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Anatole Julien: "No me interesa saber
quién les hizo lo que les hizo
a mis padres. Me interesa saber qué pasó"


EN PERSPECTIVA
Viernes 18.12.98 - Hora 09.30



EMILIANO COTELO:
El 26 de setiembre de 1976, fuerzas combinadas del Ejército y la Policía de Argentina rodearon con numerosos vehículos, entre ellos tanquetas de guerra, una casa en la esquina de Mitre y Carlos Gardel en el barrio San Martín de la ciudad de Buenos Aires.

Luego de lanzar varias bombas, penetraron en el domicilio de Mario Roger Julien y Victoria Grisona.

Al parecer, Julien murió en el interior de la casa. Su esposa fue sacada a rastras hasta la calle y, de acuerdo al testimonio de un vecino, fusilada en la esquina.

Ese vecino relató que vio llevarse del lugar a dos niños pequeños, que lloraban desconsoladamente, y que oyó que uno de los captores les decía: «La yegua de tu madre no está más».

Anatole tenía cuatro años, y su hermana Eva Victoria, apenas un año y medio.

En los tres meses siguientes -según ha podido saberse después- los niños permanecieron secuestrados en diferentes locales, tanto en Buenos Aires como en Montevideo.

Las idas y venidas terminan en diciembre de 1976, cuando los niños son abandonados en la plaza O'Higgins de Valparaíso, en Chile. El niño relató que había llegado «en un auto blanco grande, junto con la tía Mónica y dos nenas más». Mencionó un avión chico, nieve, y también la ciudad chilena de Curicó.

Los carabineros los encuentran y los entregan a un orfanato: la Casa de Menores.

Tres días después, en el diario "El Mercurio" de Santiago se publicó una foto de Anatole acompañado de una asistente social, junto a un artículo escrito por un periodista que -al visitar el orfanato- había quedado impresionado, por la inteligencia del niño y porque estaba solo con su hermanita sin ser chilenos, pues tenían "acento uruguayo o argentino". Según la crónica del diario, Anatole dio su dirección en Buenos Aires y contó que su casa había sido invadida por hombres uniformados; que su madre había sido herida; y que su padre había intentado ayudarla, al tiempo que los protegía a ellos.

Finalmente, en junio de 1977 Anatole y Eva Victoria fueron adoptados por un dentista chileno de apellido Larraveiti. Y hubieran pasado su vida en Valparaíso sin que el mundo supiera su origen, si no hubiese sido por un hecho fortuito, ocurrido en Caracas, en Julio de 1979.

Los movimientos de defensa de Derechos Humanos habían hecho publicar una antigua foto de los hijos de Mario Roger Julien en los diarios de países democráticos. En 1979, en Caracas, al ver la imagen de los niños Julien en el diario El Nacional, una asistente social chilena no tuvo dudas: eran aquellos dos hermanitos que ella había tratado en la Casa del Menor de Valparaíso. Se comunicó con los refugiados uruguayos en Venezuela, y así el dato llegó a la organización CLAMOR, un centro de búsqueda de niños desaparecidos promovido por el arzobispo de San Pablo, monseñor Evaristo Arns, quien envió a Valparaíso a Mariela Salaberry, una ciudadana uruguaya naturalizada francesa.

Salaberry ingresó a Chile con su pasaporte francés y logró ubicar a la familia Larraveiti y los dos niños. El hallazgo se anunció al mundo, con gran repercusión, en una conferencia de prensa de monseñor Arns, realizada en San Pablo, el 31 de julio de 1979.

Cinco meses más tarde, en diciembre de 1979, la abuela paterna de Anatole y Eva, María Angélica Cáceres de Julien, quien hacía años había iniciado la búsqueda de sus nietos, recibe la información de CLAMOR y decide trasladarse a Valparaíso.

Al llegar ya encuentra avanzado el proceso de adopción de sus nietos por un matrimonio chileno. Sin embargo, las dos partes llegan a un acuerdo amistoso por el cual se habilita la adopción de los niños, pero con la condición de que estos viajen periódicamente a Uruguay a conocer a su familia biológica y vincularse con ellos.

Anatole Julien tiene 26 años y está terminando su tesis en la Universidad del Mar, para recibirse de abogado. Vive en Valparaíso y por estas horas está en Montevideo.

Anatole, ¿qué recuerdos tienes del momento en que aparece en Chile tu abuela paterna, cuando los encuentra, finalmente?


julien.jpg (21480 bytes) "Lo quieras o no, este tipo de realidades históricas te sensibilizan.
O te abstraes absolutamente o te sensibilizan mucho. A Dios gracias, yo no me abstraje"




ANATOLE JULIEN:
Mucha conmoción. Recuerdo que vivíamos en un cerro, allá. Intempestivamente llegó un día, acompañada de mucha gente, y no sabíamos quién era. Mis padres se veían muy nerviosos. Y a la pregunta de quién era, no respondía. Y ella dejó de hablar.

En un momento nos separan un poco de mis padres, se quedan conversando con abogados de derechos humanos, y mi abuela nos lleva a un rincón. Primero a mí. Y me dice: "Yo soy tu abuela, de Uruguay. ¿Te acuerdas de mí? ¿Te acuerdas de tus padres?". Y ahí conversamos un momento. Yo le daba retazos de recuerdos que tenía. Y cuando vio que recordaba se emocionó mucho, y fue la última confirmación.


EC - Tú y tu hermana sabían que eran adoptados...


AJ - Sí. Pero ponte también en la mentalidad de un niño de seis años, que no combina bien las cosas. Para mí era completamente natural haber tenido dos padres y después tener otros dos padres.


