Sociedad

Acerca de la adopción. Carta enviada por el licenciado Alejandro Bonasso, ex presidente del Iname (hoy INAU) y ex director del Instituto Americano del Niño

Mientras fui Presidente del INAME, hoy INAU, y Director del Instituto Interamericano del Niño,  tuve oportunidad de aprender mucho sobre el tema de la adopción, y de conocer la realidad del país y de la Región sobre el particular.

Estamos ante una realidad que no puede ser tratada con ligereza ni superficialidad, porque toca aspectos muy esenciales de la persona humana. Es por eso que me siento conmovido y convocado toda vez que se habla públicamente del asunto. Sin pretender extenderme demasiado sobre algo que no se agota ni en un programa ni en una nota, trataré de compartir con la audiencia de El Espectador, algunos titulares y algunas perspectivas.

En primer lugar, me parece importante resaltar que no se suele hacer suficiente hincapié en el hecho de que la adopción no  es la respuesta al derecho de una pareja de adultos a “tener” un hijo o una hija, sino al derecho del niño o niña a tener quien lo acepte, lo quiera, respete su identidad y esté dispuesto a ocuparse de él y a satisfacer sus necesidades. No son los niños los que eligen venir al mundo. Por eso cuando algunos de ellos quedan huérfanos, por la razón que sea, o resultan no queridos por sus padres bilógicos, o estos no pueden encargarse de su crianza, lo que corresponde, desde una perspectiva de derecho, es elegir para esos niños o niñas “los mejores padres” que se les pueda encontrar. No es un asunto de mero deseo y menos de puro azar.  
 
Es muy comprensible el dolor que pueda representar para una pareja el afrontar sin traumas el problema de la esterilidad. Es decir, el no poder engendrar un hijo bilógico. Pero eso no habilita a concluir que sea la pareja  la que tiene derecho a tener un hijo o una hija a través de la adopción. Insisto: el derecho es del niño a tener padres y no de la pareja a tener un niño. Este falso punto de partida es el que ha llevado al fracaso de tantas adopciones mal hechas que seguramente todos hemos conocido.     

El tratamiento inadecuado del tema, ha instalado en la opinión pública uruguaya la idea de que “la culpa la tiene el INAU”, o “la burocracia del Estado con sus trámites y exigencias”. El INAU no tiene culpa alguna de que sean 25 ó 50 los niños que se dan anualmente en adopción en el Uruguay. Y tampoco tiene culpa alguna de que sean doscientas o cuatrocientas las parejas que se encuentran en lista de espera para adoptar un niño o una niña. Los problemas demográficos ni son culpa del INAU ni los resuelve el INAU. El que sean muchas las parejas que quieren adoptar habla relativamente bien de los uruguayos. Y digo “relativamente” bien, porque no me cabe duda que un altísimo porcentaje de esas parejas sólo admiten adoptar recién nacidos o, a lo sumo, menores de dos años. Y es por eso que va creciendo la lista de postulantes por un lado y, por otro, el número de niños que permanecen en hogares del Estado o en hogares substitutos sin ser adoptados, porque los uruguayos no quieren adopciones tardías.

De esto no se habla, porque es más fácil estigmatizar al organismo responsable de seleccionar a los adoptantes, que procesar el problema de manera distinta. Sobre el particular quisiera mencionar que las tres únicas adopciones internacionales que estuve dispuesto a autorizar siendo Presidente del  INAME, fueron las de dos niños y una niña, que tenían entre 5 y 6 años, para quienes no había ninguna de las parejas uruguayas que estaban en la lista de espera que estuviera dispuesta a adoptarlos. Fue por eso que accedimos a que salieran del país –exigiendo sí un seguimiento por parte del Instituto de Legitimación Adoptiva y Adopción (ILAYA)- ya que no había entre los uruguayos nadie dispuesto a darles un hogar. La suerte de esos niños hubiera quedado librada a permanecer institucionalizados en  un hogar que nunca hubiera llegado a ser verdaderamente el de ellos.  

