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1923 - 14 de diciembre - 1998

La historia de El Espectador
contada por sus protagonistas


Mesa redonda con Walter Alfaro,

Raúl Barbero e Ildefonso Beceiro.


EN PERSPECTIVA
Lunes 14.12.98


DIEGO BARNABE:
Tenemos con nosotros a Walter Alfaro, que hoy tiene 84 años y trabajó en El Espectador durante 36 años, desde el año 33 hasta el 69. Se desempeñó como locutor, pianista, encargado del Departamento Técnico y terminó como director artístico; hombre orquesta si los hay, como tantos otros.

También está con nosotros Raúl Barbero, que trabajó en Radio El Espectador entre 1931 y 1936; empezó contando cuentos para niños con el nombre artístico de "El Pibe Raúl" y terminó desempeñándose como cantante; integró el equipo de los programas "La hora popular", "La jaula dorada" y "El circo aéreo". Además es autor del libro "De la galena al satélite", una investigación sobre la radio desde sus inicios hasta la actualidad. Actualmente es columnista del diario El País y firma con el seudónimo "Rebar".


EMILIANO COTELO:
Justamente "Rebar" escribe en la edición de hoy de El País una nota a propósito de los 75 años de El Espectador, "Un pedazo de la mejor historia de la radiotelefonía en el Uruguay", como dice en el colgado que acompaña al título.


DB - El tercero que nos acompaña es una persona muy querida por El Espectador: Ildefonso Beceiro, estudioso de los medios de comunicación uruguayos y su historia, que publicó además un libro sobre la historia de la radio, "La radio y la televisión de los pioneros". Trabajó además dentro de El Espectador como encargado de organizar los festejos para los 50 años de la radio. ¿Cómo fue eso?


beceiro.jpg (28305 bytes)ILDEFONSO BECEIRO:
Cosas que pasan siempre sorpresivamente. En una conversación se me acercó Amengual padre diciendo que iban a festejar los 50 años. ¿Por dónde empezamos? Bajo cero, no había nada, no había material ninguno, no había ningún antecedente, había que averiguarlo todo. Formé un equipo en el cual intervinieron mis dos hijas -una de ellas trabaja aquí, Adriana Beceiro; la otra también es periodista y trabaja en Ultimas Noticias. Es una familia de periodistas, donde siempre se habló y se vivió el periodismo. Y con una ignorancia total con respecto a lo que íbamos a encontrar empezamos un mes antes: teníamos 30 días para organizar el festejos de los 50 años. Esto significaba, por ejemplo, hacer un fichero de personajes y de avisadores y comenzar a buscar libretos viejos. El Espectador estaba todo el día transmitiendo como si tuviera un año, recién salido. Había gente como (Adolfo Hugo) Mañán -que Dios lo tenga en la gloria- que muchas veces lloraba porque aquello le traía recuerdos infinitos. Cuando dijimos "hoy es el último día de los festejos de los 50 años de El Espectador" se puso a llorar. Por ese festejo pasó una cantidad enorme de gente que había tenido que ver con esta radio; uno se sorprende de la cantidad de gente que había pasado por aquí antes de esos 50 años.

Esos 50 años merecen ser elogiados porque El Espectador -no con ese nombre sino con el de General Electric- fue, según los datos que tengo, la segunda emisora del mundo en emisión continuada. La radio, como la televisión, no es el invento de una persona, es la conjunción del trabajo de muchos. La historia de El Espectador, que -como dije antes- se llamaba General Electric, comienza en 1922 cuando la gran rivalidad en los Estados Unidos entre la Westinghouse y la General Electric. Las dos estaban trabajando en un proyecto de emisoras de radio. (Guillermo) Marconi ya había logrado la transmisión a distancia. Incluso hay una anécdota que lo pone muy cerca del Titanic. Aparentemente, el SOS que partió del aparato de Marconi no fue transmitido por un barco porque se durmió el operador.

Según los datos oficiales -sacados de Andebu- salieron primero Pittsburgh, segunda El Espectador, tercera BBC y cuarta la Radio Italiana, que en este momento tiene otro nombre. Esto tiene mucho que ver con el pionerismo que hubo siempre en todo en Uruguay, que fue en muchos casos el primer país en... tal cosa. Por ejemplo, la reforma de José Batlle y Ordóñez, la reforma escolar de José Pedro Varela, el voto de la mujer, etcétera. Había un espíritu de pioneros que hoy se renueva de otra manera, con gente joven buscando nuevas fórmulas, no inventando como se inventaba la radio con alambre -como se diría en los años 20- sino verdaderamente buscando otras formas de expresión. Hoy, a los 75 años, El Espectador logró uno de los milagros que nadie esperaba -me incluyo-: que la radio volviera a tener la importancia que tuvo en aquella época, manejada por gente joven con nuevo espíritu y nuevas ideas.


