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Discurso del presidente francés,
Jacques Chirac, sobre la laicidad de la República
"El debate
sobre el principio de laicidad retumba en lo más hondo de
nuestras conciencias. Mucho tiene que ver con la cohesión
nacional, con nuestra aptitud para vivir juntos y con nuestra capacidad
para comulgar en lo más esencial.
La laicidad forma parte de nuestras tradiciones. Es un elemento
central de la identidad republicana. No se trata hoy en día
de refundirla o de modificar sus fronteras sino de darle vida manteniéndonos
fieles a los equilibrios que hemos sabido inventar y a los valores
republicanos.
La República lleva más de doscientos años construyéndose
y renovándose, basándose siempre en la libertad, garantía
de la primacía de la ley sobre los intereses individuales,
en la igualdad de hombres y mujeres, en la igualdad de oportunidades,
derechos y deberes y en la fraternidad entre todos los franceses,
independientemente de su condición u origen.
En nuestra República, todos respetan las diferencias del
otro porque todos respetan la ley común. Así, en todo
el mundo se reconoce a Francia como la patria de los Derechos Humanos.
Pero el mundo cambia, las fronteras se difuminan y los intercambios
se multiplican. Al mismo tiempo, las revindicaciones de identidad
o de comunidad se afirman o exacerban con el peligro que a menudo
eso conlleva de repliegue sobre uno mismo, de egoísmo e incluso
de intolerancia.
¿Cómo sabrá responder a estas evoluciones la
sociedad francesa?
Lo lograremos apostando por la templanza y la unión de los
franceses de todos
los orígenes y de todas las convicciones. Lo lograremos,
como hemos hecho en los momentos importantes de nuestra historia,
buscando en la fidelidad a nuestros valores y a nuestros principios
la fuerza de un nuevo avance.
Avance de las conciencias, para redescubrir con orgullo la originalidad
y grandeza de nuestra cultura y del modelo francés. Avance
de la acción, para enmarcar dentro del pacto republicano
la igualdad de oportunidades y derechos y la integración
de todos en el respeto de las diferencias. Avance colectivo para
que, juntos, fortalecidos por esa diversidad que constituye nuestra
riqueza, llevemos nuestra voluntad, nuestro compromiso y nuestro
deseo de vivir juntos hacia un futuro de confianza, justicia y progreso.
Siendo fiel al principio de laicidad, piedra angular de la República,
culminación de nuestros valores comunes de respeto, tolerancia
y diálogo, insto a todas las francesas y franceses a unirse.
* * *
Nuestro pueblo, nuestra Nación y nuestra República,
están unidos por valores comunes que no siempre se lograron
imponer fácilmente. En ocasiones, han dividido a los franceses
antes de contribuir a unirlos. A menudo, se han forjado en los dolorosos
momentos de esas luchas que atraviesan nuestra historia y que marcan
nuestra memoria.
Desde los orígenes de la monarquía hasta las tragedias
del siglo pasado, el largo caminar hacia la unidad ha dibujado nuestro
territorio y forjado nuestro Estado. Desde el Edicto de Nantes hasta
las leyes de separación de las iglesias y del Estado, la
libertad religiosa y la tolerancia se han abierto camino a través
de las guerras de religión y de las persecuciones. La progresiva
conquista, consolidación y profundización de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano comenzó con la Declaración
de 1789 y finalizó con el Preámbulo de 1946. Se hicieron
realidad gracias a la consagración del sufragio universal
y del derecho de voto de las mujeres, a la libertad de prensa, a
la libertad de asociación y, por supuesto, al reconocimiento
de la inocencia del capitán Dreyfus.
Desde la abolición de los privilegios, la noche del 4 de
agosto, a la de la esclavitud, el 27 de abril de 1848, la República
ha proclamado vigorosamente su fe en la igualdad y ha batallado
sin descanso por la justicia social, con las históricas conquistas
que constituyen la enseñanza gratuita y obligatoria, el derecho
de huelga, la libertad sindical y la seguridad social. Ha sabido
tender su mano, dar vida a la igualdad de oportunidades, reconocer
el mérito y permitir así la promoción, hasta
los más altos cargos, tanto de hombres como de mujeres provenientes
de los medios más modestos. Hoy por hoy, seguimos avanzando
con decisión para consolidar los derechos de las mujeres.