EC - En el momento en que se produjo el operativo en la casa de tu familia biológica, en Buenos Aires; en el momento en que desaparecieron tus padres, tú tenías cuatro años recién cumplidos.


AJ - Hacía muy poco.


EC - O sea que, de ese episodio en sí, deben quedarte recuerdos.


AJ - Sí. Hubo tratamientos con el psicólogo, ya de más grande, en los cuales se quiso borrar determinada parte. Y se borró bastante; pero los más cruentos, digamos, no se borraron.


EC - Tus recuerdos van, incluso, más atrás de esa fecha.



"Yo diría que la época más difícil que motiva esta historia no fue la de los cuatro o seis años, sino la de los 10. Esa etapa fue muy conflictiva. Tuve mucho tratamiento con psicólogos, etcétera. Tenía una agresividad que no sabía de dónde venía"

AJ - No. De mis padres tengo dos recuerdos. Uno que es en la casa que había en Paranacito -que después fue baleada, etcétera; que fue encontrada medio inundada-, y otros recuerdos de una chacra. De una vez que encontré un yacaré pequeño, un yacaré bebé.


EC - Yo estoy subrayando esto de la edad que tú tenías en el momento de la desaparición de tus padres y la de ustedes mismos (porque durante años fueron también desaparecidos). Y estoy subrayando el dato de la edad porque esos cuatro años te permiten a ti tener, justamente, memoria. No es el caso de otros niños desaparecidos, que desaparecieron teniendo meses, por ejemplo, que encararon a partir de ese momento sus vidas de otra forma.

Ese es uno de los datos que creo que son bastante singulares en tu historia. Hay otro, después, que es el tipo de familia que termina por adoptarte.

Tienes algunos recuerdos del día y del momento del operativo militar y policial. ¿Tienes recuerdos de cómo fue tu vida en los días siguientes a esos traslados que aparentemente se produjeron con ustedes entre Buenos Aires, Montevideo y Chile?


AJ - Al día de hoy, sí. Pero son un poco inconexos. Recuerdo lo que después le puse el nombre en Chile de "bomba de bencina": se habla de las estaciones bencineras, que se entiende que era Automotores Orletti. Lo recuerdo porque hasta el día de hoy recuerdo cómo estaban pendientes todos de mi hermana, que era muy linda y muy beba. Y la bañaban, le daban de comer. Del taxi, por ejemplo, no tengo recuerdo.


EC - ¿Qué taxi?


AJ - De un taxi que yo había mencionado cuando niño, en el que íbamos mi hermana y yo, y otra niña. Que después se da a entender que, supuestamente, pudo haber sido, en esos años, Mariana (Zaffaroni). De hecho, María Esther (N. de R.: Gatti de Islas, abuela materna de Mariana Zaffaroni), en esos años, cuando mi abuela nos encuentra, va y me muestra fotos, pero yo no había retenido la información.

Aparte, mucha información se logró después con una terapia hipnótica que me practicaron.


EC - De tu pasaje por Montevideo, ¿tienes certeza?


AJ - Certeza, no... La certeza que puede tener un niño de cuatro años.


EC - Quiero decir que -en esas idas y venidas, mientras ustedes permanecían secuestrados- hayan sido traídos a Montevideo.


AJ - Se maneja con mucha... Es bastante posible la característica de haber estado acá, en Montevideo, en Bulevar Artigas.


EC - Y de ese período de incertidumbre entre la detención-muerte, aparentemente, de tus padres, y el momento en que ustedes son abandonados en esa plaza de Valparaíso, ¿cuál es la sensación de tus recuerdos? ¿Cuál es el resumen de cómo vivías esos días, esas semanas, de cómo te sentías; de cómo se sentían con tu hermana de un año y medio?


AJ - Por suerte, la mentalidad de los niños tiende a ser muy sobreprotectora de sí misma. Entonces, tiendes a recordar los hechos en forma de película, no vivencial. El problema es cuando vas creciendo y te vas dando cuenta de cuáles fueron las razones de estos recuerdos. Yo diría que la época más difícil que motiva esta historia no fue la de los cuatro o seis años, sino la de los 10. Esa etapa fue muy conflictiva. Tuve mucho tratamiento con psicólogos, etcétera. Tenía una agresividad que no sabía de dónde venía. Y, a Dios gracias, era un uruguayo, que era amigo de mi abuela (bueno: se hicieron amigos allá), que trabajaba en Viña del Mar. Me hizo una terapia de más de un año, de reconstrucción del pasado. Afrontándolo, digamos. Y ahí fue empezado a superar. Pero hasta el día de hoy no es algo muy sencillo.


EC - De la llegada a Valparaíso, y a la Plaza O'Higgins en especial, ¿sí tenés recuerdos?


AJ - Los tuve. Los tuve en su tiempo. Y, de hecho, yo contaba... Ya no los recuerdo. Por eso te digo que los tuve.


EC - ¿Qué eso de que habían llegado "en un auto blanco, grande, con la tía Mónica y dos nenas más"?


AJ - "La tía Mónica"... El "tía" tiene que haber sido incluido después, porque en Chile se les dice "tíos" a todos los amigos mayores de los niños. Todos son "tíos", digamos. "La tía Mónica" fue una de las personas involucradas en el traslado con nosotros. Y el auto blanco, realmente no lo recuerdo. Incluso, creo haber dicho en esos años que tenía los vidrios negros.

Lo que pasó a continuación fue que nos dejaron ahí. Yo iba con mi hermana siempre tomada de la mano, y había juegos infantiles en ese tiempo. El dueño de los juegos -por lo que me cuenta mi abuela- nos vio solos. Nos subió a los juegos. Pasaban las horas y nadie nos iba a buscar. Y avisó a Carabineros. Carabineros da cuenta en su informe -incluso está escrito en una causa en Chile- de dos niños con acento extranjero, encontrados en la Plaza O'Higgins.


