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Presidente Batlle:
“Uruguayos, a las cosas”
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FORO ORGANIZADO POR LA ASOCIACION CRISTIANA
DE DIRIGENTES DE EMPRESA
JORGE BATLLE:
Señores, señor ex presidente de la República doctor Julio María Sanguinetti, señores embajadores, señores ministros, amigos. Cuando el señor Cotelo hizo esta presentación dijo que no me invitaba como diputado, como diplomático, como empresario ni como candidato, sino como presidente. En realidad lo que más he sido en mi vida ha sido candidato, voy a ver si me desprendo de esa condición para poder hablar como presidente.
Los empresarios son, mirando sobre todo a mi amigo Isaac (N. de R.: Isaac
Soloducho, presidente de Paylana S.A.), bichos
astutos. En un momento Deicas me agarró confundido y me dijo: ¿Usted no abriría la
(primera) conferencia del año?, y le dije que sí. ¿Y de qué va a hablar?, preguntó. Le dije: no sé. Después me llamó insistentemente para ver de qué iba a hablar y le dije: vea, Deicas, voy a hablar del Uruguay necesario.
Esta reunión se divide en dos partes, en una ustedes van a sufrir y en la otra se van a vengar, o sea: me van a hacer todas las preguntas habidas y por haber. Por tanto no voy a decir muchas de las cosas que me van a preguntar, así tienen ganas de preguntármelas y se las puedo responder. Quisiera ver si puedo hablar de algunas otras cosas.
En primer lugar, como si estuviéramos hablando entre nosotros, ¿es un concepto estático el
del "Uruguay necesario" o es un concepto dinámico? Diría que es un concepto absolutamente dinámico. El que se detiene, se cae. Las sociedades y los países son como la bicicleta: solamente se tiene estabilidad si se da
pedal. Si se deja de dar pedal, se cae. Y cuando se da pedal se cambia. Se cambia de lugar, de territorio, de horizonte, de entorno... de todo.
Por tanto, la única cosa estable es el cambio. Cuando renunciamos al cambio, renunciamos a la estabilidad. Y además renunciamos al porvenir, desaparece el tiempo debajo
de nosotros porque el no cambio no es el futuro, no es el pasado y menos es el presente; es la nada. Y además el no cambio genera todo tipo de alteraciones, confusiones psicológicas profundas en la sociedad que la llevan a situaciones que sin ninguna duda los sociólogos pueden analizar mucho mejor que yo. Situaciones de desequilibrios, confrontaciones y desencuentros.
Es claro que para Uruguay hubo un tiempo en que pareció que no cambiaba. Quizás no nos dimos cuenta de que éramos testigos de los cambios que siempre sucedieron en Uruguay. Pareció que de la mano de Inglaterra, Uruguay ni Argentina cambiaban. Los dos anduvimos de la mano de Inglaterra desde 1800 y poco hasta la segunda guerra mundial.
Los que somos, como Posadas dice de Brezzo, “colorados viejos”, nos olvidamos que el señor Lafone, hermano del intendente de Liverpool, hablaba con el primer ministro inglés para que la
Defensa existiera. Esto quiere decir que este país, así como Argentina, vivió cambiando adentro de un contexto que cambiaba, nos pareció estable pero cambiaba. Y si miramos la historia de Uruguay de 1860 a 1950, vemos cómo ese proceso fue un cambio permanente pero
con estabilidad creciente. La estabilidad puede ser debilitada por el tiempo y los sucesos que ocurren en una sociedad o, por el contrario, puede ser una estabilidad que se vaya consolidando y solidificando. Esa estabilidad entre nosotros se consolidó y se solidificó, es la Argentina de Roca y Pellegrini, es el Uruguay desde 1860 hasta 1940-1950. Hubo un cambio permanente hacia una consolidación que nos hizo cada día alcanzar estadios de una sociedad muy justa y además muy abierta, muy buscadora de oportunidades en libertad para todo el mundo.
Muchas veces uno llega a situaciones sin saber por qué, ya sean colectivas o individuales. Uruguay a veces sin saber por qué llegó a situaciones colectivas en las que un correligionario de nuestro partido -a quien mucho quisimos todos-, el doctor coronel Efraín González, llegó a acuñar una frase fantástica: “como el Uruguay no hay”. Y era
así, no había como Uruguay. Alcanzaba con nacer aquí. Teníamos la vida resuelta desde el nacimiento hasta la muerte y sin inflación. Fue una constante de 100 años en el Río de la Plata.