EC - Cuando usted dice que no lo esperaba, ¿se refiere al medio radial o se refiere a El Espectador en particular?


IB - Al medio en general. Siempre pasa lo mismo: cuando apareció el cine en 1895 la gente pronosticó que el teatro tenía que desaparecer; cuando apareció el video dijeron "el cine se terminó"... Siempre pasa lo mismo, se van conjuntando cosas de tal manera que se van agregando a las necesidades de las personas. La radio tuvo un gran bajón -hay que decirlo claramente- cuando apareció la televisión; era lógico, pues la gente corría a ver la televisión y no escuchaba la radio. Ante ese gran bajón todos pensamos que la radio desaparecía, que no había más radio, ¿para qué escuchar la radio si teníamos la televisión? Pero había una gran diferencia entre los dos medios, que hoy quedó claramente demostrada, y las dos conviven.

Apareció el cable y "va a desaparecer la TV abierta"... y conviven. Hay que buscar fórmulas, y ésa fue una de las cosas que hizo El Espectador: el gran milagro de reaparecer con la fuerza que tiene hoy día. Y no lo digo porque ustedes están delante sino como oyente consecuente de El Espectador, desde las seis de la mañana.


EC - Cuando lo escuchaba hablar de los comienzos de la radio me parecía que éste podía ser un buen momento para ubicar el porqué del 14 de diciembre como fecha de aniversario. Según tengo entendido es una fecha ficta.


barbero.jpg (28669 bytes)RAUL BARBERO:
Justamente, en la nota de hoy de El País aclaro que el día en que General Electric cambió de denominación y pasó a llamarse definitivamente El Espectador fue el 15 de mayo del año 31. Esa fecha la dio nada menos que Emilio Elena en una conferencia que dictó en el Rotary Club de Montevideo. Hasta entonces, para ir aclimatando al público se decía "Transmite CX 14 El Espectador General Electric", tomando el nombre del radiodiario de El Espectador que funcionaba desde antes de mayo del 31.


EC - Pero yendo al año 23, refiriéndonos específicamente a la etapa de Radio General Electric, las informaciones señalan que se tomó esta fecha por elegir una de la que se estaba absolutamente seguro en cuanto a que ya se desarrollaba una programación permanente, pero hay distintos testimonios que señalan que durante el año 23, antes del 14 de diciembre, esa programación permanente ya estaba instalada y en el aire. Distintos documentos que pudieron recogerse permiten tener absoluta certeza de que el 14 de diciembre esa programación ya existía.


RB - Ya existía en forma permanente. Repito eso porque se hacía transmisiones experimentales con muchos problemas. La telegrafía sin hilos que está en el Cerrito de la Victoria interfería continuamente. Por lo tanto, las emisiones que hacía General Electric eran todas experimentales, llenas de ruido, cortadas a veces, sin programación, salían con cualquier cosa. Hubo un francés que armó la programación en base de operetas, óperas; Sabat Ercasty recitaba poemas; tenía un gran sentido cultural que después no se desarrolló, se enfocó hacia lo comercial (y no lo digo peyorativamente). De cualquier manera, la radio ya estaba en el aire y la gente la estaba escuchando en la fecha que se está festejando hoy.

Hay una anécdota con respecto a esto. El día que salió El Espectador, la General Electric tenía pronta para vender una cantidad "x" de aparatos y anunció que iban a venderse el día tal. Ese día -General Electric estaba en la calle Uruguay esquina Ciudadela, con un edificio bastante importante- vio con sorpresa que en la calle se había interrumpido el tránsito, no se podía pasar por la cantidad de gente que había venido a comprar el aparato porque quería escuchar la radio. Se dice que el portero se asustó tanto que cerró, trancó las puertas y no dejó pasar a nadie hasta que dieron la orden y apareció Sapelli -una de las figuras consulares de General Electric, que logró fabricar algo así como 5.000 aparatos de radio de dos lámparas- y empezaron a servir a esa gente que quería escuchar radio. También escuchaban mucho ruido porque había mucha interferencia.


EC - ¿Cómo eran aquellos artefactos? ¿Los pueden describir en pocas palabras?


