El escritor Marcos Aguinis
presenta en Montevideo su libro
"La matriz del infierno"
EN PERSPECTIVA
Jueves 20.11.97 - Hora 11.15
DIEGO BARNABE:
Nos visita esta mañana Marcos Aguinis, que nació en Córdoba, Argentina, en 1935, y que
ustedes seguramente conozcan como escritor, pero también es conveniente decir que
también es historiador, médico y psicoanalista. Está en Montevideo en el marco de la XX
Feria del Libro Internacional de Montevideo. Va a presentar su último libro, una novela,
"La matriz del infierno".
Usted ha dicho que es una novela fuerte, Aguinis.
MARCOS AGUINIS:
Es una novela fuerte. El título ya de por sí es bastante duro, parece casi indigerible.
Y el tema es bastante duro porque está ambientada en la década del 30 y reconstruye toda
esa década en la zona austral del planeta -en Argentina- y en Alemania. Los personajes
durante un tiempo desarrollan sus intrigas y el suspenso en Buenos Aires, en Bariloche en
una parte, y luego, por diversas razones que son lógicas y al mismo tiempo dolorosas, se
trasladan a Berlín, donde este trío vuelve a reencontrarse y continúa sus peripecias.
D. B. - A propósito, en alguien que ha escrito muchos ensayos y donde obviamente la
realidad se cuela muchísimo, en este caso, ¿la realidad motivó algo de la ficción en
"La matriz del infierno"?
M. A. - Creo que sí. Cuando uno describe una novela ambientada en otra época lo que
busca es entender mejor la época que vivimos ahora. Por ejemplo, en "La gesta del
marrano", por más que yo describí un suceso que ocurrió hace 300 años estaba
describiendo las resonancias de aquella época inquisitorial, persecutoria, en nuestro
tiempo. Y también, los conflictos que existían en aquella época con los perseguidores o
los dueños de la verdad, los discriminadores, los torturadores... En fin, todo eso
seguía existiendo hasta hoy, y aquella época, de alguna forma, determinó muchos rasgos
negativos que hemos tenido. Incluso las formas como se desempeñó la Inquisición son las
formas que después adoptó el nazismo.
Las formas que adoptó el nazismo son las que después adoptaron las dictaduras
latinoamericanas, la misma forma de perseguir, de torturar, de despreciar la vida, de
considerarse dueños de la verdad y discriminar la verdad del otro como si fuera una
mentira o una agresión.
De modo que todo eso está plenamente activado o actualizado en una novela histórica. La
motivación no es única, no es clara, posiblemente hay un conjunto de motivaciones de las
cuales yo solamente tengo acceso a unas pocas. Por ejemplo, hace pocos años comenzó una
nueva corriente de revisionismo de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto, mediante la
cual se quiere demostrar que los nazis no eran tan malos y que el Holocausto no fue tan
terrible como se dice. Esta corriente revisionista es, además de infame, falsa. Y se basa
en tratar de convencernos de que lo que se conoce, lo que se descubrió, lo que ha
quedado, ha sido de alguna manera falsificado.
D. B. - En Francia, el año pasado, justamente fue motivo de gran polémica, supongo que
usted lo habrá seguido a la distancia. Incluso la polémica con la figura del abate
Pierre, que llegó a afirmar o a defender algunas de estas cosas.
M. A. - Sí, es increíble lo que ha pasado. "La matriz del infierno", esta
novela que acabo de publicar, pretende enfocar la cosa desde un ángulo completamente
distinto. En vez de analizar las consecuencias, analizamos bien qué se preparó antes de
estallar la guerra, porque lo que se preparó estaba destinado a producir la peor de las
catástrofes, y si no fue peor es porque no pudieron hacerla peor, pero el objetivo era
cometer un genocidio monumental. Lo cometieron en gran medida y lo podrían haber cometido
en una medida mucho mayor todavía.
En la década del 30, el nazismo avanza de una manera impune frente a una humanidad que
tiene los brazos caídos, que deja hacer a Hitler lo que quiera, que no se opone a ninguna
de sus medidas, ni las que agreden a los países vecinos, ni las que agreden a su
población interna, a los políticos y a los judíos, gitanos o a quienes tenían algún
rasgo diferencial. Esta impunidad que tuvo Hitler es responsabilidad de la humanidad de
entonces. Aquí tenemos que reconocer que no se trata solamente de que hubo un grupo de
"malos", sino que hubo otro grupo de gente que aparentemente tenía buena
conciencia y que fue cómplice de los "malos" por callarse la boca y dejar que
las cosas siguieran su curso.
