Comienza el espectáculo
Sin el reinado de la imagen, la sociedad de la información no se parecería nada a lo que
es hoy en día. La televisión multiplicará en adelante sus atractivos gracias a los
sistemas digitales de compresión y a los satélites de difusión directa. Un ciudadano
normal, de cualquier país medianamente desarrollado, se acostumbrará, en muy pocos
años, a recibir cientos de diferentes canales de televisión en su casa. Estarán en
todas las lenguas, provendrán de no importa qué países, unos serán gratuitos, otros de
pago, cuáles monotemáticos, cuáles generalistas; los podremos mirar cómodamente
sentados ante nuestro televisor, o desviarlos a la pantalla de nuestra computadora
personal; existirá un diálogo interactivo entre el consumidor y el programador;
elegiremos las películas que queremos ver, a qué hora las queremos ver y en qué idioma
las queremos oír; o reservaremos las entradas para el partido de mañana - si es que no
vamos a quedarnos en casa a contemplarlo en la tele, mediante pago por consumo -, o para
el concierto del domingo; o nos compraremos un abrigo, que podremos probarnos en la
realidad virtual de nuestro televisor, o un coche, cuya factura recibiremos de inmediato
en la impresora rápida conectada a nuestros terminales de multimedia. El empleado de
turno nos traerá a domicilio el resultado de nuestra compra. Saltaremos, en la red pero
sin red, de un programa de entretenimiento a otro de divulgación científica, de un
servicio de noticias a una película de porno duro. A veces tendremos dificultad en
discernir si lo que reproduce la pantalla es una transmisión de la realidad o una
figuración, una realidad virtual. Ambas se ayudarán entre ellas, se mezclarán, se
sustituirán, en ese caleidoscopio constantemente agitado de nuestro televisor.
Los servicios de televisión digital, todavía incipientes en la mayoría de los países,
incorporarán en muy poco tiempo la conexión a Internet, destronando el imperio de la
computadora personal sobre las redes. Según hemos explicado, el ordenador y el televisor
experimentan un proceso de convergencia en sus aplicaciones. En unos años, serán de
hecho un mismo aparato, con diversas funciones de acuerdo con la capacidad de memoria,
definición de imagen y demás prestaciones que ofrezcan. A través de las terminales de
televisión digital, sus abonados ya reciben cientos de canales de audio, con
programación de calidad estereofónica, compatible con los equipos de alta fidelidad. Se
investiga sobre la posibilidad de que los decodificadores puedan ser empleados también
como lectores de discos ópticos, para la reproducción de películas o música.
Lo característico de esta convergencia de los terminales es que se produce,
fundamentalmente, empujada por la avidez de consumo cultural y de espectáculo. Son el
cine de Hollywood y las retransmisiones deportivas en directo las producciones que recaban
mayor atención y entusiasmo por parte de los consumidores. La implantación acelerada de
las nuevas tecnologías como elementos de consumo masivo en la programación dependen más
de Kim Basinger y Harrison Ford, o de los futbolistas y clubes famosos, que de los planes
de desarrollo y presupuestos de los países.
La influencia de la televisión en los procesos políticos y sociales viene convirtiendo,
desde hace tiempo, las relaciones humanas en un verdadero espectáculo. Los contenidos
teatrales y faranduleros de cada expresión del comportamiento humano en esta sociedad del
homo videns son, evidentemente, muy notables. La guerra, la muerte, la religión, el
deporte, la moda... nada se escapa a esa condición que convierte toda nuestra existencia
en una especie de representación de emociones. El predominio del cine como espectáculo
de masas - aunque de masas fraccionadas, fragmentadas, diseminadas por sus domicilios a
través de todo el mundo - contribuye más que ninguna otra cosa a esa homogeneización
cultural de la que antes hablábamos.
El diálogo entre culturas se ve con frecuencia arrasado por el imperativo de la acción
multicolor que nos llega desde los estudios cinematográficos de California.