Raúl Barbero: "El día que salió El Espectador, la General Electric tenía pronta para vender una cantidad "x" de aparatos y anunció que iban a venderse el día tal. Ese día -General Electric estaba en la calle Uruguay esquina Ciudadela, con un edificio bastante importante- vio con sorpresa que en la calle se había interrumpido el tránsito, no se podía pasar por la cantidad de gente que había venido a comprar el aparato porque quería escuchar la radio. Se dice que el portero se asustó tanto que cerró, trancó las puertas y no dejó pasar a nadie hasta que dieron la orden y apareció Sapelli -una de las figuras consulares de General Electric, que logró fabricar algo así como 5.000 aparatos de radio de dos lámparas- y empezaron a servir a esa gente que quería escuchar radio. También escuchaban mucho ruido porque había mucha interferencia".

RB - Tengo una memoria muy difusa al respecto. Sé que era una piedrita que se extraía sobre todo de las canteras de Minas y había una aguja de cobre que tomaba contacto con la piedra. Lo que se escuchaba perfectamente bien eran los ruidos del Cerrito porque la estación transmisora no fallaba jamás, pero escuchar algo que saliera del Solís o del Sodre era una aventura espacial.

Me quedé pensando con respecto a la fecha 14 de diciembre, porque a mediados de ese año 1923 El Espectador transmitió directamente un partido de fútbol entre Sud América y Nacional transmitido por Emilio Elena, que estaba escuchando en el Radioclub del Uruguay -recientemente fundado en ese momento-; la transmisión estaba saliendo tan mal que se fue y siguió transmitiendo desde un palco del Parque Central. Eso es a mediados del año 23, tres o cuatro meses antes de este 14 de diciembre. Pero lo que hay que festejar es el cumpleaños que uno quiere cumplir y El Espectador quiere cumplirlos hoy. Y los está cumpliendo con una gran felicidad.

Quiero también hacer una referencia a lo que decía Beceiro con respecto a las transmisiones de esa época. Don Claudio Sapelli, junto con Elena y el ingeniero Altamirano, fueron de los grandes pioneros de la radiotelefonía nacional. Lo que vino en los años siguientes tuvo como figuras principales a algunos que me gustaría evocar frente a ustedes. Este "pibe Raúl" que mencionaba Diego no debutó en El Espectador el 19 de noviembre del 31; debutó antes, cantando con Walter Alfaro. Esa es una coincidencia super-histórica.


EC - Por si alguien no se dio cuenta: "el pibe Raúl" es usted mismo.


RB - Exactamente. Ahora soy el ex "pibe Raúl". Walter era primo de mi gran amigo de infancia, Hugo Alfaro, y un día en que se celebraba una fiesta familiar, un cumpleaños fui con Hugo y me hicieron cantar. Canté "Malevaje" y tuve el honor de ser acompañado por Walter Alfaro al piano. Así que nos hemos reencontrado desde el año 28 a acá; es una cosa que me hace sumamente feliz.


alfaro-barnabe.jpg (27590 bytes)WALTER ALFARO:
Me parece que lo cantaste en Do menor.


RB - En menor lo canté, porque tenía pantalón corto, no sé si fue en Do.


WA - La interpretación fue mayor.


EC - ¿Afinaba bien?


WA - Sí, sí. Ahora que hablan de cantar recuerdo a una cantante famosa, Lilí Pons. El Espectador se había trasladado a la calle Joaquín Requena...


RB - Allí estaba ubicado su primer estudio.


WA - Con calle de tierra...


RB - ...y la vaca que se asomaba por la ventana. El estudio tenía una ventana que daba a un baldío grande -en esa época no había ruidos como ahora, no era tan grave- y había una vaca pastando.


EC - ¿No hacía sus comentarios?


WA - Los Caporale decían "vamos a jugar al vacará".


RB - Los Caporale consiguieron interesar a Lilí Pons para llevarla a la radio. Había llovido, la calle estaba totalmente inundada y el automóvil no pudo llegar hasta la estación; Lilí Pons se sacó los zapatitos, se levantó la pollera y se fue caminando por el barro hasta la estación e hizo su audición muerta de risa; hay una fotografía que la muestra con Julio Caporale.

Walter decía que esa vaca estaba controlada por un chiquilín que se llamaba "Panceta".


WA - Era el hijo del cuidador de la casita, él la conducía por todo ese predio. Ir a El Espectador en ese tiempo era casi una epopeya espacial: tenía que tomar un tranvía número nueve en Justicia y Miguelete que, para ir hasta allí -Bella Vista y Boulevard-, tardaba como media hora. A veces había que esperar el cambio de guarda en la Estación Goes...


EC - ¿Por qué se había elegido ese lugar tan a trasmano?


RB - Había que ver lo que era el estudio. La mesa del locutor era un fogón que tenía dos hornallas; en una de ellas se ponía un ficherito de madera con las fichas de los avisos y en la otra hornalla, cuando el locutor tenía un turno largo, hacía huevos fritos... Todo dentro del estudio; eso no debe haber ocurrido nunca en ninguna otra radio del mundo, es una exclusividad absoluta de El Espectador, hay que subrayarlo.