En "La matriz del infierno" describo claramente todo lo que fue ocurriendo, que
muchos lo sabemos, por cierto, que no es ninguna novedad. Pero otra cosa es volver a
vivirlo a través de una novela en la que se encarna con pasión, con emoción, a la gente
que vivió en aquella época, y que fue padeciendo, eslabón a eslabón, esa creciente de
impunidad y de crimen.
D. B. - Hablando de infierno y de genocidio, como usted decía, el genocidio más
planificado por excelencia.
M. A. - Así es. Es un genocidio planificado. Esto no fue producto de un estallido de
violencia, de un descontrol. Fue claramente planificado. Desde que Hitler asume el poder,
cada año genera, con una extraordinaria y diabólica inspiración, decenas de leyes
raciales, que son llamdas "leyes", siendo caricaturas de la ley. Y estas leyes
raciales no son frenadas por nadie.
En el libro se comenta, precisamente, que hubo un intercambio de cartas entre el rabino de
la comunidad judía de Berlín, Leo Beck (que después fue inmortalizado porque era un
hombre de una gran dignidad), con el que era el presidente del movimiento sionista,
radicado en Londres, y luego fuera el primer presidente de Israel, Jaim Weizman, que le
contó a Leo Beck que había ido a hablar a la Cancillería británica y a pedir que
abriera las puertas de Gran Bretaña a los refugiados judíos que hubiera de Alemania. Y
Gran Bretaña no abría las puertas. Le pidió entonces que abriera las puertas de
Palestina, donde Gran Bretaña ejercía su mandato, y también se negó. Por último, le
pidió que por lo menos la Cancillería británica repudiara las leyes raciales de Hitler.
Entonces contestó el canciller británico: "No nos entrometemos en los asuntos
internos de otros países". Esta actitud vergonzosa fue acompañada posteriormente
por la gestión horrible de Chamberlain y Daladier, que le permitieron a Hitler devorarse
Checoslovaquia y hacer la última guerra mundial.
De modo que hubo una gran complicidad del mundo. Se realizó un congreso mundial,
propiciado por el presidente Roosevelt, de Estados Unidos, para tratar el tema de los
refugiados que querían escapar de Alemania. Mejor no hubieran realizado esa conferencia,
porque terminó en un rotundo fracaso, lo que determinó que la cúpula nazi considerara
que gozaba de la impunidad que le brindaba el mundo, como diciendo: "Nos critican
solapadamente lo que nosotros hacemos, pero en el fondo están de acuerdo con nosotros,
porque consideran que esa gente que quiere vivir aquí es basura, por lo tanto vamos a
ocuparnos nosotros de destruirla".
D. B. - En la técnica del escritor aquí, ¿la historia y la investigación jugaron un
peso importante? ¿Tuvo que estudiar, que ir a buscar datos para tomarlos como punto de
partida?
M. A. - Esta novela me llevó dos años y medio, fue un trabajo muy intenso con una
investigación bastante exhaustiva. Cuando uno escribe una novela es necesario trabajar
mucho para que no se note que uno ha investigado. El relato tiene que ser muy fluido,
tiene que ser atrapante, tiene que correr como un río y no debe parecer un ensayo. No
tienen que aparecer los datos de ninguna manera, como en un producto de investigación.
Pero la investigación, obviamente, está clara allí porque todos los hechos que rodean a
los personajes centrales, hasta los datos menores de la vida cotidiana, como la ropa, las
modas, cómo se hacían las fiestas, qué comidas gustaban en ese tiempo, todo está allí
bien descrito. De manera que hay una reconstrucción de época acompañada de una gran
investigación.
Pero me ha pasado aquí lo mismo que con "La gesta del marrano", es decir que
llega un momento en que es tan grande la cantidad de datos que uno tiene que el mayor
esfuerzo consiste en prescindir de muchos de ellos para no sobrecargar las cosas. Aquí
tiene que haber un raro equilibrio en el cual estén los datos necesarios para darle
respaldo y verosimilitud a lo que va a ocurrir. Pero, por otro lado, la novela tiene que
correr, tiene que tener suspenso, tiene que tener una tensión que no se parezca para nada
a un ensayo.