La moneda uruguaya valía 95 centavos de dólar, 1 peso, o al revés, 95 centésimos 1 dólar, y cuando el doctor Quijano, representante de Uruguay ante las organizaciones internacionales le habló a mi señor padre
(Luis Batlle Berres), que entonces era Presidente de la República, y a su ministro de Economía –de Hacienda entonces–, el escribano Ledo Arroyo Torres, la moneda valía 1,5190, el dólar valía 1,5190. Era 1947. 100 años de estabilidad, de mercados abiertos, de crecimiento, de educación, de cultura, de estabilidad social, de un crecimiento demográfico paulatino, de una inversión tecnológica fuerte.
Cuando se trajo el primer ferrocarril, se tendió la primera vía, se hizo la primera trasmisión de gas y de luz eléctrica, accedimos a la tecnología de punta. Quiere decir que la tecnología era entonces de punta y a esa tecnología accedían estos países. Eran tan adelantados como los más adelantados. Cuando Sáenz Peña y De la Quintana fueron a participar del Congreso Panamericano en Washington después de haber participado aquí en Uruguay del Congreso de Derecho Internacional Privado, Argentina tenía tantos o más ferrocarriles que Estados Unidos. Era sin ninguna duda uno de los dos o tres primeros países en haber alcanzado esos estadios, esos niveles que hoy todos buscamos y deseamos. Quiero decir que eso colapsó por los acontecimientos vertiginosos que vivieron los países de Europa, de Asia y de América después de la
Segunda Guerra Mundial.
En aquel momento, estando en Acción, recuerdo un tiempo en que le contratamos a Jack Rueff unos articulitos de economía. Fui a verlo a París, hablé con él y me dio un librito que había escrito. Me dijo que leyera las primeras páginas.
Las leí y había una
reflexión que mi ignorancia de abogado no me permitió comprender –los abogados nunca aprendimos economía, todavía no la conocemos, por eso la discutimos y lo hacemos víctima a Ariel (Davrieux, director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto) de nuestras terribles apreciaciones, pero como él sigue siendo profesor nos enseña todas las mañanas–: solamente podía haber un país con emisión pero sin inflación, si había dictadura y que la inflación era la destructora de todos los conceptos centrales de la vida de los seres humanos.
Si la moneda no valía, el gran estafador era el Estado. Esto fue un poco lo que sintió Máximo Pérez cuando a mi bisabuelo le tocó firmar la
"Ley de curso forzoso" y le dijo: “si usted sigue mandando estos papeles sucios yo con mil chuzas lo voy a sacar de su asiento”. El hombre era orista, tenía mucho más confianza en la libra esterlina y en la doble águila, se ponía la badana, se tiraba una libra esterlina, pasaba un novillo. Esa libra esterlina no era fabricada por el gobierno, los papeles de curso forzoso sí. Y cuando Discépolo se queja de
Stravinsky en realidad es una injusta persona, Stravinsky hacía lo mismo que hacían los ministros de Economía y los presidentes de los Bancos Centrales: emitían a lo bobo. Y al emitir como emitían, destruían la moral.
La inflación, entre otros males, genera el peor de todos, el que destruye la moral de los pueblos. La inflación destruye la moral de los pueblos porque anula el valor de las cosas, de todas, de las cosas materiales primero, e inmediatamente anula el valor de las cosas morales. Cuando hay inflación, ¿quién es el tonto que paga? Es mejor deber. Cuando hay inflación, ¿quién es el tonto que
ahorra? Es mejor especular que invertir.
La inflación mata todos los principios de convivencia social. Mucho más allá de lo que dicen con tanto acierto
Davrieux, Bensión y Zerbino y todos los que hablan con tanta seriedad de la economía, lo que provoca la inflación es la destrucción de las sociedades. Las destruye, las aniquila, les genera desesperanza, desasosiego, hace que se pierdan los límites de todos los valores. Nada sirve, nada es bueno. Destruye la familia, destruye todo. La inflación es como una peste que destruye las comunidades.
Entonces ¿qué pasa cuando no hay inflación? Viene la verdad. Pasa igual que en el puerto del Buceo: cuando bajan las aguas se ven las rocas. El tema es éste o
éste: o subimos las aguas o sacamos las rocas.