El otro día, en una charla de "Viva el tango" que se hizo en homenaje a la Troupe Ateniense en el Atenas, vino una persona a recordarme esos tiempos del "pibe Raúl" y me dijo que era pariente del "Cojo" Quiñones, de Juan Carlos Faig y de Millot. "El Mirlo", actuaba como Don Severo y como El Mirlo, fue una voz excepcional, acompañado por Alfaro durante mucho tiempo que también triunfó en Buenos Aires. Me preguntó si sabía cuál había sido el origen de la actuación del Mirlo como tenor, le dije que no, y me dijo que era locutor de El Espectador y que un día fue a pasar un disco de ópera, una romanza de ópera de tenor, se le cayó el disco, se rompió y él cantó esa romanza, que sería "Questo quella" o alguna de esas cosas que él cantaba tan bien, o "La donna é movile". La gente de El Espectador dijo: "¿Nadie se dio cuenta de cómo cantaba este hombre?". Y le crearon "La hora meridiana", donde yo debuté, una audición que iba desde las 11.00 de la mañana hasta pasado el mediodía, hasta que empalmaba con "La hora popular". Fue una figura notable.


DB - Este hombre que está aquí, Walter Alfaro, también hizo alguna travesura de ese tipo en vivo: esas versiones musicales tan particulares con un piano por arriba del disco...


WA - En la época en que la responsabilidad no llegaba a ser patrimonio de los 15 años. En esa época todavía se transmitían los discos por dos sistemas: el eléctrico -el que se siguió usando- y el acústico a través de la vitrola, que eran hermosos muebles muy trabajados y con muy buen sonido.


EC - Vamos a explicarlo un poco mejor: una posibilidad era que el sonido fuera directamente por el tocadiscos a la consola y a la transmisión; la otra era poner un micrófono frente a la bocina de la vitrola.


Walter Alfaro: "Ustedes tienen las computadoras delante, pero en la primera época la radio tenía un mensajero que iba en bicicleta desde la radio hasta la agencia informativa -la United Press- a buscar los telegramas que cortaban con gillettes. Todo eso significaba una pérdida de tiempo".

WA - Que daba un sonido muy apreciable en esa época. Sucede como ahora: suponemos que el CD es lo último y creemos que no puede haber una cosa mejor, de una fidelidad mayor. El disco de pasta y la vitrola también daban un buen sonido para la época. En esa época empezaba la fama de Tito Squipa, que había venido a Buenos Aires a dar conciertos y, como todo artista extranjero de primera categoría, para congraciarse con el público en los países grandes interpretaba alguna cosa original del país, entonces se le ocurrió grabar varios tangos: "Dónde estás corazón", "La Cumparsita", etcétera. Como estaban de moda los discos los poníamos en la vitrola; ésta tenía un moderador de velocidad que se corregía con un tornillito que modulaba el expansor para la velocidad del disco. Lo probé antes para que coincidiera justo con el La del piano, era muy poquita la diferencia pero quería que saliera una cosa perfecta, "artística". Entonces anunciaba los discos de Squipa -me metía sólo con los tangos, por supuesto- y en el piano les hacía los adornos que me parecían inteligentes u originales. Supongo que el público que oía esas cosas diría "pero el disco que yo tengo no tiene esa parte del piano, ¡qué cosa rara!". Era una versión exclusiva. Irresponsabilidades propias de la época.


RB - El Mirlo lo imitaba notablemente. Cantaba de oído, ponía el disco, empezaba a tararear hasta que lo sacaba exactamente igual que el tenor, era un fenómeno.


WA - Hay una anécdota linda de El Mirlo en medio de las campañas de Pirulo (N. de R.: Héctor Fígoli), que fueron un hito en la radiotelefonía de aquella época...


DB - Las campañas de solidaridad desde El Espectador.


WA - Se remataba diversas cosas para recolectar fondos: animales, adornos, cuadros, lo que fuera; ningún cuadro era original, ningún adorno era de plata 900; el público sabía que el adorno era de yeso pintado y se podía comprar en la feria pero ofertaban dinero porque tenían la confianza de que ese dinero iba a ser devuelto a los pobres. Uno de los remates que se hizo fue que El Mirlo cantara una canción por teléfono y yo lo acompañaba en el piano. El público tenía tal confianza en lo que se estaba haciendo que no importaba, quería donar dinero para los pobres.


EC - Se remataba interpretaciones personalizadas.


