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Enrique Tarigo: el No obligó a los militares a rearmar todo el esquema
"Se le pedía al pueblo que consintiera todas las arbitrariedades cumplidas por la dictadura durante 12 años. Estuvimos sometidos a eso, y más o menos todos lo sufrimos; pero que lo aprobáramos en un plebiscito parecía absurdo"
EN PERSPECTIVA
Jueves 30.11.00, hora 07.40
EMILIANO COTELO:
Para el doctor Enrique Tarigo, el año 1980 implicó un cambio fundamental en su vida. Hasta entonces había tenido escasa actividad política. Pero en aquellos días previos al plebiscito se convirtió repentinamente en una de las figuras más conocidas de la oposición a la reforma constitucional y a la dictadura.
Fue orador en algunos de los actos públicos que llegaron a organizarse, fundó y dirigió el semanario Opinar, que vio la luz a comienzos de noviembre y asumió un papel protagónico en la prédica por el No, y, por si ello fuera poco, le tocó ser uno de los actores de aquel ya mítico debate organizado por Canal 4 a mediados de noviembre, donde, junto a Eduardo Pons Etcheverry, se enfrentó al coronel y abogado Néstor Bolentini y al consejero de Estado y también abogado Enrique Viana Reyes.
La huella que dejaron aquellas acciones de Tarigo fue tan fuerte que, con el correr de los años, llegaría a ser una de las principales figuras del Partido Colorado, liderando el sector Libertad y Cambio, para finalizar como vicepresidente de la República en el primer gobierno democrático encabezado por Julio María Sanguinetti.
En este día tan especial, entonces, nos acompaña en estudios de El Espectador. ¿Qué relación había tenido con la política hasta noviembre del 80?
ENRIQUE TARIGO:
Muy poca, realmente. Yo era un abogado que trabajaba activamente en mi profesión, de la cual vivía, y estaba además haciendo mi carrera universitaria: era profesor agregado en la Facultad de Derecho. Estaba muy dedicado a esas dos cosas. El golpe de Estado del 73 me sacó de eso, a propósito de un problema universitario. Es una larga historia que no creo que valga la pena contar porque no es el tema de hoy...
EC - Pero ¿en dos palabras?
ET - En dos palabras, me designaron para un cargo que no me correspondía, para sacárselo a otro profesor, que era comunista. Entonces yo no acepté el cargo, renuncié a la Facultad, presenté al Consejo de la Facultad una carta que tuvo cierta trascendencia. Esa carta se publicó en el diario El Día por pedido del doctor (Leonardo) Guzmán: yo había ido al Colegio de Abogados a explicar un poco la situación de la Facultad, leí esa carta, o la mostré, y Guzmán, que era director de El Día, me pidió para publicarla. Hubo un gran revuelo, y a partir de allí se generó todo un movimiento dentro de la Facultad, a la cual renunciaron la enorme mayoría de los profesores; al final destituyeron al decano interventor, lo sustituyeron por otro... En fin: eso produjo toda una cosa. Y como consecuencia de eso, la dirección de El Día me dijo "Pero usted escribe muy bien. ¿No quiere escribir?".
EC - ¿De qué año estamos hablando?
ET - Del 74; a un año del golpe de Estado. Allí empecé a hacer periodismo en El Día. Periodismo político, que era la única manera de hacer política en aquel tiempo en que la política en sí misma estaba prohibida. De modo que a partir del 74 tuve una larga actividad en ese sentido.
EC - Escribió también en la revista uruguaya Noticias (no la argentina de igual nombre que ahora todos identificamos).
ET - La revista uruguaya que dirigía (Danilo) Arbilla. Era propiedad de un italiano, Paolo Savorniani, de tipo comercial, pero que desde el punto de vista periodístico estaba muy bien hecha: Arbilla se estrenaba como el buen periodista que ya era y sería después. Yo tenía una columna, una vez por semana, y cuando salieron las bases de la reforma constitucional, en mayo del 80, empecé a escribir una nota semanal sobre cada una de esas pautas. Pero se me venía encima el tiempo y no me alcanzaba el plazo, así que pedí para escribir dos notas por semana en el último período; me dijeron que sí, y empecé a publicar dos notas, una frente a la otra, sobre dos temas distintos relacionados con la reforma.