En Uruguay ha habido un proceso de 15 años para sacar las rocas. Nada de lo que se está haciendo ahora, de lo que se quiere hacer ahora, de lo que se debe hacer ahora o de lo que se deberá hacer mañana, se podría
hacer si no se hubiera hecho otras cosas ayer, anteayer y trasanteayer.
El Uruguay necesario no es un invento, es un proceso. Es un proceso basado en que al eliminar la inflación resplandece la verdad, están las rocas a la vista. Entonces ha llegado el momento de sacar las rocas. Alguna gente amiga mía, esa gente que me quiere mucho –el cariño hace que uno sea ciego–, me dice:
"qué macana que no hayas llegado antes a la Presidencia". Yo digo que gracias a Dios no llegué antes a la presidencia, me hubieran echado. Por lo que decía hace 10 años,
casi me colgaban. Pero aquello por lo que casi me colgaron no existe más. El oro está vendido y nadie dijo nada. ¿Por qué?, ¿porque no tenía razón antes?
No; tenía razón antes. Claro que la tenía, pero no se podía hacer porque la gente no lo podía comprender.
Había que sembrar. En política es como en la vida, hay que sembrar porque si no se siembra no se cosecha. Las cosas tienen su tiempo en la vida de las naciones. Durante cinco años, de 1985 a 1990, nos pasamos discutiendo nada más que el problema de las distintas amnistías y terminamos con un plebiscito. En ese período había que hacer eso, era eso lo que había que hacer para poder hacer lo que estamos haciendo ahora. O sea que lo que estamos haciendo ahora, todo esto de la Comisión para la Paz y del estado del alma, se puede hacer porque se hizo lo otro antes. Por tanto, yo no inventé
nada. Simplemente trato de seguir el ritmo.
¿Qué es lo que tenemos que hacer hoy? Apurarlo. Hoy tenemos que apurar el ritmo. Lo tenemos que apurar volviendo a darnos cuenta de que hay tiempos en los que un siglo pasa en un minuto y tiempos en los que realmente el tiempo se hace más lento. Estos 15 años han transformado a la sociedad uruguaya por el solo hecho de transcurrir el tiempo y porque además
en el transcurso de ese tiempo, aquí y en el mundo entero, el aumento de la información le ha permitido a la gente tomar conciencia de lo propio, de lo ajeno, ver cómo funciona el mundo, darse cuenta de cuáles son aquellas cosas que realmente tenemos que preservar, que mejorar, que afirmar, que consolidar, que son la sustancia de nuestra vida.
Y cuáles son las cosas que tenemos que cambiar.
Las cosas que tenemos que cambiar son las que no hacen a la sustancia de nuestra vida, pero que si las cambiamos alteran la sustancia de nuestra vida. Me parece que ésa es la
ocasión que históricamente los demás nos prepararon a los uruguayos para hoy. Todo lo que hoy vamos a poder encarar y hacer es el fruto de lo que desde 1985 hasta ahora, lentamente, se ha podido ir construyendo y consolidando.
Fíjense ustedes: no se habla más de la moneda. ¿Quién habla de la
moneda? ¿Quién se fija en el valor de la moneda? Antes era una especie de pasión cotidiana, diaria. No había otra cosa en la Ciudad Vieja que saber quién tenía la última a propósito de cuánto iba a valer la moneda hoy, mañana, esta tarde, quién lo había hecho, quién no lo había hecho. ¿Lo recuerdan? Tantos de nosotros –yo el primero–, fuimos víctimas de ese tipo de rumores, murmullos, ideas, cosas… Se terminó. ¿Cuánto costó? ¿Cuántos años costó
sacar de nuestro imaginario cotidiano ese factor que enturbiaba nuestra vida y estaba en la base, como consecuencia o como causa. ¿Consecuencia de
qué? Consecuencia del déficit fiscal, del desorden que ese déficit traía, de que no teníamos otra forma política de bancar el ajuste que no fuera la sociedad, no las personas o los partidos sino la sociedad en su conjunto que es la que termina pagando todo. No hay comida gratis –salvo ésta con la invitación del señor Deicas–, la sociedad termina pagando todo.