La digitalización de las señales televisivas, con el consiguiente abaratamiento de los
costos de distribución, multiplicará el número de canales, ayudando a segmentar la
audiencia e impulsando la televisión de pago. Ésta se encuentra muy extendida en Estados
Unidos, debido al considerable crecimiento del cable, pero mucho menos en los países
avanzados de la Unión Europea. Alrededor del 56 por ciento de los hogares norteamericanos
están conectados a alguna televisión de pago, mientras que solo el 12 por ciento de los
europeos se encuentra en parecida situación, de acuerdo con un estudio del banco de
inversiones J. P. Morgan. (The european pay-tv industry. The full monty. J. P. Morgan
Securities, Londres, enero 1998).
Es fácil predecir que, tanto en ellos como en las naciones en vías de desarrollo, se
multiplicarán los sistemas de televisión codificada, lo que ayudará a provocar una
transformación nada despreciable en el sector audiovisual. Una de las consecuencias
previsibles es la alteración del tiempo y el dinero que los ciudadanos emplean en
entretenerse. Sustituir las salidas a lugares de esparcimiento por diversiones domésticas
- películas o juegos a través de la televisión digital - no resultará necesariamente
tan barato como hasta ahora. De todas formas, se calcula que solamente un 10 o un 12 por
ciento del volumen del negocio de las infopistas provendrá de la televisión de pago. La
transmisión de datos, y sobre todo, los intercambios y diálogos entre las personas,
serán mucho más rentables. Sin embargo, la televisión es la locomotora, el motor de
enganche de muchas familias a las nuevas tecnologías. De ahí la importancia fundamental
que tiene para el desarrollo de éstas y la lucha encarnizada por los contenidos que
protagonizan los diversos operadores.
En lo que se refiere al cine, la presión norteamericana es total. Incluso en países como
Francia, donde la industria local está enormemente protegida, más del 70 por ciento de
la taquilla lo hacen los filmes estadounidenses. En España, esa cuota sobrepasa el 90 por
ciento. A través de la pantalla - la gigante y la pequña - Estados Unidos viene
exportando desde hace décadas su manera de ver la vida, su reducción de los conflictos a
un enfrentamiento entre buenos y malos - en la mejor de las tradiciones dramáticas - y su
tributo particular al Olimpo. Series de televisión como Dallas o Falcon Crest valieron
para esculpir en las conciencias de la nueva sociedad planetaria los mitos para cuya
representación los griegos tenían que echar mano de los dioses.
Los intelectuales europeos se quejan, por ello, de la pérdida de identidad cultural ante
la invasión del celuloide norteamericano que, por lo demás, está basado muchas veces en
historias de honda tradición europea, y se nutre de actores, directores y guionistas
oriundos del viejo continente ( a comenzar por Charles Chaplin).
En mi opinión, ésta es una batalla perdida, como se perdió en la música actual ante el
avance imparable del rock and roll. La diferencia esencial es que, en este caso, no había
una industria propia que proteger, o por lo menos no era tan poderosa en términos
políticos y culturales. Las preguntas sobre el futuro de las identidades locales tienen
serio fundamento: ¿nos estamos alienando, alterando, en el sentido etimológico de la
palabra, el de ser otro? La resistencia a la invasión por parte de los más celosos de
sus tradiciones es a veces heroica pero, a mi juicio, la única postura correcta a estas
alturas es la del colaboracionismo. Debemos reconocer que si Estados Unidos ha triunfado
en el cine es que, por regla general, lo hace mejor que el resto del mundo. Sólo así
podremos aspirar a que se establezca un diálogo, una combinación de lo global con lo
local, algo que algunos llaman jocosamente la glocalización, que permita la pervivencia
de valores autóctonos frente a la tendencia al igualitarismo feroz que estamos viviendo.
Nuestras costumbres, nuestras lecturas, nuestras comidas, nuestros principios y nuestros
valores están siendo mundializados gracias al cine y a su difusión por la televisión.
El fenómeno va en aumento. La implantación de los servicios digitales está provocando
una crisis en la producción de contenidos y en la capacidad de oferta para la
extraordinaria demanda que el sistema supone. La potencia económica y creativa de
Hollywood no encontrará competidores posibles para los proyectos que en ella anidan. Hoy
en día son ya más de una docena los filmes que anualmente se producen en las factorías
de los grandes estudios con presupuestos superiores a los cien millones de dólares. La
necesidad de recuperar tan ingentes inversiones no hace sino empujar al mercado en una
sola dirección. El proceso entero es un pez que se muerde la cola.