Estos valores fundamentan la singularidad de nuestra Nación.
Estos valores hacen que nuestra voz resuene alto y claro en el mundo.
Estos son los valores que hacen Francia.
*
Tierra de ideas y de principios, Francia es una tierra abierta,
acogedora y generosa. Unido en torno a una singular herencia que
constituye su fuerza y su orgullo, el pueblo francés tiene
una rica diversidad. Una diversidad asumida y que es un elemento
central de nuestra identidad.
Diversidad de los credos, en esta vieja tierra de cristiandad en
la que también ha echado raíces una tradición
judía de cerca de dos mil años. Tierra de catolicismo
que ha sabido superar los desgarros de las guerras de religión
y reconocer por fin, antes de la Revolución, a los protestantes
el lugar que les corresponde. Por último, tierra de apertura
para los franceses de tradición musulmana que constituyen
una parte integrante de nuestra Nación.
Diversidad de las regiones que han ido dibujando progresivamente
el rostro de nuestro país, desde Ile-de-France hasta los
ducados de Bretaña, Aquitania, Borgoña o Alsacia y
Lorena, y del condado de Niza hasta el Caribe, el océano
Índico o el Pacífico sur.
Y, por supuesto, diversidad de esos hombres y mujeres que, en cada
generación, se han sumado a la comunidad nacional y para
los que Francia fue un idea antes de convertirse en una patria.
Inmigrantes italianos llegados de forma masiva con la primera revolución
industrial para aportar su talento y energía a nuestro país.
Españoles, perseguidos por los terribles sufrimientos de
los años treinta y que encontraron refugio en Francia. Portugueses,
llegados en la década de los sesenta, llenos de ardor y de
valor. Pero también polacos, armenios y asiáticos.
También ciudadanos del Magreb y del África Negra,
que contribuyeron fuertemente al crecimiento de los "Treinta
Gloriosos" antes de hundir sus raíces en nuestra tierra.
Todos ellos han contribuido a forjar nuestro país, a hacerlo
más fuerte y más próspero y a resaltar su esplendor
en Europa y en el mundo.
Nuestra bandera, nuestra lengua y nuestra historia: todo nos habla
de los valores de tolerancia y de respeto del otro, de esas luchas
y de la diversidad que constituyen la grandeza de Francia. Estamos
orgullosos de esa Francia que pelea por la paz, la justicia y los
Derechos Humanos. Debemos defenderla. Antes que cuestionarla, cada
uno de nosotros debe pensar en lo que le aporta y preguntarse qué
puede hacer por ella.
Para que Francia siga siendo ella misma, debemos responder a los
interrogantes y suavizar las tensiones que atraviesan nuestra sociedad.
*
Todos sabemos cuáles son esos factores de tensión.
Aunque genera nuevas oportunidades, la globalización inquieta,
desestabiliza a los individuos y, en ocasiones, les empuja a replegarse
sobre sí mismos.
Cuando las grandes ideologías se debilitan, el oscurantismo
y el fanatismo ganan terreno en el mundo.
Entre la nación francesa y la Europa de los ciudadanos que
tanto deseamos, cada uno de nosotros debe redefinir sus puntos de
referencia.
Al mismo tiempo, la persistencia del agravamiento de las desigualdades
y ese abismo que se ahonda entre los barrios difíciles y
el resto del país, dejan por mentiroso al principio de igualdad
de oportunidades y amenazan con destruir el pacto republicano.
Una cosa está clara: la respuesta a estos interrogantes no
se encuentra en lo infinitamente pequeño del repliegue sobre
uno mismo o en el agrupamiento en comunidades sino, al contrario,
afirmando nuestro deseo de vivir juntos, consolidando nuestro impulso
común y manteniéndonos fieles a nuestra historia y
a nuestros valores.
Frente a las incertidumbres de la época y del mundo, frente
al sentimiento de impotencia y, en ocasiones, la angustia de la
desesperanza, todos buscamos referencias más personales,
más inmediatas: la familia, la solidaridad de proximidad
y el compromiso asociativo. Es una aspiración natural. De
hecho, es incluso muy positiva. Demuestra la capacidad de los franceses
y francesas para movilizarse, actuar y dar rienda suelta a su energía
y a sus iniciativas.
