Entrevistas Radio El Espectador Uruguay


De corresponsal de guerra
a escritor de best-sellers


Entrevista con el periodista y escritor

Arturo Pérez-Reverte.

 

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EN PERSPECTIVA
Martes 26.11.96 - Hora 09.30


DIEGO BARNABE:
Quiero presentarles esta mañana a Arturo Pérez-Reverte. Es español, licenciado en Ciencias Políticas y Periodismo. Durante 12 años fue reportero del diario Pueblo. Estuvo nueve años en los servicios informativos de Televisión Española. Se especializó en temas de terrorismo, tráficos ilegales y conflictos armados. Pérez-Reverte ha cubierto diversas fases de la guerra del Líbano, la guerra de Las Malvinas, conflictos en El Salvador, Nicaragua, Mozambique, Angola y Rumania, entre otros, además de la guerra de El Golfo y la guerra de Bosnia-Herzegovina. Por su cobertura para Televisión Española de esta guerra, recibió el premio Asturias de periodismo.

En 1993 le otorgaron el premio Ondas por el programa "La ley de la calle", sobre el mundo marginal, un programa que se emitió en Radio Nacional de España por cinco años. También recibió el premio Asturias de periodismo por su cobertura de la guerra de la ex Yugoslavia.

En mayo de 1994 abandonó Televisión Española y se dedicó, en exclusiva, a la literatura desde entonces, aunque ha confesado ser lector empedernido desde los nueve años, y publicó su primera novela, llamada "El Húsar", en 1996. Como novelista Arturo Pérez-Reverte superó este año los 2 000 000 de ejemplares vendidos en todo el mundo. "El maestro de esgrima", "La tabla de Flandes", "El club Dumas", "Territorio comanche" y "La piel del tambor" son algunos de los títulos más leídos de un escritor que ha sido traducido a 16 idiomas. Varias de sus novelas fueron llevadas, incluso, al cine.

Y Arturo Pérez-Reverte nació en la ciudad de Cartagena, provincia de Murcia
-España- sobre la costa del Mediterráneo, en noviembre de 1951. Ayer cumplió años, aquí, en Montevideo, así que feliz cumpleaños y buenos días.


ARTURO PÉREZ-REVERTE:
Muchas gracias y buenos días.


D. B. - Y además es aficionado al mar y a la navegación, y de eso estábamos hablando antes de comenzar esta entrevista.


A. P. R. - Es cierto.


D. B. - Y Arturo Pérez-Reverte llega a Montevideo de visita, no es la primera vez.


A. P. R. - No, es la primera vez que vengo como escritor, había venido antes para ver amigos y, como periodista, en varias ocasiones.


D. B. - En este caso, para encontrarse con el público, hoy por la tarde, a las siete y media en el Cabildo de Montevideo. Para un encuentro en el marco de un gira que lo ha llevado a Chile antes.


A. P. R. - Sí, he estado en Santiago y después iremos a Buenos Aires.


D. B. - Les propongo esta mañana - le decía antes de comenzar - dividir esta entrevista en dos partes que hacen a su historia como periodista y a su historia y presente, por supuesto, como escritor.

A los 22 años la primera guerra como corresponsal fue en Chipre.


A. P. R. - Exactamente. La invasión turca de Chipre, y el golpe de estado contra el entonces Arzobispo Makarios, que era entonces muy conocido, ya nadie lo recuerda, así es la vida, así es la historia. Pero esa fue la primera guerra.


D. B. - Era muy joven.


A. P. R. - 22 años. No, ya uno puede asumir sus actos a esa edad.


D. B. - Y ¿eligió ser corresponsal de guerra, eligió esos temas?


A. P. R. - No, yo era, sobre todo, lector, fundamentalmente lector, entonces, lo que quería era viajar y, cuando fuera un poco mayor, viajar y hacer aquellas cosas que había descubierto en los libros. Entonces, me hice periodista como accidente, como forma de acceder a todas esas cosas que yo quería ver y conocer, y vivir.

Bueno, pero fue una profesión que me gustó, me hice profesional, digamos, y me mantuve en ello durante 22 años, pero el impulso original fueron los libros y el viajar, y el vivir, no el periodismo en sí.


D. B. - Su libro llamado "Territorio comanche", que tengo aquí sobre la mesa, escrito en 1994, refleja su experiencia como corresponsal para Televisión Española en la guerra de Bosnia-Herzegovina junto a su compañero camarógrafo. Si bien la acción transcurre en la ex-Yugoslavia, este relato recoge un gran número de anécdotas, reflexiones y recuerdos de otros conflictos, vividos en sus años de reportero de guerra. ¿Por qué sintió la necesidad de escribir este libro?


A. P. R. - Porque me iba. Porque me iba y durante 21 años había estado haciendo crónicas, cada día, mandando informaciones, pero había cantidad de cosas que nunca había podido desarrollar porque hay cosas que nunca puedes contar en minuto y medio de telediario, o en dos folios de nota periodística. Cosas que se te quedan, miradas, recuerdos, sensaciones, olores, sentimientos, soledad, y me di cuenta que me iba y no lo había hecho. Me di cuenta y dije me voy del periodismo ya y no he contado nunca esa crónica que nunca escribí. Nunca he contado cómo ve la guerra quien cuenta la guerra, el que trabaja en la guerra como el que va a la oficina, para el que la guerra es su banco de cada día o su oficina, o su despacho. Y entonces dije no quiero irme sin dejar esto detrás. Entonces me detuve y durante unos días y de un tirón - normalmente soy muy lento para escribir, tardo dos años en una novela, pero esto lo escribí en 15 días - conté un poco eso. Al hilo de la guerra de Yugoslavia conté un poco eso, sobre todo el punto de vista del periodista profesional.


