos gusta la lectura, la novela, la narración, la poesía. Es una mirada diferente, donde la sensibilidad sobre las cosas cotidianas se detiene en los detalles de la vida cotidiana y además en las cosas que le atañen especialmente a la mujer, a lo que no estamos acostumbrados.

Por lo general, nuestra literatura latinoamericana ha sido pasible de patrones literarios dominados por el decir o el hablar masculino, y esto es lo diferente. Y Marcela Serrano creo que lo ha logrado muy bien, es realmente interesante; atrapa su mirada sobre todos esos hechos.

Creo que todavía los hombres no estamos acostumbrados a leer con mucho interés literatura hecha por mujeres. Creo que sigue el prejuicio machista, se manifiesta también en ese terreno. Ojalá esa visión que se cuela en la literatura tuviera fuerza y llegara también a otros estadios de la vida, a otros espacios con esa misma fuerza, con esa misma calidez humana, con esa sensibilidad.

En una de las novelas de Marcela Serrano a partir también de un hecho también cruento, un desenlace que se produce allí de una de las protagonistas mujeres que en las cárceles de Chile pierde a su pareja, hay una reflexión de la narradora que dice algo así como que una idea insistente que se nos cuela es que por desgracia la espada siempre termina en forma de cruz. A mí me encantaría reflexionar con Marcela Serrano, a ver qué opina ella como mujer latinoamericana y como mujer que ha tenido toda esta experiencia, en este país hermano, qué reflexión le mueve, justamente, estos hechos tan crudos que estamos viviendo. Creo que sería valioso saber qué opina ella de este cruento desenlace con que terminó el osado acto de estos muchachos del MRTA en Lima, Perú".


D. B. - Muchas cosas dice Alberto, Marcela, pero hay sobre todo una pregunta en el final que toca la realidad internacional de estas horas, que hemos estado comentando en nuestro programa desde temprano, ayer y hoy, en Perú.


M. S. - Yo estaba en la Feria del Libro en Buenos Aires, estaba justamente en la presentación de mi novela, cuando de repente, a la salida, alguien dijo: "Se resolvió lo de Perú". Yo salté y pregunté: "¿Qué pasó, cómo fue?". Me contaron cómo había sido y yo no podía irme. Me habría gustado hacerlo, poner la CNN, en el hotel, y seguirlo. No pude leer el diario porque al día siguiente a las siete de la mañana estaba tomando aviones, entonces hay una cantidad de información que me falta, pero quiero ser bien fuerte y precisa en lo siguiente: creo que no hay derecho a haberlos matado a ellos, a los guerrilleros. Ellos, aparentemente, se habían rendido. Es cierto que era su guerra, ellos pusieron las reglas de juego. No es que yo defienda a quienes hicieron esta acción, pero luego del triunfo, en el sentido de que los rehenes ya estaban a salvo, ¿era necesario matarlos? Para mí no es una pregunta, yo siento profundamente que no era necesario matarlos. Además, creo que hubo una relación, por lo que he leído, que se fue dando entre los rehenes y ellos, porque al final ellos son más políticos, no son delincuentes. Una relación de un día a día que fue bastante decente dentro de lo que se puede dar en un secuestro.


D. B. - Sí, había un matiz entre la propuesta de Sendero Luminoso y la de este grupo.


M. S. - Por favor, realmente son otra cosa. Estoy hablando del testimonio de los propios rehenes, no estoy hablando de la opinión mía.


D. B. - El representante de este grupo en Europa, que vive en Hamburgo, ciego, Isaac Velazco, aparecía en imágenes diciendo: "No abandonamos la idea de reconquistar la justicia social y la paz en nuestro país con las armas". ¿Estás de acuerdo con esa idea, con ese camino?


M. S. - No, no estoy de acuerdo con ese camino, siento que es un camino que ya hoy no es válido, pero miles y miles de todos nosotros vivimos en ese camino hace 15 o 20 años atrás. O sea, ¿qué nos escandaliza tanto?


D. B. - ¿Estuviste cerca de esas ideas en tu juventud?


M. S. - Evidentemente. El Che Guevara era mi ídolo y todo lo que nos pasó a los que teníamos esa edad en esos años... Entonces, primero, me parece un poquito cínico esto de escandalizarse tanto por el tema de que alguien quiera llegar al poder por la lucha armada, porque es una historia muy conocida. Ahora, siento que está fuera de lugar hoy, a fines de siglo, después de acabada la Guerra Fría, pero en lo único que insisto es en que estos rehenes no eran Sendero Luminoso, era gente mucho más respetuosa que trabó buenas relaciones con los propios rehenes y me parece monstruoso que los hayan matado.


D. B. - Volviendo a la literatura, vamos a hablar de los temas de tus novelas y a escuchar también a otras lectoras. Escuchamos a un hombre muy locuaz.


