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Tomás Cacheiro: "Desde el río"
y aprendiendo con los materiales


"Yo caí a Paso de Averías un poco como subversivo.
Y la propaganda cae mucho sobre la gente inocente
que, después, son las primeras víctimas"


EN PERSPECTIVA
Lunes 07.06.99.


DIEGO BARNABE:
"No tallo formas en barro,
que otros pueblos han creado.
Yo sólo tallo en la tierra
lo que mi tierra me ha dado.

Minerales, agua y fuego,
forman tu mundo, alfarero.
Desde el comienzo del mundo,
ese mundo es el primero.

Si el barro toma su tiempo,
no tiene el tiempo medida.
Porque ese tiempo del barro
es tiempo para la vida."

Este es uno de los textos que ha escrito Tomás Cacheiro, que perfectamente podría ser algo así como una "cédula de identidad" o, por lo menos, una forma de presentarse, de presentarlo. Ese texto acompaña el catálogo de la exposición que se inauguró en Montevideo el pasado viernes 4 de junio, en el Subte Municipal. Textos, además de su trabajo en cerámica, en maderas, de su obra y su vida, que están representados en estas creaciones que estamos descubriendo esta mañana aquí, además, con el catálogo a la vista.

Tomás Cacheiro tiene 78 años. Nació en Treinta y Tres, y es uno de los ceramistas más destacados de nuestro país.

Habíamos conversado con él una vez -yo se lo recordaba, antes de comenzar esta charla- por teléfono, directamente desde Paso Averías. Yo no recuerdo si el teléfono estaba en su casa. Creo que no.


"No me gusta entrar a un salón de exposiciones donde hay cierta mistificación, y que se entre como a un santuario. No sé si la edad lo lleva a uno a hacer frases, pero de lo que estoy seguro es de que el arte madura en la comunicación"

TOMAS CACHEIRO:
Sí. Puse teléfono ahora porque Lascano no tenía agua potable. Y construyeron una usina (que, por supuesto, saca el agua del Cebollatí), y los cables pasaron por el lugar donde estoy. Allí coloqué un transformador, y eso me permitió muchas cosas importantes. Primero, un teléfono que me comunique con mi familia, con tantas cosas. Y, sobre todo, un horno eléctrico, donde puedo controlar la precisión de un esmalte que, por ejemplo, precisa 1.040 grados. Yo apago el pirómetro a 1.040 grados y sé lo que voy a sacar. El horno a leña es una aventura que en estos tiempos ya no tiene sentido.


DB - Tomás Cacheiro vive en Paso Averías, a orillas del río Cebollatí, hace ya unos cuantos años. Se radicó allí luego de que debiera dejar su actividad como docente, en tiempos de la dictadura militar, cosa que, obviamente, significó una contrariedad en su vida, un momento de disgusto. Esta circunstancia lo llevó a vivir en este lugar, en el que hay muy pocos habitantes, ¿no?


"Yo salía en bote, juntaba leña, pescaba, llevaba una vida semejante a la de ellos. Y en cuanto me empecé a parecer a ellos, se fueron abriendo las relaciones"

TC - Sí. Cerca de allí hay un pobladito que no pasa de 50 personas. Y la mayoría son gente muy mayor. Porque el lugar no se presta para que un joven pueda vivir. No hay medios de trabajo. La mayor parte de los habitantes son jubilados, ancianos, que están radicados en su lugar, viviendo con un mínimo muy elemental.

Gente que quiero mucho, con la que nos relacionamos mucho. Cuando viene alguna creciente y debo salir de mi lugar, no tengo un lugar donde no me pueda quedar. Y eso hoy importa. En cualquiera de las casas de ellos pido un rincón para quedarme, y lo tengo. Hemos abierto una amistad muy generosa, que me costó un poco al principio. Porque yo caí allí un poco como subversivo. Y la propaganda cae mucho sobre la gente inocente. Que, después, son las primeras víctimas. Eso lo dice muy bien Picasso en Guernica, cuando empapela el caballito, la primera víctima de la corrida de toros.

Y el tiempo me fue reponiendo en la relación con esa gente porque yo salía en bote, juntaba leña, pescaba, es decir que llevaba una vida semejante a la de ellos. Y en cuanto me empecé a parecer a ellos, se fueron abriendo las relaciones. No sé si me explico.


DB - ¿Y usted fue "subversivo"?


TC - Bueno: me resistí a la dictadura. ¿Eso es subversión?

En alguna medida, el que está vinculado a este mundo de la cultura, del arte, es un poco forastero en la ciudad; es un tipo medio extraño que no se adapta a los mecanismos sociales. En toda forma de arte, cuando se incluye algo nuevo, es natural que el pueblo la rechace. Ya lo dice Platón, y lo recuerdo con cierta frecuencia: al artista -si es que me cabe el calificativo de artista- hay que expulsarlo de la ciudad porque rompe el pacto social. Y las ciudades tienen un pacto secreto.

