El aula sin muros


"Está todavía en edad de aprender". ¡Quién no ha oído, y quién no ha pronunciado, alguna vez en su vida una frase como ésta? La cultura tradicional asume que hay un tiempo para todo, un tiempo para amar y un tiempo para morir, como dice el poeta, y también un tiempo para aprender y otro para enseñar, el momento de educar y de ser educado, de instruir y de ser instruido. Pero la realidad actual es muy diferente. Ya no hay una edad para cada cosa, sea el chupete o el bastón. El antiguo adagio de que el saber no ocupa lugar tendría que verse corregido en el sentido de que tampoco ocupa momento. Para cultivarse, hoy todas las edades son buenas y la experiencia de los más jóvenes, en según que disciplinas, es también un tesoro a compartir con sus mayores.
Porque jamás se acaba de aprender.
La vida es un proceso continuo de aprendizaje, en el que la educación tradicional no supone más que la primera etapa de un largo recorrido que no termina nunca. Con toda propiedad, podemos decir que las enseñanzas superiores van a verse sustituidas o comprometidas por la sociedad del aprendizaje. En ese caminar, los medios de comunicación nos acompañarán inevitablemente, incluso contra nuestra voluntad, transmitiéndonos una cantidad abusiva de informaciones, bombardeándonos con hechos y datos, distorsionando nuestro ideal de conocimiento: éste es fruto de la abstracción, resulta de un esquema organizado que nos permite relacionar unas cosas con otras, unas ideas con otras, y referirlas a un contexto, a una situación o una realidad determinadas. Todo ello requiere un tiempo para la reflexión y otro para la duda. Algo que no permite la velocidad a la que suceden los acontecimientos.
Sería injusto adjudicarle a los medios el protagonismo único del aprendizaje permanente. La familia, la empresa, las instituciones públicas, las actividades culturales y de ocio, y el complejo entramado de relaciones sociales en el que nos movemos, contribuyen también a la transmisión de saberes de unas personas a otras. Pero es imposible negar el ímpetu formidable con que dichos medios de comunicación, sobre todo los audiovisuales, han entrado en nuestras vidas. La abundancia de informaciones que nos proporcionan es tal que un niño de doce años puede haber accedido - a través fundamentalmente de la televisión - a un número de ellas muy superior al que sería capaz de recoger a lo largo de toda su vida un investigador del medioevo. Los medios han derribado además las fronteras geográficas del saber, unificando las experiencias de la gente y universalizando sus mitos.
De modo que el sistema se encuentra, en cierta forma, patas arriba. Como ya lo anunciara André Danzin, antiguo vicepresidente del Club de Roma, nos hemos convertido en autodidactas, a comenzar por los profesores. La educación no puede ser sino una preparación para el estudio de nosotros mismos, y el arte de aprender no viene determinado por los títulos académicos, sino por la solidez de los criterios que se aplican en la búsqueda interminable de saberes que la vida constituye. Este autodidactismo, creciente en nuestro comportamiento, se verá potenciado por las nuevas tecnologías que no dejan de proyectar, sin embargo, la sospecha de que existen considerables riesgos si se hace de ellas un uso indiscriminado y nervioso.
La primera de las amenazas que se vislumbran es la enorme abundancia de informaciones y datos que se desparraman sobre nosotros a diario.


La acumulación de saberes es tal que nos resulta difícil discernir cuáles son los que necesariamente debemos transmitir a los más pequeños, a la hora de prepararles adecuadamente para enfrentarse con su existencia madura, pues nada más que eso, y nada menos, es lo que debe pretenderse de la educación. Para poner un ejemplo, citaremos que el volumen de publicaciones técnicas y científicas que se produjo solamente en 1986 superó la producción de todos los profesores y sabios desde el origen de los tiempos hasta la II Guerra Mundial. ¡Cómo defenderse de semejante plétora?
Ya hemos comentado que más información no deviene, necesariamente, en mejor información. La cantidad solo puede ser sinónimo de calidad si somos capaces de discernir entre unos datos y otros, si distinguimos las referencias básicas sobre las que apoyarnos y las directrices mínimas sobre cómo conducirnos. La educación tiene ante sí la inmensa tarea de determinar los valores y criterios esenciales que nos permitirán comportarnos en la vida. ¡Pero quién será la autoridad que ejerza semejante poder en un mundo de autodidactas?
La dificultad es mayor si atendemos a la rapidez con que dichos criterios suelen variar en función de la aparición de nuevos datos. Los saberes, o al menos las técnicas que los aplican, se vuelven anacrónicos de manera vertiginosa y lo que hoy resulta válido puede no serlo en un futuro cercano. Los profesores, piedra angular de cualquier sistema educativo, necesitan una permanente actualización de sus capacidades, y muchas veces se encuentran desbordados por la mejor habilidad o maña de sus propios alumnos en aquellas materias que ellos pretenden enseñarles. Esto es muy evidente en el terreno de la informática, pero también sucede en otras disciplinas.
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La enseñanza pública, universal y gratuita, uno de los logros fundamentales del siglo que acaba en muchos países, comienza a ser puesta en entredicho en nombre de un liberalismo primario que olvida la igualdad de oportunidades como base efectiva de cualquier sistema de competencia.
En medio de este desorden conceptual y político que asola el mundo de la educación, las tecnologías punta y los medios audiovisuales se combinan para ofrecer nuevas y casi infinitas potencialidades de la transmisión de saberes por métodos que, en principio, desafían todavía más los parámetros de la enseñanza clásica, ya sometidos a una revisión profunda. La cuestión es saber si la sociedad global de la información, con su universo de redes e interactividad, añadirá confusión y caos al conjunto o servirá para comenzar a discernir los elementos positivos del embrollo.
Las promesas y los peligros del uso de las infopistas en el campo educativo son paralelos a los que podemos encontrar en la organización de la economía o de la vida política. Para la alta investigación, la red se ha convertido en un instrumento indispensable. No en vano Internet fue, al fin y al cabo, un sistema ideado en primer lugar por y para la vida académica. Pero las experiencias en el terreno de la educación tradicional sólo comenzaron a partir de la popularización de la web. Hoy en día, pocas son las universidades que se precian de serlo sin tener una presencia activa en el sistema. A través de él, en la mayoría de los países desarrollados puede uno matricularse y cursar estudios en varios centros superiores.
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El uso del correo electrónico entre alumnos situados a miles de kilómetros de distancia, para comentar exámenes, consultarse dudas y trabajar en equipo, es señalado por muchos profesores como un avance cualitativo respecto a los métodos de educación tradicional.


La red permite que los jóvenes judíos esparcidos en pequeñas comunidades a través de todo el mundo puedan seguir estudios comunes de preparación en la Bar Mitzvah; en Tailandia y Taiwan la gente se matricula en clases impartidas desde una televisión por cable de Colorado; los centros de investigación del África negra pueden beneficiarse con facilidad y rapidez de los documentos y archivos de las mejores universidades del mundo; los habitantes de lugares remotos, o los minusválidos, encuentran gracias a Internet mayores oportunidades para su formación. Asistimos así a nuevas formas de participación en la educación, a una cierta solidaridad universal del conocimiento.