D. B. - ¿Por qué hoy en día está "de moda" la novela histórica? En todo
caso, hay tantos escritores que se fascinan con esta metodología de trabajo, con tomar la
historia, incluso cuando no son historiadores, cuando no han tenido una formación en
historia, como es su caso, y partir de algo que sucedió, investigar, tomarse dos o tres
años de trabajo y luego construir una ficción a partir de eso...
M. A. - Yo tengo una cuota de responsabilidad en lo de la novela histórica, porque con
"La gesta del marrano" casi prácticamente fue generándose una moda, pero me
parece que se explica a partir de un desconcierto, de una confusión que nos está
agobiando, que nos angustia un poco. No sabemos bien dónde estamos ni a dónde vamos, y
existe la necesidad de esclarecernos. La única forma que tiene el ser humano de
entenderse a sí mismo y de entenderse socialmente es mirando hacia atrás. No tenemos la
posibilidad de jugar con el futuro como jugamos con el pasado. Y ese pasado no siempre es
recordado en su plenitud.
Habitualmente hacemos eclipses de fragmentos del pasado; los sectores que nos producen
dolor, que nos resultan intolerantes pasan a una especie de olvido o de sombra, y eso
dificulta poder entenderlo bien. De allí que hay zonas que quedan excluidas de nuestro
recuerdo colectivo y que son las que posiblemente tienen la clave de algunos de los
conflictos del presente.
D. B. - ¿Y lo dice como alguien plantado en Argentina o como algo que sucedió en el
mundo entero? Porque por eso le preguntaba, en Uruguay también últimamente se está
dando el hecho de que hay muchos jóvenes interesados, en distintos niveles -no sólo en
el académico-, en rescatar cosas de su pasado, su origen, su identidad. ¿Usted cree que
esto se está dando en todo el mundo?
M. A. - Efectivamente, creo que en todo el mundo, porque en todo el mundo existe ahora, al
final del milenio, un desconcierto, una confusión. Esta palabreja que se puso de moda, la
"post-modernidad", habla de un relativismo en todas las cosas y una especie de
fractura donde se ha perdido la brújula y la linealidad. Hay una necesidad de esto.
La novela histórica no solamente tiene éxito en nuestros países, también tiene
bastante éxito en Europa. Hay una necesidad de reconstruir ese pasado. Pero, ¿por qué
la novela? Porque los documentos históricos, un libro de historia, se limita solamente a
los hechos. Hay una especie de catálogo de hechos y esos hechos son contados fríamente,
no alcanzan a descrifrarnos qué es lo que estaba detrás de eso. Y detrás de eso estaba
gente como nosotros, seres humanos que sufrían, que tenían miedo, angustia, ambiciones,
conflictos. La novela pone el acento en estos datos, precisamente.
La novela activa las emociones, los conflictos, les da carnadura, entonces esos hechos son
sentidos e interpretados de otra forma, mucho más completos. No interesa en la novela si
el hecho es exactamente tal cual tuvo lugar. De todas formas, siempre hay visiones
variables sobre un solo acontecimiento, pero sí interesa que el llenarlo de emoción hace
que a ese hecho lo podamos interpretar, ver, traspasar con una mirada más intensa.
D. B. - ¿Llenarlo de emoción no significa cambiar algunos datos, eventualmente cambiar
algún hecho importante tal cual fue en la historia? En este caso, el escritor, con
formación de historiador, ¿se permite algún cambio drástico de algún hecho histórico
puntual?
M. A. - En el sub-género llamado "nueva novela histórica" generalmente hay
bastantes violaciones a los datos históricos. Yo prefiero que no me llamen integrante de
la nueva novela histórica porque soy cuidadoso con los datos históricos. Considero que
tergiversarlos implicaría estafar al lector.
El lector espera una novela, sabe que los personajes centrales son ficticios, pero está
confiado en que a través de esa novela va a tener un acceso más grande a la verdad. Si
distorsionamos los hechos históricos nos alejamos de la verdad, la distorsionamos, por lo
tanto los hechos que están documentados deben ser respetados y así lo hago yo. En los
espacios oscuros o grises crecen los personajes e iluminan desde allí a los espacios
colindantes.