M. S. - Me encanta que los hombres hablen de mis libros.


D. B. - Tenemos a alguien que está en un lugar privilegiado para tomarles el pulso a los lectores de Marcela Serrano o a aquellos que van a hacerlo por primera vez. En este caso es alguien que trabaja en una librería en el Shopping de Tres Cruces, en la terminal de ómnibus, que se llama Mariana. Es un lugar donde pasan muchos uruguayos en tránsito desde el interior hacia la capital y viceversa. ¿Has leído a Marcela Serrano?


MARIANA:
Sin duda, sin duda. A través de sus libros es una gran amiga mía. Realmente la admiro. En principio, considero que cada librero debe leer por lo menos un libro de cada autor para saber, para conocerlo, para quererlo y para venderlo. El público nuestro creo que se ha sentido muy identificado con Marcela Serrano, en sus dos libros que han llegado a la plaza, "Antigua vida mía" y "Nosotras que nos queremos tanto". Diría yo que es la escritora de los años 90. Sus libros, para mi gusto por lo menos, son un canto a la vida y un canto a la amistad.


D. B. - ¿La prefieres a otras mujeres escritoras que también tienes en tu librería?


M. - En este momento sí, sin duda.


D. B. - ¿Y qué les dices a las lectoras cuando llegan por primera vez, esas lectoras de repente un poco distraídas, que llegan a la librería sin tener una idea demasiado clara de lo que están buscando? Me han contado que a menudo te toca recomendarles: "¿Por qué no leen a Marcela Serrano?"


M. - Precisamente por eso te decía que, al haberla leído, al haberla entendido, al sentir realmente lo que transmite, se hace amiga de cualquier mujer. Evidentemente es la escritora que llega más a la mujer.


D. B. - ¿Por qué cosas?


M. - Por su sentido de la amistad, por su sentido de la vida, por todo lo que transmite en cada párrafo de sus libros.


D. B. - Mariana, muchas gracias por acompañarnos esta mañana.


M. - Muchísimas gracias.


D. B. - Aquí teníamos la otra cara también, que es la de los libreros. Y a propósito de la amistad, que es un valor importante. Quizás pasa a segundo plano porque, enseguida, aquellos que te leen o los críticos de tu obra se detienen mucho en tu visión como mujer de las vidas, de los sentimientos, de las preocupaciones de las mujeres, pero quizás se olvidan de ese aspecto, porque nunca estás sola o las protagonistas de tus historias no están solas. Viven con otras y hacen su vida, como en el caso de Josefa Ferrer, en "Antigua vida mía", mirándose en el espejo de su compinche Violeta Dazinski. Es importante eso.


M. S. - Justamente, ayer hablaba con algunas lectoras cuando estaba firmando el libro sobre el tema de la amistad. Te diría que hay un momento clave en la vida de las mujeres, que es el día en que transformamos la competencia que nos enseñaron en la infancia, porque a las mujeres nos enseñaron a competir entre nosotras.


D. B. - ¿Más que a los hombres entre sí?


M. S. - Es que a los hombres les enseñaron la competencia muy abierta, la competencia por el poder, básicamente, que es abierta y por lo tanto es mucho más sana. La nuestra es la pequeña competencia solapada, de cuál es la más bonita, cuál es la que se va a quedar con el mejor marido... Ese es el tipo de competencia que nos enseñaron de chicas. No nos enseñaron a querernos ni a ser amigas, entonces diría que hay un paso clave, que es el camino a la madurez en que una cambia esa competencia por el sentido de la hermandad. Y ahí un mundo entero te abarca, y creo que esta hermandad -llámala solidaridad, amistad, puede tener cualquier nombre- pasa a ser vital, nos salva mucho, porque como las mujeres somos una minoría, somos marginales en términos culturales, no importa que seamos mayoría en términos numéricos, el hecho de tener esta complicidad entre nosotras nos da como unas especies de redes en que llega un momento en que ya no nos enjuiciamos, no nos contamos mentiras. Las mujeres están cada día más honestas. Las conversaciones de mujeres son fantásticas; nadie se pinta la película, tienen un gran sentido del humor incluso para contar sus propias tragedias, y dicen la verdad.

Las otras mujeres van dando una fuerza enorme. Quienes te sacan de las crisis importantes y quienes realmente se meten en el alma tuya para ayudarte, son las otras mujeres. Entonces, yo siento que -y esto se lo digo mucho a las chiquillas más jóvenes, que todavía están en la competencia- en el momento en que cambian eso por hermandad empieza una nueva vida, de verdad.


D. B. - Vamos a escuchar ahora a otra mujer, en este caso más joven. También se llama Mariana y es lectora de los libros de Marcela Serrano.


"MARIANA:
Yo leí 'Nosotras que nos queremos tanto' y 'Antigua vida mía', y cualquiera de los dos libros me produjeron como una inmensa plenitud... Los iba leyendo y me sentía totalmente extasiada, como satisfecha, no sé si son las palabras, pero era eso lo que me producía.

Con respecto a las infidelidades, las historias en sí son lo que te dan ganas de vivir, ya que de repente uno no se anima a hacer todo lo que quiere y se reprime en pila de cosas. Es como que esto te prestara esa libertad, ya que capaz que hay cosas que no te animás a hacer, para que las hagas de pensamiento.