RB - A propósito de campañas iniciadas por El Espectador, recordarán la de la Guerra Civil Española, cuando se empezó a juntar oro para enviar a las fuerzas de la República. Víctor Soliño tenía una medalla de oro -que era uno de sus tesoros más preciados- que le habían dado con motivo de un homenaje que se le hizo como autor de la letra de "Adiós mi barrio". Era una medalla preciosa; un día dijo "lo único que puedo donar para esta campaña es mi medalla de oro" y la donó para la campaña de los democráticos españoles. Es una cosa realmente conmovedora, porque parecía que nadie podía desprenderse de una cosa tan querida, tan apreciada como ésa.


WA - Para esas campañas, un día apareció una trabajadora sexual a entregar lo que había logrado esa tarde, esa jornada para los niños pobres. Nos dejó un poco pensativos al ver hasta dónde llegaban las buenas intenciones del público. Cada cual daba lo que podía y lo que tal vez no tenía con cariño para los pobres. Esa fue una cosa muy tocante.


DB - La información ha sido la columna vertebral de nuestra radio a lo largo de los años, con algunos hitos y momentos que también marcan esa historia en materia de agencias de noticias.


WA - Ustedes tienen las computadoras delante, pero en la primera época la radio tenía un mensajero que iba en bicicleta desde la radio hasta la agencia informativa -la United Press- a buscar los telegramas que cortaban con gillettes. Todo eso significaba una pérdida de tiempo.


EC - Además, hace un rato Barbero recordaba dónde estaba ubicada El Espectador.


WA - Eran seis o siete kilómetros desde la sede central de la agencia telegráfica hasta el barrio La Figurita.


EC - El mensajero recogía los cables en United Press en el Centro, se subía a la bicicleta y recorría seis o siete kilómetros. ¿Cuántas veces por día?


WA - Por lo menos dos veces: una al mediodía y otra de tardecita. Fue cuando a don Vicente Basso Maglio se le ocurrió traer a las teletipos adentro del estudio. El gerente de la United Press le decía: "Eso no se hace, no se puede hacer, no lo hace nadie". Insistieron tanto que, con la complicidad de ese mismo gerente pero sin avisar a la agencia, se llevaron la teletipo adentro del estudio y desde allí se transmitía en directo ni bien llegaba la noticia. Lógicamente, el gerente tuvo que informar a la central y ésta descubrió que era un gran sistema, e inmediatamente desparramó teletipos en las emisoras de radio de los Estados Unidos. Podemos ver hasta dónde llegó el pionerismo y cuántas veces estamos hablando de ser pioneros en toda esta historia.


EC - ¿De qué año estamos hablando?


WA - 31.


RB - Cuando se hizo el contrato con United Press fue la primera vez en el mundo que se daba un servicio particular a un medio de prensa oral o escrito. La agencia tuvo que estudiarlo porque los medios de información radial se nutrían de la prensa, se extrañaron de que una radio de un país chiquito del fondo del universo quisiera pagar por ese servicio que tenía gratis.


EC - Pagar por lo que podían conseguir leyendo los diarios. Fueron años muy duros de competencia entre los diarios y las radios a propósito de quién daba primero la información de las agencias internacionales de noticias. Evidentemente, la radio fue una competencia indeseada para los diarios, la gente estaba acostumbrada a que el resumen viniera una vez al día con el diario.


WA - Fue un momento de gran competencia entre El Espectador y el diario El Día; llevaban la cuenta de quién sacaba primero la información, con cuántos segundos de ventaja.


RB - ¡Las trampas que se hicieron con ese motivo!


EC - El Día ponía la sirena y daba la información en el frente del local; otra cosa era dar las noticias por radio, que llegaban a otro tipo de público. De todos modos estaba planteada esa carrera.


Ildefonso Beceiro: "La historia de El Espectador, que se llamaba General Electric, comienza en 1922 cuando la gran rivalidad en los Estados Unidos entre la Westinghouse y la General Electric. Las dos estaban trabajando en un proyecto de emisoras de radio. (...) Según los datos oficiales -sacados de Andebu- salieron primero Pittsburgh, segunda El Espectador, tercera BBC y cuarta la Radio Italiana, que en este momento tiene otro nombre. Esto tiene mucho que ver con el pionerismo que hubo siempre en todo en Uruguay".

IB - El primer informativista de El Espectador fue el oyente, porque cuando sonaba aquella campana con un martillazo atroz "A toda hora informa El Espectador. Rápido como la luz" generalmente la noticia venía de parte de un oyente que había llamado por teléfono para decir "estalló un incendio en tal lado", "hubo un incidente en tal otro". El Espectador le pedía un teléfono para confirmar la noticia; se llamaba al bar de la esquina o a algún otro lado y si se confirmaba la noticia la largaba. Alguna vez se premió alguna información muy importante que los diarios iban a dar a la tarde o a la mañana siguiente: la daba el propio oyente de El Espectador. La coparticipación en la información era una cosa muy simpática.