D. B. - ¿Ha funcionado, de alguna manera, este libro como un ajuste de cuentas, una suerte de exorcismo? Algún crítico ha dicho esto.


A. P. R. - A quien no le gustó ha sido a algunos periodistas amigos míos, pero muy pocos, también es verdad. Porque cuento las cosas tal como son en la guerra, cuento todo, todo, como lo vive un periodista. Pero la crítica que he recibido ha sido bastante bien. En esta novela, al igual que en otras novelas, pues, siempre hay un crítico que discrepa, le gusta o no le gusta el libro. Aquí toda la crítica le ha tratado muy bien, siempre, al libro. Y más ahora, que están haciendo la película, acaban de terminar de rodarla ahora, y por cierto es Cecilia Dopazo la que hace la periodista.


D. B. - La argentina.


A. P. R. - Sí. Lo que no sé es cómo será la película.


D. B. - Con Imanol Arias, además.


A. P. R. - Imanol Arias y Carmelo Gómez, sí. Imanol hace de mi, es el que me interpreta a mi, y Carmelo Gómez, que es un actor español que está en plena subida, hace del cámara Márquez, y Cecilia Dopazo hace de la periodista que va allí y va a trabar con este equipo de viejos, veteranos, y una serie de conflictos que surgen entre los tres.


D. B. - Arturo, uno de los protagonistas en en este libro, es Barlés. ¿Barlés es siempre, y en todos los casos, Arturo Pérez-Reverte?


A. P. R. - Sí, pero es una cuestión puramente técnica. Hubiera sido un poco absurdo decir Reverte subió, Reverte bajó, Reverte hizo el filmado. Necesitaba una especie de distanciamiento, un filtro, entonces utilicé el Barlés como el nombre de un periodista que todo el mundo sabe que evidentemente soy yo.


D. B. - Pero allí prácticamente no hay ficción, ¿no?


A. P. R. - No, no. No hay nada de ficción. Es una historia. La cosa arranca porque una vez, en mitad de una retirada, mi cámara se empeñó en filmar un puente cuando lo volaran. Me obligó a quedarme, estuvimos allí en mitad de la retirada, filmando ese puente famoso, y al hilo de ese puente, mientras esperamos esa voladura, pues, decidí que iba a contar en torno a eso, un poco, la historia de la guerra.


D. B. - Estuvo al borde de la muerte en innumerables oportunidades, con salvadas providenciales, en muchos casos. Si no, escuchen esto: "Una vez en Sarajevo, Franz - que era otro periodista extranjero - y Barlés se fueron de la mesa de edición 30 segundos antes de que una granada estallara junto a la ventana regando la habitación de esquirlas de metralla. Pièrre - otro periodista - compuso, con música de un chotis proporcionada por Márquez una canción sobre eso: "El día que Televisión Española se levantó a mear, etc., etc. ...". ¿Fue así, realmente?


A. P. R. - Fue así, realmente. Después mandamos las imágenes a televisión, y allí, en el telediario, estaba toda la habitación ... Pero eso es cosa de suerte que hay, otra gente no ha tenido tanta suerte. Solamente en Yugoslavia han muerto 56 periodistas, y muchos de ellos buenos amigos. Pero ese fue un día de suerte; cayó cuando ya no estabamos allí.


D. B. - Otro de esos momentos fuertes para Arturo Pérez-Reverte fue con un avión que lo sobrevoló. ¿Un avión serbio?


A. P. R. - Sí. Eso fue en Vucovar, en el año 91, me parece, en el 91 sí.


D. B. - Es imponente cómo describe el escritor ese encuentro, desde el aire, con ese personaje allí abajo y la mirada del piloto, que se veía.


A. P. R. - Sí, volaba muy bajo, como no había defensa antiaérea, ni había nada porque estaban en plena retirada los croatas, pues, la aviación serbia volaba impunemente, muy bajo, volaba bajísimo. Y ese avión me encontró cuando iba por una zona desierta, una zona sin ningún tipo de resguardo. Lo vi que venía y me quedé parado mirándolo, allí. Y, el piloto vio una silueta, giró un poco el ala del avión y en ese momento vi la silueta del piloto en la carlinga y él me miraba a mi. Fue un momento ... yo me quedé paralizado, allí, llevaba unas baterías en las manos para la cámara de Márquez y me quedé quieto, mirándolo pasar. Esa escena es una escena absolutamente ... no sé. Fue una de las cosas más raras y más extrañas que he visto en mi vida. Ver al piloto que me pudo matar, me miró, hizo así y siguió volando. Es un recuerdo más.


D. B. - Uno de los grandes protagonistas, también, de esta novela, por supuesto, es el famoso puente. El puente, que tiene un nombre que, seguramente, Arturo Pérez-Reverte va a pronunciar mucho mejor que yo. ¿Cómo se dice? ¿Bijelo?