Con 'Nosotras que nos queremos tanto' me pasó, por momentos, de sentirme identificada como mujer -no identificada con cada una de ellas directamente porque no es que haya vivido cosas muy parecidas-, por los sentimientos, por todo. Las comprendés, las apoyás y también podés ver re-claro cómo son los hombres, lo que sienten, cómo se mueven, hasta pobres -porque me inspiró en algún momento eso- como lo limitados que son".


D. B. - Marcela se ríe. ¿Somos limitados?


M. S. - Absolutamente.


D. B. - ¿En qué sentido?


M. S. - En el sentido afectivo, creo que ustedes están genéticamente determinados para la vida pública, para todo lo que es externo, pero siempre se supuso que el afecto recaía sobre nuestras espaldas, para criar una familia o en la pareja misma. ¿Quién está a cargo del afecto en la pareja? Son siempre las mujeres. Las mujeres son las que están renovando, construyendo, sacándose la mugre para que las parejas anden. Normalmente, las mujeres son las que enfrentan a los hombres para contarles que hay un problema en la pareja. Los hombres más bien lo rehuyen.


D. B. - ¿No está cambiando un poco eso? No seas injusta.


M. S. - Un poquito está cambiando pero, en todo caso, ¡pobres hombres! Porque se pierden... Volvamos al tema de la hermandad, del que hablábamos antes, los hombres no tiene el hábito de la intimidad, se sienten muy juzgados unos con otros, no se cuentan las cosas del alma, están mucho más solos que nosotras. El hecho de que nosotras podamos hablarnos como nos hablamos, créeme que ahuyenta bastante la soledad. Y quisiera decir una cosa a propósito de lo que dijo esta lectora: las novelas creo que tienen una maravillosa capacidad de compensar las vidas que uno no ha vivido. Entonces, a propósito de lo que decía de la infidelidad y todo eso, me parece fantástico y me pasa además con otras novelas, de poder estar portándome bien adentro de mi cama, tapadita con la sábana y viviendo la vida que probablemente yo no viva. Creo que esa fuerza de la novela es una cosa muy rica.


D. B. - A propósito de la infidelidad, Mariana habla de éste entre tantos temas que aparecen en estos dos libros, "Antigua vida mía" y "Nosotras que nos queremos tanto", que tienen sin duda como protagonistas a las mujeres. Ayer, cuando estábamos discutiendo y preparando este encuentro contigo aquí, en nuestra oficina de producción, dos de las mujeres que te han leído -y mucho-, compañeras de trabajo y que trabajaron para esta entrevista, discutían sobre lo que tú tratas de transmitir a través de tu concepto de la infidelidad en tus novelas. No se ponían de acuerdo y yo estaba en el medio. Entonces, ¿cuál es el concepto de infidelidad que tiene Marcela Serrano?


M. S. - Hagamos una diferencia, cada novela y cada protagonista tiene su propia situación y mi imaginación las va rodeando. Algunas usan la infidelidad de una manera muy convencional, porque sus vidas son de una manera. Y otras no. Me imagino que lo que tú quieres saber es, cuando no es el uso convencional de la infidelidad, qué es lo que es. Yo siento ahí que el matrimonio, concebido como está hoy en día y como hace milenios, es una especie de enorme ahogo, es una jaula, es una cárcel. Si uno no inventa formas creativas, creo que el matrimonio debería terminarse ya. Cuando dos personas que a los 20 años estuvieron enamoradas y dijeron "amor para siempre" van creciendo, la vida va cambiando y hay una especie de obligación o de convención de que tienen que seguir eternamente juntos, y esa misma relación va apagándose, va muriendo, aunque haya como un mandato interno a seguir juntos.

Yo creo que muchas veces la infidelidad es un grito de uno de los dos, de un miembro de la pareja, no hacia el tercero sino hacia el otro. Normalmente, las infidelidades son los momentos en que tú quieres recuperar a tu propia pareja y no sabes, no tienes el repertorio de cómo hacerlo, entonces un tercero viene a detonar y a hacer que se decanten los problemas que hay adentro de la pareja. En ese sentido, creo que muchas veces la infidelidad es muy útil, porque arregla una cantidad de cosas. Y ningún ser humano puede decirle a otro: "Tú no tocarás nunca más a nadie por el resto de tu vida, no mirarás nunca más a otro, no te sentirás nunca más atraído por otro". Eso es absurdo. Eso va en contra de toda naturaleza humana, entonces creo que también debemos ser más flexibles en esa parte.


D. B. - ¿Estás casada?


M. S. - Sí, vivo con un hombre. El sentido de la posesión es fatal.


D. B. - ¿Has estado casada antes?


M. S. - Muchas veces.


D. B. - Y tienes esa visión de futuro; es decir, no necesariamente estarás para siempre con el último hombre.


M. S. - Estoy con él mientras lo quiera, no le he hecho promesas de muerte.


D. B. - ¿Y por lo tanto hay una visión un poco crítica de Isabel en "Nosotras que nos queremos tanto"? Ella "tiene 35 años, es tímida, dulce y natural, madre de cinco hijos y esposa del novio de la adolescencia, Hernán". ¿La ves con cierto desprecio?