D. B. - Y como consecuencia de este "boom" de la novela que se fabrica desde
hace unos años ya, a menudo encontramos como efecto residual, como consecuencia, que
mucha gente se interesa, después de leer una novela, por la historia en sí. ¿Le
interesa a Marcos Aguinis, como efecto secundario de la lectura de sus novelas, que mucha
gente se interese en recuperar de una manera más profunda, investigando parte de la
historia del genocidio, en este caso, perpetrado por los nazis?
M. A. - Por supuesto. Es importante.
D. B. - ¿Pero se lo propone?
M. A. - No, no me lo propongo. Un novelista es atrapado por un argumento. El argumento, si
es malditamente bueno y hermoso, lo atrapa al autor y le exige que lo cuente. Llega un
momento en que uno no puede silenciarlo. Uno lo quiere contar muy bien, con intensidad,
con fuerza, con colores, con calidad estética. Pero yo, por lo menos, no me limito a
contar un argumento para entretener. Me parece que eso también es una pérdida de tiempo,
genera una especie de frustración. En cambio, a través de ese argumento fuerte, potente,
apasionante, se esclarecen verdades, se va conociendo qué es lo que pasó en la
profundidad, se puede explorar zonas que están oscuras.
D. B. - Estaba repasando su biografía, o por lo menos algunos datos de su carrera, y por
allí veía que le entregaron la plaqueta de plata de la agencia EFE por su contribución
al establecimiento del idioma y la cultura iberoamericanos. Para el escritor y su
técnica, en este caso, ¿le importa mucho cuidar el idioma?
M. A. - Lo cuido mucho, y cada vez quiero cuidarlo más. Hace poco un crítico bastante
severo me dijo que yo tengo una forma de adjetivar bastante especial, es decir que son
adjetivos, de alguna forma, bastante sorprendentes o infrecuentes, y que a veces una
palabra o un adjetivo colocado en el centro de una página cambia la atmósfera de toda la
página. Esto es algo mágico y posiblemente tiene algo que ver con mi formación musical.
En mi formación musical yo aprendí que una determinada nota, un determinado cromatismo,
modifica la atmósfera de toda la pieza. Y lo mismo pasa con las palabras. Uno cree que no
es así porque, digamos, en 1.000 palabras, ¿qué significa una? Pero esa sola palabra
puede cambiar completamente la atmósfera. Cuando un adjetivo simplemente va a enfatizar
lo que un sustantivo dice de por sí, mejor que ni se lo ponga. Hace falta un adjetivo que
cambie el sentido de ese sustantivo. Una vez lo dijo Borges de una manera muy elocuente y
simple: si usted va a decir "la luna blanca", no diga más que "luna".
Más vale la pena que diga "la luna negra".
D. B. - Y hablando de los guardianes del idioma, si hablamos del español, ¿usted es de
los que piensa que hay que cuidarlo? Vio todo este lío que se armó con García Márquez
-de repente un lío más humorístico que otra cosa-, cuando habló de la letra
"h" y todos esos temas, de las diferentes variantes del idioma.
M. A. - En el siglo pasado, nuestro Domingo Faustino Sarmiento había pretendido también
que se eliminara muchos obstáculos de la ortografía, la letra "h" o la
diferencia entre la "s" y la "c". Pero claro, en ese momento Sarmiento
lo hacía para facilitar la alfabetización, que lo obsesionaba. García Márquez lo hizo
por una razón que no se entiende muy bien, pero yo me pregunto: ¿se concibe un cambio de
ese tipo en el inglés, por ejemplo? Hay muchas palabras que en inglés tienen una
ortografía endemoniada.
Lo que ocurre es que la ortografía habla de la etimología, del origen de las palabras, y
está muy relacionado también con una estética del lenguaje. A mí me parece que no
tiene sentido. Yo creo que el lenguaje es algo vivo, que cambia, que incorpora palabras,
que se modifica. Eso, por supuesto, no lo tenemos que modificar ni asustarnos, por
ejemplo, con la introducción de extranjerismos. Eso es parte de la dinámica de un
idioma. Pero por decreto, modificar ortografías o establecer qué palabras son lícitas o
qué palabras no lo son, va justamente en contra de esa vitalidad propia de un idioma,
cosa de una autonomía, de una salud imparable. Eso funciona a pesar de lo que quieran los
que aman los decretos.
