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Publicado en
El Observador,

16.07.00


Maracaná, los laberintos del carácter


Por Franklin Morales*


Acaso cada uno de nosotros tenga su propia y, a su modo, verdadera acepción de Maracaná. Palabra mágica con el poder de un oráculo al revés, hacia allí desde hace medio siglo peregrina el fútbol todo, no para consultar el futuro, para comparar otras proezas. E inclinarse.
En lo personal, Maracaná es otro acontecimiento en el devenir de la singular civilización que hemos construido entre todos, no se trata de un episodio insólito, de una anomalía de 90'. El fútbol nuestro reconoce otros Maracaná en la medida de su tiempo y circunstancia, el 13 de setiembre de 1903, los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928, el primero de los mundiales. Pero ninguna de estas proezas ­ni las que siguieron, siguen y seguirán­ cuentan por sí mismo, no fueron independientes, ajenas a nuestro tejido social. Los futbolistas no son una raza marginal que crece entre las rayas de la cancha.

Por tanto, ahondar en cuánto hizo al 16 de julio de 1950 en definitiva es adentrarse en los componentes del carácter nacional sin lo cual no terminaría de entenderse. Hasta podría suponerse fruto de un milagro, eso sí, menor a la conversión del agua en buen vino, el primero de los milagros de Jesús. En eso ando desde hace meses, explorando y escribiendo. Mejor dicho desde hace años, mejor aún, desde niño, cuando oía en Rincón del Bonete, allá lejos y hace tiempo, la voz de Carlos Solé que nos llevaba los fabulosos fragores del fútbol.

¿Escribiendo sobre el gesto de Obdulio, el gol de Ghiggia, la grandeza de todos? Sin duda, pero también de muchas, muchas otras cosas. Como la huelga de jugadores de 1948 y '49, sin cuyos pormenores Maracaná es mucho menos comprensible. Fue la única huelga de que se tenga noticias por cuestiones de dignidad, no de dinero, y la única que se tenga noticias que lograra sus objetivos.

Entre otras cosas porque a la justicia de la causa se sumó alguien que dijera síganme! y le siguieran. Alguien que sin ser el mejor jugador ­y si lo era bienvenido el plus­, ni el más simpático, ni el más querido ni el más leído, que de hecho no lo era, poseyera el misterioso poder de un carisma casi animal. Tanto que cuenta estos días Dalton Rosas Riolfo, "una noche convocamos una asamblea, había como 400 futbolistas, llegó Qbdulio y le preguntó a Enrique Castro si había alguna novedad, le contestó que no, se dio vuelta y se fue. Detrás suyo se levantaron y se fueron los 400 jugadores! En la mesa quedamos Enrique, Walter Cosse y yo..."

Obdulio además era capitán de Peñarol y capitán de la selección, de un Peñarol milagrosamente conformado por Emérico Hirsch ya en la primera práctica que dirigió en Las Acacias. La que reanudó la actividad después de siete meses de huelga, que devuelve a la cancha jugadores con una elevada autoestima lo que, entre otras cosas, evitó una salida masiva hacia la Colombia de la liga pirata. En su lenguaje de medio castellano Hirsch anunció uno a uno el célebre Peñarol del '49, único en el fútbol del país a quien nadie derrotó en todo el año, sólo perdió un amistoso en Buenos Aires en la inauguración del estadio de Huracán.

Ese formidable equipo ­poderoso por fuera y sano por dentro­ fue la base de la selección que enfrentó a Brasil, una selección formada sobre un dominante Vasco da Gama, surgido con la dirección de Ondino Viera y ahora conducido por el todopoderoso Flavio Costa. Además técnico de la propia selección desde una eternidad, 1944, casualmente frente a Uruguay, en los partidos de despedida de las Fuerzas Expedicionarias Brasileñas que partían al frente italiano de la segunda guerra mundial.

Entre Uruguay y Brasil existían las mismas diferencias que separaban a ambas civilizaciones. Así, aquel Vasco estaba fuertemente dominado por los componentes mágico-religiosos de la macumba, hasta se trajeron perros para ayudar a desenterrar de su estadio de San Januario las gallinas muertas en los "trabajos" de los adversarios de turno. Pero reuniendo a la flor y nata de los supercracks brasileños, llamativamente fue "demasiado" subcampeón en esos años. ¿Acaso trasladaría a la propia selección un componente de fragilidad emocional?

De éstas y de muchas otras cosas trata el libro cuyo título, Maracaná, los laberintos del carácter, sintetiza lo esencial de esa victoria, las anteriores, las que siguieron y seguirán en tanto creamos, tengamos fe en nuestro modo de ser y sentir. Que esa es al fin de cuentas la suprema lección de Maracaná.

* Periodista y escritor