Yo diría que no fue sólo la dictadura la que me expulsó de mi trabajo. Porque lo que más me dolió -me dolió y me sigue doliendo, aunque me repone el afecto de los que fueron mis alumnos- fue quedarme sin mis clases, que eran mi forma de vida. Dar una clase de historia del arte ante adolescentes... ¡ah, qué cosa seria! Y el arte madura en la comunicación. ¡Cuántas veces iba a clase convencido de que estaba preparado para tratar ese tema, y en el momento de exponerlo me daba cuenta de que no! Me daba cuenta que tenía que revisar más a fondo y desde otros ángulos la cosa.

Y muchas veces iba a clase con miedo de no estar preparado. Y la comunicación me iba abriendo caminos, de modo que llegaba a mi casa y anotaba cosas descubiertas en la clase con el diálogo de muchachos. Eso fue muy importante.

Y... ¿cómo le voy a decir? Fue mi forma de vida, más que mi medio de vida. Me dolió mucho apartarme de eso.


DB - Pero eso no le impidió seguir estudiando. Usted ha seguido estudiando.


TC - Sí. En la cabecera de cama tengo un libro que es muy bueno: "Al diablo con la cultura", de Herbert Reed. Dice mucha cosa y me ubica en muchas cosas.


DB - Lindo título ése, ¿no? "Al diablo con la cultura".


"Hice una cantidad de toritos que me pidieron para exportar a la Argentina. Me levantaba todos los días a hacer lo mismo, a hacer lo mismo, a hacer lo mismo. Después me los encargaron otra vez y me resistí. Me parecía una inmoralidad"

TC - Con la cultura formal, esa cultura que transforma la cultura en mercancía.


DB - A propósito de eso usted dice algo que tiene que ver también con su obra y con su vida: la cultura, cuando se transforma en mercancía. Dicen por allí -no sé si es cierto- que sus obras se venden y se revenden a veces, y llegan muy lejos, y se van hasta Europa. Y a usted eso poco le importa, y poco cobra por eso.


TC - Hice una cantidad de toritos que me pidieron para exportar a la Argentina. Y necesitaba tener un medio de transporte porque el lugar me distanciaba un poco de los lugares donde yo quería llegar. Y lo hice. Me levantaba todos los días a hacer lo mismo, a hacer lo mismo, a hacer lo mismo. Y eso me permitió comprar una camioneta.

Después me encargaron otra vez que hiciera lo mismo. Y me resistí. No quería levantarme todos los días a hacer lo mismo. Me parecía que era un poco una inmoralidad.

Picasso, con su mordacidad, dice cosas que tienen sentido: "Prefiero copiar a otros, y no a mí mismo". Y eso duele, cuando uno se ve a sí mismo que está haciendo lo mismo.


DB - "Dios hizo al hombre de barro
y fue muy frágil su paso.
Para mi sed de Dios
hice de barro mi vaso.

A pesar de despertarme
antes que aclare la aurora,
entre recuerdos y mates,
me voy quedando sin horas.

Se hallaron en un cacharro
la edad que un pueblo tenía;
no quedará sin edad
el poblado de Averías.

No pretendo con mis versos
hablar en tono profundo.
Un alfarero no sabe
ver con palabras el mundo.

Para animarme a ofrecer
lo que verseando sostengo
tengo el tiempo que he dudado
de las razones que tengo."

¿Estos textos acompañaron sus creaciones desde siempre, o desde hace poco?


"Me considero un viejo privilegiado. He visto gente jubilada que queda en el vacío. Yo no me despierto nunca sin esperanza. ¡Mire qué cosa! Porque algo ha quedado a medio hacer. Saldrá o no saldrá, pero me compromete"

TC - No tienen mucho tiempo. Yo no me considero escritor, porque para ser escritor hay que cultivarse casi diría que durante toda la vida. No puedo improvisarme como poeta. Lo que digo en mis versos es como un complemento de mi trabajo, que funcionan -si funcionan- junto a lo que hago. No me animaría a editar un libro como escritor. No me animaría. Me costaría eso.


DB - En todo casos, sus palabras despiertan en nosotros muchas imágenes, como éstas:

"En el corazón del barro
sueña una forma dormida.
Sueño que acuna mis manos,
soñando sueños de vida.

Andan y andan mis manos
en torno al barro rondando:
velan el alma dormida
que en el barro está soñando.

No tienen pausa mis manos
cuando el barro se despierta.
Mi vida no tiene pausa,
mi mano no está desierta."

¿Trabaja con sus manos solamente?


TC - Sí. Particularmente. Me considero, en ese sentido, un viejo privilegiado. Porque a mi edad, que me preocupe algo que es un poco una aventura, es muy importante. He visto gente mayor, jubilada, que queda en el vacío. Yo no me despierto nunca sin esperanza. ¡Mire qué cosa! Porque algo ha quedado a medio hacer. Saldrá o no saldrá, pero me compromete.


DB - Usted hizo muchas cosas, no solamente irse a vivir un día a Paso Averías, a un lugar con apenas 50 habitantes, sino muchas cosas en la historia de este país que tienen que ver la cultura. Con la cultura, por lo menos, como usted la entiende. ¿Fundó el Cine Club?