M. S. - La vida me ha enseñado que todas las "Isabeles" -he conocido muchas- son tan infelices...


D. B. - ¿Siempre, no hay excepciones?


M. S. - En general, si una mujer está a cargo de todo y tiene un marido al que lo único que le importa es su vida fuera del hogar, su trabajo, que apenas escucha a su mujer porque le aburre, que no le da ninguna paridad intelectual ni de actividad frente a sus ojos, esa mujer está condenada a ser infeliz, evidentemente.


D. B. - Está claro que hay muchas diferencias entre hombres y mujeres, sería tonto no reconocerlo y pretender que somos iguales. Pero a veces, leyendo como hombre tus libros, me encontraba con algunas frases y me preguntaba: "¿Esto no lo podría haber dicho de la misma manera un hombre?". Por ejemplo, una cosa que dice una de las protagonistas en "Antigua vida mía": "Soy una mujer sola, con los amores un poco cansados, y le he entregado a otra una bonita oportunidad". ¿Esto no lo podría decir un hombre, por ejemplo?


M. S. - Probablemente no.


D. B. - ¿Por qué?


M. S. - Porque los hombres no se lo plantean de esa manera, no tienen la honestidad que tenemos nosotras para plantearnos eso. Porque cuando ella dice "le he entregado a otra una bonita oportunidad", es un acto de profunda honestidad reconocerlo. Además, ahí vienen todas las ambivalencias de nuestra educación, donde es estupendo decir que no la primera noche, porque quedamos como mujeres más recatadas y menos fáciles, pero por otro lado al decir que no la primera noche se lo entregaste a la otra y también esa cosa te da rabia, entonces es todo muy ambiguo. Pero esas ambiguedades las mujeres las viven y además con sentido del humor. Y en eso son fantásticas, son capaces de reírse mucho de sí mismas, más que los hombres.


D. B. - ¿Es cierto que tus libros, de alguna manera, estos dos sobre todo, están plagados -en el buen sentido- de definiciones, de sentencias, de mensajes entre comillas? Porque muy fácilmente, a partir de la ficción de tus novelas (y no creo que sea la primera vez que te pasa) hablamos de lo que piensa Marcela Serrano. Entonces, ¿están detrás de muchas de esas historias de ficción tus opiniones, tus pensamientos?


M. S. - Detrás de algunas, claro, siempre hay alguna en las novelas que identifica más mi propia voz. Es inevitable que una ponga mucho de sí misma en todo lo que escribe, lo que no significa en absoluto que sean autobiográficas.


D. B. - Entre esas definiciones o sentencias que se dicen en forma muy contundente, Josefa dice: "Siempre he tenido claro que el género humano es perverso". ¿En qué sentido?


M. S. - Ahí está el contrapunto permanente entre Josefa y Violeta, que son estas dos amigas de "Antigua vida mía", donde Josefa es muy escéptica, muy pesimista. A Josefa el mundo le sobra de una forma feroz, y Violeta es al revés, llena de vida y de amor por el resto. Josefa no soporta ya al mundo.


D. B. - "Es que no hay nada que hacer", dice Josefa, "¿No te das cuenta de que la civilización y la norma son lo único que nos impide comernos vivos? No entiendo cómo tú puedes tener todavía esperanzas en el futuro y la evolución de esta especie". Es duro.


M. S. - Pero yo entiendo a Josefa, me parece legítima también esa mirada, porque de repente... Yo no soy Josefa ...


D. B. - ¿Pero viven en ti estas dos miradas, la de Josefa y la de Violeta?


M. S. - Sí, me di cuenta cuando lo terminé -no me di cuenta mientras lo estaba escribiendo- que el libro es más esquizofrénico en lo personal, en el sentido de que yo era mitad una y mitad otra y no me había dado cuenta.


D. B. - Además, prácticamente ninguna de estas mujeres puede hablar de sí misma o definirse o identificarse sola; necesita de las otras para hacerlo.


M. S. - Creo que aún es así. No tenemos todavía demasiado tiempo histórico acumulado para que nuestras definiciones sean más solas y más consistentes en lo individual.


D. B. - Por ejemplo, en varios capítulos comenzás con esa muletilla: "Nosotras y las otras".


M. S. - No es una muletilla, está perfectamente bien pensado. Yo acudí a la idea del coro griego, pero al coro de los ancestros o de las ancestras, si pudiera decirse de esa manera, entonces, "las otras", que siempre hablan, cuentan el pasado. Ellas no están presentes, es la forma de contar el pasado y es el pasado que se transmite de mujer a mujer. Ahí está la historia de la bisabuela con la abuela, con la madre, con la hija, en "Antigua vida mía". De mis novelas, es la única en que centro esta idea de la línea familiar, genética, de la vida que va pasando de una mujer a otra a través del tiempo.