*************

SEGUNDA PARTE



EC - Te propongo que volvamos al momento en que tú te encuentras con tu abuela paterna, cuando ella va a Valparaíso y toma contacto con ustedes por primera vez.

Yo te había preguntado si en ese momento ustedes ya sabían que eran hijos adoptados. Y tú me decías que sí. Pero, ¿qué sabían?


AJ - No mucho, la verdad. Pero yo tenía recuerdos -los tengo hasta el día hoy- del orfanato. Aunque estuvimos muy breve tiempo ahí, los tenía. No había modo de negar eso. Y cuando mi abuela viene, se reconfirma. Me pasa fotos de mis padres... Ahí tengo otro "flash" de imágenes. Y empieza la relación con Uruguay de vuelta.

Fue difícil. Especialmente la primera vez, cuando volví por primera vez al Uruguay.


EC - ¿Tú aceptaste fácilmente ese acuerdo que se logró con la familia adoptiva para que ellos permanecieran con el cuidado de los dos niños, pero al mismo tiempo esos dos niños vinieran periódicamente a Montevideo?


AJ - Sí. De hecho, la decisión de seguir en Chile, por desgracia, en esa época -lo critico ahora- me la dieron a mí.

Después, la decisión a los 13 o 14 años, de cambiar el apellido a Larraveiti, también me la dieron a mí. Entonces, al final, como todas las decisiones fuertes, la tuve que tomar yo, porque mi hermana era todavía demasiado pequeña.


EC - ¿O sea que tú, directamente, resolviste?


AJ - Como niño, sí.


EC - ¿Y cómo te resultó, entonces, ese cambio, esa apertura a un mundo nuevo? Que no era nuevo, porque lo tenías grabado, de alguna manera, en tu memoria y en tus sentimientos.


"Hasta el día de hoy no creo en la política partidista. Y, si puedo aventurar el futuro, nunca militaré en ningún partido"

AJ - Fuerte, porque desde pequeño se dio una dualidad, hasta de personalidad. Piensa que en Chile soy un chileno más. Y acá venía y mi abuela me iba a contactar con miles de personas. Había fotos por todos lados, grupos de personas que me expresaban su cariño, su solidaridad. Gente de izquierda, gente que no era de izquierda, gente por la calle. Entonces, era una cosa fuerte. Incluso, una vez me llegaron a proponer que la ONU me pagara acá una estadía para que yo no me preocupara, que me viniera tranquilamente al Uruguay y que, incluso, si quería disponer de algún trabajo, lo hiciera.


EC - ¿En qué año fue eso?


AJ - ¡Ah, no lo recuerdo! Yo tenía como 16 o 17, creo...


EC - Pero yo estaba preguntándote por las primeras venidas al Uruguay, cuando tú tenía seis o siete años.


AJ - Más o menos...


EC - Para empezar, ¿en Chile cómo te llamabas?


AJ - Yo recordaba mi nombre: Anatole. Pero lo demás fue apodado, digamos. Anatole Alejandro, me llamo allá. Acá era Anatole Boris Julien Grisonas. Y allá era Anatole Alejandro Larraveiti Yáñez.


EC - ¿Tus padres adoptivos aceptaron fácilmente que permanecieras siendo Anatole? Es decir que, de hecho, tú pusieras el nombre.


AJ - Sí. Es que venía con él. Venía con el paquete completo. Si lo querían...


EC - Y en estas venidas a Montevideo, ¿cómo fue la búsqueda de tus orígenes? ¿Qué hacías?


AJ - Los primeros años, cuando era más niño -preadolescente, digamos- era muy guiado en las visitas por mi abuela. O sea que si bien estaba con mis parientes, con mis primos, con los amigos de la familia, íbamos muchas veces a las "Abuelas", a las "Madres". En ese tiempo todavía no existía lo que hubiera sido hoy día la sigla de los "Hijos", porque no había otros hijos.


EC - ¿Ibas a las organizaciones de madres y de abuelas de desaparecidos?


AJ - Correcto. Y lo conversaba, años después, con mi abuela, en una de las últimas visitas de preadolescente, fue: "No, abuela. Te vengo a ver a ti, vengo a ver a mis tíos. Al Uruguay. Incluso, vengo hasta «de vacaciones». No vayamos a ver a tanta gente. No me gusta que me vean. No me gusta mostrarme tanto".

Entonces, me sentó, me sirvió un té con leche y me conversó un par de horas sobre por qué era importante que me mostrara.


EC - ¿Qué edad tenías en esa conversación, más o menos?


AJ - 14... O 12, más o menos. Me dijo lo importante que era el hecho de que gente determinada, aunque dijera cualquiera pavada, me viera, por la esperanza que significaba para ellos en su búsqueda. La esperanza de María Esther, la esperanza de Sara (N. de R.: Méndez, madre de Simón Riquelo), etcétera. En esos tiempos, también, de Mariana y de Amaral (García).


EC - ¿Y cómo te cayó ese argumento?


AJ - Lo entendí. Era chico, pero lo entendí. Y fue justamente la época en que me pasaron el libro de ella: "Cómo es Julien". Y pequeño y todo, lo leí. Y le encontré un estilo épico impresionante. No conozco a nadie, aparte de ella, que tenga tal energía, tal sentimiento de búsqueda. Es impresionante. Ahí le entendí. Y un poco por ella -y ahora sí por mis padres, bien entendido-, accedí mucho a eso.