TC - Fui fundador de Cine Club, que funcionaba todos los sábados de tarde. Y lo digo no sin vanidad. A Cine Club de Treinta y Tres llegaron películas del Museo de Nueva York, que hicieron este recorrido: San Pablo - Treinta y Tres - Montevideo. "Intolerancia", "Pimpollos rotos", de Griffith, películas de museo.

Fue el único lugar del interior donde se hizo una muestra de auténticas obras de Torres García que están hoy en el museo. Yo me quedaba en el salón donde estaban expuestas, de noche, en un catre, y armado. Sabía lo que tenía allí, y había que cuidarlo. Era muy amigo -y esta gente me ayudó mucho a comprender el mundo del arte- de la gente del Taller Sur: los hermanos Visca, Almada, Guido Castillo. ¿Qué mano no da una mano? Hasta ahora me la siguen dando.

No me considero un solitario. Es necesaria la convivencia. Todos precisamos del otro. Eso lo sé por experiencia.


DB - ¿Vive solo hoy?


TC - Con mi mujer, una compañera que -lo he dicho varias veces- soporta con paciencia mis humores. Cuando las cosas no salen, ando con el alma por el piso.

(Risas)

¡Más de medio siglo!


DB - ¿Cuando qué cosa no sale?


"Treinta y Tres fue el único lugar del interior donde se hizo una muestra de obras de Torres García. Yo me quedaba en el salón donde estaban expuestas, de noche, en un catre, y armado. Sabía lo que tenía allí, y había que cuidarlo"

TC - Yo hago un dibujo para hacer una cerámica (que están ahí en el catálogo). Y el dibujo me parece bárbaro: "Esto va a ser una linda pieza". Pero cuando empieza a tomar volumen, y empieza el barro a reclamar su naturaleza, es distinto. Es distinto.

Además, la naturaleza de los materiales importa muchísimo. Una cosa de la que me di cuenta a tiempo. Y eso me lo enseñó un tallador en bronce, Almada, que estaba en el Taller Sur, muy vinculado a la obra y a la docencia de Torres García. No era un hombre (y aquí las palabras son peligrosas; la palabra nunca alcanza cuando se habla de arte) con cultura "cultivada": era un intuitivo. Hacía una de las formas que, diría, están en el mundo del constructivismo, y le daba una cosa distinta a la que le daban los que tenían esa cultura doctrinaria de Torres García, que era un gran maestro (por eso, porque tenía una doctrina). Pero a ese herrero le salían de otra manera. ¿Por qué? Porque venía desde el conocimiento del material. Y el material tiene su existencia propia.

Esto me sirvió para la cerámica. Yo tomaba pelotones de greda de las orillas de las barrancas del río. Los ponía sobre mi mesa de trabajo y casi se puede decir que los "agarraba a trompadas". Los deformaba: buscaba aquí y allá. Y me retiraba a ver sus huecos, cómo se conducía el material, y empecé a perder un poco de vanidad, de decir, "yo voy a crear una cerámica". No. La tiene que crear el material. Claro que yo no voy a ser indiferente a eso y voy a tratar de agregar algo de mí mismo también. Pero aprendí desde temprano a mantener la expresión que cada material tiene.

Recuerdo que una vez vi una exposición de este hombre Almada, del que estamos hablando. Y sus cobres aislados me gustaban mucho, pero cuando se reunieron ¡cómo se arrojaron energía unos sobre otros! Y eso lo tiene la naturaleza. Hay ritmos y armonías secretas que cuesta mucho descubrir. Y eso viene desde Grecia, de muy antiguo.


DB - ¿Cómo se concilia un teórico -usted hablaba de Torres García, alguien que fundó una teoría, que escribió mucho al respecto, que la enseñó a muchos alumnos, algunos de los cuales usted mencionó- y esta otra escuela -si es que se puede llamar "escuela"- del hombre, del artista, en fin, que trabaja directamente con la naturaleza y con un gran respeto por lo que los materiales de la naturaleza le van sugiriendo? ¿Se puede conciliar la teoría con el hombre que trabaja directamente, que toma sus estímulos de la naturaleza, de las formas que le sugiere?


"Yo hago un dibujo para hacer una cerámica, y me parece bárbaro: 'Esto va a ser una linda pieza'. Pero cuando empieza a tomar volumen, y empieza el barro a reclamar su naturaleza, es distinto"

TC - Lo que recibí de Torres García lo recibí a través de sus alumnos. Había una mística frente a eso. Y eso le va dando a usted una conciencia de respeto, de adhesión al mundo del arte, de una forma muy especial, de manera que uno no sea sólo un artista en el sentido "industrial" de la palabra.

Torres decía que para estar en el mundo del arte son indispensables tres ingredientes: fe, gravedad y conducta moral. ¡Qué tres!


DB - María Celia, del Parque Rodó, oyente, nos llama, agradece poder escuchar a Tomás Cacheiro -porque dice que no lo conocía- y las cosas que está diciendo la ayudan a seguir viviendo, ya que no tolera el sufrimiento de ver la época actual. Dice que también felicita a su esposa, "de igual valía que usted".