Hasta que al dueño de la revista le empezaron a surgir temores, que no le surgieron espontáneamente sino por la presión de la famosa Dirección Nacional de Relaciones Públicas, Dinarp. Entonces un día no publicaron una nota mía, yo dije que si no la publicaban no escribía más y me fui. Arbilla trató de mediar, no le hicieron caso, y también renunció. Renunció Hierro, que era uno de los periodistas de la revista, Fatorusso... en fin: mucha gente. Y quienes nos habíamos ido de allí nos quedamos con la idea de que teníamos que hacer algo, y ahí surgió la idea de Opinar, que fundamos Hierro, yo, Guntin, un montón de gente más.
EC - Un semanario que tuvo sus dificultades para salir a la calle.
ET - Sí, sí. La primera edición fue prohibida por la Policía. Se imprimía en los talleres de El País y no sé: a la una de la mañana, cuando habían tirado 1.000 o 2.000 ejemplares, cayeron dos policías de la seccional con la orden del jefe de Policía, se incautaron la edición, la guardaron bajo llave (pudimos sacar algunos, naturalmente, para la historia)...
EC - Estamos hablando de fines de octubre.
ET - Estamos hablando del 30 de octubre. Y a la semana siguiente, después de una serie de gestiones y cosas, pudimos salir. En buena medida (en otra no) el número 1 era una repetición del número anterior.
EC - ¿Cuál era la idea de Opinar?
ET - Era luchar contra ese proyecto de Constitución.
EC - Básicamente apuntaban al plebiscito. ¿No se proponían el proyecto de largo plazo que de hecho terminó siendo Opinar?
ET - Nos proponíamos un largo plazo porque teníamos todos una muy profunda vocación periodística, pero la tarea inmediata era esa. Veníamos barajando el tema hacía tiempo, pero no había un plazo fijo. Cuando se estableció la fecha del 30 de noviembre para el plebiscito, dijimos "Tiene que ser ahora; si no ¿cuándo vamos a salir?".
EC - Ese fue el desencadenante.
ET - Fue el impulso final.
Para la gente que no vivió aquella época, para poderla sintetizar en dos frases, yo diría esto: yo había hecho un análisis pormenorizado de la Constitución, tenía mil cosas horrorosas, pero por encima de todo nos negábamos a esa pretensión de constitucionalizar un régimen militar. Porque el país y todos los países habían conocido dictaduras militares (el coronel Lorenzo Latorre, el general Máximo Santos...) pero a ninguno se le había ocurrido meter a la dictadura militar en el marco de una Constitución y decir "Esto es así de ahora y para siempre, pase lo que pase, hasta que se pueda reformar esta Constitución"; y además el proyecto tenía una serie de retrancas para poderla reformar.
Era una idea absurda. Además, en las disposiciones transitorias de aquella Constitución se convalidaba o se ratificaba los llamados "Actos Institucionales", todos los actos de gobierno y administración. Es decir que se le pedía al pueblo que consintiera todas las arbitrariedades cumplidas por la dictadura durante 12 años. Una cosa absurda, que ningún ciudadano libre... Estuvimos sometidos a eso, y más o menos todos lo sufrimos; pero que lo aprobáramos en un plebiscito parecía absurdo.
EC - Esa aclaración es muy oportuna, porque yo iba a preguntarle si en aquellas condiciones era relevante argumentar contra las disposiciones incluidas en la reforma, o la cuestión se limitaba simplemente a votar No a la dictadura.
ET - Creo que eran las dos cosas. Naturalmente había un rechazo a la dictadura y contra el procedimiento de la reforma. Una Constitución hecha por los consejeros de Estado que eran designados a dedo, por los altos oficiales generales, por el presidente designado a dedo, por los ministros designados a dedo... Aquello era ridículo: que a aquello se le llamara "Asamblea Constituyente" era una cosa absurda; el mundo del revés. El poder constituyente radica esencialmente en la Nación, en toda la Nación: ni siquiera en el Poder Legislativo. Cuando hay una reforma de la Constitución, lo bueno es que haya una Asamblea Constituyente elegida especialmente para eso.
Pero, aparte de eso, había que demostrar que la Constitución era mala en sí misma. El argumento militar era "Dejemos la forma de lado, esta es una Constitución democrática y con un contenido moral", como usted recordó que había dicho Aparicio Méndez y yo no me acordaba. Ni era democrática ni tenía contenido moral. Entonces, había que desmenuzar las dos cosas: el procedimiento era espantoso, no podíamos convalidar los actos arbitrarios de la dictadura, y el contenido también era espantoso.
EC - Un apunte adicional a propósito de Opinar. En aquel semanario no sólo escribían colorados.