Luego, las demás visitas, ya más grandes, fueron más focalizadas.


EC - ¿"Focalizadas" de qué manera?


AJ - Quería averiguar sobre la identidad, sobre la personalidad de mis padres, más allá de que tuvieran su idea política, su movimiento político, etcétera. Quería ver quién era Roger, quién era Victoria. Y cuando determiné esa visita, les pedí a mi abuela y a mis tíos que me contactaran con gente. Y averigüé mucho sobre mi madre. Conocí a "la Canaria", una gran amiga de ella; y a otra gente con la que estuvo muy vinculada, tanto del partido de ella como no, de su vida diaria. Y no me alcanzó para mi padre. Luego, la siguiente vez me contacté con el mejor amigo de mi padre, con el cual charlamos un día completo. Y me dio la visión de Roger, de su amigo, como yo la tengo mi gran amigo.

En la siguiente visita, ya más grande -a los 18 o 20 años-, mi intención era encontrarme con Amaral, por ejemplo, porque ya el caso estaba descubierto. Ya había salido a luz pública lo de Mariana. Y quería contactarlo. Y ahí, por primera vez, nos contactamos con Amaral.


EC - ¿Tú te convertiste en un "militante" por los derechos humanos, a partir del conocimiento de tu historia, a partir del conocimiento del destino de tus padres?


AJ - Lo quieras o no, este tipo de realidades históricas te sensibilizan. O te abstraes absolutamente o te sensibilizan mucho. A Dios gracias, no me abstraje, no me encerré en una caja, digamos. Te sensibilizan...

No pertenezco a ningún movimiento ni ninguna organización. Pero uno practica por los derechos humanos a diario. Y en ese sentido, sí, es muy fuerte. Con mi hermana, también. Es una cosa que nace contigo, con tu historia.


EC - ¿Y tú te fuiste ubicando en las mismas ideas políticas que, después supiste, habían tenido tus padres?


AJ - Para serte bien honesto: pasé de cualquier extremo a cualquier extremo, en la adolescencia. No tenía claro nada. Quería luchar por algo, quería tener alguna idea clara, quería representar un poco los intereses de... Pero pasé por todo. Hasta que un día me cansé. Y dije: "No. No soy de aquí. No me gusta. No sigo directrices, menos de partidos antiquísimos, sean de la tendencia que sean". Y hasta el día de hoy no creo en la política partidista.


EC - O sea: ¿hoy tú no militas en ningún partido, ni en Chile ni acá?


AJ - Y, si puedo aventurar el futuro, te diré que nunca militaré en ningún partido.


EC - ¿Por qué?


"La relación con mi abuela desde que llegó a Chile ha sido de admiración. Siempre. No me cabe otra palabra para con mi abuela: siento mucho amor, mucha admiración por el coraje que tuvo. La incansable búsqueda...(...) Mi abuela dio un paso atrás, con dolor, con una entrega impresionante. Y nos dejó allá, con la condición de que viajáramos periódicamente a Uruguay"

AJ - No creo en la doctrina dada con anterioridad a ti. Si hubiera un "partido" -que no podría existir como tal- "de la Inteligencia Normal y Emocional", adscribiría a ése. Un partido que gobernase, o que diese pautas lógicas y coherentes, sin resentimiento ni ocultamiento -digo, por no ser de derecha ni izquierda-, en ese caso lo adscribiría. Pero en este momento todo partido tiene una historia demasiado hacia atrás. Y se basa en reivindicaciones o justificaciones. Da lo mismo. Pero están mirando hacia atrás los dos; estoy hablando de todo el espectro en forma muy general. No me parece que vaya a ser la solución de Latinoamérica en estos años.


EC - En esa visión del mundo, ¿de qué manera influyeron tus padres adoptivos?


AJ - Pasó también por una evolución conflictiva a nivel interno. Nunca lo expresé allá.


EC - ¿Qué son ellos, políticamente?


AJ - Anarquistas. Serían apolíticos, por decirlo... En esa línea quizá me mantengo, pero de nivel pacífico. Hubo un tiempo en que los resentí. Los resentí muy fuerte. Me molestó lo que hicieron. Pensé: "¿Por qué tengo que estar pasando por todo esto, si fue por una idea política de ellos? ¿Por qué decidieron no tener hijos, si querían tener una idea política tan fuerte?".


EC - ¿Tú estás hablando de tus padres biológicos?


AJ - Correcto, correcto.


EC - Mi pregunta había sido sobre tus padres adoptivos: cómo habían influido en esta visión que ahora tienes del mundo y de la política. De qué manera podían haber influido tus padres adoptivos.


AJ - Fueron muy abiertos. No importaba la estupidez que dijera a los 14 años con mis ideas políticas. Me escuchaban, me daban comentarios: nunca de extrema izquierda, nunca de extrema derecha. Siempre muy abiertos. Y me decían que lo pensase. Siempre, siempre fue así. Hasta el día de hoy. Nunca hay una opinión cerrada en contra o a favor.


EC - Porque, políticamente, ¿qué son ellos?


AJ - Mi madre no tiene una adscripción política partidista determinada. Podría hablarse de que es de una centroizquierda... Y mi padre siempre militó, desde muy joven, en el Partido Radical.


EC - ¿Qué es el Partido Radical en Chile?


AJ - El Partido Radical es muy parecido al Partido Radical de Argentina, este movimiento que sale en los años 30 como socialdemócrata. Que era "radical" para el tiempo conservador que vivían pero que, al pasar de los tiempos (se ríe), se fue corriendo un poquito más hacia el centro, un poquito más hacia el centro... No tanto como la Democracia Cristiana, quizás, que está justo al medio. Digamos que en el siguiente escalón, ya muy chiquitito, porque ya no tiene mucha cantidad de militantes, estaría el Partido Radical, ahora junto con el Socialdemócrata.


