La sociedad hipnotizada
Antes de la era digital, la implantación de los medios de comunicación de masas había
logrado alterar sustancialmente las costumbres y formas de comportamiento de la gente. El
teléfono, a costa de la ruptura de la intimidad, se convirtió feliz y paradójicamente
en una prolongación de la misma. ¿Hay alguien que imagine lo que hubieran sido los
romances de nuestro siglo si los adolescentes casaderos no hubieran podido hablar por ese
aparato? La televisión transformó hasta extremos increíbles la convivencia familiar. El
fax amenazó acabar con el correo, cuyo secreto vulneraba y cuyo ritmo desafió. La
abundancia de medios, y los diferentes soportes técnicos de que se valían, nos obligaron
a establecer una distribución diferente de nuestro tiempo útil, tanto en el entorno
doméstico como en el laboral o profesional.
Las necesidades del ocio se transformaron; el ámbito fundamental de la comunicación,
pública o privada, se refugió en los hogares; se desarrollaron nuevas relaciones entre
los usuarios y los propios medios o sus representantes; los modelos sociales se vieron
sustituidos y algunos valores en boga quedaron aniquilados para dar paso a otros que
sustituían su escaso arraigo en la tradición por la enorme fuerzas que les proporcionaba
la publicidad. Habida cuenta de todo esto, a nadie podrá extrañar el imponente impacto
que el uso de las nuevas tecnologías tendrá en los comportamientos sociales e
individuales.
Pese a lo afortunado de la célebre frase de que "en el mundo existen mentiras,
grandes mentiras y estadísticas", es preciso resaltar que éstas señalan que,
durante las últimas décadas, ha aumentado el tiempo dedicado por los ciudadanos de los
países industrializados a los medios de comunicación, en detrimento de otras
actividades. El tiempo sigue siendo, sin embargo, el bien más escaso de cuantos dispone
el hombre. De una correcta administración del mismo - que no tiene por qué implicar una
obsesiva programación - depende en buena medida la felicidad de las personas. El número
de horas de consumo televisivo diario varía en los países industrializados entre tres y
cinco. Constituyen, de cualquier manera, un buen porcentaje del día y coinciden, por lo
general, con el momento de la cena o el inmediatamente posterior.
Podemos creer que, entre las ocho y once de la noche, fácilmente más de una tercera
parte de las poblaciones se encuentra sentada ante el televisor, independientemente de
cuál sea la calidad de los programas que se les ofrece. No ha existido en la historia de
la Humanidad un fenómeno capaz de condicionar por sí mismo los hábitos y las formas de
vida de tan gran número de personas a la vez. Las compañías eléctricas descubrieron
hace muchos años que el final del llamado prime time (tiempo principal) en la televisión
supone un descenso acelerado en la curva de consumo de energía, pues cuando termina se
apagan no solo los televisores sino todas las luces de la casa y la gente se va a dormir.
Las empresas suministradoras de agua aprendieron, a su vez, que ése puede ser un instante
de extraordinaria demanda, pues millones de ciudadanos hacen sus abluciones antes de
acostarse.
Una de las ventajas de las televisión, y más aún de la radio, es que su uso permite ser
compartido con otras actividades, sobre todo si éstas no exigen una atención muy
específica. De modo y manera que sería impropio restar a las veinticuatro horas del día
el conjunto de las que la gente dice dedicar a los medios. Pero no cabe duda alguna
respecto al hecho de que ese es un tiempo cada vez más prolongado y cada vez más
absorbente. En el caso de Internet, los navegantes del ciberespacio (como los de los
océanos) necesitan tiempo para adentrarse en las aguas excesivas, a veces procelosas, y
no siempre limpias de la www.
Por rápidos que sean los servidores informáticos, modernas las redes y expertos los
nuevos argonautas del universo digital, la búsqueda de datos y, sobre todo, el diálogo
interactivo entre los usuarios exige, hoy por hoy, cantidades inconmensurables de tiempo
del que normalmente no disponemos.
Eso explica que una inmensa parte de aquéllos sea todavía gente muy joven, pero también
amas de casa, desocupados, personas que no ejercen capacidad decisoria alguna en sus
comunidades, individuos que se caracterizan muchas veces por una actitud diletante ante la
vida, con un esquema de valores frecuentemente poco estructurado o demasiado anclado, aun
sin ellos saberlo, a normas y preceptos establecidos.