A. P. R. - Allí las "jotas" las pronuncian "i".


D. B. - Y, justamente, ese puente los acompaña, a él y a su cámara, José Luis Márquez, a lo largo de toda la historia en la medida que están pendientes de la filmación, de la grabación de ese puente cuando estalle, cosa que ha sido, un poco, la obsesión del camarógrafo Márquez, cuenta Pérez-Reverte en su novela, a lo largo de toda su presencia allí, en plena guerra. Varias veces se les ha escapado esa imagen, y en este caso tratan de capturarla. Es el argumento, yo no les voy a contar cómo termina, tienen que leer el libro. Y eso se va combinando y mezclando con las historias a lo largo de toda esta novela.


A. P. R. - De todas formas, en la guerra no todo es riesgo ni peligro, ni cosas de esas. Aunque parezca raro, también hay buenos ratos. Conseguir una botella de algo, o poder comer con los amigos o mandar una buena crónica y que te digan "Oye, que ha valido", que te digan de Madrid, esos son momentos muy gratos.


D. B. - Me interesa, también, presentarles y describir a otro de los personajes protagonistas, fundamentales de esta historia.

Este libro está dedicado a José Luis Márquez, que aparece a lo largo de todo este relato como camarógrafo junto a Barlés, en la ficción. ¿Quién es José Luis Márquez?


A. P. R. - Pues es un cámara, considerado entre los cinco o seis mejores cámaras de guerra del mundo, que tiene la desgracia de en vez de ser norteamericano y trabajar para la WIT, para la NBC o para la CNN, haber sido latino, español y trabajar para Televisión Española, entonces, bueno, vive el hombre con un sueldo exiguo, como siempre, y se juega la vida por cuatro duros ya que en otros lugares es más reconocido. Pero, para reparar esa injusticia, al menos en lo moral, decidí escribir este libro y dedicárselo a él. Dedicarle el libro este a él, como homenaje, sobre todo, a ése que nunca sale. Yo salía y a mi me conocen y me dicen "Ah, usted es Reverte, el de la guerra de El Golfo, el de tal", pero él, que siempre está detrás de la cámara, nunca nadie le conocía su cara. Que por lo menos conocieran bien su nombre.


D. B. - Dice el escritor, a propósito de Márquez: "A Márquez no le gustaba que Barlés ayudase a los equipos de rescate porque se metía en cuadro y estropeaba el plano. A Márquez las lágrimas no le dejaban enfocar bien, por eso no lloraba nunca cuando sacaban de los escombros niños con la cabeza aplastada aunque, después, pasara horas sentado en un rincón sin abrir la boca. Márquez era rubio, pequeño y duro, con los ojos claros, y las tías lo encontraban atractivo", también es parte de su definición. Más adelante, también en este libro, a propósito de Márquez y del puente: "Se había convertido para él en una obsesión, como cuando en Bagdad se subía a un piso alto del hotel Rashid y pasaba horas al acecho para filmar el paso de un misil de crucero. Después, le daba igual que la imagen se emitiera o no, porque el suyo era simple impulso de cazador, lo que necesitaba era tenerlo". ¿Era así, realmente?


A. P. R. - Sí, era así, y es así. O sea, ahora está en Liberia, en el Zaire. Y es así, es un hombre ... lo que pasa es que después, cuando ya se queda solo y se toma una botella de whisky, entonces, ya le vienen todos los fantasmas a tocarle los pies, pero trabajando es frío como un témpano. Es como debe ser un cámara de televisión.


D. B. - Y, finalmente, cuenta Pérez-Reverte: "Márquez tenía una mujer y dos hijas a las que veía un mes al año, y transcurridos 20 días de ese mes se volvía tan insoportable que su propia familia le aconsejaba tomar el avión y largarse a una guerra. Quizá por eso Eva, su mujer, no se había divorciado aún, porque existían guerras a las que mandarlo".


A. P. R. - Eso es rigurosamente cierto y son palabras de su propia mujer.


D. B. - Bien, yo me permito, entonces, si Arturo Pérez-Reverte está de acuerdo, esta mañana, invitar a alguien más a esta entrevista, a través de la línea telefónica, y saludo a esta hora, en directo, desde Montevideo, a José Luis Márquez, en la línea. Buenos días, José Luis.


JOSÉ LUIS MÁRQUEZ:
Hola, buenos días.


D. B. - ¿Quién es Arturo Pérez-Reverte?


J. L. M. - Bueno, pues, Arturo Pérez-Reverte es uno, por no decir el mejor, uno de los mejores periodistas que ha habido para la Televisión Española y del cual yo me siento.


A. P. R. - José, eres un canalla y un traidor. Esto no me lo esperaba, en absoluto.


J. L. M. - ¿Por qué?


D. B. - Y las historias que cuenta en su libro ¿fueron así, realmente?


J. L. M. - Bueno, pues, todo es realmente cierto, como ahí lo cuenta, y bueno, ya que me ha echado las flores de que yo podría haber trabajado en otra televisión, pues yo le debo hacer el honor y echarle otras flores y decir que creo que hubiéramos sido un buen equipo para cualquier otra televisión que no hubiera sido la Televisión Española. Por lo menos hubieran reconocido más nuestro trabajo.


D. B. - ¿Usted sigue trabajando para Televisión Española?


J. L. M. - Pues, por suerte, todavía sigo trabajando para la Televisión Española, últimamente.


D. B. - ¿Sigue cubriendo conflictos de guerra?


J. L. M. - Pues, siempre que puedo y siempre que me lo permiten, pues, me apetece y me encanta estar en esos conflictos para poder informar desde el sitio.