D. B. - Casualmente, es un juego de cuatro. En "Nosotras que nos queremos tanto" también hay cuatro amigas; aquí se habla de la madre, la hija, la nieta y la bisnieta.


M. S. - Parece que el cuatro siempre está pendiente en mí, no sé por qué.


D. B. - Marcela, en las páginas finales, justamente en relación a esto que yo te preguntaba, hablas de ciertas mujeres incapacitadas para encontrar solas su interioridad. Josefa, la protagonista, dice: "Lamentablemente, yo soy una de las que no lo logran sino en reflejo de otra, porque no he sabido mirarme de otra forma, porque he necesitado de otra feminidad, aunque fuese mi opuesta, para hacer mi propio relato". Es como el resumen de "Antigua vida mía".


M. S. - El resumen de Josefa . Y yo escribo eso con pena por Josefa, con pena de que ella no pueda buscar su interioridad sola. Josefa es una persona muy limitada.


D. B. - Este libro, "Antigua vida mía", además de estar dedicado a las cuatro hermanas de Marcela Serrano, está dedicado a Violeta Parra. Además, hay una conversación o por lo menos un recuerdo de Josefa, la protagonista, con su amiga Violeta: "Discutimos siempre sobre las canciones de Violeta Parra, nuestra favorita. Acordamos que las dos mejores eran 'Gracias a la vida' y el 'Maldigo'. Ella insistía en que esta última era la mejor de todas, mientras yo no cejaba con 'Gracias a la vida'". ¿Es así, son tus preferidas?


M. S. - Sí, todo el mundo prefiere "Gracias a la vida", porque es una oda de agradecimiento, pero siento que hay fuerza en el "Maldigo"; maldice todo. Desde mi punto de vista es lo mejor que Violeta hizo.


D. B. - El año pasado, cuando nos encontramos, me decías una cosa muy interesante a propósito de Violeta Parra, de por qué te importa rescatarla, porque decís que para ti es la imagen de la nostalgia, porque la modernidad ha arrasado memorias, cosas que tenían que ver con nuestro capital y Violeta Parra es parte de nuestro capital. Eso aparece permanentemente en tu obra: el recuerdo, la memoria, pero no por esa nostalgia anclada en el tiempo pasado, sí por no olvidar, por no perder esa memoria. Importa de la madre a la hija, a la nieta, a la bisnieta, pero te importa a ti también de diferentes maneras.


M. S. - Y también me importa en el sentido histórico de nuestros países. La tercera novela, la que aquí no ha llegado, "Para que no me olvides" -en el propio título lo podés intuir- es un libro sobre la memoria. Es sobre el miedo a olvidar. La verdad es que este Chile nuevo nuestro es tan exitoso y con índices económicos tan altos... Todo eso es cierto. Chile es un país al que le está yendo muy bien, pero ¿por qué necesariamente significa terminar con tanto de nuesto capital anterior, por qué el que nos vaya bien hoy día significa dejar atrás parte de nuestra cultura? Eso es una cosa que a mí me duele siempre y con lo que siempre estoy tratando de ajustar cuentas dentro de las novelas.


D. B. - "El de Violeta Parra es un Chile que se fue y no quiero olvidarlo", me decías el año pasado.


M. S. - Claro, algunos de nosotros no queremos olvidarlo. Yo siento una gran liberación después de haber escrito "Antigua vida mía", porque ya ajusté cuentas con el tema de la nostalgia. Ojalá eso ya me libere y no la siga sintiendo.


D. B. - Y a propósito de los recuerdos, otra mirada sobre esto que estamos hablando con Marcela Serrano, está en "Nosotras que nos queremos tanto": "Hace dos veranos oí a mi hija María Alicia hablarme de lo importante que era que sus hijos tuvieran recuerdos de infancia ligados a las casas de antaño, a corredores, pasillos, techos altos y viejas cocinas. '¿Te has fijado, mamá, cuando uno lee las entrevistas de los personajes famosos de este país, que todos hablan de infancias con olores, texturas y anécdotas ligadas a casas y lugares como éste? No pueden mis pobres hijos, el día de mañana hablar de casas pareadas, nanas que se van a las seis de la tarde y comidas congeladas. Nunca llegarán a ser importantes con recuerdos así'". También pasa tu forma de ver el recuerdo y la memoria por cosas muy sencillas de la vida cotidiana.


M. S. - Claro, y creo que son muy importantes al final; esa es la copia de la vida que se va armando.


D. B. - Tengo la impresión de que el paraíso para Marcela Serrano en el caso de estas dos novelas -tanto "Nosotras que nos queremos tanto" como "Antigua vida mía"- es el sur de Chile. Está muy presente; en el comienzo de las dos es como la geografía en la que toda la historia comienza.


M. S. - Sí, muy fuertemente. Cada vez se me desarrolla una especie de gran deseo o fantasía sobre encontrar lugares que tengan algo sagrado. Tú sabes que ya no hay nada sagrado, en ningún campo, pero el tema de los espacios sagrados para mí todavía tiene sentido y los busco con mucha desesperación. Quiero llegar a algún lugar que yo sienta que es sagrado. Lo que yo siento que es sagrado no tiene ninguna relación con lo sacro, pero son lugares de limpieza, de antaño, que hoy están arrasados por esta famosa modernidad. Antigua es un lugar así.