RB - Esto es lo que mandó siempre en El Espectador: una columna vertebral -que hoy sigue funcionando como tal- que es la base, y la información rodea a esa columna. Es tan importante la influencia enorme que tiene este medio que después de ese lapso en que apareció la televisión y parecía que las radios desaparecían -y casi desaparecieron- que logró recuperar lo que hoy es. Aquel famoso "El Reporter Esso, a toda hora informa El Espectador", "Las doce campanadas del mundo"... La gente tenía que escuchar aquellas audiciones. Los informativos de El Espectador tuvieron una gran importancia en la Segunda Guerra Mundial, especialmente en la famosa Revolución Libertadora argentina, en la cual tuvieron una participación tan importante que las tropas antiperonistas rebeldes de Argentina se informaban en El Espectador para el movimiento de sus tropas. Eso dio lugar a una gran reclamación de parte de Argentina de que se habían parcializado. Sí, se había parcializado. Yo recuerdo que decían: "En este momento las tropas se dirigen de tal a tal lado". El propio Ejército argentino daba la información. Hay una figura descollante que es Infantino, gran figura de la información, que seguía paso a paso todo el movimiento. Se puede decir que la radiotelefonía y los informativos jugaron un papel fundamental, decisivo en la Revolución Libertadora.


EC - Es interesante, en un momento como éste, en que se discute tanto a propósito de la influencia de las cadenas internacionales de televisión como la CNN en el decurso de los acontecimientos en determinado conflicto. Aquí estamos recordando antecedentes relacionados con una radio en una época de desarrollo tecnológico mucho más precario.


WA - No hay que olvidar que durante muchos años -sobre todo en los años de la guerra, entre el 39 y el 45- "El Reporter Esso" dominó casi absolutamente la información, con la voz de un tono especialísimo de Héctor Amengual, un tono dramático como necesitaba un informativo de guerra. Amengual le dio una personalidad, un perfil notable a la transmisión del noticioso, y fue el dominador de la escena de política internacional en cuanto a información durante unos cuantos años. Yo le rindo un homenaje en este momento porque fue una gran figura de la radio, que además se movió en posiciones dirigentes muy importantes dentro de la emisora, y sobre todo un muy apreciado amigo.


RB - En materia informativa también estaba "Opina El Espectador", que era información y análisis, donde alternaron en sucesivos ciclos Vicente Basso Maglio, Infantino, el doctor Patrón, Santiago Rompani... Sobre Basso Maglio habría mucho que decir, porque con su seudónimo "Pocas Plumas", que utilizaba para el radiodiario de El Espectador, tomaba la actualidad de una manera finamente irónica y mordaz y la ponía en labios de Varga Guillín, un famoso genovés caricaturizado nada menos que por don Lorenzo Balerio Sicco, una gran personalidad de la radiodifusión uruguaya. Los comentarios políticos del día se hacían en esos diálogos un poco cocolichescos de Basso Maglio.

Además, Basso Maglio tenía una personalidad poética formidable, participó de todo el movimiento de los años 20 que, entre otros, venían comandando Juana de Ibarbourou y Julio Casal. Era una figura formidable, un intelectual de primera fila, pero que tampoco le hacía asco a ir de repente a transmitir por Radio Sport desde el Estadio Centenario los avisos de un partido de fútbol, una cosa inexplicable. Se reía un poco de las poetisas, como lo hacía Alfredo Mario Ferreiro, quien dijo que en el año 30 el movimiento cultural de Uruguay era tan grande que solamente en la Intendencia había 5.000 poetisas empadronadas. (Risas) Con esa misma broma participaba en el fichero de avisos en las transmisiones de fútbol; hay fotografías donde está él al lado de Lalo Pelicciari: Lalo transmitiendo el fútbol, el comentario a cargo "Wing" y la publicidad a cargo de un poeta de la década del 20.


DB - Creo que hubo alguna anécdota con respecto a alguna conversación de Walter Alfaro y el personaje Varga Guillín en tiempos de la dictadura de Terra.


WA - Que provocó un comentario del dictador Gabriel Terra, quien se enteró de que los libretos los hacía Basso Maglio y dijo que se divertía bastante escuchándolo a pesar de que se hacían críticas políticas -y bastante serias- a la situación de ese momento; estábamos en plena dictadura del año 33. Reconocía la sinceridad y la honestidad con que se hacía el libreto y la crítica a la situación.