D. B. - Y, ¿qué opina de la faceta de escritor de este personaje que tenemos aquí, esta mañana, con nosotros?


J. L. M. - Personalmente, no me llegó a extrañar mucho puesto que hemos estado muchos días juntos, y como yo podía ver cómo hacía sus crónicas para la televisión, pues, efectivamente, al verle escribir entiendo que lo haga todo tan bien, como lo hace.


A. P. R. - Bueno, vale ya, Jose. Cuenta la parte negativa, también, de vez en cuando. ¿Has vuelto de Yugoeslavia ahora mismo, cuándo llegaste, ayer o antes de ayer?


J. L. M. - Sí, hace tres días.


A. P. R. - ¿Y qué tal el rodaje de "Territorio comanche"?


J. L. M. - Pues, bien. "Territorio comanche" se esta rodando, está quedando una película que creo va a ser, por lo menos, para ver y para poder entender, un poco, cuál es la vida de los reporteros en situaciones de conflictos grandes. No va a ser una película de guerra, es una película de amistad y, a través de esta amistad y de estos reporteros, pues, se podrá intuir la guerra.


A. P. R. - ¿Y Cecila Dopazo, que hace de periodista, es tan guapa como parece en la tele?


J. L. M. - Bueno, pues, Cecilia Dopazo en persona es una chica joven, guapa, pero lo cierto es que en la pantalla es cien veces mejor.


A. P. R. - Y ¿parece periodista, lo hace bien allí?


J. L. M. - Bueno, ella tiene en la película unas facetas que, a lo primero, es una periodista buscando el amarillismo y, después, ya termina integrándose en la tribu con que tú denominas al libro.


D. B. - José Luis Márquez, ¿ha sido, de alguna manera, asesor de esta película, ha seguido de cerca el rodaje?


J. L. M. - Bueno, sí. He estado seis semanas en el rodaje de la película y he estado asesorando, dentro de la medida de mis posibilidades, en cómo eran situaciones, cómo actitudes, cómo desenvolverse, más que nada, el equipo de televisión. En cuanto a la película, pues, no he tomado parte pero sí en el cómo hacer las cosas.


D. B. - ¿Y será fiel a la historia verdadera, si es que se puede llamar así?


J. L. M. - Hombre, pues, sin duda que será fiel, pero yo creo que nunca será todo lo fiel que debiera, hay muchas cosas que se quedan en el tintero y por necesidad, porque hay cosas que son imposibles de explicar a través de una película.


D. B. - Justamente, yo quería terminar a propósito de esto que dice José Luis Márquez, con una pregunta que puede ser para cualquiera de los dos. En el libro "Territorio comanche" Arturo Pérez-Reverte dice a propósito de Kukunjevac, una localidad: "Fue la guerra de verdad y no existía Hollywood capaz de reconstruir aquello". Se me ocurre que esto vale, seguramente, para otros sitios en la guerra de Bosnia. ¿Están de acuerdo los dos?


A. P. R. - ¿Te acuerdas de Kukunjevac, José, aquel día gris?


J. L. M. - Sí, sí. La guerra de Yugoslavia, la verdad que ha sido una de las guerras, que a través de mi corto conocimiento, para mi ha sido la más cruenta y más difícil de soportar como persona, porque las guerras son completamente distintas, las ves como un frente de batalla, al cual tú vas a trabajar y por las noches vuelves. En esta no había ese frente de batalla, estabas siempre inmerso en el conflicto. Daba lo mismo que estuvieras en el hotel o en la calle, o sea, eras un ciudadano más y, efectivamente, es una guerra irrepetible para Hollywood, completamente irrepetible.


D. B. - José Luis Márquez, camarógrafo de Televisión Española, muchas gracias por participar esta mañana en este encuentro con Arturo Pérez-Reverte, de darle esta sorpresa al día siguiente de su cumpleaños, de su llegada aquí a Montevideo. Arturo lo saluda.


A. P. R. - Gracias, José. ¿Te vas a Zaire?


J. L. M. - Pues, en eso estamos, al Zaire o de vacaciones, no sabía con cuál quedarme.


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SEGUNDA PARTE

D. B. - Estamos conversando, esta mañana, con el escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte, esto no estaba planeado, era una sorpresa que queríamos darle. Quizá muchas de las preguntas que tienen que ver con esta historia, como corresponsal de guerra, como periodista, muchísimas cosas seguramente van a quedar en el tintero, hay en este libro de todo. Un libro que yo califico de valiente y honesto en la medida que, por supuesto, hay descripciones del horror que se vivió en esos años de guerra de la ex-Yugoeslavia, pero también hay tiempo para el humor, hay tiempo para la ternura, hay tiempo para la ironía, hay tiempo, también, para las reflexiones muy duras y críticas acerca del papel de los políticos, de los que llama Arturo Pérez-Reverte en su libro "los domingueros". ¿Quiénes eran los domingueros?


A. P. R. - Es el que utiliza el domingo, el fin de semana, para irse a la guerra, y vuelve el lunes por la mañana, otra vez, a su puesto de trabajo, en el despacho, más o menos, es eso. Que no tengo nada contra quien utiliza el domingo para el ocio, lo que sí pasa es que si somos profesionales, que vaya gente a la guerra a hacerse una foto y volver y decir, pues, "he estado en la guerra", me ha causado siempre un poco de distancia, un poco, digamos, de guasa.


D. B. - Aquellos que iban a sacarse fotos ...


A. P. R. - Claro, había un tipo de periodista que quería ir a Sarajevo, estaba dos días, se hacía una foto y se volvíay contaba unas batallas truculentas. Quien estaba allí, los fijos, los residentes, pues, los veíamos con un poco de desdén o de guasa, o como quieras llamarlo.