Hay quien dice que la navegación en Internet es la solución a un problema inexistente.
Quizá sea cierto, pero al menos contribuye al planteamiento de algunas nuevas
interrogantes, como la que consiste en averiguar la distribución probable de nuestras
horas de vigilia. Se trata de determinar, en suma, cuántas de ellas estamos dispuestos a
permanecer delante de una pantalla, sea la del televisor o la de la computadora.
(Según datos de la CNN, en Estados Unidos el tiempo medio dedicado por los adultos a la
navegación por Internet fue de media hora diaria durante 1997).
Aunque las premoniciones de Fahrenheit 451 no se han cumplido, de momento, en lo que se
refiere a la desaparición del libro frente a la dictadura audiovisual, es preciso
reconocer que el reinado de la pantalla, en sus diferentes versiones, ha sido ya
establecido. La sociedad interconectada lo está por un hilo o por una antena parabólica,
pero cada vez más es la pantalla en único mediador visible.
Las nuevas aplicaciones de la televisión digital y la obsesión por el establecimiento de
un terminal audiovisual único han concluido, además, por determinar no sólo el tiempo,
sino también el espacio doméstico. Cada vez son más las casas en las que se dedica una
habitación para ese exclusivo uso. Cuando las posibilidades económicas de la familia son
escasas y los domicilios pequeños, basta con sustituir el antiguo salón (salón-comedor,
en la propaganda de las inmobiliarias) por esa dependencia. La pantalla del televisor
desempeña en el paisaje un papel totémico, y constituye el verdadero altar mayor del
templo de la familia, ante el que tantas veces se inmolan sus miembros, víctimas de la
incomunicación y el desencuentro. En el resto de las habitaciones, sean los dormitorios,
el despacho o la cocina, otras pantallas, por lo común de dimensión más reducida,
ayudarán a dotar a las respectivas estancias del carácter de capillas menores de la
nueva religión audiovisual y cibernética. Quizá sea pensando en esos aposentos
privativos de la intimidad como se desarrolle más rápidamente la convergencia entre el
televisor y la computadora. Es imposible imaginar que podamos someter a toda la familia a
la humillación de no ver la película de esta noche a fin de que uno de sus miembros
pueda conectarse a la red. Pero en la exclusividad de su cuarto uno puede optar por el uso
coyuntural de la pantalla sin necesidad de duplicarla para nada. Eso nos ayuda a descubrir
que son, sobre todo, los individuos y no los grupos los destinatarios primeros de las
nuevas tecnologías. El teléfono móvil, el ordenador personal, la fragmentación
temática de los canales de televisión, el video, los auriculares de alta fidelidad, los
walkman, son todos ellos inventos dedicados al individuo. Aumentan las facultades de
elección personal frente a la antigua necesidad de compartir las actividades de ese
género.
(...)
Nuestro trabajo, nuestro ocio, nuestra creatividad estarán orientados hacia la
exhibición, hacia el espectáculo, tal y como ya lo están la religión y la política.
Los ritos sociales, las formalidades, la liturgia necesaria en cualquier relación entre
la gente cambiarán con arreglo a ese parámetro. También nuestro propio comportamiento
individual, nuestra manera de acercarnos a la tramoya.
La aparición del mando a distancia provocó una nueva forma de relacionarse con la
televisión conocida universalmente como zapping. Era el fin de la actitud pasiva ante la
pantalla, el comienzo de una cierta apariencia de interactividad.
No podíamos entablar un diálogo con los responsables de la emisión de los programas,
pero se nos permitía escoger entre la variedad de todos los que se nos ofrecían. Este es
un buen ejemplo, pienso, de la angustia que puede generarse si ponemos a prueba
innecesariamente la capacidad de elección de las personas.
El zapping que constituye un serio problema para las agencias de publicidad - pues es en
los espacios de anuncios cuando más se practica - , se ha convertido también en una
enfermedad que puede precisar tratamiento psicológico, cuando no psiquiátrico.