EC - Cuando ellos te adoptaron a ti y a tu hermana, seguramente no sabían toda la historia que había detrás.


AJ - No. Algo ubicaban porque algo salió en los diarios. Pero no les importó. Es algo que valoro hasta el día de hoy.


EC - Pero cuando efectivamente se confirmó cuál era el origen; cuando, incluso, terminó llegando hasta allí tu abuela biológica, ¿cómo reaccionaron?


AJ - Con mucho temor. Aparte, habían vivido un tiempo de amenazas, de todos lados. La gente de izquierda de Chile pensaba que era un matrimonio con alguna conexión militar, y la gente de derecha de Chile pensaba que tenían una conexión izquierdista.


EC - Porque, por supuesto, estamos hablando todavía de la dictadura.


AJ - Absolutamente. Era el año 1979, en el auge.

Sintieron mucho temor. Hubo muchas cartas de amenaza, cambios de trabajo, temor por las consecuencias que tuviera en mí y en mi hermana psicológicamente. En mi hermana, porque se le abría un mundo. En mí, porque se había cerrado uno y se volvía a abrir otro. Fue difícil. Y no duró un año. Duró hasta que nosotros podíamos tener una opinión "formada": a los 14 o 15 años.


EC - ¿Y cómo repercutía todo eso en la vida familiar?


AJ - Ellos lo abstraían de la vida familiar. Siempre se hizo la mayor normalidad en la familia. Salíamos un domingo de mañana de paseo, al interior, hacíamos un picnic, no se tocaba el tema... Y se tocaba cuando ya era excesivamente evidente. Cuando ya se venía venir a mi abuela o a los abogados de Vicaría de Solidaridad, de Brasil. En esos momentos se tocaba, se conversaba lo más... pudorosamente posible.


EC - Yo te he estado haciendo todas estas preguntas a ti, que eres el que está en este momento en los estudios de la radio. Podría consultarte, simplemente para tener una visión un poco más amplia, a propósito de tu hermana. ¿Fue el mismo proceso, exactamente?


AJ - No. Fue muy distinto. El mío fue un recuerdo tangible. Como recuerdo tangible puede ser duro, pero es tangible. Lo puedes asir, lo puedes romper, agrandar, achicar. El de mi hermana fue en base a voces de mi abuela, de gente, de mis padres también.


EC - Aquí aparece el factor edad. Ella tenía un año y medio en el momento del secuestro.


AJ - Entonces, para ella fue mucho más duro, en cierto modo. Porque de la nada se crea un recuerdo de padres que no existen mentalmente y de los cuales -ella misma lo decía la otra vez en una entrevista- ella no sabía qué sentir: si amor, si indiferencia. Y optó por sentir amor, aunque no los conoce.


*************

TERCERA PARTE


EC - Anatole, ¿cómo valoraste -si es que pudiste valorar en ese momento-, o cómo valoras hoy, a la distancia, la actitud de tu abuela biológica? Cuando los localizó, cuando viajó a Valparaíso, iba con la idea de traérselos, pero al encontrarse con esa familia prácticamente constituida y al dialogar con ustedes, con sus padres adoptivos, aceptó poner en marcha esa especie de acuerdo por el cual ustedes se quedaban allá y venían periódicamente a visitar a la familia biológica a Montevideo. ¿Cómo valoran ese gesto de desprendimiento? Porque ella lo ha dicho en su momento, y lo han dicho todos los que conocen la realidad de esa familia: ustedes eran lo único que a ella le quedaba.


AJ - La relación con mi abuela desde que llegó a Chile ha sido de admiración. Siempre. No me cabe otra palabra para con mi abuela: mucho amor, mucha admiración por el coraje que tuvo. La incansable búsqueda...

A mí me contaba gente amiga, después, detalles que no salen en el libro, detalles que no me contaba ella. Las horas que pasó buscando, recordando por un pedazo de foto en que salía un banco, para buscar la dirección de la casa en Buenos Aires (que ahora todo el mundo sabe dónde es)... ¡Pasó días, semanas, buscando dónde podía haber un banco parecido, que tenía una tabla rota! ¡Habló con todo el mundo! ¡Conoció a Joan Manuel Serrat! Gracias a ella conocí a Joan Manuel Serrat, conocí a Mario Benedetti, una vez que estaba esperando en la casa acá, en Acevedo Díaz... A Daniel Viglietti, al mismo "Sabalero"; a Marilina Ross, en Argentina...

Y más, encima: después de toda la búsqueda, de aceptar inconsciente o tácitamente la pérdida de su hijo y de su nuera...


EC - (Aquel acuerdo con tus padres adoptivos) Fue una solución que otras abuelas de desaparecidos no aceptaron acá, no compartieron...


AJ - Lógicamente. Pero ninguna de esas abuelas podía tampoco estar en los zapatos de ella. Ninguna de esas abuelas estaba viendo a su nieto y a su nieta con otra familia y planteándose la posibilidad de un trauma "doble" -digamos-, al volver a separarlos. Las otras abuelas -y las entiendo perfectamente- veían esto como un símbolo de esperanza, y querían tenerlo. ¿Dónde? En Uruguay. "Se fueron de Uruguay. Desaparecieron. Traigámoslos de vuelta". Es lógico. Es completamente entendible.