D. B. - "La antigua Yugoeslavia estaba llena de domingueros", dice en su libro. "Los cascos azules españoles los llamaban japoneses porque llegaban, se hacían una foto y se iban lo antes posible. Por Bosnia pasaban de todo pelaje y procedencia, parlamentarios, intelectuales, ministros, presidentes de gobierno, periodistas con mucha prisa y sopladores de vidrio en general, que a su regreso a la civilización, organizaban conciertos de solidaridad, daban conferencias de prensa e, incluso, escribían libros para explicarle al mundo las claves profundas del conflicto. Entre los domingueros de la guerra había, también, militares de alta graduación que se dejan caer por allí en visita del tipo de inspección de "¡hola!, ¿qué tal, chavales?" y todo eso. En Bosnia se les reconocía en el acto por la cámara de fotos, el aire paternal y, sobre todo, por el uniforme, casco y chaleco antimetralla impecablemente limpios y nuevos. Eran los que se ponían de pie en las trincheras para que les explicasen dónde estaba el enemigo, o pisaban concienzudamente todas las cunetas y caminos de tierra por si quedaba allí alguna mina sin estallar". Tipos no muy queridos por ustedes.


A. P. R. - No. Lo gracioso es que me encontré una vez a uno de esos generales en unos almacenes de Madrid, en el Corte Inglés, me lo encontré allí, y me dijo "Me ha gustado mucho su libro", así muy serio, muy seco. Imagino que llegó a esa página y se sintió descripto en ella.


D. B. - A propósito de los domingueros, ¿cuál fue el papel de los políticos en esta guerra? No quedan muy bien parados...


A. P. R. - El papel de los políticos suele ser infame en casi toda las partes, pero en la guerra se nota más. Un error o una negligencia, una incompetencia, en un país en tiempo de paz produce efectos graves y a veces no, pero en la guerra siempre es grave. Entonces, la guerra, yo creo que ha sido un cúmulo continuo de despropósitos, de timideces, de estupideces, de ignorancia de la realidad concreta, de hablar de un mundo utópico que nada tenía que ver con el mundo de cada día allí; y bueno, a veces estabas allí, venías de un día de esos en que había habido 20 muertos y 50 heridos, y de llevar gente en el coche nuestro al hospital, ponías la televisión satélite para transmitir y resulta que te salía el ministro de Exteriores español hablando de una Yugoeslavia que no tenía absolutamente nada que ver con la realidad, diciendo "no, esto está bajo control", todo eso dos años antes que terminara la guerra. Y bueno, eso te crea una especie de desprecio profundo, te crea un estado de indignación, de cabreo como decimos allí, que es muy difícil luchar con eso para que no se te note a la hora de trabajar en las crónicas. Entonces, a veces se me notaba. Y, eso, también contribuía, en cierta forma, a que yo me fuese del periodismo. Eso contribuyó a hartarme, un poco, de un montón de cosas de las que me harté.


D. B. - Seguramente, una línea de conducta pero también un desafío es no tomar partido en una guerra de esas cuando uno tiene que hacer crónicas y cita, justamente, el escritor en este libro, Arturo, el caso de un colega - Paco Eguigaray - que perdió su trabajo, justamente, por eso, porque se jugó por uno de los bandos.


A. P. R. - Es que ¿sabes qué ocurre?, tú sabes que no hay buenos ni malos en la guerra, que todos los bandos tienen motivos para hacer lo que hacen. Realmente, es así. Lo que pasa es que cuando estás allí, al final, la sangre te salpica y al final siempre tomas partido por un bando o por otro, pero es malo cuando eres reportero. Cuando eres reportero, ojo, no cuando eres analista. Pero yo creo que un reportero debe limitarse a mandar la información, que es el público el que debe decidir, el que debe sacar sus conclusiones.

Yo digo mire, esta es la muerta, el muerto, la guerra, la bomba, la sangre, ustedes verán. Pero decir esto es bueno, los malos son estos, los malos son aquellos, cuando estás tan cerca no siempre es fácil distinguir. Yo, cuando era joven, creía que los palestinos eran los buenos y los judíos eran los malos; creía que los sandinistas eran los buenos y los somocistas los malos; después el tiempo te llena de dudas profesionales en ese terreno.


D. B. - Y usted afirma, en su libro, que los Balcanes seguirán en guerra. ¿Por qué?


A. P. R. - Pues, porque es complicado, ¿sabes qué pasa?, hay una cosa que es muy mala y es la memoria; la memoria aliada con la ignorancia. La memoria es buena, pero cuando va unida a la ignorancia es mala. Si tú sabes que a tu abuela la violó un serbio, que a tu bisabuela la mató un turco, o que a tu tatarabuelo un croata le cortó el cuello y no tienes la cultura para todo eso encajarlo, asumirlo y dialogarlo y discutirlo, y entenderlo en un contexto histórico, racional. Lo que quieres es degollar tú también antes que te degüellen a ti, los nietos de aquellos que mataron a tu abuelo. Entonces, como digo, sin cultura la memoria es espantosa, y lo malo es que hay cantidad de canallas que nos mantienen continuamente ignorantes y procuran, para podernos manipular, que seamos huérfanos sin memoria. Ese es el grave problema del mundo actual.