Según parece, ataca más a los varones que a las mujeres, fragmenta la percepción de la
realidad y destruye cualquier método conocido de aprendizaje. Pero, con todos sus males,
nadie está dispuesto a prescindir del mando a distancia ni a dejar de practicar ese
ejercicio que nos permite vivir la ilusión de contemplar simultáneamente las diversas
facetas - los canales - de una realidad única y un único mensaje: el que procede de la
televisión. El problema es que hay que tener la mirada de un Picasso para que de esa
descomposición cubista de las cosas se derive algo mínimamente coherente.
El zapping es un ejemplo incipiente de la relación cada día más acusadamente personal
que mantienen los usuarios con los medios de comunicación.
El profesor Martín Serrano (Las transformaciones sociales vinculadas a la era
audiovisual, Madrid, Universidad Complutense, Fac. de Ciencias de la Información, 1996),
asegura que crece continuamente el número de individuos que consideran que los medios
"les hacen compañía". "Estamos sólo en el inicio de una tendencia que
parece orientarse hacia el procesamiento y consumo de información en condiciones de
aislamiento físico y emocional", señala.
El éxito de algunos programas de radio nocturnos que, mediante el empleo de un tono
confidencial e intimista, logran mantener la atención de millones de oyentes a altas
horas de la madrugada, es un ejemplo de cómo los medios pueden llevar a cabo una función
sustitutiva de las relaciones de cariño. Las reglas al uso sufren, de paso, una
auténtica convulsión: cuando tanto se lucha por proteger la vida privada de las
personas, la intimidad de la gente se convierte en la estrella polar de estos espacios.
Sus secretos más recónditos, sobre el sexo, la droga o las relaciones familiares salen a
relucir con una espontaneidad y un dramatismo dignos de mejor causa.
El establecimiento de lazos particulares entre el individuo y la pantalla no tiene
únicamente una explicación de ese género, sino otra resueltamente técnica.
Contrariamente a lo que sucede con la proyección clásica de una película, en la que la
luz se origina a espaldas del espectador, la pantalla de una computadora o de un televisor
emite unos rayos luminosos que inciden directamente sobre la retina de quien la contempla.
Eso produce un verdadero efecto hipnótico. El cibernauta de nuestros días no es sólo un
navegante, es además un navegante solitario, aún si él mismo no es consciente de su
condición. Su capacidad de relacionarse con los otros, en ese universo global por el que
deambula, le conduce a un ensimismamiento, a un encerramiento en sí mismo frente a su
entorno más cercano.
(...)
Los filósofos se podrían extender sobre la consideración platónica de ese mundo de
sombras y luces que las computadoras hacen reinar entre nosotros, pero los psicólogos ya
saben que nos encontramos en un ambiente en ocasiones parecido a la drogadependencia. La
pantalla crea adicción.
(...)
Encerrado en la oscuridad de su pequeño gueto doméstico, un cibernauta avezado puede
durante horas envolverse en la ilusión de que su núcleo de amigos, sus preferencias, sus
manías, sus amores y hasta sus odios viven encapsulados en esa especie de nueva bola de
cristal a la que puede castigar mudándose de "sitio" o simplemente apagándola,
cuando le responde algo inconveniente o que no le gusta. ¿Puede?
Numerosas encuestas indican que no siempre es así, y que su actitud equivale a la del
heroinómano que asegura ser capaz de desengancharse cuando desee. El problema es que
nunca quiere.
La adicción de unos crea, por lo demás, la soledad de los otros. En la red es frecuente
encontrar avisos de grupos que se preocupan por amparar a los familiares de estos
drogadictos del ciberespacio que, según algunas encuestas, llegarían a constituir hasta
el 10 por ciento de los usuarios. Incluso existe una especie de club de ciberviudas,
mujeres prácticamente abandonadas por sus maridos, obsesionados como están con sus
juegos de ordenador, y que ni siquiera pueden hablar por teléfono pues la línea,
conectada a la red, se encuentra constantemente ocupada.
Los científicos se resisten a catalogar a la ciberdependencia entre las patologías
clínicas, como hicieron en su día con el alcoholismo, pero son ya muchos los centros de
salud mental que prestan atención a desviaciones del comportamiento típicas y exclusivas
de los internautas. El día en que la red se conecte a las pantallas de los televisores
domésticos, la amenaza crecerá, pues serán muchos más los individuos expuestos a su
influjo.
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