(Risas)

Este hombre, que vive en Paso Averías, ha dicho en una entrevista: "Si me sacan de Averías, me matan". ¿Es cierto eso?


TC - Bueno: yo no pienso llegar al suicidio. Quiero mucho la vida.


DB - "Cuando vaya por la Ruta 8 rumbo a Melo, anímese a doblar a la derecha, exactamente frente a Varela. Vale la pena porque, enseguida del puente, sobre el Cebollatí, se encuentra el paraíso. Es imposible equivocarse. Antes de cruzar el río está Averías, un pueblo simpático, como de cuento, que tiene cincuenta habitantes. En Averías no hay servicio policial y las llamadas telefónicas a los vecinos las hace de viva voz la propia funcionaria de la centralita. Una vez fue un médico, y al mes tuvo que irse porque no había tenido ninguna consulta. La población la integran personas mayores, jubilados, peones rurales y puesteros".

Así describía en 1995 César Di Candia, a Paso Averías, para presentar una entrevista que hacía, justamente, con Tomás Cacheiro.

Y siguen llegando saludos para Tomás. Desde Lascano, en Rocha, llamaron Carlos Herrera y Víctor Velázquez. Dicen que "cuando estén prontas las ciruelas, vamos por allí". ¿Qué es eso de las ciruelas?


"Para hacer esta silla con raíces que comienzan y se siguen, y se continúan y se continúan, fue largo tiempo recorriendo las costas del río. Y después fui seleccionando para construir una forma. Y si usted mira, se da cuenta de que yo no puedo haber inventado eso. Lo crearon los materiales"

TC - En alguna medida, esto es muy triste. Porque algo está pasando con la naturaleza. Hace dos años que los árboles, cuando la fruta empieza a formarse después de la flor, no sé en qué forma los agrede el sol, que las voltea. Y eran árboles que se transformaban en un racimo solo de fruta. Yo tenía que salir a regalar la fruta a vecinos y a amigos porque no daba abasto con toda la que tenía, y no me gustaba verla en el suelo.

También hay especies de pájaros que ya no están. Y para el que vive allí, y no los ve, y sabe que no están porque seguramente han muerto, creo que se deba (y en esto pido disculpas si me equivoco) a los insecticidas, a los herbicidas y a los abonos fosforados de los arrozales. Cuando viene una creciente, todo eso se desparrama por el campo y por el río. Y los pájaros que comen insectos, mueren. Muere la viudita, que es un pájaro blanco con una lista negra, que es una de las joyitas de la naturaleza. No hay tijeretas, esas que parecen una golondrina con dos colas largas. No hay lechuzas, no hay pirinchos. Casi no hay sabiás. Usted se levantaba de madrugada y el monte quedaba encendido por el canto de los sabiás. Usted cerraba los ojos y sabía la hora que era. Y de tardecita con otra forma, con otro tono el canto. Usted cerraba los ojos y sabía en qué hora estaba.

Lo mismo cuando el río estaba creciendo. También sabía qué estaba pasando con el río. Porque los pájaros van comiendo en la orilla, y el río, al crecer, va levantando insectos, y los pájaros los comen. Si ahora los comen, se mueren.

Esto me causa preocupación. La preocupación mayor que tengo es que está ocurriendo con mucha rapidez. Los cambios en la tierra siempre han sido muy lentos, y esto es muy rápido. He perdido frutales que se llenaban de fruta naturalmente en su plenitud, particularmente los naranjos que dan en invierno. Porque la fruta se prepara para dar y la naranja está chiquita en pleno verano, agredida por el sol. Sólo me dan los naranjos de invierno, porque la fruta madura en otra época.

Yo, de gurí, recorría cañadas, sierras, campos, a la hora que fuera del día, y nunca me pasó nada con el sol. Ahora tengo que cuidar que mis nietos no anden al sol en determinadas horas. No puede ser que esté pasando eso. Tenemos que tomar conciencia de eso.

Ayer recibí un estímulo muy grande con un grupo de muchachitos que fueron a la exposición. Y hablamos con ellos sobre la ecología. Algo de eso los preocupaba a ellos. ¿Usted sabe que bajan en Averías familias, en las que el padre lleva un rifle, y los muchachitos llevan chumberas, y salen a matar pájaros por el monte y por los eucaliptos? ¿Qué está pasando? ¿Por qué no nos damos cuenta? Ese detalle: "darnos cuenta" de las cosas. Falta, me parece que falta una cultura que se arraigue más a la tierra. Ese paraíso que tenemos en nuestro país. Y me pone muy triste.

Esa página que está abierta ahí está hecha toda con maderas del río. Esta primera.


DB - Donde está la silla, por ejemplo.


