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Publicado
en El País
(30.11.98) |
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Quince años atrás
La Proclama del Obelisco
Por Gonzalo Aguirre Ramírez
El apreciado amigo y correligionario Jorge Silveira Zavala suele aconsejarme que difunda
los antecedentes del formidable acto del Obelisco, en el que compareció casi toda la
plana mayor de la dirigencia política del país y en el que Alberto Candeau, frente a una
multitud que se estimó en cerca de medio millón de personas, leyó magistralmente la
proclama que, vivada por la muchedumbre, signó el principio del fin de la dictadura.
Aquella formidable concentración cívica figura ya entre los principales fastos de la
historia política de nuestro país. El viernes pasado, 27 de noviembre, se cumplieron
quince años de la memorable jornada. Con tal motivo, varios medios de comunicación
celebraron el aniversario con la evocación gráfica y sonora de dicho acto. Asimismo,
difundieron parcialmente algunos detalles de lo acontecido y vincularon mi nombre a aquel
gran episodio político.
La oportunidad es propicia, pues, para rememorar, con la mayor fidelidad posible, la
gestación y preparación de aquel tajante pronunciamiento popular en pro del
restablecimiento pleno de nuestra democracia.
Tras el justificado retiro de las conversaciones del Parque Hotel, por parte de los tres
partidos políticos en funcionamiento, éstos programaron un acto público conjunto para
el día 6 de agosto. Los militares invocaron no se qué acto institucional y negaron la
autorización para realizarlo. Luego, el 8 de octubre, los partidos tradicionales emitimos
una declaración conjunta en la que estipulamos condiciones mínimas para entablar nuevas
conversaciones con las Fuerzas Armadas. Estas no se dieron por aludidas y, ante ese
"impasse", alguien lanzó la idea de realizar un gran acto conjunto y de exigir
en él la celebración de elecciones libres el último domingo del noviembre de 1984. 0
sea, el fin de la dictadura.
Creo que ello ocurrió en una reunión vespertina y dominical, celebrada en la casa de Don
Juan Pivel Devoto. Además del dueño de casa, asistimos a ella los Dres. Sanguinetti,
Batlle y Tarigo por el Partido Colorado Carlos Julio Pereira, Fernando Oliú y yo por el
Partido Nacional. Se acordó realizar una concentración del carácter indicado y
contactarnos con la Unión Cívica a fin de que participara en el mismo, así como en su
organización. Estábamos a fines de octubre.
La siguiente reunión -ya con el concurso de los cívicos- se realizó en el apartamento
del Dr. Chiarino, un destemplado y ventoso anochecer. No éramos muchas personas.
Acompañaba al anfitrión el Sr. Ciganda. Y estábamos Tarigo, Oliú y quien suscribe.
Quizá también Silveira Zavala. No estoy seguro.
Cuatro eran los problemas a resolver. Lugar, sobre el que hubo rápido acuerdo,
invitación al Frente Amplio a que participara -en lo que tampoco hubo disensos-, si
debía haber o no oratoria y, en caso afirmativo, de qué características, punto
complicado cuya dilucidación se postergó, y la fecha de realización.
Esta última cuestión dio lugar a un enfrentamiento algo áspero entre Oliú y Ciganda.
Fernando proponía el 30 de noviembre, aniversario de la victoria blanca del 58. Ciganda
creo, abogaba por el día 25, justo un año antes del postrer domingo del 84.
Trasladados a las cúpulas partidarias los problemas no resueltos, se transó en la fecha
del 27 de noviembre, por ser el tradicional último domingo de los años electorales. En
el acta de la sesión que el 14 de noviembre celebró el Directorio nacionalista, única
previa al acto en que se trató el asunto, el Prof. Pivel Devoto, su presidente, informó
lo acordado al respecto con colorados y cívicos, en una reunión que la mesa del
"Honorable" -o sea, él, Silveira Zavala, Oliú y yo- había tenido con
Sanguinetti, Tarigo, Chiarino, Ciganda y Don Julio Daverede.
Constan en dicha acta estas palabras de Don Juan: "En esa reunión se acordó ponerse
en comunicación con la Democracia Cristiana y la Mesa del Frente Amplio para solicitarles
su concurso en cuanto a la asistencia al acto proyectado". Así se hizo, por
supuesto, con resultado afirmativo. Era el fin por vías de hecho y por iniciativa de los
otros partidos, de la proscripción del PDC y del Frente.
También refleja el acto las discrepancias por la cuestión de la oratoria. Los blancos
propusimos suprimirla, para evitar discordancias en la expresión improvisada de los
oradores. El texto debía ser uno solo y con forma de proclama. Colorados y cívicos
preferían los discursos. En todo caso, sumados a una proclama. Finalmente, desistieron de
su postura.
Entonces, como había que preparar el texto de la proclama, Pivel me dijo:
- Ud. redacte. El que trae las cosas redactadas, casi siempre es el que decide.
Y yo redacté un borrador, el sábado 19. Nos reunimos la noche siguiente, en los altos de
la casa de Don Juan. En esa reunión sé incorporaron el Dr. José Pedro Cardoso, por el
Frente, y el Arq. Juan Pablo Terra, por el PDC. Tarigo leyó un proyecto de proclama y
luego yo leí el mío, que contó con la inmediata aprobación entusiasta del Dr. Cardoso.
El futuro vicepresidente señaló que mi texto tenía más tono de proclama, a lo que yo
acoté que en el suyo había párrafos y conceptos muy acertados, que faltaban en el mío.
Sugerí, entonces, ensamblarlos en una sola redacción.
Así se acordó y se nos encomendó a ambos realizar esa tarea. Lo llamé al día
siguiente, lunes 21, pero había debido viajar a Buenos Aires con el Dr. Sanguinetti. Como
el tiempo apremiaba, inserté cinco párrafos del borrador del Dr. Tarigo entre distintos
pasajes del mío. Queda así un texto de dieciocho párrafos. Así se hizo la famosa
proclama del Obelisco, a la que no se le notaron los puntos de sutura" -según dijo
luego Don Juan- ni su redacción bipartita.
Pero faltaba el rabo por desollar. ¿Quién leía la proclama? Pivel, una vez más, sacó
las castañas del fuego. Le dijo al Dr. Héctor Clavijo, integrante de una de las
comisiones organizadoras de la parte operativa del acto, que sugiriera el nombre de
Alberto Candeau. Nombre que, por supuesto, fue aceptado de inmediato por tirios y
troyanos.
El resto de la historia es más conocido.
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El País, 30.11.98
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