ET - No: deliberadamente tratamos de abrir el espectro, porque era un semanario colorado en la medida en que la mayoría lo éramos, pero queríamos que tuviéramos un claro sentido opositor. Allí escribieron Juan Martín Posadas, Danilo Astori, el propio Lacalle publicó algunos artículos... Le habíamos ofrecido al doctor Gonzalo Aguirre, aunque él no aceptó por otras razones, pero tratamos de hacer una cosa lo más plural posible.
EC - Pasemos ahora al histórico debate televisivo del 14 de noviembre del 80, que tuvo lugar en Canal 4, y donde usted representó al No junto al doctor Pons Etcheverry, mientras por el Sí participaron el coronel Bolentini y el doctor Viana Reyes. ¿Qué recuerdos tiene?
ET - Muchas cosas; muchas que he contado en estos días pero que me parece que siempre es bueno volver a contar. Por ejemplo, la falta total de sincronización del doctor Pons Etcheverry y yo.
EC - ¿Es cierto que usted ni siquiera sabía que Pons Etcheverry iba a ser su compañero en el programa?
ET - Sabía que iba a ser Pons Etcheverry, pero era lo único que sabía. Porque inicialmente el Partido Nacional había designado al doctor Fernando Oliú, pero después no sé bien si Oliú fue vetado o si el Partido Nacional cambió de criterio (tuve en aquella época la idea de que el Partido Nacional lo había sustituido; leí hace poco un artículo del doctor Aguirre diciendo que Oliú había sido vetado)... Lo cierto es que la noche antes alguien me avisó que no sería Oliú con quien debía planear la estrategia, él me llamó para decirme que no sería el delegado sino Pons Etcheverry. Y Pons Etcheverry llegó exactamente una hora tarde...
EC - Contó que se había dormido porque había tenido una "garufa" la noche anterior.
ET - Dijo "Yo no soy muy madrugador, pero además anoche tuve una 'garufa', así que discúlpenme", se sentó, y empezamos el debate sin hablar previamente. Pero nos entendimos con la mirada, simplemente. Visto después (estas cosas siempre se ven mejor después que pasan), salió muy bien...
EC - ¿Cómo se sintió usted, teniendo en cuenta que hacía por lo menos siete años que no existía ese tipo de programas en televisión? Le tocaba nada menos que participar de ese resurgimiento... momentáneo.
ET - No sé si lo pensé demasiado, pero lo que decidí fue que ahí había que hablar a calzón quitado, con total franqueza. Cuando uno escribía, en aquella época, trataba de insinuar algunas cosas pero no las decía con toda crudeza... a veces sí, a veces no: vivíamos el sistema de la autocensura y cada uno se medía. Pero al hablar esas cortapisas se eliminan, de manera que aquella sería una discusión hecha con entera libertad, y así hablamos.
Yo decía que con Pons Etcheverry hicimos un excelente tándem, porque yo me centré en la Constitución, en sus defectos, en el procedimiento... Y Pons Etcheverry, que era un hombre muy inteligente, muy talentoso, pero que no estaba metido en la "letra chica", digamos, utilizó la ironía, se rió de los militares. Con mucha educación y mucha fineza, pero se rió claramente. Y produjo una gran impresión en mucha gente. Creo ver a Pons Etcheverry que fue muy importante para gente de edad, gente conservadora. En un momento dijo: "Yo no soy ni tupamaro ni comunista; soy blanco, más bien a la derecha, pero esto sí que no se puede tolerar...", algo de ese tipo. Creo que fue muy convincente para un sector que no estaba del todo decidido y al que él decidió a votar por No.
EC - Además de aquel programa de Canal 4, ¿qué espacios se les abrieron en los medios de comunicación para dar a conocer los argumentos por el No? Pienso en radios, diarios, otros canales...
ET - Hubo alguna cosa, pero poca: comparada con la propaganda por el Sí, estaba en una proporción de uno a 100 o cosa por el estilo. Pero hubo, porque un periodista radial, que creo que era de El Espectador, le preguntó al ministro del Interior, general Núñez "¿Se va a poder hacer propaganda por el No?". El ministro dudó..., dudó medio minuto, y dijo "Sí... Si no se pudiera hacer propaganda por el No esto sería una farsa, y nosotros no queremos que sea una farsa". A partir de allí nos autorizaron (porque para todo había que pedir permiso) a realizar actos públicos. No podían ser en la calle sino en locales cerrados, y entonces viajamos al interior. Fue muy lindo, porque viajamos juntos blancos y colorados. Hicimos muchos actos en que hablamos juntos. Yo, por ejemplo, hablé con Aguirre, con Zumarán y otros; a veces en galpones... Recorrimos buena parte del país difundiendo esta cosa y explicando nuestras razones.