TC - Donde está la silla. Para hacer esta silla, que la hice con raíces que comienzan en una parte y se siguen, y se continúan y se continúan, fue largo tiempo -no sé si no tendría que hablar por años- recorriendo pausadamente las costas del río, y sacando raíces de los árboles que están en la costa que las crecientes desnudan. Y después fui seleccionando para construir una forma. Y si usted mira la reproducción, se da cuenta de que yo no puedo haber inventado eso. ¿Quién creó eso? Lo crearon los materiales. Esa vieja lección que yo tenía, y que es una lección de humildad. Según la forma de las raíces era la forma que iba tomando la silla.


DB - Hay que verla, por supuesto, porque es imposible describirla por radio.

Hay más saludos y mensajes para Tomás Cacheiro. Dice Nancy Bacelo: "Tomás es un grande. Tiene la mejor memoria, que es la memoria del amor".

Miguel, de La Blanqueada, está emocionado con la entrevista. Es de Montevideo, pero va seguido a Paso Averías y conoció allí el trabajo de Cacheiro.

Otra oyente dejó dicho en nuestro contestador: "Si hay alguien feliz en este mundo, ése es Cacheiro".

Rosario Castellanos, está, por supuesto, esta mañana, en el lugar indicado. ¿Dónde, Rosario?


ROSARIO CASTELLANOS:
Exactamente en el centro de la exposición de Tomás Cacheiro en el Subte Municipal. Parada frente a la silla, preguntándome -y quería preguntárselo a Cacheiro- cómo había podido realizarla. Como él dice, es un resultado de silla que es inconfundible, cuyas patas, y sobre todo los posabrazos, son esos nudos de raíces, que parece que van creciendo justamente desde el pie, hasta agarrarse del respaldo. El, como si hubiera sabido de mi pregunta, acaba de responderla. A esa silla, cuyo asiento está hecho también de tabla, le trepa una lagartija, que me ha impresionado un poco, a pesar de que la tentación de sentarme también era grande.

Y eso es todo lo que la obra de Cacheiro está transmitiendo. Es realmente un deleite escucharlo mientras recorro la exposición, porque se traduce en formas exactamente lo que él está exponiendo.

Y cuando decía que no sabía si esas formas habían sido realizadas por él o el barro se las había dado -el barro y la madera del río- es tal cual la impresión que uno tiene, ya sea a partir de las pequeñas piezas, de los toritos a los que también hacía referencia -que están reunidos en un sector de la exposición-, o este grupo de "chismosas", una serie de figuritas entre humanas y animales, también a partir de pequeños trozos de madera, a los que les ha dado forma de cara, de gesto de animal, como te decía, reunidos sobre una madera, y a los que se les incorporan también otros pequeños elementos. Porque muchas veces en los conjuntos aparece la combinación: el trozo de madera al que se le agregan elementos de cerámica, como es el caso de los caranchos o de los árboles trepados, tal como si estuvieran en cuevas dentro de esos elementos de madera que él ha recogido del río.

Hay platos de cerámica en las paredes; fotografías de los procesos; dibujos que indican el primer proceso de la creación de la forma, y algunos textos cuelgan también, incorporados a la exposición. Hay, por otro lado, fotografías de ese lugar del río a orillas del cual vive, al que Cacheiro hace referencia, y que, según me ha contado el sereno de la mañana, el propio Cacheiro le ha contado que allí alimenta a los lagartos. Así que me gustaría que también nos contara de esa relación suya con los lagartos del río que se le acercan a comer de su mano.

Es una exposición, sin lugar a dudas, ineludible. Es un hombre que llega de tan lejos para aterrizar en la capital, y que, como sabemos, rápidamente se nos va a volver a ir. Pero, en todo caso, que nos deja esta muestra suya que, insisto, es un verdadero placer, un deleite, su presencia en Montevideo.

Hoy el Subte no abre, pero a partir de mañana, a las 5 de la tarde, y por varios días más, habrá de estar aquí, bajo el piso de la Plaza Fabini, con "El Entrevero".


DB - Sí: sólo los lunes está cerrado. El resto de la semana el Subte está abierto.

¿Cómo es eso de los lagartos?


TC - Esta señora nombró dos cosas: las chismosas y los lagartos. No me gusta entrar a un salón de exposiciones donde hay cierta mistificación, y que se entre como a un santuario. Quiero que el arte tenga más capacidad de comunicación. Es un medio importante de comunicación. No sé si la edad lo lleva a uno a hacer frases, pero de lo que estoy seguro -y eso lo aprendí de mis tiempos en que daba clases de historia del arte, y aquí a mi lado hay un alumno que me ayudó mucho a hacer esto, fue decisiva su ayuda- es de que el arte madura en la comunicación. Si yo viviera en una isla solitaria, sin tener con quién compartir lo que hago, quién sabe si lo haría.

Y las chismosas es una broma que desmistifica la muestra. Tanto es así, que recuerdo el caso de una señora (que Mántaras no me ha oído), que me dice: "Dígame: ¿y cuándo va a hacer los chismosos? Porque el hombre lengua larga es peor que la mujer".