Ahora bien, el límite de este movimiento está en el
respeto de los valores comunes. El peligro reside en la liberación
de fuerzas centrífugas y en la exaltación de las especificidades
que dividen. El peligro está en querer dar primacía
a las reglas particulares por encima de la ley común. El
peligro está en la división, la discriminación
y la confrontación.
Fijémonos en lo que sucede a nuestro alrededor. Las sociedades
estructuradas en torno a comunidades suelen ser víctimas
de desigualdades inaceptables.
Francia nunca podría optar por el agrupamiento en comunidades
pues algo así sería contrario a nuestra historia,
a nuestras tradiciones y a nuestra cultura; sería contrario
a nuestros principios humanistas, a nuestra fe en la promoción
social solo con la fuerza del mérito y del talento y a nuestro
apego por los valores de igualdad y fraternidad entre todos los
franceses.
Por eso me niego a apuntar a Francia en esa dirección. De
hacerlo, sacrificaría su herencia, pondría en peligro
su futuro y perdería su alma.
También por eso tenemos la imperiosa obligación de
actuar. No es siendo inmóviles ni estando perdidos en la
nostalgia como volveremos a encontrar una nueva comunidad de destino
sino siendo lúcidos, imaginativos y fieles a lo que somos.
*
Este año, una vez más, Francia ha sabido hacer que
se escuchara su palabra de paz y tolerancia, en todos los ámbitos
de crisis y de tensión, para invitar a los pueblos que se
destrozan mutuamente, a respetarse.
En el seno de nuestras fronteras, en el corazón de nuestra
sociedad, sepamos vivir juntos abogando por la misma exigencia,
la misma ambición de respeto y de justicia.
La República ha luchado desde siempre por la igualdad de
oportunidades. El frente de esa lucha se localiza ahora en los barrios.
¿Cómo pedir a sus habitantes que se sientan identificados
con la Nación y sus valores cuando viven en guetos de urbanismo
inhumano, donde pretenden imponerse el caos y la ley del más
fuerte?
Al reforzar la seguridad mediante el programa de renovación
urbana para derrumbar los bloques masivos de viviendas y las zonas
francas destinadas a devolver el empleo y la actividad a esos barrios,
acabamos con la fatalidad y recobramos la esperanza. Tanto para
el Gobierno como para mí, es un reto y una gran exigencia.
Que la igualdad de oportunidades sea una realidad requiere también
que devolvamos toda su fuerza a nuestra tradición de integración
apoyándonos en los éxitos ya cosechados pero también,
rechazando lo inaceptable.
Muchos jóvenes descendientes de la inmigración, cuya
lengua materna es el francés y que, en la mayoría
de los casos, son de nacionalidad francesa, triunfan y se sienten
a gusto en una sociedad que es la suya. Deben ser reconocidos por
lo que son, por su capacidad, curriculum y mérito. Desean
manifestar su éxito, su sed de movimiento, su inserción
y su plena pertenencia a la comunidad nacional.
También debemos preparar estos éxitos con los extranjeros
que llegan a Francia legalmente, pidiéndoles que comulguen
con nuestros valores y leyes. Ese es el objeto del contrato de acogida
e integración creado a petición mía por el
Gobierno, y que les es propuesto de forma individual. Con él
pueden acceder a clases de francés, a cursillos de formación
de ciudadanía francesa y a un seguimiento social a cambio
de respetar escrupulosamente las leyes de la República.
También debemos hacer posibles estos éxitos rompiendo
el muro del silencio y de la indiferencia que todavía hoy
rodea a las discriminaciones. Conozco el sentimiento de incomprensión,
de desesperanza e incluso, en ocasiones, de rabia de los jóvenes
franceses fruto de la inmigración cuyas demandas de empleo
acaban en la basura simplemente por su nombre y que, demasiado a
menudo, se enfrentan a discriminaciones a la hora de acceder a una
vivienda o, simplemente, a algún lugar de ocio.
Debemos concienciarnos y reaccionar con vigor. Esa será la
misión de la autoridad independiente encargada de luchar
contra todas las formas de discriminación y que se creará
a principios del próximo año.
Todos los niños de Francia, independientemente de su historia,
origen o credo, son las hijas y los hijos de la República.