D. B. - Quiero profundizar en este concepto de Pérez-Reverte, porque dice en su libro "El nacionalismo serbio, todos esos intelectuales que ahora pretenden lavarse las manos tras parir criminales como Karadzic, manipuló esos fantasmas para enfrentar a esos fantasmas a quienes no deseaban la guerra, y el llamado Occidente, o sea, vosotros y yo, consentimos que así fuera. Los métodos más sucios fueron puestos en práctica ante la pasividad cómplice de una Europa incapaz de dar un puñetazo a tiempo sobre la mesa y frenar la barbarie. Esa diplomacia europea, sin pudor y sin redaño, gratificando la agresión serbia con la impunidad, poniendo partes a toro pasado, hizo que croatas, y después musulmanes bosnios, se subieran al carro de la limpieza étnica y el degüello. Puesto que la canallada es rentable, se dijeron, seamos canallas antes que víctimas camino del matadero. Después, la miserable condición humana se disparó sola e hizo el resto del trabajo y así van las cosas. Acabo de resumiros lo que pasa en Bosnia, hijos míos, o mejor, hijas mías. Que os aproveche".

¿Habrá más guerra?


A. P. R. - Sí, sí, claro que habrá más guerra. En Bosnia y en otros sitios. Cuando no se eliminan las causas que hacen posible un conflicto, ese conflicto tarda pero siempre vuelve otra vez.

Hagamos un poco de memoria. En mayo de 1994 abandonó Televisión Española y se dedicó en exclusiva a la literatura, aunque, decía yo, confiesa ser un lector empedernido desde los nueve años.


A. P. R. - Tuve la suerte de nacer en una casa con biblioteca grande y bueno eso ya me marcó, me formateó el disquette ya para toda la vida.


D. B. - ¿Cinco mil libros en casa más o menos?


A. P. R. - Los que tengo ahora sí, aunque desde que ese dato circuló han crecido, habrán 6 500, 7 000 libros.


D. B. - Y algo más de 4 000 leídos.


A. P. R. - Eso ya no lo sé. En realidad lo que hago es que releo más que leo. Es curioso a medida que me voy haciendo mayor lo que me apetece es releer libros que no he leído en 20 años a ver si sigue siendo el mismo libro y evidentemente no lo es. No lo son porque yo he cambiado. Uno no se baña dos veces con la misma agua, ni lee dos veces el mismo libro. Cuando uno lee recrea el libro a la luz de su vida y de sus cosas. Cuando leo libros de 20 años me doy cuenta que son libros diferentes porque yo soy diferente.


D. B. - "Yo me iba a Sarajevo, por ejemplo, con una mochila llena de libros. Para mí los libros son un conjunto. Cuando cuento algo me vienen a la mente 20 mil relaciones. En eso soy barroco. Yo he leído a la vez a Walter Scott, a Proust y a Mann en el plazo de un mes". ¿A la guerra con libros?


A. P. R. - Sí, sí, claro. Es lo único que te hace soportar de verdad las cosas. Cuando esos días muy duros, muy malos, que uno estaba en Sarajevo, en Beirut o donde fuera y a lo mejor uno traía la camisa con sangre de un tío que había llevado al hospital y se había muerto en el camino ... la forma de olvidar, de templar, de situar todo eso en un plano más sereno, era abrir un libro, sentarme en un rincón con una vela o una linterna, y durante media hora o una hora, leer la Cartuja de Parma o leer la Montaña Mágica, y eso hacía que todo volviese poco a poco a encontrar su sentido y su punto exacto en el mundo.


D. B. - "Hoy por suerte el lector lee lo que le da la gana. Esa estupidez de las escuelas, de las Literaturas, con mayúsculas, se ha acabado. En la literatura cabe desde Marcial Lafuente Estefanía, a Marcel Proust", dijo Arturo Pérez-Reverte en una entrevista a Cambio 16.


A. P. R. - Puestos a hablar de Marceles y Marciales, sí, en efecto así fue. Yo creo que la literatura es una especie de mar enorme por la cual cada uno navega como quiere, a vela, a vapor, nadando, se baña, hace windsurfing, yo que sé... Esto de las escuelas y esto de las etiquetas, aquello es arte, esto no lo es ... Literatura es todo aquello que hace que la gente viva más vidas, todo aquello que hace que la gente se consuele, que la gente haga todo aquello que en la vida normal no puede hacer, o complete o entienda o busque las respuestas a aquello que en la vida normal no puede entender. Y entonces todo aquello que entra bajo esta etiqueta muy amplia y generosa es literatura. Estoy absolutamente en contra de los conceptos elitistas y de etiqueta de "obra de arte" fría y puesta ahí en el museo, en la estantería, para cuatro espíritus selectos. Detesto ese tipo de enfoques literarios.

D. B. - "No perdono a los que me engañaron diciendo que Galdós era una mierda y que había que leer a Faulkner".


A. P. R. - O que era mejor el Ulyses de James Joyce que el Ulises de Homero. Esa especie de esnobismo literario, de secuestro de la literatura por una especie de sanedrín elitista, que se miraba el ombligo y eran cuatro amigos en un club social cerrado le ha hecho muchísimo daño a la literatura y nos ha privado de muchísimos lectores que han escapado y se han ido al cine o a la televisión.


D. B. - Tengo aquí sobre la mesa "La piel del tambor", "La tabla de Flandes", "El maestro de esgrima", novelas de Arturo Pérez-Reverte, algunas de ellas, hay otras. ¿Se pueden definir como novelas históricas Arturo?