EC - No sería mala idea contar brevemente aquellos partidos de fútbol entre Radio Carve y Radio El Espectador.


RB - Era una rivalidad un poco particular. Esa gente que competía ferozmente en materia de programación se reunía todas las tardes en la misma mesa de café en el Tupí Nambá. Estaban los Fontaina, De Feo, Soliño, Pelicciari; el espíritu ateniense estaba por encima. Si un día uno entrara a ahondar aún más en el origen de la radio a partir de 1930, tendría que entender y reconocer que la Troupe Ateniense tuvo una influencia enorme. La última temporada de los atenienses en el año 30 con una obra que se llamaba "Centenariola" -una parodia del centenario de 1830- llevó a la disolución, porque los "trouperos" del año 22 ya eran todos profesionales.

Había una línea de escenografistas de la Troupe que eran De los Campos, y por si faltaba algún arquitecto estaban Elías Zürich y Leopoldo Carlos Artuccio; otros eran médicos, odontólogos, abogados. O, como Moro Otero, secretario de la OEA. La cosa ya estaba tan formal en sus vidas que tuvieron que disolver la Troupe. Era un crimen que se perdiera esa gracia, esa fineza que tenían para el humorismo, entonces canalizaron su actuación en la radio y -como de costumbre en los grandes grupos- una gente se fue para Carve y otra para El Espectador, con Soliño, Pelicciari y un pianista, González Prado, un negro que se llamaba "Carbonilla" en "La hora popular", que era un fenómeno e incluso llegó a acompañar a Ortiz Tirado en algunas giras. Este hombre era pianista de varieté, por lo tanto tenía una capacidad enorme para transportar a primera vista lo que fuere. También actuó en la Troupe Ateniense. Un día, con motivo de que vinieron "Los cosacos del Don" e hicieron un número fabuloso llamado "Los barqueros del Volga", se les ocurrió hacer "Los boteros de Malvín", que era una tremenda caravana de individuos que iban por el escenario cargando una soga y al final aparecía un botecito de papel. Para eso necesitaban la tonada de "Los cosacos del Don". Le pidieron a González Prado que le pidiera al director del conjunto que les diera la partitura. El tipo se la negó, argumentó 40.000 cosas; entonces sacó una platea, llevó una hoja pentagramada y cuando los tipos cantaban copió exactamente el coro de Los cosacos del Don y salieron Los boteros de Malvín. Ese tipo fue uno de los pianistas de El Espectador junto con Walter, con Pirulo, con Teddy Lascano. Era inexplicable que esa gente pudiera acompañar a cualquiera, en cualquier momento, sin ningún problema y sin ninguna pose.


EC - ¿Cómo llegamos a los partidos Radio Carve-El Espectador?


RB - Se plantea una competencia feroz en materia de programación radial y un día se desafían -no recuerdo de quién partió el desafío- a jugar un partido en el Parque Central un domingo de mañana. Y llevan a 20.000 personas, de bote a bote y con gente que quedaba afuera. Eso nunca más se reprodujo. Ahora hay campeonatos comerciales, industriales, deportivos...


EC - ¿Fue un solo partido?


RB - No, se jugaron varios partidos, algunos de ellos interesantes; casi siempre terminaban en empate, no se sabe si buscados o no. Había mucha gente que estaba en actividad deportiva, muchachos que jugaban al fútbol, al básquetbol, que tenían un buen estado atlético y jugaban en serio. Fue un síntoma de popularidad que nunca más se pudo emular en materia de rivalidad radial.


IB - Esa guerra del fútbol nos llevó a la gente de Carve y El Espectador a estar presa por los líos que tenían entre ellos: se cortaban los cables...


EC - ¿Cómo que se cortaban los cables?


IB - Las transmisiones se hacían por cable telefónico, pero siempre había un cable en un árbol, aparecía alguien con una tijera y le cortaba la transmisión al otro. Los primeros que transmitimos el fútbol mundialmente fuimos nosotros, pero en determinado momento la Asociación Uruguaya de Fútbol creyó que las transmisiones radiales le estaban quitando público al estadio y prohibió esas transmisiones. Entonces, todo el mundo buscó la fórmula. El botija Domínguez Riera, por ejemplo, transmitía con largavistas desde el Hospital de Clínicas en construcción. Todos conocemos lo que es el estadio: cuando había niebla no había transmisión.