Pero tendrían que haberse puesto en los zapatos de ella. Fue muy doloroso para ella. Ella fue muy apoyada por mi tío. Mi tío Luis fue uno de los precursores de esta idea y fue uno de los que conversó mucho con ella. Y, a través de esas conversaciones, llegaron al psicólogo que me atendía a mí. Hernández era su apellido; no me acuerdo del nombre. Y ella le dijo: "Doctor, quiero su última opinión: ¿esto sería realmente negativo? ¿No podríamos solucionarlo con mucho cariño, con una vida familiar tranquila?". Y el doctor le dijo: "Para Victoria, sí. Para Anatole, 50 y 50". En ese "50 y 50", mi abuela dio un paso atrás, con dolor, con una entrega impresionante. Y nos dejó allá, con la condición de que viajáramos periódicamente a Uruguay.


EC - Ahora que tu abuela ya no está -falleció en agosto del año pasado-, ¿cómo son tus venidas al Uruguay? ¿Cómo es tu vínculo con tu familia biológica?


AJ - Es mucho más diaria, mucho más tranquila, podría decirse. Mucho más "normal". (Risas)


EC - ¿Qué quiere decir eso?


AJ - Que siempre había una connotación política o de "visita necesaria" cada vez que venía. Ya en los últimos años de mi abuela no fue tan así. Yo creo que se cansó un poco, la pobre vieja. Estaba con muchos años más de los que realmente tenía. Murió en su cumpleaños, en forma muy rápida. No sufrió nada. Tuvo una parálisis, una embolia, un ataque... ¡De todo! Rapidísimo. No tuvo ningún dolor. Fue la mejor partida. Yo creo que está con su hijo arriba, que al fin lo encontró.

Mi familia no lo superó de buenas a primeras (acá, mi tío y mi tía). Porque por la misma fuerza que tenía al observarla buscando, imagínense la fuerza que tenía como madre: protectora absoluta. De hecho, la comparo mucho con mi madre en Chile, que es, guardando las proporciones, muy similar.

El recuerdo de ella va a estar siempre presente. No sólo en mí: en toda la gente que vio su búsqueda. En toda la gente que la admiró porque no tenía ninguna connotación política. Ella jamás adscribió a nada: buscó a su hijo, buscó a su nuera y a sus nietos. E hizo mucho más que muchos.


EC - Hoy, entonces, tu familia aquí es la de tu tío.


AJ - La de mi tío, mi tía y los hijos de ambos.


EC - Tu tío es el hermano de tu padre.


AJ - Correcto.


EC - ¿Cómo has visto la relación con otros hijos de desaparecidos? ¿Cómo has analizado los distintos casos con los que te has topado? Tú has señalado que tienes la esperanza de encontrarte alguna vez con Mariana Zaffaroni.


AJ - Correcto.


EC - Pero Mariana rechaza su historia original. Todos conocemos la historia de Mariana desde el momento en que se la encuentra. Para empezar, el tipo de familia...


AJ - Los Furci.


EC - ... con la que terminó conviviendo. Los que fueron y son sus padres adoptivos.

¿Por qué quieres encontrarte con Mariana?


Sobre Mariana Zaffaroni: A Amaral y a mí "nos encantaría reencontrarnos y tenerla todo un día para nosotros. O una semana. Para charlar tranquilamente, de tú a tú. Ahí sí. Ahí nadie se puede colocar en los zapatos nuestros. Nadie, por más que quiera. Pero nosotros sí vivimos lo mismo. En distinta medida"

AJ - Muchas veces... bueno: la verdad, todas las veces, hasta el día de hoy, cuando vengo, siempre hay muestras de solidaridad, de fraternidad, de gente que no conoces pero que te declara su cariño incondicional, como siempre. Lo dije hace pocos días. Ese cariño siempre fue reconocido y están contigo. Pero cuando me encontré por primera vez con Amaral, por ejemplo, fue una cosa... adentro, ¿no? Con Amaral somos hermanos. Con Mariana es lo mismo. Y a Mariana la entiendo, habiendo aceptado esta realidad a los 18 años. Yo sufro cuando pienso en ello. Cuando leí la historia de ella, porque me llegaba la suscripción de un periódico semanal de acá, que cuenta toda la historia de los Furci, de cómo se entera... Después vengo acá y hablo con María Esther. Y me cuenta la realidad de las llamadas telefónicas que ha tenido, que de alguna forma me pueda contactar con ella... Uno sabe intrínsecamente determinadas cosas. Así como lo sabes, de repente, con la mujer que va a ser tu compañera por toda la vida, o cuando sabes que con aquel pariente que se ve muy poco siempre hay un lazo íntimo, sabes que con Mariana, con Amaral, con Francesca, con Andrea (N. de R.: Hernández Hobbas, "reaparecida" en estos días)-ahora, a Dios gracias-, hay un lazo. Un lazo que no te lo puedo explicar. Podría decir que es medio mágico, y lo es.


EC - ¿Al punto de que buscarías encontrarte con ella?


AJ - Absolutamente.


EC - ¿Lo has intentado ya?


AJ - No. Nunca he tenido mayor información de la dirección de ella. Una vez tuve una, pero se cambió al poco tiempo. Ahora supe que está viviendo con su pareja, lo cual me parece muy positivo.


EC - Es decir, ya no más con su familia adoptiva.


AJ - Más que eso: está rehaciendo su vida en forma independiente. Y creo que ya es un paso.


EC - ¿Y cómo observas las reacciones de Mariana o de Simón, que han rechazado, por ejemplo, realizarse pruebas de sangre?


AJ - Los entiendo. Insisto: yo supe esto desde siempre. Veo a mi hermana, que lo supo a los pocos años, con ayuda mía, con ayuda de todos, y aún así le fue muy difícil. Hasta el día de hoy nos es difícil. Podemos hablar de ello tranquilamente, pero no escarbemos mucho porque se toca la "fibra", necesariamente.