En mi opinión el marco legal uruguayo que rige actualmente el tema de la adopción es razonablemente bueno. Durante el tránsito del Consejo del Niño al INAME y luego al INAU, el Estado fue profesionalizando un equipo de gente que ha ido manejando con mucho profesionalismo y propiedad todo lo relativo a la adopción. El que al día de hoy haya una única instancia responsable de seleccionar a los adoptantes es, por cierto, de inmenso valor y una garantía de transparencia para los procedimientos.

Poco se ha hablado en nuestro medio de la corrupción que pueda haber existido, o existir, en relación a las adopciones. Dejo a un lado el hecho de las llamadas que uno recibía cuando salía en los medios que había aparecido un niño abandonado, o “expósito” según la antigua jerga. Suponían que el Presidente del INAME se los iba a otorgar sin más trámite por la relación que pudiesen tener con él. Jamás, con mi consentimiento, se otorgaron adopciones “a dedo”. La política era que se atendiera de la mejor forma a todos los postulantes, pero que todas las situaciones debían ser analizadas y tratadas técnicamente por los especialistas del tema. Permítame una anécdota para ilustrar lo que quiero expresar. Los servicios del INAME de aquella época tenían una muy buena coordinación con el Servicio Social del Pereira Rossell. Me llama un día una Directora del INAME, muy buena profesional, y mejor persona, de quien mucho aprendí, para decirme: “Alejandro, me acaban de llamar del Pereira Rossell para comunicarme que les dejaron abandonado un recién nacido; que si tenemos la pareja seleccionada que la podemos mandar. ¿Qué hacemos? La pareja que está primera en la lista de espera es absolutamente apta para que se les adjudique el niño. ¿Qué hago?  ¿Les aviso que pasen a buscar al bebe y damos cuenta al juez?” Por supuesto que le contesté que sí, que hiciera como me lo planteaba. Pues bien, no había pasado más de una hora, cuando la pareja sugerida por el organismo llegó al Hospital a levantarlo.  Pero hete aquí que, para su sorpresa, y luego la de todos nosotros, les comunicaron que otra pareja había llegado antes que ellos con una orden judicial – sí, con una orden judicial- disponiendo que se les entregara el bebe. Luego supimos que la pareja  a la que se entregara el niño estaba en el lugar 18º de la lista de espera del Instituto. ¿Qué conocimiento podía tener ese Sr. Juez de que la pareja a la que le estaba adjudicando el niño era la más apta para adoptarlo? ¿Quiénes, y en qué forma actuaron, para lograr en su favor una actuación judicial tan apresurada? ¿Qué credibilidad le quedaba al Instituto sobre su respeto por la lista de espera? Esos procedimientos que se saltean todo sin justificación alguna, sólo dejan sospechas de favoritismos espureos. Así se lo manifesté en una nota que, a raíz de eso,  le enviara luego al Presidente de la Suprema Corte, por cierto que con copia al Juez que había otorgado la mentada adopción.   

El tema es complejo y tiene muchas facetas que se deben tratar con mucha cautela y propiedad. Ha habido tremendos circuitos de corrupción, no solo  en otros países del mundo sino también en varios de la Región. Recuerdo haber escuchado presencialmente al Presidente de Guatemala, en un encuentro de Primeras Damas, decir que tenía la esperanza que con la ley que el Legislativo acaba de aprobar se terminara la corrupción que había existido en el país con respecto a las adopciones, y en particular a las adopciones internacionales, lo que había llevado, por ejemplo, a que España prohibiera la adopción de niños guatemaltecos por parte de nacionales españoles, y a que los EE.UU. impusiera la obligatoriedad del análisis de ADN entre el niño adoptante y “quien decía ser su madre”, antes de admitir la adopción de un niño guatemalteco por parte de un norteamericano.

Sin llegar a esos extremos, en nuestro país, antes de que se volviera preceptiva la intervención del INAU, como única instancia de selección de los adoptantes, prácticamente no se sabía lo que ocurría en el Interior, donde los jueces no sólo manejaban el caso de los niños que estuvieran a cargo del INAU, siendo ellos los que otorgaban la adopción, sino también muchas otras situaciones que eran desconocidas para todos, y que no se veían reflejadas en ninguna estadística.

Lic. Alejandro Bonasso

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