Y todos deben ser reconocidos como tal tanto en el derecho como,
sobre todo, en los hechos. Velando por el respeto de esta exigencia,
redefiniendo nuestra política de integración y aplicando
nuestra capacidad para dar vida a la igualdad de oportunidades,
devolveremos toda su vitalidad a nuestra cohesión nacional.
*
También lo conseguiremos dando vida al principio de laicidad
que es uno de los pilares de nuestra Constitución. Manifiesta
la voluntad de los franceses de vivir juntos siendo fieles a los
principios de respeto, diálogo y tolerancia.
La laicidad garantiza la libertad de conciencia. Protege la libertad
de creer o de no creer. Garantiza a cada uno la posibilidad de expresar
y practicar su fe de forma tranquila, libre y sin la amenaza de
imposición de otras convicciones u otros credos. Con ella,
la República y sus instituciones protegen a hombres y mujeres
venidos de todos los rincones del mundo, de todas las culturas,
en la práctica de sus credos. La República, abierta
y generosa, es el lugar privilegiado del encuentro y del intercambio,
donde todos se encuentran para aportar lo mejor a la comunidad nacional.
Es la neutralidad del espacio público la que permite a diferentes
religiones coexistir en armonía.
Como el resto de las libertades, la libertad de expresión
de las creencias no puede tener más límite que la
libertad del otro y el respeto de las reglas de vida en sociedad.
La libertad religiosa, respetada y protegida por nuestro país,
no se puede trastocar. No puede poner en peligro la regla común.
No puede atentar contra la libertad de convicción de los
demás. Este es el sutil, preciado y frágil equilibrio,
construido pacientemente desde hace décadas, que garantiza
el respeto del principio de laicidad. Y Francia tiene la suerte
de tener este principio. Por eso figura en el artículo primero
de nuestra Constitución. Por eso no es negociable.
Tras desgarrar a Francia con la adopción de la gran ley republicana
de separación de las iglesias y del Estado en 1905, una laicidad
calmada ha permitido reunir a todos los franceses. Cuando poco le
falta para cumplir un siglo de vida, ha demostrado su temple y cuenta
con el beneplácito de todos los credos y todas las corrientes
de pensamiento.
Sin embargo, a pesar de la fuerza de este logro republicano y, tal
como han demostrado los trabajo de la Comisión que preside
Bernard Stasi, a la que quiero rendir nuevamente homenaje, hoy por
hoy, la aplicación del principio de laicidad en nuestra sociedad
está siendo debatida. De acuerdo, es cierto que rara vez
es cuestionada. Incluso hay gente que lo reivindica para sí.
Pero su aplicación concreta choca con crecientes y nuevos
obstáculos tanto en el mundo laboral, como en los servicios
públicos o, en particular, en las escuelas o los hospitales.
No se puede tolerar que, bajo el paraguas de la libertad religiosa,
se cuestionen las leyes y principios de la República. La
laicidad es una de las grandes conquistas de la República.
Es un elemento crucial de la paz social y de la cohesión
nacional. No podemos dejar que se debilite. Debemos trabajar para
consolidarla.
Para ello, debemos garantizar efectivamente el mismo respeto y la
misma consideración a todas las grandes familias espirituales.
A este respecto, al Islam, la religión más reciente
en nuestro territorio, le corresponde ocupar su lugar junto a las
grandes religiones presentes en nuestra tierra. La creación
del Consejo Francés del Culto Musulmán permite organizar
las relaciones entre el Estado y el Islam de Francia. Los musulmanes
deben tener en Francia la posibilidad de disponer de lugares de
culto en los que puedan practicar su religión con dignidad
y tranquilidad. A pesar de los recientes progresos, aún queda
mucho por hacer en este ámbito. También habremos dado
un nuevo paso cuando se garantice la formación de imanes
franceses y se pueda afirmar la personalidad de un Islam de cultura
francesa.
El respeto, la tolerancia y el espíritu de diálogo
también se enraizarán con el conocimiento y la comprensión
del otro, que deben ser esenciales para cada uno de nosotros. Por
eso creo que es primordial desarrollar la enseñanza del hecho
religioso en la escuela.