D. B. - En Guatemala.


M. S. - Claro.


D. B. - Y cambiamos de tema, Marcela, así nos vamos a este momento en la literatura chilena. Tú decías que es una definición de los críticos, pero -llamémosle así- la nueva narrativa chilena, que explicabas el año pasado que nació sin referencias inmediatas por la ausencia de los grandes nombres de la literatura chilena que no estaban en el país o que estaban lejos de ustedes, o ustedes estaban lejos de ellos, como Antonio Skármeta o el propio Donoso... Con ellos hubo allí una especie de corte.


M. S. - De orfandad.


D. B. - Tus referencias, por lo tanto, estaban en otros escritores, fuera de Chile.


M. S. - Claro, dado que Chile era un desierto literario, el Chile de la dictadura, yo llegué a pensar que de repente eso nos favoreció. Nuestros próceres, llamémosles así, estaban todos fuera, y no teníamos tantos. Nuestros próceres en Chile siempre han sido los poetas. Dentro de la narrativa estaba José Donoso y en algún lugar estaba Skármeta y punto; uno en España y el otro en Berlín. Yo siento que esta misma orfandad nos dio una especie de libertad que jamás habríamos tenido si hubiesemos estado en tiempos normales. Esa libertad implicó que cada uno tuviera referentes literarios completamente distintos. Por ejemplo, yo siempre digo que mientras Gonzalo Contreras leía a Henry James yo leía a Jane Austen. O sea, piensa tú las referencias ajenas entre cada uno de nosotros. Por eso la nueva narrativa no tiene ninguna comunidad, ni estética, ni temática, sino que es un momento de aparición y de ebullición, de vitalidad, que tiene relación con el comienzo de la democracia y con que la novela ha sido el emblema para contar al país.

En ese sentido, levanto banderas por la novela, que ha jugado un rol que ninguna otra de las artes ha jugado en Chile. Pero esas referencias al final o esa falta de referencias nos hizo libres, es como un niño al que lo mandan a la selva y aprende a vivir en la selva solo, y al final es mucho más capaz que el niño que está siendo protegido y cuidado.


D. B. - Creo que decía Alberto Fuguet en ese encuentro que el año pasado compartíamos contigo, que de alguna manera, poder salir de la poesía o el cuento y llegar a la novela, tantas novelas en los últimos años, era un síntoma de madurez. No quizás con desprecio hacia la poesía de grandes nombres como Neruda, o Huidobro o Nicanor Parra, pero sí como decir: "Ahora estamos produciendo novelas sin miedo".


M. S. - Exactamente, ya no estamos acomplejados por la novela. Porque en Chile, históricamente, todo narrador se acomplejó por los poetas; esa es la historia de la literatura chilena. Yo creo que éste es el primer momento donde no estamos acomplejados. Hoy, la narrativa en Chile es mucho más fuerte que la poesía. Estoy hablando de generación de recambio, no estoy hablando de los viejos. Nicanor Parra es Nicanor Parra y nadie lo toca, pero pensando en la producción actual, no estamos acomplejados y eso es una gran liberación. No estamos con Neruda encima, con De Roca, con Huidobro, no. No nos importa más, estamos en otra. Y eso nos ha permitido tanta diversidad. La nueva narrativa tiene la vitalidad que tiene por la enorme diversidad.


D. B. - No hemos recibido aquí lo que fue tu segunda novela.


M. S. - No, llegará el próximo año, por razones de contrato.


D. B. - Allí la mujer no es tan protagonista, las mujeres no están tan marcadamente presentes como en estas otras dos. Vamos a escuchar a una lectora que habla de este libro, "Para que no me olvides", y señala otras cosas que le importaron y conmovieron en esa historia que todavía no llegó a las librerías uruguayas.


OYENTE:
"'Para que no me olvides', me pareció que era un testimonio muy auténtico y profundo. Sobre todo, creo que es una verdadera docencia de lo que no hay que hacer frente a un enfermo próximo. A mí me sirvió mucho, porque a dos personas que estaban en esa situación les pasé el libro y les ayudó mucho. En cuanto a 'Antigua vida mía' considero que, sobre todo en la segunda etapa del libro, se nota una auténtica y evidente superación, en el estilo y también en el abordaje del tema y de los personajes.

Sobre todo, me gustó y me subyugó el canto a la amistad entre Josefa y Violeta, que me resultó absolutamente conmovedor, y en medio de ese hechizo, que es la descripción de la ciudad de Antigua, veo que surge con una gran fuerza, cuando se refiere al senador, el cambio de valores que sufre la sociedad, no sé si la chilena, la nuestra, o todas, la desaparición del objetivo en medio del camino y la búsqueda de la dignidad.