EC - ¿Qué relación había con la izquierda?
ET - La izquierda estaba proscrita, y estaban proscritos todos sus integrantes, de manera que no era posible. Pero teníamos muy buena relación también.
EC - Pero ¿hubo algún grado de coordinación en esa campaña?
ET - No: es que yo le diría que esa campaña no tuvo coordinación. Fue hecha a impulsos puramente individuales: alguien que llamaba y decía "Che, mirá que tengo a tal gente en tal departamento, quiero organizar tal cosa. ¿Vamos?", agarrábamos el auto de uno o de otro y nos íbamos manejando hasta allá y volvíamos. Una cosa puramente privada; nos pagábamos el hotel, dormíamos dos en una misma pieza para hacerlo más barato... ese tipo de cosas puramente privadas y espontáneas.
EC - Usted decía que sí hubo un trabajo conjunto con dirigentes del Partido Nacional. Pero a su vez los dos partidos estaban divididos en torno al plebiscito.
ET - Sí, pero yo diría que la parte mayoritaria de los dos partidos estaba por el No, muy claramente. En el Partido Colorado, todo el batllismo -que era el sector mayoritario- estaba por el No, y había parte del pachequismo (no diría siquiera que fuera todo, pero buena parte) que estaba por el Sí.
EC - Pese a que ustedes desarrollaron gestiones ante Jorge Pacheco Areco, entonces embajador en Estados Unidos, finalmente Pacheco se pronunció por el Sí.
ET - Sí: frente a Pacheco realizaron gestiones Dios y María Santísima, ¿no? Pero, en fin: los que triunfaron no fueron Dios ni María Santísima sino los del Sí, y mandó aquel mensaje tan... tan equivocado, en definitiva. Yo no descarto que había gente de buena fe (y además gente que no era de buena fe, desde luego) que creía que el Sí era una manera de salir, y decían "Si votamos No, no tenemos nada y seguimos en el gobierno de facto. Si votamos el Sí tendremos una Constitución que será mejor, peor, pero podremos reformarla". Y nosotros les explicábamos "No, mire: es peor porque constitucionaliza lo que ya está, y además es muy difícil reformarla después, de manera que aquí tenemos una punta de años por delante. Con el No creamos una situación de impasse de la que habrá que salir".
EC - ¿Con qué estado de ánimo llegó al 30 de noviembre? ¿Veía posible un triunfo del No?
ET - Lo veíamos posible pero más como una aspiración, como un sueño, que como una realidad. Me acuerdo que en aquella época nos relacionábamos bastante con embajadores de países democráticos (Francia, España, Italia...) que se interesaban por nuestras cosas y que tenían una relación bastante estrecha con la gente de la oposición en general, y que muchas veces sirvieron para mediar y para obtener que algunas cosas no fueran peores de lo que ya eran. Y un embajador preguntó a Jorge Batlle y a mí, que habíamos ido juntos "Pero el Sí ¿no ganará por mucho, no? Porque si gana por mucho ustedes hacen un papelón...". "No, no: ¿cómo vamos a perder por mucho? Vamos a ganar o a estar ahí, en fin". Y cuando salimos decíamos "¿Ganaremos, no ganaremos?". La preocupación de aquel embajador amigo era que la derrota no fuera catastrófica.
EC - ¿Cómo esperó el resultado la noche del domingo?
ET - Lo esperé en casa, con un montón de gente; de Opinar, del partido, qué sé yo. Y lo recibimos con la alegría fenomenal de aquel triunfo...
EC - Sin festejos.
ET - No se pudo festejar, porque no nos animábamos a tanto.
EC - Tampoco había una prohibición expresa.
ET - No había nada, pero nadie.... Vivíamos en un sistema de temor, de cosas. En aquellos, creo que por el 76, hice un viaje a Israel; aproveché y me di una vueltita por París y por Roma, naturalmente. En París, en ese famoso hotelito al que iban todos los uruguayos, una noche me desperté asustado a las tres de la mañana, algo así. ¿Qué era? Había una cantarola en la calle de unos cuantos que se habían tomado unas copas de más y que cantaban lo que fuera. Y a mí me conmovió, porque hacía años que no había una cantarola de ningún tipo a las tres de la mañana, ni siquiera de algunos borrachitos. No, no: en Uruguay los borrachitos o no cantaban o no tomaban, pero esas manifestaciones no se daban; era un régimen cerrado, oprobioso; todo era en silencio... Y eso pesó en el ánimo de la gente. Al otro día lo llamamos "el día de las sonrisas", porque el lunes los ciudadanos circulábamos por la calle, no nos conocíamos pero nos mirábamos y nos sonreíamos.