(Risas)

Y ya se quebró el hielo. Y se ven las cosas con otro humor, con otra naturalidad. Yo trato de no ser demasiado abstracto. Me acuerdo de una muestra donde había un plano blanco grande, que tenía como un metro cuadrado casi, y había un punto. "¡Bueno, pará! ¿Qué me estás haciendo?"


"Yo tomaba pelotones de greda de las orillas de las barrancas del río. Los ponía sobre mi mesa los agarraba a trompadas: los deformaba, buscaba aquí y allá. Me retiraba a ver cómo se conducía el material, y empecé a perder un poco de vanidad, de decir, 'Voy a crear una cerámica'. No. La tiene que crear el material"

También recuerdo -y lo recuerdo con cierta preocupación- una vez que invité a un amigo a una muestra, y me dice: "¿Y qué voy a ir yo, si no entiendo nada?" Eso me sonó feo también. Yo sé que la gente anda con su carga de preocupaciones en la calle y no le queda tiempo para la contemplación, no tiene tiempo de crear especialistas del arte. Pero usted revive las viejas culturas, y el pueblo era el que las hacía. No había el artista de la tribu ni el artista que creara la obra superior. Eso lo ve en el arte precolombino, lo ve en el arte negro. Tengo una diapositiva en la que los negros están preparando una fiesta. ¡Y qué cosa más linda! No hay ninguno que de alguna manera no participe en lo que va a ser la fiesta: con canto, con danza, con pinturas, con tallados. Todos están trabajando. No existe el artista estrella, ése inalcanzable, que el mercantilismo trata de transformar en dólares... Disculpe el mal humor de lo que digo.


DB - Pero usted me decía en la pausa que alguna vez alguna galería le pidió que hiciera sus obras de otra manera, ¿no? Un poco más ¿qué? ¿Más "vendibles"? ¿Qué le dijeron?


TC - No me gusta nombrarla, pero quiero excluir a dos galerías en las que expuse, y por las que fui generosamente atendido, que fueron Galería Idead y Galería Latina. Gente muy correcta con mi trabajo.


DB - Que tomaba su arte tal cual venía.

 


"Yo, de gurí, recorría cañadas, sierras, campos, a la hora que fuera del día, y nunca me pasó nada con el sol. Ahora tengo que cuidar que mis nietos no anden al sol en determinadas horas. No puede ser que esté pasando eso"

TC - Exactamente. Nunca hubo ninguna imposición, nunca un intento de modificación. Uno se vuelve en alguna medida un poco anarquista. Porque si la galería le impone determinada línea para favorecer las ventas, usted entra en la tentación del dinero. No me gustan los Estados totalitarios, porque hay ejemplos muy tristes de Estados que dirigen la producción artística. No me gustan. No me gusta tampoco la presión que pueda ejercer sobre uno la prensa...

Bueno: no me gusta jefatura ninguna sobre mí.


DB - Y, mientras tanto, ¿cómo llegó a Montevideo? Porque, después de lo que nos ha contado, me da la impresión de que a usted no se le ocurrió la idea...


TC - No.

(Risas)

Fue una idea de Mántaras, que, vuelvo a repetirlo: sin él y sin otro compañero -Sequeira- no lo habría podido realizar.


DB - Es el arquitecto Juan Carlos Mántaras, que está aquí a su lado.


TC - Me abrumó la responsabilidad de venir acá, del contacto con la gente. Sé que baja mucha gente al Subte, gente que anda de paso. A esa gente hay que tomarla muy en cuenta. Tomé muy en cuenta la ayuda los que me prestaron quienes forman parte del trabajo de instalación en el Subte. Fueron muy generosos. Desde luego, la Intendencia de Montevideo. La Intendencia de Treinta y Tres me prestó su ayuda. Y una ayuda que va más allá de lo económico: esa ayuda fraternal, dispuesta a acompañar las cosas, en el transporte y en el embalaje de las piezas. Son cosas que tienen mucha importancia en la vida de uno. No es ayuda fríamente profesional. No, no. Eso me empuja mucho.


DB - Usted decía que, evidentemente, todo el aspecto mercantil en torno al arte, de vender, de cotizar, no le agrada, y no tiene nada que ver con su forma de entender el arte. Pero, ¿de qué vive hoy Tomás Cacheiro? ¿Cómo hace para sobrevivir?


"No me gusta entrar a un salón de exposiciones donde hay cierta mistificación, y que se entre como a un santuario. No sé si la edad lo lleva a uno a hacer frases, pero de lo que estoy seguro es de que el arte madura en la comunicación"

TC - Yo tengo una jubilación. Y el dinero lo preciso, también. No me voy a poner en romántico alejado del mundo. Y no sólo de arte vive el hombre (Y, bueno, una broma: la mujer tampoco).


DB - Hablando de eso: usted y su esposa diseñaron y levantaron el dormitorio de donde viven, en Paso Averías, a orillas del Cebollatí, de una forma bastante original. ¿Es circular?


TC - Es circular. A mí se me ocurre que la línea curva es más orgánica que la pared en ángulo recto. Yo creo que el primer hogar que se levantó -y tal vez de ahí parta, y el arquitecto que me corrija en lo que digo- era de forma circular, con el fuego en el centro, donde en su entorno se reunían los primitivos. El ángulo recto me violenta un poco. Esa forma circular es muy acogedora, lo envuelve a uno.