No nos olvidemos que el castellano y el francés empezaron siendo las degeneraciones del
latín. Y bueno, ahora tenemos grandes idiomas, por cierto. Y lo que llamamos
degeneración a lo mejor no es degeneración; tal vez es algo que va a dar lugar a otra
cosa. Yo creo que en ese sentido los escritores no tenemos que asustarnos de incorporar el
lenguaje popular y los extranjerismos que nos habitan. Es parte de una dinámica. En
cambio, yo no estoy de acuerdo en establecer cambios por decreto. Lo de García Márquez
es increíble. Un hombre de semejante libertad creadora proponía por decreto cambiar la
ortografía. Me parece que no tiene sentido.
D. B. - Mario Benedetti nos decía en este programa que él pensaba que en realidad lo
había hecho como un gran chiste. Que se había querido divertir y armar un gran lío,
pero que en realidad no se lo tomaba demasiado en serio. Era su interpretación, por lo
menos, de lo que había dicho García Márquez.
***********
SEGUNDA PARTE
D. B. - Lo estoy entrevistando esta mañana como escritor, pero obviamente el historiador
aparece también aquí. Sabemos que es médico y psicoanalista. Un oyente puede
preguntarse si hoy ejerce todo esto junto.
M. A. - Lo ejercía todo junto. Actualmente estoy dedicado a la literatura. Es decir, lo
que en un tiempo eran las horas escasas de mi semana dedicadas a la literatura, ahora la
mayor parte de las horas están dedicadas a la literatura. Una literatura que por cierto
me exige investigar, leer. Bueno, estoy prácticamente cerrando un cuento circular, porque
le voy a confesar que yo comencé a escribir no solamente cuando empecé con los palotes,
cuando tenía cinco años, sino que pergeñé mis primeros cuentos cuando tenía 12 años.
Ahí ya se notaba que tenía ganas de ser un escritor. En esa época empecé a leer
vorazmente también. Luego la vida me llevó a diversos derroteros.
Yo creo que todos esos derroteros, los lugares por donde pasé, me han servido, porque
mientras uno más vive, más incorpora a esa cocina que después se vuelca a esa
literatura. Pero ahora, a esta altura de la vida, me dedico otra vez fuertemente a la
tarea literaria, y es como si cerrara un cuento circular. Vuelvo a hacer lo que quería
desde siempre.
D. B. - El año pasado se lanzó su ensayo "Nueva carta esperanzada a un
general", que retomaba aquella "Carta esperanzada a un general" del año
83, sobre la que, entre otras cosas, usted ha dicho: "Las Fuerzas Armadas han
asaltado y desprestigiado al Estado, pero ahora el Estado las margina y las deja
agonizar". ¿Esto es así, tal cual, en 1997?
M. A. - Por lo menos en Argentina es así. Y yo creo que todavía no hay un claro debate
en el sentido de si hace falta o no tener Fuerzas Armadas. Yo contemplo con una especie de
estupor que no se toma ninguna decisión, sino que se deja que las cosas se resuelvan por
sí solas. Es decir, hay Fuerzas Armadas que están sin presupuesto. Por ejemplo, en
Argentina se eliminó el servicio militar obligatorio y está el voluntario.
Al soldado voluntario se le paga un pequeño sueldo. Muchos muchachos ingresaron porque
era una forma de encontrar trabajo y de poder llevar algo de dinero a la familia. Pero me
decía hace poco el general Balza que no sabe si va a llegar a pasar la mitad del año
próximo con el presupuesto actual. De modo que es una situación muy difícil, a pesar de
los cambios en economía que se han realizado. En este momento las Fuerzas Armadas
argentinas se manejan con un presupuesto que años atrás prácticamente habría
significado la invitación a un golpe de Estado, porque es muy poco lo que tienen. Han
aprendido a administrar muy bien -y eso es meritorio- y por otro lado están en este
momento completamente sometidas a la ley y la Constitución.