EC - Usted se encontró casualmente con Pons Etcheverry.
ET - No sé si fue al día siguiente o el día después, en la esquina de Rincón e Ituzaingó. Nos vimos venir, uno de cada lado, empezamos a abrir los brazos, nos dimos un abrazo, y la gente que estaba en esa esquina (hay un banco, es una parada de ómnibus, hay mucha circulación), la gente nos empezó a rodear y a aplaudir, ¿no?... (se ríe). Pero en silencio, sin muchas expresiones; nos empezó a aplaudir.
EC - Pequeño festejo público.
ET - Pequeño festejo público.
EC - ¿Cómo evalúa, 20 años después, el impacto político de aquel triunfo del no; las consecuencias que tuvo sobre la transición?
ET - Creo que fue muy importante, porque los hechos son contundentes; mucho más que las palabras. Esa contundencia del 57 o 58% de la población que le dice que No al poder militar obligó a los militares a rearmar todo el esquema. Y, de una Constitución que (repito) militarizaba el futuro del país, salimos a la vuelta de la Constitución del 67, con algunas normas programáticas que regirían durante un año, que después se vería (naturalmente dejamos morir ese año, esas normas quedaron sin efecto y volvió a imperar la Constitución del 67). Volvimos al régimen democrático, al régimen tradicional del país. Creo que eso fue muy importante; el plebiscito fue decisivo.
Los meses siguientes fueron difíciles, porque los militares, que seguramente quedaron muy sorprendidos, usaron el silencio como una especie de arma. Mucha gente nos veía y nos preguntaba "¿Y qué consiguieron ustedes? Ahora estamos en el inmovilismo total, no pasa nada..." Pero después tuvo que pasar: entre otras cosas, la elección interna de los partidos fue consecuencia del plebiscito, porque nos llamaron a conversar. Fuimos nosotros y uno dijo "¿Y ustedes a quienes representan?" (a aquella Comisión de los Seis del Partido Colorado, la de los blancos). "Mire: nosotros no representamos a nadie. A cada uno de nosotros nos designó un líder o una agrupación de nuestro partido, pero representación, no. Hagamos unas elecciones". Claro, nosotros queríamos las elecciones nacionales, ¿no? Y en el tira y afloja llegamos a la convocatoria a unas elecciones internas que también se hicieron un noviembre, el 28 de noviembre del 82. Y allí, dentro de los dos partidos, volvieron a triunfar amplísimamente las mayorías opositoras. Allí se terminaron de convencer de que había que encontrar un camino de salida.
EC - Le agradezco sus recuerdos y la información que ha volcado, porque seguramente en la audiencia hay muchos jóvenes que no vivieron aquel momento.
ET - Es cierto. A mí me da un poco de pena cuando los jóvenes dicen "Yo de eso no sé nada". Habría que hacer alguna cosa. Yo publiqué un librito, muy mal repartido (no lo edité yo sino mi agrupación, Libertad y Cambio, como propaganda política antes de las elecciones internas del 82), que se llama "Artículos y discursos por el No". Hace 20 años que no lo veía, incluso no tenía ninguno en casa. Había algunos en el estudio, y el otro día le pedí a uno de mis hijos que fuera al estudio y me trajera uno. Me puse a leerlo y me resultó interesantísimo. Parece un poco de pendantería de una cosa escrita por uno mismo, pero sirve como fuente de información, para refrescar cosas que yo tenía olvidadas o no tenía presentes; porque, aunque Gardel dijera lo contrario, no es cierto que "20 años no es nada": 20 años es mucho, y uno se olvida. Allí están recogidas todas mis notas en la revista Noticias, mis notas dominicales en El Telégrafo de Paysandú, dos conferencias que di ante la Juventud Colorada, y mis discursos en el cine Cordón, el 30 de octubre, y en el cine Arizona el veintitantos de noviembre. De manera que allí hay una muy amplia información que sería muy útil que los jóvenes pudieran conocer.
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Transcripción y edición: Jorge García Ramón
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