Asimismo, hay que luchar sin piedad, con atención y firmeza,
contra la xenofobia, el racismo y, en particular, el antisemitismo.
No toleremos que el insulto se convierta en algo banal. No minimicemos
ningún gesto, ninguna actitud, ningún discurso. Que
no se nos escape nada. Es una cuestión de dignidad.
Debemos reafirmar con fuerza la neutralidad y laicidad del servicio
público. La de cada agente público, al servicio de
todos y del interés general, a quienes se prohibe exponer
sus propias creencias u opiniones. Es una regla de nuestro Derecho
ya que ningún francés debe poder sospechar de ningún
representante de la autoridad pública que le beneficia o
desfavorece en función de sus convicciones personales. Del
mismo modo, ningún ciudadano podría, por sus convicciones,
rechazar a un agente público.
También es necesario reafirmar la laicidad en las escuelas
porque la escuela debe estar absolutamente preservada.
La escuela es el primer lugar de adquisición y transmisión
de valores que compartimos. Es el instrumento por excelencia donde
se enraíza la idea republicana; el espacio donde se forma
a los ciudadanos del día de mañana a vivir con la
cítrica, el diálogo y la libertad; donde se les dan
las claves para realizarse y ser dueños de su destino; donde
cada uno amplía su horizonte.
La escuela es un santuario republicano que debemos defender para
preservar la igualdad ante la adquisición de los valores
y los conocimientos, la igualdad entre niñas y niños
y la enseñanza mixta de todas las actividades, especialmente
el deporte. Para proteger a nuestros hijos. Para que nuestros jóvenes
no estén expuestos a las malas corrientes que dividen, separan
y yerguen a unos contra otros.
Evidentemente, no se trata de convertir la escuela en un lugar de
uniformidad y anonimato, del que se proscribirían el hecho
o la pertenencia religiosa. De lo que se trata es de que los profesores
y directores de centro, hoy en la línea de fuego y enfrentados
a grandes dificultades, puedan ejercer serenamente su misión
con la afirmación de una regla clara.
Hasta hace poco tiempo, en virtud de costumbres razonables y respetadas
de forma espontánea, nadie dudaba de que los alumnos, a pesar
de ser naturalmente libres de vivir su fe, no debían acudir
a la escuela o al instituto con prendas de vestir que denotasen
su religión.
No se trata de inventar nuevas reglas ni de desplazar las fronteras
de la laicidad, sino de enunciar con respeto, pero alto y claro,
una regla que forma parte de nuestras costumbres y prácticas
desde hace mucho tiempo.
Me he informado. He estudiado el informe de la Comisión Stasi.
He examinado los argumentos de la Misión de la Asamblea Nacional,
de los partidos políticos, de las autoridades religiosas
y de los grandes representantes de las corrientes de pensamiento.
Considero consecuentemente, que el porte de prendas de vestir o
de símbolos que manifiesten ostensiblemente la pertenencia
religiosa debe ser proscrito de las escuelas y de los institutos
públicos.
Evidentemente, será posible portar símbolos discretos
como, por ejemplo, un crucifijo, una estrella de David o una mano
de Fátima. Por el contrario, los símbolos ostensibles,
es decir, aquellos cuyo porte salte a la vista y permita reconocer
inmediatamente su pertenencia religiosa, no serán admitidos.
Estos (el velo islámico, sea cual sea el nombre que se le
dé, la kippa o un crucifijo de tamaño manifiestamente
excesivo) no tienen cabida en los centros de las escuelas públicas.
La escuela pública seguirá siendo laica.
Lógicamente, es necesaria una ley. Deseo que el Parlamento
la adopte y que se aplique desde comienzos del próximo año
escolar. Desde ahora, pido al Gobierno que prosiga el diálogo
que mantiene, en particular, con las autoridades religiosas y que
emprenda una campaña de explicación, mediación
y pedagogía.
Nuestro objetivo es abrir las mentalidades y los corazones; es hacer
entender a los jóvenes en cuestión los envites de
la situación y protegerles de las influencias y pasiones
que, lejos de liberarles o permitirles afirmar mejor su libre arbitrio,
los limitan o amenazan.
A la hora de aplicar esta ley, habrá que buscar sistemáticamente
el diálogo y la concertación antes de tomar cualquier
decisión.