A. P. R. - No, yo creo que no. Lo que pasa es que en todas ellas la historia juega. Todas ellas menos "El maestro de esgrima" transcurren en la época actual, sólo que yo utilizo la historia como clave, como manera de explicar el presente. Antes he hablado de la memoria, la memoria es una palabra que empleo con mucha frecuencia porque creo que es importante. Creo además que en un mundo tan desorientado como el que estamos viviendo ahora, y me refiero a este siglo que termina de tan mala manera, justamente la memoria es aquello que nos permite entender, nos permite situarnos y comprender.

La orfandad es muy mala. El no saber de donde vienes es pésimo porque entonces andas por la vida desorientado. Si uno sabe quién es su padre o quién es su abuelo, quién su bisabuelo, entonces todo tiene mucho más sentido. Y en ese sentido yo utilizo la historia como utilizo la trama policíaca, utilizo la trama romántica. Utilizo una serie de herramientas que me permiten buscar las claves de lo que quiero contar.


D. B. - Sin complejos, además.


A. P. R. - Absolutamente. ¿Para qué voy a inventar el martillo si el martillo se inventó ya? Voy y compro el mejor martillo que puedo, si Dumas hacía un buen martillo o lo hacía Galdós o lo hacía Scott Fitzgerald o lo hacía Konrad, voy y utilizo su martillo. ¿Para qué voy a innovar? Voy a utilizar aquellas herramientas probadas eficazmente.


D. B. - La historia está presente, pero no se pueden definir como novelas histórica. Sin embargo has dicho Arturo que la novela es un problema narrativo y que para contar hay que documentarse. ¿Es así siempre en cada caso? Tus novelas te han llevado más o menos dos años. Cada dos años has publicado. Hay detrás, se nota, un trabajo de documentación considerable. Para hablar por ejemplo del ajedrez en "La Tabla de Flandes", para introducir y mezclar en la trama el ajedrez como si fueses un experto, no sé si lo eres ...


A. P. R. - No. No lo soy. Que lo pareciera era el desafío precisamente.


D. B. - O la esgrima en "El maestro de esgrima", que tampoco lo eres ...


A. P. R. - No. Ni arquitecto de arquitectura barroca en "La piel del tambor". Después de una novela soy un poco más experto porque me he pasado dos años en un tema de esos. Yo lo que creo es que una novela es muchas cosas, pero sobre todo debe tener credibilidad. Yo le dedico muchísimo tiempo al armazón. A darle credibilidad al armazón, que parezca que realmente, el lector o yo, en este caso no hay diferencia entre el lector y yo, es la misma persona, al meterse en esa aventura maravillosa que es un libro, al recorrer las distintas habitaciones, en ese juego de la oca, de oca en oca irse hasta el final, pues que lo sienta como propio. Creo que el hombre aparte de homo faber o de homo sapiens es sobre todo homo ludens, entonces la capacidad de asumir un juego, a medida que eres mayor, vas exigiendo que sea muy riguroso, que tenga muchos elementos que te lo hagan creíble. Yo quiero que el juego literario sea creíble y que el lector participe de ello, entonces me documento todo lo que puedo.


D. B. - Uno adivina leyéndote que debes ser un "tío" muy metódico.


A. P. R. - Sí, trabajando soy metódico.


D. B. - ¿Sigues un método casi matemático, en el sentido de que, cada vez, para escribir una novela, te documentas, eliges ese camino, no el de una creación espontánea, fruto de la inspiración, de las imágenes que vienen a tu cabeza simplemente ?


A. P. R. - No. Hay una fase primera que es la que tú dices que es la de creación pura, imaginativa, que es como cuando te enamoras. Descubres una historia, te das cuenta que quieres escribir esa historia, que en toda esa historia se aglutina una parte de tu mundo y que en eso puedes resolver una serie de cuestiones y te pones durante un tiempo a imaginar. Es la fase de ensoñación previa en la cual no escribes nada, estás imaginando, soñando, en un ir y venir por ese amor recién adquirido o recién encontrado. Luego después ya viene la fase seria, hay que casarse, poner una casa, hay que ganar un sueldo para mantener a los niños. Hay que ponerse a escribir la historia, tomársela en serio. Entonces ya te sientas, la planificas, la estructuras, entonces ya deja de ser importante la imaginación que ya ha hecho su papel y pasa a ser importante la planificación y el desarrollo de esa historia que has imaginado. Ahí es donde me profesionalizo ante el ordenador -ante la computadora, como decís vosotros- y ya trabajo de otra forma.


D. B. - Lo decía al comienzo, Arturo Pérez-Reverte, más de dos millones de ejemplares vendidos del conjunto de las novelas que has escrito en estos años desde el 86 hasta aquí. Con centenares de miles en el caso individual de cada novela por separado, traducidas a 16 idiomas, vamos a tener pronto seis películas hechas a partir de tus novelas. ¿Eso, de alguna manera, te ha generado críticas, prejuicios en la gente, en los críticos?


A. P. R. - No. Hay un sector de la crítica que es el que dice "bueno, si este tipo vende mucho no puede ser bueno". Eso es una cosa que es muy frecuente pero bueno, eso es un sector. Al principio ocurría más. Ahora debo reconocer que hace ya bastante, dos tres años, la crítica en España habla bien de los libros, con alguna excepción que siempre las hay, ahí no me puedo quejar. Pero al principio costó trabajo que asumieran eso. No era posible que un libro fuera profundo y ameno. No era posible que un periodista escribiese un libro en serio. Ese tipo de prejuicios básicos al principio ... pero bueno los libros se comenzaron a disparar, los lectores y demás tuvieron que asumir el hecho. No porque un libro se lea mucho es malo, no tiene nada que ver una cosa con la otra.