DB - Sí. Estaba mirando, y no hay demasiado...


TC - Una pregunta que me hacía Rosario Castellanos y no quiero quedar sin contestar, la de los lagartos: si usted se deja estar un tiempo en un lugar, y los pájaros y animalillos se familiarizan con uno, usted termina cerca de ellos. Los lagartos, cuando yo me siento afuera, debajo de los árboles, vienen a mis pies a que les eche comida. Bueno: eso lo considero muy educativo, sobre todo para mis nietos, que ven eso y que están cerca de la naturaleza. Tengo una nietita de cinco años a la que Mántaras, que está de testigo, le sacó una fotografía, dándole de libar a un picaflor, cerca de su carita, con una petunia de cerámica que yo había hecho, de color rojo. Y eso lo fui logrando con paciencia, al lado de los jardines, hasta que los picaflores se acostumbraron a mi presencia cercana. Y un día les puse una flor con agua con azúcar: los llevaba adonde quería. Son golosos con el agua con azúcar.


DB - Hay muchos mensajes, muchos saludos que siguen llegando para Tomás Cacheiro, mientras los oyentes siguen esta entrevista. No vienen solamente de Montevideo, sino de muchos puntos del interior, por supuesto.

Horacio Ferreira llamó desde Fray Bentos muy emocionado porque esta nota le trae recuerdos de hace más de 50 años, cuando Cacheiro fue profesor de dibujo en Fray Bentos.


"Si la galería le impone determinada línea para favorecer las ventas, usted entra en la tentación del dinero. No me gustan los Estados totalitarios, que dirigen la producción artística. No me gusta tampoco la presión que pueda ejercer sobre uno la prensa... Bueno: no me gusta jefatura ninguna sobre mí"

TC - Gané el concurso para allá. Y empecé en Fray Bentos. Muy "verde", pero empecé allá.


DB - ¡Muy "verde"!

(Risas)

TC - Sí: la docencia es un mérito que se adquiere con el tiempo...


DB - También Lucía, del Centro, dice que los hombres como usted son imprescindibles.

Hay gente que lo quiere ir a ver allá, a Paso Averías y pregunta cómo puede hacer. Miguel, de La Blanqueada: le gustaría conocer el taller de Cacheiro en Paso Averías, y pregunta si puede dejar un teléfono o la dirección, para ponerse en contacto con usted. ¿Acepta visitas?


TC - ¡Pero, por favor! Ya lo dije anteriormente. El arte madura en la comunicación. Para llegara Averías tiene que sacar pasaje para Treinta y Tres o para Varela, por Lascano. Y, en seguida de Lascano, a 12 kilómetros, está el pobladito. Y allí somos pocos y nos conocemos.

Dígale que no precisa tarjeta...


DB - Una oyente pregunta cuándo se lo puede encontrar a usted en el Subte. ¿Suena raro eso, no? Para usted, que viene de Paso Averías, que lo quieran encontrar en el Subte, debajo de la tierra...


TC - Bueno: tengo una urgencia de estar en Lascano por un asunto privado. No sé si no estaría el martes de tarde. Es posible que esté el martes de tarde. Y, si no, voy a venir unos días antes de la clausura.

Yo creo que el autor de todos los trabajos vinculados con el arte tiene que estar. Pero tiene que retirarse también.


DB - Hasta el 27 de junio pueden ver esta exposición de la obra de Tomás Cacheiro en el Subte Municipal. El título de la muestra es "Desde el río". Así la ha llamado el ceramista olimareño Tomás Cacheiro, al que ahora vamos a dejar descansar. Le hemos exigido mucho en esta entrevista. El nos decía cuando llegó que se sentía muy bien, a pesar de lo cual tiene un marcapasos, ¿no?


TC - Sí, señor.


DB - ¿Y cómo lo lleva?


TC - Lo llevo bastante bien. Me he divertido con él. Hay gente de campaña que va a ver qué es eso. Cuando les mostraba la radiografía con esa pequeña "batería" que uno tiene instalada, con un cable que va al ventrículo, se retiraban y me quedaban mirando de lejos, medio como al hombre biónico.

(Risas)

¡Gente tan sencilla, tan especial! Ahí tengo una anécdota que me dio una buena lección, también. Me acuerdo cuando el descenso en la Luna. Me impresionó, pero lo que me impresionó más fue que yo, en mi casa, lo estuviera viendo en el televisor. Y no se me ocurría otro tema. Y había un hombre ya de unos años, en Averías, que me hacía unos trabajos en cuero trenzado, con los que completaba el asa de algunos toritos, queriendo ponerle algo auténticamente nuestro. Y le comencé a comentar el descenso en la Luna, y vi que el hombre miraba para un costado, miraba para el otro costado... no me miraba a mí. Y le empecé a notar en el gesto que desconfiaba de lo que yo le estaba diciendo, hasta que no se aguantó más, y me dijo: "¿Usted cree en eso?". "Sí, don Vidaurro. Yo creo en eso". "Mire: si eso fuera cierto, yo lo habría visto de acá. Porque eso tiene que ser grande como un 'jeep'".