Ese tema salió, nadie discute que la inflación es espantosa. Ya nadie discute todo eso. El gobierno pasado tuvo cinco años de inflación contenida, cinco años más son 10 años, y el que venga seguramente hará lo mismo. Serán 15 años, un niño de 15 será un hombre de 30. Hoy un hombre de 30 es premio Nóbel. No es como antes cuando los premios Nóbel tenían que tener, por exigencias de las condiciones de la época, una barba hasta la cintura. Hoy es la gente joven la que está al mando de las cosas. Uruguay es una rara avis donde los ciudadanos con esta juventud de 73 años llegan a la Presidencia de la República. Claro que en este caso mérito es de mi
insistencia, pero es una cosa
exótica. En el mundo la gente es joven, nosotros decimos este muchacho y es un abuelo, tiene 50 años. Los hijos de mis amigos son abuelos, en una palabra. Por suerte mi madre cumplió 94 –lo que me da esperanzas–, pero de todas maneras no es el tiempo de hoy el que se juega en nuestra generación y menos el tiempo de mañana.
Si ésa es la evolución que ha tenido esta sociedad, ha pasado algo que me permití decir en la Universidad de la República a los integrantes del
Claustro cuando comenzamos a hablar de algunas cosas, entre ellas del Hospital de Clínicas. Les dije: en Uruguay hay una enorme cantidad de cosas que están muertas y no nos damos cuenta, están completamente muertas. El problema del gobierno en Uruguay no es que tenga que salir a buscar cosas, es que las cosas van a golpear su puerta y va a tener que salir a contribuir a ordenarlas. Y ordenarlas ¿para qué? Para poder hacer que sigan funcionando, con bien para la sociedad uruguaya y para aquellos que participan de ella en un marco totalmente distinto a aquél en el que tuvieron origen y, al mismo tiempo, que le sirvan a ella no solamente para sobrevivir sino para tener una vida futura exitosa y poder producir el bien para sus miembros y la sociedad en su conjunto.
Esa es la situación histórica que vive hoy Uruguay, en la cual este presidente de la República no tiene nada que ver, no la construyó ni la va a resolver solo. Mentira que alguien pueda resolver solo algo y menos desde el gobierno. Se precisa la ayuda de todos, de los ministros, de los partidos políticos, de las organizaciones sociales, y la ayuda y la comprensión de los que trabajan, los que piensan y los que sueñan.
En ese sentido creo –lo debo decir con total franqueza, como todas las cosas–, que la sociedad uruguaya no solamente ha procesado un cambio formidable sino que es una sociedad que exhala capacidad e inteligencia, además sentido común y comprensión. No dudo que seguiremos teniendo diferencias en cuanto a los procedimientos adecuados, a cómo alcanzar fines que son comunes: el deseo de justicia y equidad. Pero sin ninguna duda cuando hablamos de diferencias, ellas empiezan a limitarse muy mucho.
Cuando uno mira el mundo observa en todos los países que las diferencias son realmente de matices en cuanto a las cosas centrales. No de matices en cuanto a las cosas externas sino a las cosas centrales. Las cosas externas o las cosas centrales, cómo operamos algo, ya están muy profesionalizadas.
Cuando vamos a discutir el dumping de la leche –real o inexistente– hay un cartabón profesional del que no podemos salir. Cuando discutimos con las autoridades monetarias internacionales cuál es el proceso del déficit que esperamos tener, sucede lo mismo. No se puede hacer maquillajes de las cosas. Todo el mundo lo
sabe. Además, hay una información muy grande, muy abierta, cada día más. Eso hace que el que existía antes, aquel que tenía poder sobre lo desconocido, que era un gran poder, el manejo de lo desconocido, ése perdió poder.
El gobernante, el ministro, el presidente, el director de ente autónomo, el director sindical, el director empresarial tenían un gran poder no solamente por el que tenía en sí sino porque manejaba además lo desconocido. Él sabía, estaba ahí, era dueño de una verdad que solamente él conocía y
dada por sentada como auténtica. Se terminó el poder sobre lo
desconocido: se prende Internet y se sabe cuánto gana cualquiera de nosotros. Se sabe, por ejemplo, que 120 mil funcionarios públicos de la Administración Central le cuestan al país 1.200 millones de dólares por año y 4.200 funcionarios del Banco de la República le cuestan 210. Es absurdo y se sabe, lo sabe todo el mundo.