Y uno se pone a pensar muchas veces. Uno, en esto, por desgracia, como no tiene realidades concretas, utiliza la imaginación. Imagínate ellos, que a los 18 años (no sé qué edad tenía Simón, pero también era grande) se enteran de todo esto. Y ni siquiera con una familia como la que me tocó a mí, que estaba desligada completamente, sino con gente directamente involucrada. Y, seguramente, hay una negativa, desde un principio, a creerlo, pero después son tantos los antecedentes que llegas a pensarlo. ¡Y es tu padre, tu madre, tu primo, tu hermano, seguramente!

A mí eso me pone los pelos de gallina, no quisiera jamás haber estado en eso, y creo que puedo ayudarla si conversamos un día. Estamos planeando un "secuestro" con Amaral, en Buenos Aires. (Risas)


EC - ¿Cómo es eso?


AJ - Nos encantaría a ambos reencontrarnos y tenerla todo un día para nosotros. O una semana. Para charlar tranquilamente, de tú a tú. Ahí sí. Ahí nadie se puede colocar en los zapatos nuestros. Nadie, por más que quiera. Pero nosotros sí vivimos lo mismo. En distinta medida.


EC - Te preguntaba hace un rato cómo te había marcado tu condición de hijo de desaparecidos. Te había preguntado a propósito, por ejemplo, de tus ideas políticas, si eran las mismas de tus padres biológicos o no. Y tú señalaste que hoy no tenías pertenencia partidaria y que probablemente no la vayas a tener en el futuro.

Te preguntaba a propósito de si eras un militante por los derechos humanos y decías: "Sí, pero sin integrar ninguna organización de las que existen formalmente".

Contabas ahora tus encuentros con otros hijos de desaparecidos y sobre la expectativa de encontrarte, por ejemplo, con Mariana Zaffaroni, para charlar y ayudarla.

Con todos estos antecedentes, te pregunto a propósito de cómo juega en tu vida, en tu horizonte, el problema de la búsqueda de la verdad. Hay distintos caminos para encontrarla, y hace pocos días la abogada francesa Sophie Tonon presentó una denuncia en París que iba en esa dirección. Es un camino posible. Después resultó que lo había hecho sin autorización de ustedes, que ustedes ahora le quitan el poder con el que ella había estado moviéndose hasta este momento. ¿Cuál es el camino tuyo? No sé si el de tu hermana también.


AJ - Quedan largas... Después de la revocación, que era lo último que analizábamos, que estudiábamos durante una semana y media más o menos, las intenciones ahora son volver a Chile, mantener el contacto con mi abogado en Argentina, y empezar charlas nuevas de cómo podría seguir esto en París. Si hay posibilidades, a Dios gracias él tiene mucha gente conocida, mucho abogado internacional, y hay que ver la posibilidad de que esto siga o no. Tenemos que evaluar muchas cosas. Ver si la denuncia no nos produjo más mal que bien. En realidad, estamos más por la segunda.


EC - ¿Por qué rechazaron ustedes esa denuncia? ¿Cuál fue el problema?


AJ - La denuncia, lo he dicho siempre, tenía un carácter de investigación. Tenía un carácter de llamar a buscar determinados informes, papeles, documentación, etcétera, que diese conocimiento real, y no en base a elucubraciones como durante todos estos años se ha hecho, tanto del secuestro mío como de mi hermana. Es como decir, ahora: "Tengo 26 años, esto fue a los cuatro, hace 22 años, y todavía no se tiene claro cuántas veces paramos en Uruguay, cuántas veces en Argentina". "Pero, ¿qué importa?", pueden decir las personas involucradas. Importa, porque, por desgracia, un caso toca a todos los demás. Entonces, un caso de estos que se abra toca a todos los niños secuestrados. Toca el caso de Simón, necesariamente. Fueron más o menos en la misma fecha, con dos meses de separación. Fueron en el mismo año, 1976: setiembre, junio, agosto. En octubre creo que fueron los últimos de 1976.

La diferencia de opinión con Sophie Tonon fue que, primero, no se comunicó conmigo. La comunicación yo la tuve estrictamente a través de Zelmar Michelini. Y de buena fe, pensé durante las primeras dos semanas del contacto, que ella no hablaba español. Después me entero por mi abogado en Argentina que él tuvo una conversación después de haberla ubicado (después de cuatro o cinco días que no la pudo ubicar), que habla perfecto el castellano.


EC - Ella se movió con un poder que tenía de la familia.


AJ - Una especie de poder. No conozco ningún poder que se mande vía fax. Siempre hay una autorización notarial de por medio. O algo. Por lo menos, un timbre del Ministerio de Relaciones Exteriores.


EC - Pero, más allá del hecho de que no lo consultó con ustedes; que dio el paso sin haberlo preguntado, en cuanto al tipo de denuncia, al camino elegido, ¿cuál era el problema, cuál era la discrepancia?


AJ - La discrepancia, de partida, fue la de acusar gente de la cual yo ni siquiera tenía mayor idea.


EC - ¿Por ejemplo?


AJ - Gregorio Alvarez. Yo, honestamente, te digo: el nombre de Gregorio Alvarez casi no lo había escuchado en todos estos asuntos. Después vi las declaraciones que hizo él, etcétera. (Se ríe.) Y, por supuesto: tiene derecho a hacerlas, como todos tenemos derecho a hacer nuestra denuncia o nuestras llamadas de atención.


EC - Aparentemente, había un error en la referencia a su nombre, porque se lo colocaba como presidente de facto en el momento del episodio, cuando en el momento del secuestro estaba lejos de haber asumido el poder dentro de la dictadura...