Le digo que nosotros estamos viviendo una situación, después de 12 años de la restauración democrática y después de siete años del plebiscito que consagró la amnistía a los violadores de los derechos humanos. En este momento, la sociedad uruguaya -hay encuestas que lo demuestran- quiere saber dónde se encuentran los desaparecidos para que los familiares los puedan enterrar dignamente. Yo quisiera saber, Marcela, como chilena, como escritora y como testigo de tu época, cómo viviste tú todo el proceso de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en Chile y su veredicto.

Yo recuerdo que cuando le entregaron el libro, el presidente Ailwyn lloró. ¿Cómo viviste tú esa entrega de conocimiento y cómo repercutió en ti?".


M. S. - No lloró solamente el presidente Ailwyn ese día, lloramos todos, lloró el país entero o la parte del país que estaba interesada en esto. Yo viví muy de cerca lo de la comisión, una de mis hermanas fue una de la psicólogas que trató a cada uno de los familiares de los desaparecidos. Entonces, de alguna manera, noche a noche yo iba viendo cómo mi hermana iba deshaciéndose. Un fenómeno muy especial le pasó a la gente que trabajó en esa comisión, porque tuvieron que enfrentar el horror día a día de una forma casi entrañable.

Un día, mi hermana me contó de un hombre que había llegado a su oficina y ese hombre me inspiró el personaje de "Para que no me olvides", que es Bingo. Fue tan fuerte para mí la comisión y ese trabajo que tuve que escribir la novela. Hay tres novelas en mi vida y una de ellas es ésta; eso da pauta de cuánto me importó.

Ahora tuvimos que quedarnos simplemente en el reconocimiento de la historia, la comisión no podía judicialmente intervenir. Era muy simbólico, era saber la verdad y de alguna forma limpiar tantos nombres, familias y todo; hasta entonces había estado en duda cuál había sido la historia de ellas. Pero no fue más que eso, a pesar del empeño que el gobierno del presidente Ailwyn le puso. Fue muy triste, se removió todo, pero cuando escribí "Para que no me olvides" me vino terror, porque comencé a notar en la sociedad chilena las ganas de enterrar ese informe, de no saber de él, las ganas de olvidar.

Yo tengo el terror personal de que si olvidamos podemos volver a cometer las mismas atrocidades. Lo único que nos salva de un futuro de ese tipo es la memoria.


D. B. - Esta lectora hacía referencia a hechos de la realidad nacional de los últimos días. Un senador, Rafael Michelini, hijo del senador Zelmar Michelini, asesinado en Buenos Aires, hizo un planteo ante la Justicia para que se establezca la verdad sobre el testimonio que él habría obtenido de militares en torno a la existencia de cuerpos de desaparecidos supuestamente enterrados en batallones militares de nuestro país y llamando a la creación de una Comisión de la Verdad. Este es el punto donde desde un lado se reclama por los familiares de los desaparecidos que los cuerpos tengan una sepultura, a sellar su memoria, su vida de esa manera y, por otro, quienes dicen que esto llevaría a remover heridas del pasado, al enfrentamiento, a un camino negativo.


M. S. - Pasa exactamente lo mismo en cada uno de nuestros países, qué fuerte es la semejanza. Los que dicen que eso es negativo y que puede remover, ¿por qué no removemos de una vez y ahí cerramos? Pero, ¿cómo vamos a cerrar si los cuerpos no han aparecido? Eso pasa en Argentina, pasa en Chile y pasa aquí. El cierre tiene que ser un cierre con verdad, con realidad.


D. B. - Marcela Serrano decía que también esto había pasado en Chile en relación a los cuerpos de los desaparecidos.


M. S. - Claro, nosotros sabemos de lugares específicos donde hay cuerpos y los militares no han dejado, a pesar de todas las órdenes, entrar a quienes debían cavar la tierra para encontrar esos cuerpos. Esta historia es exactamente la misma, me impresiona lo parecido que ha sido este Cono Sur, lo parecidas que han sido las vidas de todos en estos países.

Nosotros tuvimos a la Iglesia Católica que nos salvó mucho en ese momento, que no la tuvo Argentina, por ejemplo. Por eso nuestros desaparecidos son muchos menos en cantidad, porque había una instancia de salvación. Cada país tiene sus propias características pero es la misma historia.


D. B. - ¿Tú eres católica?


M. S. - No.


D. B. - Marcela, esta lectora, más allá de este tema que planteaba, por cierto habla de una evolución en ti como escritora a lo largo de estas tres novelas. Ella decía,
si no me equivoco, que encontró en "Antigua vida mía" a una Marcela Serrano más madura, en una novela en la que encontré una evolución como escritora.