Por tanto se terminó el poder sobre lo desconocido. Estamos en una sociedad mucho más abierta, donde las respuestas son producto de que ella misma va generando la demanda de esas repuestas. Así es que este año vamos a tener que comenzar a analizar y
discutir por dónde queremos hacer todas las cosas de este país. Habrá que elegir sus tiempos, sus ritmos, sus temas, pero cuando uno empieza a escuchar a los señores ministros –como los escuchamos el otro día en esa maratón
que tuvimos hace poco tiempo en el edificio de la Plaza Independencia–, uno mira al señor ministro de Defensa y siente que tenemos que cambiar la ley orgánica militar, la ley orgánica de las Fuerzas Armadas, la legislación sobre la Caja de Jubilaciones Militares. Y cuando vamos al ministro de Relaciones Exteriores sentimos que ya hemos hecho una cantidad de cosas, vendimos en Londres, compramos en Estados Unidos, en Londres, rehicimos nuestra fuerza de presencia en esas capitales mundiales, estamos procesando modificaciones centrales en la operativa de la participación de la discusión internacional en los distintos foros. Allí necesitamos formar negociadores, no los tenemos porque el país no estuvo preparado en el pasado para eso. Cuando vemos al ministro de Industria
(por allá) pensamos en UTE, Ancap.
Cuando hablamos de Ancap se puede prender fuego media humanidad. Sin embargo para salvarla hay que cambiarla, si no la cambiamos no la salvamos. Para salvarla, hay que mejorarla, integrarla. Para que sus funcionarios se sientan más cómodos, mejor, se sientan capaces de servir mejor a la comunidad y tener un destino, hay que cambiarla. Si la dejamos así no puede enfrentar la competencia de Petrobras, de Repsol, de Pedevesa, de los iraníes ni de nadie. ¿Por qué? Porque no tiene petróleo ni distribución. Si les quiero vender nafta a los argentinos me van a decir: “¿Cómo no? Encantados, venga, qué bueno, pero mañana yo le vendo nafta a usted”. Entonces va a aparecer don Brasil. ¿Y? ¿Y nosotros no somos el Mercosur? ¿Así que nosotros no y ustedes sí? No, imposible. El mundo se abrió, el mercado se abrió.
Si pensamos en la Caja Notarial, en la Caja de Jubilaciones y Pensiones Profesionales y en la Caja Bancaria… Se ha dado esa cosa exótica: el sindicato bancario nos pide que pongamos empleados porque la Caja Bancaria tiene notorias dificultades para atender los servicios de los jubilados y los que se van a jubilar. Y si pensamos luego en la coordinación imprescindible entre el BPS, la DGI y Aduanas, que tenemos que modificar sustantivamente, ¿por qué todas estas cosas no se hicieron antes? Porque no se podían hacer, señores. Porque las cosas en la vida de las sociedades tienen su tiempo y entonces se ha hecho otras, muchas otras. Se ha consolidado cosas, se ha eliminado factores permanentes de discusión, se ha consolidado estilos y formas que determinan que, al haber resuelto esos problemas, la sociedad
empieza a prepararse y a demandar que se resuelvan otros problemas.
Esa es la conciencia que tenemos que asumir del tiempo en que vivimos. Esto está por encima de los partidos políticos, inclusive de las
ideologías y de nuestras diferencias personales. Esto requiere y reclama que todos nos pongamos a reflexionar sobre esos temas, a juntarnos en algún lugar a hablarlos en voz alta.
¿Podemos seguir – yo que he sido el campeón de todas las reformas constitucionales en Uruguay– con el capítulo de los entes autónomos tal cual está estructurado? Está estructurado a imagen y semejanza del tiempo político de 1950, ¿qué tiene que ver ese tiempo político con el tiempo político y económico
de 2010? ¿Quién dijo que estamos en 2001? Estamos en 2010, todo lo que hagamos hoy es para mañana, no para ayer. Sin embargo seguimos atados a un proceso en que la designación es la consecuencia de un hecho político que no existe más. Hubo una reforma posterior que determina que hay inexorablemente en el futuro del país, por mucho tiempo, un gobierno de coalición. Si hay coalición qué problema tenemos con el “tres y dos”.
Además, en qué se transforma una sociedad en la que los organismos están encorsetados por una legislación pública cuando estaban acostumbrados a vivir sin competir cuando hoy si no pueden competir no pueden vivir, más allá de lo que pensemos cada uno de nosotros. ¿Qué significa que en su designación nosotros resolvamos problemas políticos que tenían valor y significación hace 50 años pero que en el mundo de nuestros hijos no existen más?