Y no termina ahí la cosa. Me dice: "Si fuera de allá para acá, vaya y pase, que es bajada. Y, además -me puso el dedo en el pecho-, la Luna es de Dios".

Dígame una cosa: ¿tiene usted derecho, con su carga intelectual, a ir a violar esos mundos, que son también una forma de cultura? Otra de las lecciones que recibí. No sé si me entiende.

***

DB - Otra de las cosas que vale la pena decir. Me contó rápidamente que, en el final de su vida, fue iluminador.


TC - Sí, en teatro experimental. Iluminé "La calesita", de Ionesco; "La cantante calva". Fueron experiencias muy buenas. La luz... Alguien dijo que la historia del arte es la historia de la luz. ¡Si será!


DB - "En 1973, entró a una de sus clases, como profesor de Secundaria, y les dijo a sus alumnos: 'Están todos aprobados. Ahora vamos a estudiar la materia con los que quieran hacerlo. Ni siquiera voy a pasar lista'. Por supuesto, me echaron en seguida".


"Cuando el descenso en la Luna, me impresionó que yo, en mi casa, lo estuviera viendo en el televisor. Se lo comenté a un hombre ya de unos años, en Averías, y noté que desconfiaba de lo que le estaba diciendo. No se aguantó más, y me dijo: '¿Usted cree en eso?'. 'Sí, don Vidaurro'. 'Mire: si eso fuera cierto, yo lo habría visto de acá. Porque eso tiene que ser grande como un jeep. Si fuera de allá para acá, vaya y pase, que es bajada. Y, además, la Luna es de Dios'"

TC - Bueno: yo estaba presintiendo ya que se venía la dictadura. Y me dije: "Yo me voy a hacer un gusto". Porque, una vez, dijo Pivel Devoto que el examen era una "inmoralidad administrativa". ¡Pah! Yo no sé si no tiene razón. Porque uno con su... yo qué sé: armadura de profesor, agarrársela con un muchachito que está sentado allí. ¡Y lo pasan de física a química, de historia a literatura! Ese pobre muchachito es un trapo allí, arrasado por todos los "próceres" que lo interrogan.

Y me hice un gusto, y les dije: "Bueno: de aquí en adelante no paso lista. Están todos aprobados. Que venga el que quiera". Cosa que uno disfruta. Yo ya sabía que la dictadura venía. Venía necesitando subversivos para establecerse. Eso fue lo que dije.

Y tuve el privilegio (y esto lo digo sin ocultar la vanidad) de que no me faltó ninguno de los alumnos.


DB - Fue peón de los circos que llegaban a la ciudad, a Treinta y Tres, pero se guardaba el dinero, no lo aportaba a su casa, sino que canjeaba su trabajo por entradas.


TC - Exacto. Ayudaba a descargar los camiones en que llegaban los circos. Me acuerdo del Circo Sport, el Circo Pensado. Iban a un terreno que estaba en la misma manzana que la casa de mis abuelos. Y me seducían los circos. Representaban "Juan Moreira". Recuerdo que se iban los circos y los gurises del barrio, cuando quedaba el terreno vacío, representábamos a "Juan Moreira". Y nos peléabamos por ser Juan Moreira.


DB - Yola Cambre, una compañera de liceo, le manda muchos saludos.


TC - ¡Bien que la recuerdo! Una gran compañera. La recuerdo en segundo año. ¡Cómo no! Hace mucho que no la veo.


DB - ¿Usted llegó hasta segundo?


TC - Sí. No pude terminar el liceo. No sé. No me gustaba lo que yo recibía. Quería que me mezclaran con otro mundo. Yo le decía a Di Candia: "No me puedo conformar con que me sometan a aprenderme los nombres de los árboles del Canadá". Que todavía me quedan en la cabeza. Yo querría haberla ocupado con otras cosas. Y fíjese en esto, si lo tendré claro: pinos, encinas, álamos, cedros, abetos, cipreses gigantes, enebros, olmos y azaleas. ¡Pero no puede ser que se haga eso con un joven, con un adolescente!


(Risas)


DB - Tomás Cacheiro más de una vez se ha perdido aquí en Montevideo, como lo dijo. A veces, no entiende demasiado esto de los ómnibus. En una pausa también me contaba una anécdota muy divertida en los ómnibus de Montevideo. Un hombre que vive aislado, en lo mínimo, allí en Paso Averías, con su mujer. ¿Cómo se llama su mujer?


TC - Yo le digo "La Coquita". Hace más de medio siglo que somos compañeros. Y hay que tener paciencia con un alfarero, con alguien que está en el mundo del arte, porque el humor anda, de repente, que es un disparate...

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Transcripción: Fernando Iglesias
Edición: Jorge García Ramón
Fotos: Catálogo de la Intendencia Municipal de Montevideo