D. B. - Seguramente usted recuerda esto que tengo delante mío, una publicación de
Clarín del año pasado, cuando se lanzaba esta "Nueva carta esperanzada a un
general". En Clarín le pedían a Ernesto Bossi, general de brigada y secretario
general del Ejército, que escribiera acerca de su trabajo. El título de su nota es
"Un esfuerzo intelectual", y él dice aquí, hablando de 1983, cuando la primera
"Carta esperanzada a un general": "... muchas de las afirmaciones del autor
Marcos Aguinis me parecieron una suma de medias verdades, escritas para agredir a los
militares. Yo era teniente coronel por aquella época difícil y junto a casi todos los
que vestíamos uniforme rechazamos el texto porque nos parecía que Aguinis era uno más
de los que hacía leña del árbol caído".
Más adelante dice: "Sabemos que es producto -la "Nueva carta esperanzada a un
general", que se editó el año pasado- de un esfuerzo por acercarse a nuestras
realidades, que el autor ha llegado a conocer mediante el contacto con informes y
documentos, largas horas de comunicación con militares sobre los temas más variados,
aún los más conflictivos y espinosos".
¿Realmente se lo propuso como método de trabajo?
M. A. - Efectivamente. Yo solicité entrevistarme con los jefes de las Fuerzas Armadas.
Fue una actitud bastante temeraria, a las que generalmente suelo someterme, porque
evidentemente podía pasarme cualquier cosa. Yo era odiado por los militares argentinos
porque en aquella "Carta..." había hecho una disección muy cruel sobre sus
enormes errores. Sin embargo, me recibieron muy bien, pusieron a mi disposición toda la
información que yo quisiera, y de esas largas horas de discusión hablamos sobre lo que
había ocurrido durante la dictadura, sobre los desaparecidos, sobre los torturados, sobre
la hipocresía con que habían manejado la represión. Me di cuenta de que se estaba
produciendo un cambio bastante importante.
D. B. - ¿Le dijeron que sí enseguida, cuando solicitó esas entrevistas?
M. A. - Me lo aceptaron enseguida.
D. B. - ¿Ningún militar le dijo que no?
M. A. - No, porque ellos se dieron cuenta, con bastante lucidez, de que yo en este momento
represento a un intelectual bastante respetado y escuchado en mi país, entonces el sólo
hecho de que me interesara en averiguar qué les estaba pasando ya les significó a ellos
una especie de alivio en la sensación de estar abandonados. Primero fueron despreciados y
ahora están abandonados. Entonces, que alguien se interesara por saber de primera fuente
lo que les ocurría los entusiasmó enormemente, y los llevó a que me mostraran todo y se
dispusieran a hablar y expresar todo lo que les estaba ocurriendo. Y en este momento yo
digo abiertamente -y lo digo aquí, en Uruguay también- que considero un deber moral
apoyar a los militares democráticos, porque apoyando a los militares democráticos
impedimos que los que no son democráticos vuelvan a tomar la posta, porque esos siguen
existiendo todavía. Especialmente en el sector de los retirados hay muchos militares que
todavía tienen nostalgia por la dictadura. Entonces, esta atención tiene que volverse a
favor de aquellos que prefieren la ley, la Constitución y la democracia, y a ellos yo los
apoyo abiertamente.
D. B. - El general de brigada Ernesto Bossi agrega como comentario a la "Nueva carta
esperanzada a un general": "En estos 13 años, el Ejército argentino ha
avanzado mucho en todo sentido, como bien describe Aguinis. La integración entre civiles
y militares que existe en Argentina nos coloca dentro de los parámetros institucionales
que caracterizan a los países avanzados". Se refiere, por ejemplo, a las fuerzas
internacionales de paz, a este tipo de trabajos de parte del Ejército. Y agrega: "El
trabajo silencioso pero efectivo que ha realizado el Ejército para adaptarse a los
cambios ocurridos desde que el autor escribiera su primera carta nos enorgullece y nos
anima a seguir adelante".
¿Usted comparte realmente este análisis, esta visión tan positiva, tan optimista del
Ejército argentino? Dice él: "... nos coloca dentro de los parámetros
institucionales que caracterizan a los países más avanzados".
M. A. - Sí, en el sentido de que se refiere a los más avanzados que son Fuerzas Armadas
sometidas a la ley y a la Constitución, que están sometidas al poder civil. En ese
sentido es verdad. Esto ha ocurrido y esto debe ser aplaudido y reconocido. Lo curioso y
casi paradójico es que se produce esto en el momento en que la sociedad civil, en vez de
reconocerlo y apoyarlo, abandona y se olvida de esto. Entonces nos encontramos ante una
situación muy extraña, preguntándonos: ¿hace falta que tengamos Fuerzas Armadas?