Tenemos que aclarar que Radio Sport y El Espectador eran hermanas, entonces se entreveraba la gente. No los dejaban entrar al estadio y encontraron el método de las piedras: tenían la camioneta afuera del estadio y como espectadores tenían a los informativistas que escribían en un papel las jugadas, las arrollaban en las piedras que llevaban y las tiraban por la Olímpica, entonces desde la camioneta se armaba la transmisión con esos datos. Los cuidadores del estadio tenían una cantidad de perros. En una oportunidad tiraron la piedra y ésta cayó donde estaban los perros; se sintió "goool", pero como no podían sacar la piedra ese gol -que era de Peñarol frente a Rampla- no existió para la radio.

Entonces se juntaron a buscar otro sistema e inventaron el de la muleta: adentro de una muleta pusieron un transmisor que Sapelli había armado e hicieron experimentos. Una noche -estábamos en plena dictadura de Terra- en el Parque de los Aliados hicieron una transmisión de cuadra a cuadra: "uno dos tres, uno dos, transmitiendo, transmitiendo". Pasó la Policía, encontró a esos subversivos, pensaron que estaban tramando algo contra Terra y fueron todos presos. Un día lanzaron la transmisión desde el Estadio Centenario; fue alguien con la muleta, pobrecito, llevado por los demás, y quiso transmitir desde allí pero no salió absolutamente nada; hasta el día de hoy no se sabe qué pasó.


IB - Hablando de Soliño, éste era un gran compositor, fue autor de "Adiós mi barrio", de "Mocosita", de "Maula", de "Garufa". Tiene 70 letras registradas.


EC - Llegó un saludo de un oyente que dice que fue antiguo concurrente a "Tranquera oriental", un programa de folklore de primera calidad que dirigió en forma diferente Arteagaveytia. Quizás ustedes puedan ubicar ese programa en la historia de El Espectador.


WA - Era un programa que se hacía los domingos al mediodía, dirigido por Artagaveytia -gran compañero hoy fallecido- en el que intervenían, por ejemplo, Dante Ortiz como actor, un escritor popular y conjuntos folklóricos de mucho éxito. En esa época Artagaveytia -reconocido también en la vecina orilla- se enteró de que había llegado a Montevideo un matrimonio de cantantes argentinos; el esposo fue contratado por El Espectador, hizo unas audiciones de 15 minutos a las nueve menos cuarto de la noche y la esposa esperaba que terminara su actuación en la cabina contigua con una hija chiquita que resultó ser una folklorista de primera en el Río de la Plata: Mercedes Sosa.

Artagaveytia fue invitado al encuentro folklórico de Argentina que se hacía todos los años y sugirió a los directores del evento que le permitieran a esa señora intervenir cantando aunque fuera una canción en el Festival de Cosquín. Después de muchas tentativas y gracias a que Artagaveytia era un invitado especial, accedieron a que esa señora cantara alguna canción fuera de programa: fue un éxito tremendo, la explosión del Festival de Cosquín. Artagaveytia sabía muy bien lo que recomendaba. De ahí el público argentino conoció a Mercedes Sosa.


RB - Nos resultó particularmente grato y emotivo evocar a todas estas grandes figuras de los comienzos de El Espectador. La radio en general tuvo su momento de eclipse, tanto la radiodifusión en general como El Espectador en particular; esto ocurre en todos los organismos humanos, hay momentos de auge físico y momentos de depresión, de manera que la radio no podía escapar al impacto de la televisión -que fue largo-, pero se fue recuperando de a poco, se fue revitalizando.

Creo que seríamos muy injustos si cerráramos estos comentarios de la gente de ayer sin referirnos a Luisito de María. Debo confesar que no creía que pudiera estar al frente de una radio con la misma eficiencia y eficacia con que estuvo al frente de la hotelería -sobre todo del Hotel La Capilla-; me parecía un elemento fuera de órbita, pero tuvo la inteligencia de rodearse de elementos que pusieron a El Espectador en el nivel que hoy ostenta. Todo el mundo sabe hasta dónde llega el alcance de la representación que ustedes ejercen dentro de esta casa. Tenemos un recuerdo muy emocionado, muy grato; Luisito de María fue un amigazo, un hombre siempre dispuesto a tender la mano, amiguísimo de todos nosotros. Le rendimos el homenaje de nuestro recuerdo más afectuoso y lo felicitamos por aquel espíritu empresarial con que tomó un medio de comunicación que no debe perder su sensibilidad en ningún momento pero que también tiene que ser una empresa comercial. A fin de cuentas, esa consolidación es lo que permite que emprendimientos como éste surjan y vayan adelante. Un Luisito de María al que todos quisimos y al que estamos recordando en este momento muy emotivamente.

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Transcripción: María Lila Ltaif Curbelo
Edición: Julieta Sokolowicz
Fotos: Marina Scherschener