¡Nadie va a ir a votar ni a dejar de votar a nadie porque no haya puesto al caudillo de Soriano en un lugar o lo haya
sacado! ¡No hay más eso, se terminó para siempre! Eso era un mundo real, no fue un mundo malo, en ese mundo vivimos, crecimos e hicimos un país que sin ninguna duda sigue siendo el mejor de América.
Ése no es más el mundo del mañana y no podemos seguir con gerentes y mandos medios que se han acostumbrado a vivir en un mundo donde no tenían que tener en cuenta al mercado. Podían poner la tarifa, sacarla, podían tomar una medida, hacerla o no hacerla, no tenían que reflexionar sobre lo que podía hacer otro que podía competir con él. ¿Cómo lo vamos a criticar porque no entienda el mundo del mañana si tiene 50 años de felicidad en un mundo encerrado?
Hoy a ese mundo se le volaron las paredes, los techos, hay intemperie y ese hombre tiene que ponerse de nuevo en marcha con los vientos huracanados que asolan el lugar. Sintamos que eso no se puede resolver con discursos, que en esas cosas no va en juego la vida de las personas o los partidos, pero si no cambiamos esas cosas nos podemos hacer un enorme daño a nosotros mismos todos, blancos, colorados, encuentristas, frenteamplistas. Un enorme daño porque esos instrumentos van a dejar de ser adecuados y no es con retórica que los vamos a cambiar, sino haciendo una profesionalidad real de los mismos.
Lo tenemos que hacer en todos lados. Lo tenemos que hacer en la educación. Con Brezzo y algún otro correligionario que está por aquí, con el doctor Sanguinetti, además de integrantes del Partido Colorado, de lo que nosotros llamamos el partido de la defensa y amantes de la historia y competimos entre nosotros como una especie de juego intelectual encantador, recordamos que allá por 1840 y poco el gobierno de la
Defensa le encargó a Esteban Echeverría, que había llegado exiliado de Buenos Aires, la confección de un manual de ética para enseñanza en las escuelas. Hace poco tiempo la Embajada Argentina lo reeditó.
Aquel gobierno en aquel momento creyó que era bueno que las escuelas tuvieran un curso de ética. El laicismo nos ha llevado a decir lo que el laicismo no quiere decir. Nos ha llevado a decir que como no podemos ser hinchas de Peñarol, Nacional, Wanderers ni Bella Vista, el fútbol no
existe. Entonces la bolilla fútbol no existe porque somos laicos. Grave error. Los valores morales, los valores éticos tienen que estar en la base de la enseñanza de los seres humanos.
El otro día comí un asadito con un núcleo reducido de diputados de la 15 del interior de la República y cuando estábamos por el postre les pregunté: muchachos, ¿han pensado que la única cosa común que tenemos inexorable es que nos vamos a morir? Naturalmente es una conversación propia de un tipo de 73 años, que está corriendo los últimos 200, pero es una reflexión que seguramente muchos seres humanos no se hacen. Yo no soy bautizado, no formo parte de ninguna religión positiva, soy krausista en la medida en que puedo serlo hoy, pero me pregunto ¿no será hora de que le empecemos a dar a la teoría de los valores, a los valores y a la reflexión sobre las cosas de por qué el ser humano además de tener piernas, brazos, ojos, oídos, nariz y garganta ha tenido también a lo largo de la historia, desde que nació arriba del planeta, alguna razón para reflexionar sobre otras cosas?
¿Podemos seguir diciendo que el fútbol no existe porque no queremos ser budistas, islámicos, católicos, umbandistas, ateos ni agnósticos? ¿Podemos? ¿Qué es el consumismo? ¿El consumismo es que la gente que nunca tuvo heladera la tenga? ¿Eso es consumismo o es justicia? Hace poco tiempo, cuando yo era chico, la diferencia que había entre los ricos y los pobres era que todos teníamos la misma heladera: una fiambrera con la carne abajo de la palmera. Pero hoy la tecnología sí marca diferencias en la vida de la gente. ¿Qué es el consumismo?, ¿que todo el mundo tenga un auto?, ¿que todo el mundo tenga un freezer?, ¿que todo el mundo tenga la posibilidad de viajar, de conocer el resto del planeta?, ¿de vestirse bien, de pasar una semana de vacaciones? ¿Eso es consumismo o es un derecho? Es un derecho.