D. B. - Y para ti la amenidad y la profundidad pueden ir de la mano.


A. P. R. - Deben ir de la mano. Yo creo que el peor pecado de la literatura es ser aburrida. Nos ha estado vendiendo durante mucho tiempo, ese sanedrín de mandarines de la literatura, que la literatura buena es aburrida y nos han hecho una canallada, han desorientado al lector. La literatura debe ser profunda y debe ser también, al propio tiempo, entretenida .


D. B. - Eficaz, has dicho.


A. P. R. - Claro, es que eficaz resume todo eso. Lo eficaz debe cubrir sus objetivos, entretener y al mismo tiempo hacer vivir vidas y explicar el mundo.


D. B. - Los críticos hablan en tu obra de sutileza, de inteligencia y de juego. La palabra juego se repite una y otra vez. El proponer un juego al lector.


A. P. R. - El juego es muy importante. ¿Por qué el niño es tan feliz? Porque es capaz de asumir el juego y creérselo. Entonces la literatura es como proponer un juego, es decir vamos a ser niños otra vez, vamos a vivir como propias aventuras maravillosas, vamos a irnos a la Isla del Tesoro, vamos a matar a aquel que no podemos matar en la vida, vamos a amar a aquella mujer o a aquel hombre al que nunca pudimos amar, vamos a proyectarnos en mil vidas, vamos a enriquecernos viviendo 20 vidas más que jamás hubiéramos vivido de no existir el libro. Creo que el asumir ese juego es el impulso más noble del lector. Yo precisamente busco eso porque en realidad aquí hay un malentendido: yo no soy un escritor, yo soy un lector. Yo soy un tipo que lee y que lee y que a base de leer un día decide reescribir un poco algo de su vida, de los libros que amó. Pero en realidad yo no soy un escritor, yo no quiero pasar a la historia de las bellas letras ni pasar un año buscando un adjetivo para un poema. Yo quiero sumergirme y lo hago durante un tiempo en la maravillosa aventura de leer y escribir el libro del que estoy pasando las páginas en mi cabeza.


D. B. - Se viene "El capitán Alatriste" que todavía no está aquí entre nosotros pero pronto estará. Tu última novela.


A. P. R. - Sí, yo creo que en un mes o algo así. Es la última novela y la primera de una serie de novelas. He decidido entre novela y novela larga, una serie de seis novelas más cortas, en las cuales utilizo el personaje de Diego Alatriste y Tenorio, capitán de los Tercios de Flandes, soldado en paro en el Madrid del rey Felipe IV, que se alquila, alquila su espada como mercenario para trabajos sucios, matar un acreedor, ser chivato de la Inquisición, ese tipo de cosas. Es un personaje ... en la primera línea del libro dice "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente." Así empieza. Entonces con ese pretexto que me encanta, porque estoy disfrutando muchísimo, es una especie de recorrido por el Siglo XVII español, por esa España de Quevedo, de Góngora, sale Quevedo, sale Góngora, sale Lope, los corrales de comedia, nos emborrachamos, vivimos las intrigas de la corte, las batallas de Flandes. Es un poco el siglo XVII y con ese pretexto, el de este libro, recuperar todas mis lecturas y todas mis aventuras de cuando tenía 20, 18 años.


D. B. - Con tu hija Carlota como cómplice.


A. P. R. - Tengo una hija de 13 años que es Carlota, que no quiere ser escritora ni lo será nunca, quiere ser arqueóloga, pero le gusta mucho leer, es una gran lectora entonces le dije "ayúdame en este libro a documentarme". Ella es la que busca la ropa de la época, los cuadros de Velázquez, busca ideas, los mapas antiguos de Madrid, y de esa forma la voy implicando para que ella conozca ese siglo tan interesante que tanto nos definió, que tanto nos marcó en lo que somos ahora y que tanto explica la España actual.


D. B. - Y esta historia, Arturo Pérez-Reverte, vuelve al comienzo. "Si no muere antes o no logra salirse a tiempo, un reportero jubilado es como un marino viejo: todo el día apoyado en la ventana, recordando. Uno termina en los pasillos tomando cafés en la máquina y contándole batallitas a los jóvenes igual que el abuelo". ¿Por eso también dejaste el periodismo?


A. P. R. - También. Un día comprendí que uno envejece. Que en este oficio, cuando se es reportero, periodista en general, pero sobre todo reportero en particular, envejece muy mal y que hay un momento en el cual ya eres inútil. El cementerio de los elefantes de los periodistas es muy duro, es un lugar muy triste. Lo he visto y estaban muchos y muy queridos compañeros en él y no he querido terminar tampoco así. La literatura me daba la posibilidad maravillosa de largarme a tiempo y bueno, aproveché la ocasión y me fui. No reniego de esa profesión pero es cierto que envejeces muy mal. Claro, a veces me salta el automático. Cuando llegué a estudios estaba como en casa. Yo comprendo que esta profesión te da cosas hermosas y te niega otras. Esas cosas que me negaba yo también quería tenerlas. En ese aspecto he sido muy ambicioso.


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Transcripción: Escribas
Edición: Diego Barnabé