Yo decía al comienzo de este encuentro que podríamos haber titulado esta entrevista con Marcela Serrano "Se dice de mí". Por un lado lo que dicen los lectores, pero también están los críticos con los cuales no sé si simpatizas. Aquí en Uruguay se ha criticado tu obra en el sentido de que se ha escrito mucho sobre ella y en desorden, como nos llegaron las novelas. Lo último que se ha escrito ha sido sobre "Nosotras que nos queremos tanto", que fue la primera. En este caso es una crítica del semanario Búsqueda firmada por una de sus periodista, Adela Dubra, que se refiere a esa novela que tiene como protagonistas a cuatro amigas que se reúnen en el sur de Chile a repasar sus vidas, a discutir y a reflexionar sobre sus preocupaciones como mujeres, sus pensamientos, sus sentimientos, también sus relaciones con los hombres. Y ella termina diciendo en esta crític:a "todas cuentan más o menos la misma historia. Al pasar las páginas la lectora reconocerá un rasgo suyo, otro de su amiga o de su madre. Las historias se leen rápido porque Serrano utiliza mucho diálogo y logra una narración ágil. Las desprolijidades en la sintaxis, las palabras repetidas o las frases definitivamente mal armadas no alcanzan a trancar el ritmo de la historia, porque en definitiva cuando una mujer se sienta a hablar con amigas no repara en esos detalles". Un poco de ironía, que se puede interpretar de varias maneras, por supuesto...


M. S. - Yo pido un minuto para mi defensa. "Nosotras que nos queremos tanto" jamás fue pensada como una novela, yo tenía terror a la escritura pública, yo la escribí pensando en sacarles fotocopias a mis amigas, literalmente. Es una forma de poder expresarse, por fin, a través de la escritura.

Mi única relación con la literatura, previamente, había sido leer durante toda la vida y estos padres que te cuento, que eran escritores. Fue un acto de enorme irresponsabilidad escribir esa novela, porque ni siquiera me detuve 10 minutos a pensar qué es escribir una novela, qué significa una estructura, no pensé nada. Fue una novela escrita desde las vísceras y sin ninguna revisión. Yo no quise que nadie la leyera porque si me decían una vez "esto está mal" no escribía nunca más, entonces tiene todos los defectos posibles de una primera novela. Es de una persona que no ha pasado ni por la academia ni por los talleres. Tiene problemas sintácticos, palabras repetidas, tanto así que yo nunca la he vuelto a leer.

No la quiero volver a leer porque me va a hacer sufrir, literariamente hablando. Yo la quiero, quiero lo que significa, a pesar de que tiene muchos problemas de escritura. Todos los problemas de escritura están ahí.

Después, cuando ya la novela salió y leí las críticas y los propios lectores me hablaron, yo comprendí que iba a aprender lo que me faltaba. Y lo hice de maneras no ortodoxas; no entré a estudiar, sino que estuve más atenta a mis lecturas, mis otros libros empezaron a ser menos inocentes, con mucha discusión con amigos escritores, hasta que "Antigua vida mía" es un reflejo de una novela que ya maneja lo novelístico de manera, digamos, presentable.


D. B. - Vamos, ahora sí, a nuestra última lectora. En este caso con una pregunta que yo creo que es oportuna para los últimos minutos de nuestro encuentro con Marcela Serrano. Se llama Alejandra.


"OYENTE:
Creo que es una escritora que sabe contar casi como nadie una historia, que emociona pero que no tortura y que, por ejemplo, en 'Antigua vida mía' cuando hace el contrapunto de esas dos mujeres, Josefa y Violeta, lo hace de una manera envidiable. Creo que le envidio el haber podido sentarse en la ciudad de Antigua, sobre todo, y haber podido trabajar y escribir esta novela.

Básicamente, creo que me gustaría saber cómo va a ser su próximo libro, que dice que ya tiene el título. ¿De qué va a tratar? Y también, si va a seguir tratando de mujeres. Creo que me gustaría preguntarle a ella, además, cuál de todas esas mujeres es ella; tiene que haber alguna con la cual ella se identifica".


M. S. - Mi próxima novela ya está escrita, pasé estos dos últimos dos años en eso y la tengo reposando en este momento para hacer una última corrección, lo cual implica que saldrá publicada seguramente a fines de este año.

Como decía antes, ajusté cuentas con las nostalgias, con las penas, con las historias de Chile. Esta es una novela de amor, podría pasar en París, en Afganistán o en Montevideo, casi, siempre hay un cierto aire de lo que es latino detrás. La política no está presente, es una historia de mucha interioridad, es una historia de amor o, mejor dicho, de la imposibilidad de él, es una historia del desencuentro. Eso es lo que he escrito. Una novela sobre el tema del desencuentro, una novela de mujeres de hoy.


D. B. - El año pasado me dijiste: "No escribo para mujeres, yo escribo desde el punto de vista de la mujer, escribo desde esa geografía, y es un mito que sólo las mujeres me leen". Te preguntaban en una entrevista anterior, en Chile: "¿Hasta el día de la muerte escribirá sobre mujeres?". Y tú contestabas: "¿Acaso hay otro tema posible?". Entonces...


M. S. - Entonces le respondo a Alejandra que no me puedo imaginar desertar en esto. El punto de vista de la mujer es tan mío, tan profundo, tan medular en mí, que no me imagino escribiendo otra cosa. Escribir de mujeres es infinito, somos la mayoría de la humanidad.