Preguntémonos eso sinceramente.
Si no hace falta, entonces eliminémoslas ya, por un decreto o una resolución de ambas
Cámaras del Parlamento, reunidas en una sesión extraordinaria y muy solemne en la que se
diga: "Si no hacen falta Fuerzas Armadas, entonces se las elimina". Pero tampoco
se puede hacer que las Fuerzas Armadas se vayan degradando poco a poco para que mueran por
inanición. Eso es lo más indigno que se pueda pretender, porque las Fuerzas Armadas
están ligadas a nuestra historia y a nuestros símbolos nacionales. Por lo tanto, aquí
yo creo que hay una falla de la sociedad civil de no asumir con la suficiente lucidez y
coraje problemas que son espinosos y difíciles.
D. B. - ¿Pero quizás no son las heridas de la recién pasada dictadura militar que
están picando un poco esa desidia, ese abandono?
M. A. - Yo creo que esas heridas están, pero no se olvide que el general Balza, en un
comunicado que estremeció a todo el país, dijo que delinque quien imparte órdenes
inmorales y delinque quien cumple órdenes inmorales. Con esa declaración se puso por
arriba de una ley votada por el Congreso, la ley de obediencia debida, cuando dice
"delinque quien obedece órdenes inmorales". Entonces, él estaba en contra
incluso de la obediencia debida. Era una posición mucho más progresista, mucho más
vinculada con los derechos humanos que la que sancionó el Parlamento. Esto tiene que ser
apoyado y valorado.
D. B. - En el final hay tres preguntas que me interesa hacerle a propósito de la
actualidad, de cosas recientes que en estos días se han dado. Una es, evidentemente,
acerca de las elecciones en Argentina. En la medida en que usted fue presidente del
Programa Nacional de Democratización de la Cultura (Prondec), en tiempos de Alfonsín,
fue secretario de cultura durante ese gobierno. Hoy en día, a la luz de las últimas
elecciones de la alianza entre el Frepaso y los radicales, ¿dónde se ubica usted?
M. A. - Bueno, yo creo que las elecciones del 26 de octubre no han significado un cambio
muy profundo en la composición del Parlamento, porque como es un cambio parcial no se
nota claramente en los números. Pero ha cambiado la atmósfera política del país. El
hecho de que la Alianza obtuvo los triunfos que se conocen ha llevado a que el gobierno
que hasta ahora ganaba todas las elecciones comprendiese que ya no tiene carta blanca, que
debe cuidarse, que debe reflexionar. Y se ha producido lo que en toda República es muy
conveniente: un balance entre los diversos poderes. En este momento el Parlamento ya no
está completamente dominado por el Ejecutivo, como ocurrió hasta hace muy poco. Sabemos
que el Poder Judicial en Argentina tiene severísimas críticas. De modo que yo estoy muy
contento con el resultado de las elecciones del 26 de octubre.
D. B. - ¿Se ha mantenido fiel al Radicalismo?
M. A. - Sí, sigo siendo afiliado al Partido Radical, a pesar de que he tenido muchos
enojos y críticas con respecto a fallas que también el Partido Radical ha cometido. No
se olvide que la función de un intelectual es ser una especie de tábano que
permanentemente molesta a los dirigentes de turno. Pero me parece que es un partido
centenario que tiene una tradición ética muy importante y que hace precisamente que los
hechos reñidos con la ética sean mal vistos y sean severísimamente juzgados.
D. B. - ¿Y cree usted que esta alianza que se hizo fundamentalmente para estas elecciones
legislativas, pero de futuro, podrá cristalizarse, va a poder estructurar y llegar a una
fórmula de gobierno para las elecciones nacionales próximas?
M. A. - Sí, yo creo que la alianza va a continuar, porque son mucho más fuertes los
motivos para que sigan unidos que divididos. Las divisiones que pueden surgir están
vinculadas fundamentalmente con las candidaturas, y las candidaturas sabemos que muchas
veces se dirimen por cuestiones personalistas y no por principios.