¿Entonces qué es el consumismo? El consumismo es que se crea que ésa es la vida. En la medida en que no sabemos por qué no hacemos mal. ¿Por qué no hacemos mal? ¿Quién nos dijo que el bien era bien y el mal era mal? ¿Quién nos lo enseñó? En nuestra casa, nuestra mamá. ¿Y en la escuela quién nos lo enseñó?
Entonces si tenemos inflación por un lado y no informamos a la gente porque eso no se puede tocar, porque es tabú, ¿por qué creemos que toda la gente tiene que saber qué es lo bueno y qué es lo malo? ¿Por qué no empezamos a pensar un poco más en profundidad en cómo les trasmitimos a los jóvenes desde la enseñanza primaria los valores éticos a los cuales, sea quien sea y de la religión que sea, todo el mundo tiene que ajustarse para vivir? Deicas habló del IVA; yo hablaría de la goma, del lápiz, del papel y del niño que se pone un guardapolvos con bolsillo.
Eso que no nos enseñaban en la escuela, muchas veces es más importante que saber leer y escribir, es saber leer y escribir sobre la vida y no sobre el papel. Eso es lo que hemos estado tratando de hacer, no para perseguir a aquel que trae mercadería ilegalmente sino para decirnos a nosotros mismos que eso no es bueno para nosotros mismos. Hay un bien y hay un mal, seamos también elementales en eso, profundamente elementales, distingamos una cosa de la otra y extrapolemos ese sentimiento a todas las actividades. Es un mal transferirle al que produce un costo absurdo en organizaciones del Estado que pueden trabajar con mucho mayor éxito cobrando mucho menos, es un mal no hacerlo.
Vamos a intentar aprovechar la coyuntura histórica que tiene el país. Yo soy un buen instrumento para hacerlo porque me voy y no vuelvo nunca más, por tanto no voy a molestar nunca más, cuando termine lo haré con 77 años. Se podrán imaginar que a los 78 mi programa no será seguir haciendo política, ser candidato a edil ni a senador, tengo un solo programa: tratar de contribuir a que el país aproveche una oportunidad que tiene y use a una persona que está en condiciones de hacerlo porque tiene la libertad tremenda de saber que está en la estación Carnelli. Creo que ésa es una cosa que el país no puede desperdiciar.
Tenemos una oportunidad como no se nos ha dado en los pasados años y la tenemos gracias a lo que se hizo en los pasados años. Reconozcamos ambas cosas, que ese tipo de confraternidad y posibilidad que nos permite hablar cada día más a todos con todos es el fruto del ejercicio que han hecho todos los ciudadanos de todos los partidos, desde el gobierno y fuera del gobierno, en los años que han corrido desde 1985 a la fecha. Tratemos pues de instrumentar todas estas cosas. Yo, por supuesto, no creo que tengo toda la
razón. Por cierto que no, pero por supuesto que estoy dispuesto a poner arriba de la mesa todas las cosas que haya que discutir, absolutamente todas. Si no se resuelven, por lo menos quedarán planteadas, iniciadas, y por ese camino vendrán otros mejores que nosotros a mejorarlas, completarlas y continuarlas.
Señores, ahora les toca a ustedes preguntar puntualmente sobre todo lo que quieran. Creo que Uruguay tiene una oportunidad histórica para esto, como la tuvo en 1985 para salir a alcanzando la paz. Y se hizo entre todos los uruguayos en tiempos del doctor
Julio María Sanguinetti con la participación de Wilson Ferreira Aldunate, del señor general
Liber Seregni. Se hizo y vivimos en paz y supimos encontrar los caminos entre nosotros para encontrarnos en esta armonía y esta paz que nos permiten decirnos sí, tenemos problemas, distintos a los de antes pero mejores que los de antes porque antes esos problemas estaban todavía oscurecidos por nuestras confrontaciones y por un mundo diferente. Hoy esos problemas están aclarados por nuestra convivencia y porque el mundo, al haber cambiado, ha hecho sobre ellos, por lo menos durante un tiempo, clara y brillante luz.
Ortega y Gasset escribiendo un ensayo precioso decía: "argentinos, a las
cosas". Creo que esto se puede aplicar a nosotros: "uruguayos, a las
cosas". Y ustedes: a las preguntas.
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Edición: Mauricio Erramuspe
Transcripción: María Lila Ltaif Curbelo
Fotos: Robert Mareco
Preguntas
del auditorio y respuestas del Presidente
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