AJ - A cuatro o cinco años...


EC - Era jefe de la División de Ejército en Minas.


AJ - Esa diferencias de opinión, esa falta de comunicación, esa falta de sutileza, digamos, nos llevaron miles de conversaciones. Esto no fue una decisión de la noche a la mañana. Conversaba con Eduardo Márquez -que es mi abogado en Buenos Aires, que es un gran abogado, es un gran amigo ya-, y planteó una comunicación estrecha. Con decirte que el otro día encontró un "mail" mío llegando él tarde a su casa con su esposa de una comida, a las cuatro de la mañana, y quedándose dormido se puso a contestarlo. Tiene ese nivel de entrega, de compromiso, cuando Sophie ni siquiera tuvo la deferencia de decirme "hola". Y llegué a pensar que hablaba francés solamente. Fue todo el contacto a través de Zelmar.


EC - Entonces: ustedes -tú, tu hermana- quieren conocer la verdad. La verdad sobre ustedes...


AJ - La verdad sobre nosotros y sobre nuestros padres.

A Dios gracias, como te decía, eso involucra otras cosas. Necesariamente, al saber si estuvimos en Orletti, cuánto tiempo y con quiénes, se vinculan las mismas personas. Por tanto, muchos datos que son fantasmas se pueden concretizar.


EC - Sí, claro: está la Operación Cóndor de por medio.


AJ - Además.


EC - ¿Cómo se hace para conocer sin responsabilizar? ¿Cómo se hace para conocer la verdad sin acusar?


AJ - Te pongo un ejemplo. En Argentina, cuando se hizo la ley de punto final y obediencia debida cometieron un error. Se dieron cuenta al poco tiempo. Y lo hicieron público. Que pedían información sin acusar a nadie, que se diera incluso en forma anónima. Y que si se daba, necesariamente, algún nombre, ya por la ley de punto final y obediencia debida, lógicamente no iba a pasar nada.

Aún así, como el Estado ya se había "lavado las manos", gracias a la ley, que fue aprobada, dijo "no". Ya no lo contemplaron en la ley de obediencia debida... Fue una tontera, una estupidez. Sobre lo que tú me decías de qué orientación le daba a la denuncia, la denuncia la hago contra el Estado uruguayo. Y no es "contra" el Estado uruguayo: instigo al Estado uruguayo a que me dé información de por qué a mí, en su momento ciudadano uruguayo -mis padres lo mismo-... Tuvieron una acción involucrada... Y cuáles fueron los factores de orden en ese tiempo.

No me interesa quién les hizo lo que les hizo a mis padres. Me interesaría en parte. Pero tengo mucha creencia, mucha fe en que la vida se sobrepone, por un lado -como dice Facundo Cabral-, y por otro...


EC - ¿Cómo es eso? ¿Te interesa o no te interesa saber quiénes fueron?


AJ - Me interesa, sí... Para serte bien honesto: quiénes fueron, determinados con nombre y apellido, no me interesa. No me interesa. Porque seguramente alguno va a decir que seguía la orden de otro, que el otro fue un actor. Al final, quién fue más malo, quién fue más autor que el otro, no me interesa. Quién dio la orden, quién disparó, quién torturó, quién estaba ahí porque estaba haciendo el servicio militar y, si no, lo mataban a él... Y conozco relatos de gente en Chile que estaba en esa posición. No me interesa.

Me interesa saber qué pasó: cuál fue el recorrido, quiénes fueron las personas involucradas en relación a los niños y a las familias. Tener datos. Eso sí me interesa. Que fue la labor de mi abuela.


EC - Estás a punto de recibirte de abogado.


AJ - A Dios gracias. (Se ríe.) Después de varios años.


EC - ¿Tiene algo que ver esa profesión que has elegido con tu historia?


AJ - No... La que yo había elegido en un principio era psicología. Hubo un cambio de pareceres. Entré un año experimental a Derecho. Hubo un "profe" que fue muy motivante. Y ahí seguí. Se fueron dando las cosas. Con lo que te decía de la vida, me refería a que creo que la vida te va dando pistas de qué es lo mejor y qué no.

Y se me fue dando Derecho. Se me fue dando, se me fue dando. Conocí a gran cantidad de amigos, a gente muy buena, en Derecho. Se fueron dando posibilidades de trabajo, etcétera.


EC - ¿Y qué vas a hacer con tu título de abogado? ¿Qué tipo de Derecho?


AJ - Me gusta mucho el Derecho Comercial. Es como el Derecho que te da más amplitud, dinamismo, puedes solucionar problemas prácticos todos los días, dar consejos a gente que está formando sociedades, etcétera. Me agrada mucho.


EC - Y esa formación que ya tienes a esta altura de tu vida, ¿te ha ayudado en algo en la forma de encarar la búsqueda de la verdad?


AJ - Sí. Una cosa que se da en todas las profesiones -en la tuya de periodista, en la mía de abogado: criterio, sentido común. Entender un poquito, ponerse un poquito del otro lado. Yo creo que para hacer una buena entrevista te tienes que poner un poco del lado mío. Te duela o no te duela, te guste o no te guste. Y así la entrevista va a salir de corazón, de adentro.

Lo mismo en el caso del abogado. No puedo decirle a una persona: "Sabe que su caso vale tanta cantidad de plata, vamos a demorar una cantidad «x» de meses". Me gusta saber quién es, qué lo motiva, si tuvo algún problema. "Vamos a ver si lo podemos arreglar".

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Transcripción: Fernando Iglesias
Edición: Julieta Sokolowicz