Gracias al impulso del cine, la sociedad de la información se viene convirtiendo,
paulatinamente, en la sociedad del ocio y del entretenimiento. Los creadores de video
juegos no hacen sino reconstruir en la realidad virtual historias ya imaginadas desde que
se inventó el celuloide. Los fabricantes de películas han descubierto que, demasiadas
veces, su verdadero negocio no está tanto en la explotación de las mismas como en la de
los productos anexos que su éxito les permite comercializar: lo que se llama el
merchandising.
(...)
La mayor disposición de tiempo de muchos ciudadanos, debido ala reducción de horas de
trabajo y a la prolongación de la esperanza de vida, hace que la industria del
entretenimiento se sitúe en las primeras filas de los sectores más rentable. Su
vinculación a las nuevas tecnologías, al entramado de los medios de comunicación y a
las redes informáticas provoca una concentración formidable de inteligencia, talento y
trivialidad.
De igual manera, el atractivo que para las masas constituyen los deportes televisados en
directo ha hecho subir de valor los derechos de imagen de los Juegos Olímpicos o de los
equipos de fútbol.
Inmensas cantidades de dinero, provenientes de la televisión, se vuelcan sobre el deporte
profesional, no siempre en manos de personajes con la solvencia moral y material que
merecería la importancia de su rol en la nueva sociedad. Los deportistas son los héroes
de nuestro tiempo, se muestran como verdaderos catalizadores del imaginario colectivo y
como líderes sociales a imitar.
Algunos creían que la llegada de los medios electrónicos iba a vaciar los estadios y las
salas de conciertos, ante la facilidad de poder seguir los acontecimientos desde el propio
domicilio. Sucedió exactamente lo contrario. Lenin contemplaba el periódico como el
"primer agitador de masas", pero quizá se levante de su tumba al comprobar la
catalización que de éstas hacen los medios electrónicos. Ellos han sido capaces de
dotar a nuestras vidas de un sentido del espectáculo antes inimaginable. La gente se
moviliza gracias a los mass media por los más variados motivos, en la defensa de valores
no siempre inteligibles. Nadie hubiera podido suponer, antes de ahora, que los ingleses se
lanzaran a la calle como lo hicieron con motivo del entierro de Lady Di, movidos por un
sentimiento de admiración hacia una leyenda tan inconsistente, y de rechazo a un símbolo
tradicional como la real familia británica. Algo parecido puede decirse de otros
acontecimientos, y singularmente de los conciertos y espectáculos en vivo que son capaces
de reunir físicamente cientos de miles de personas, al tiempo que otros cientos de
millones asisten al evento a través de la televisión. La comunión extraña entre
quienes se quedan en casa y quienes se encuentran físicamente presentes es casi absoluta.
Las ceremonias religiosas, los actos políticos o judiciales, pierden su contenido y
significación primigenios a favor de la liturgia del ocio que la televisión simboliza.
El star system lo ha invadido todo: los periódicos, las radios, las televisiones, las
redes informáticas. Los políticos no pierden o ganan las elecciones tanto en función de
los programas que ofrecen, como de las cualidades que exhiben como comunicadores. Los
hombres de negocios se devanan los sesos pensando cuáles serán las aplicaciones que
merezcan la atención de los consumidores a la hora de decidir su incorporación al
sistema de las infopistas. Normalmente dudan entre la pornografía y el deporte, o un
poquito de ambas cosas, mezclado con la acción violenta de unas cuantas películas.
Desde esas premisas, la educación también va a verse sacudida. El aula sin muros es, hoy
más que nunca, una realidad abrumadora e imparable. Los profesores, los padres de
familia, los líderes sociales, deben ir acostumbrándose a esta perversión que trata de
convertir el conocimiento en show. Un literato español del Siglo de Oro, Tirso de Molina,
pretendía instruir deleitando con sus obras de teatro. Nuestro desafío es aún mayor:
tenemos que deleitar instruyendo. El perfil lúdico del ciberespacio, su aspecto de
novedoso mundo de farándula electrónica, debe ser aprovechado como un elemento positivo
para atraer a la gente a centros de interés permanente: aquellos que les devuelvan al
mundo criterios útiles, cartas e instrumentos que les permitan navegar, con riesgos pero
con esperanzas, por los mares de la cibercultura.
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