Por otro lado, ya se ha planteado esta cuestión, y no creo
que haga falta añadir más días festivos al
calendario escolar, que ya tiene muchos. Además, algo así
supondría problemas para los padres que trabajan esos días.
Ahora bien, tal como se tiene la costumbre de hacer, no quiero que
ningún alumno tenga que excusarse por una ausencia justificada
por una gran fiesta religiosa como el Kipur o el Aït El Kebir,
a condición de que el centro haya sido previamente informado.
Ni que decir tiene que no se deben organizar exámenes o eventos
importantes esos días. El ministro de Educación Nacional
comunicará a los Rectores instrucciones en este sentido.
También es necesario recordar las reglas básicas de
la vida en común. Me refiero al hospital, donde nada podría
justificar que un paciente se negase, por principio, a ser atendido
por un médico del otro sexo. La ley tendrá que consagrar
esta regla para todos los enfermos que acudan al servicio público.
Del mismo modo, el ministro de Trabajo deberá emprender las
concertaciones necesarias y, si fuera necesario, someter al Parlamento
una disposición que permita a los directores de empresa reglamentar
el porte de símbolos religiosos por imperativos relativos
a la seguridad, evidentemente, o a los contactos con la clientela.
De manera general, creo que convendría crear un "Código
de Laicidad" que reúna todos los principios y reglas
relativos a la laicidad. En particular, el Código sería
entregado a todos los funcionarios y agentes públicos el
día de su entrada en funciones.
Por otro lado, el Primer Ministro instaurará bajo su autoridad
un Observatorio de la Laicidad, encargado de alertar a los franceses
y a los poderes públicos de los riesgos de deriva o ataque
a este principio esencial.
*
Finalmente, nuestra lucha por los valores de la República
debe llevarnos a comprometernos resueltamente en favor de los derechos
de la mujeres y de su real igualdad con los hombres. Es la lucha
de los que van a trazar el rostro de la Francia del día de
mañana. El grado de civilización de una sociedad se
mide, en primer lugar, por el lugar que ocupan en ella las mujeres.
Debemos estar alerta y ser intransigentes frente a las amenazas
de retroceso. Las hay.
No podemos aceptar que haya quien, refugiándose tras una
concepción tendenciosa del principio de laicidad, trate de
dinamitar los logros de nuestra República que son la igualdad
de sexos y la dignidad de las mujeres. Lo digo solemnemente: la
República se opondrá a todo lo que separe, suprima
y excluya. La vida debe ser mixta porque agrupa, pone a todos los
individuos en pie de igualdad y se niega a distinguir en función
del sexo, el origen, el color o la religión.
Nuestra sociedad aún tiene que hacer muchos progresos en
materia de derechos de las mujeres. La nueva frontera de la paridad
es la igualdad profesional entre hombres y mujeres. Todos deben
ser conscientes de ello y actuar en consecuencia. Personalmente,
pienso dedicarme a ello en las próximas semanas.
* * *
Señoras y Señores:
Los debates sobre la laicidad, la integración, la igualdad
de oportunidades y el derecho de las mujeres plantean una misma
pregunta: ¿qué Francia queremos para nosotros y para
nuestros hijos?
Se nos ha legado un país rico por su historia, lengua, cultura;
una Nación fortalecida por sus valores e ideales.
Nuestro país, Francia, debe sentirse orgulloso. Cada uno
de nosotros debe sentirse depositario de su herencia. Cada uno de
nosotros debe sentirse responsable de su futuro.
Sepamos transformar los interrogantes de hoy en bazas de mañana;
buscando con decisión la unidad de los franceses; confirmando
nuestro apego por una laicidad abierta y generosa tal como hemos
sabido inventarla año tras año; dando más fuerza
a la igualdad de oportunidades, al espíritu de tolerancia
y a la solidaridad; y agrupándonos en torno a los valores
que han hecho y hacen Francia.
Así es como seguiremos siendo una Nación segura y
fortalecida por su cohesión. Así es como podremos
reafirmar la ambición con la que todos nos identificamos
de construir, para nuestro país y nuestros hijos, un futuro
de progreso y de justicia.
Es uno de los grandes retos planteados a nuestras generaciones.
Pero podemos, debemos y vamos a superarlo juntos.
Todos juntos.
Gracias"
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