D. B. - ¿Usted cree que en los principios y en las ideas hay un gran acercamiento?
M. A. - Hay un gran acercamiento y una gran coincidencia, por cierto. Hay una gran
coincidencia, que fue la que facilitó este acercamiento. Y yo le diría además que
ocurrió un hecho interesante: había resistencia por parte de ambas agrupaciones -tanto
los radicales como los frepasistas- de establecer la alianza. Pero escucharon, por primera
vez se les abrió la oreja y se dieron cuenta que la sociedad pedía esa alianza. Cuando
en algún momento en la última audición aparecía un radical y un frepasista, los
teléfonos empezaban a sonar, diciendo: "Déjense de discutir entre ustedes y
únanse". Y yo creo que al escuchar esa voz, ese reclamo popular, han tenido un
primer gran acierto.
D. B. - En las últimas horas se habla desde Argentina de la investigación que sigue su
paso en relación con los atentados contra la AMIA y la Embajada de Israel en Buenos
Aires. A propósito de la investigación judicial, por ahora siguiendo las pistas de la
posible participación de integrantes de la Policía argentina en esos atentados, con
sospechas y nuevos datos que aparecen, llamativos, como la existencia de esa herencia
multimillonaria que habría recibido ese funcionario de la Policía argentina, ¿con qué
expectativa sigue usted todo esto?
M. A. - Esto que se descubrió ahora confirma una sospecha que se hacía muy difícil de
sobrellevar en la sociedad argentina, en el sentido de que hubo un apoyo local al
atentado, por más que este atentado haya sido organizado desde centros del terrorismo
internacional (se piensa mucho en Irán, en Siria o en Libia).
D. B. - ¿Usted está convencido de esa teoría?
M. A. - Sí, el origen, el cerebro viene de allí. Eso es seguro. El Hizbollah mismo se
atribuyó uno de los atentados. El Hizbollah, claro, está en Líbano y entonces no se
sabe, pero el Hizbollah en Líbano tiene un apoyo de Irán y de Siria. Lo cierto es que
para cometer un atentado de esa magnitud -dos atentados de esa magnitud- hace falta un
apoyo local. Esto es lo que no se podía esclarecer, justamente porque estaban dentro de
la misma Argentina los elementos que frenaban o impedían que la investigación avanzara
en el camino correcto. Hubo mucha tarea para dispersar a los jueces o para desorientarlos,
para confundirlos y llevarlos por pistas falsas.
Ahora aparece con claridad la conexión local y esperemos que esto lleve a que se descubra
mucho más. La sensación que tenemos es que esto no se limita a este jefe policial y que
nos llevará a otros jefes. Y vaya uno a saber cómo continúa la cosa.
Es algo muy auspicioso, desde luego, y yo diría también que corresponde a esta
atmósfera que se fue instaurando en Argentina después del 26 de octubre. Es decir que
aquí la impunidad ya no es tan tolerada como antes y hay un impulso por todas partes para
que empiecen los esclarecimientos. Incluso la investigación sobre el asesinato del
fotógrafo José Luis Cabezas está avanzando.
D. B. - ¿Usted cree que la presión social jugó un papel?
M. A. - Sí, no hay duda. Jugó un gran papel y yo quiero, desde un país hermano, como es
Uruguay, felicitar a mi pueblo, porque ha comenzado una característica que no era muy
frecuente. El pueblo argentino no era perseverante, era un pueblo más bien veleidoso, que
cambiaba con mucha frecuencia, con gran rapidez, que se cansaba de un gobernante
democrático y pedía la mano dura, que se cansaba de la mano dura y quería recobrar la
democracia. Desde hace unos años se está convirtiendo en un pueblo mucho más tenaz y
perseverante.
El pedido de investigación por los atentados a la embajada y a la AMIA, el pedido de
investigación por el crimen de María Soledad Morales, el asesinato de Cabezas, la carpa
docente, son hechos que en Argentina están durando meses y años. Esto es algo nuevo por
parte de la gente, con manifestaciones públicas de perseverancia, de tenacidad. Y esto,
evidentemente, va a generar cambios en nuestra dirigencia, que va a tener que atender a
esto y que va tener que darse cuenta que está con un pueblo que es mucho más maduro y
mucho más obcecado de lo que era antes.
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Transcripción: Escribas
E-mail: escribas@adinet.com.uy
Edición: Julieta Sokolowicz
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