Columna de Alfonso Lessa

El fin de un ciclo y el reto de los partidos de renovar sus liderazgos

El fin de un ciclo y el reto de los partidos de renovar sus liderazgos
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De manera más o menos intensa, en público y en privado, en todos los partidos se empieza a especular y trabajar en torno a las candidaturas de las elecciones de 2019. Es decir que el acercamiento del horizonte electoral determina que la definición de las candidaturas y de la mano de ellas, las ecuaciones de poder internas, vayan transformándose en preocupaciones estratégicas fundamentales para todos los protagonistas.

Esa es, si se quiere, una definición de corto plazo, aunque sus consecuencias se extiendan en el tiempo.
 
El Uruguay, sin embargo, afronta un tema mucho más complejo y de largo plazo: la renovación de los liderazgos, de los grandes referentes de sus principales partidos. 
 
Hay ciclos que se repiten, aún con las diferencias y característica propias de cada época. El país enfrenta, como en las década de los 60, aunque en muchos casos por motivos diferentes, la necesidad de relevar una generación de dirigentes que, o fallecieron (como el caso de Jorge Batlle), o dieron un paso al costado o afrontan el último tramo de sus liderazgos.
 
Entre 1959 y 1967, murieron grandes figuras que habían liderado a blancos y colorados: en 1959 murió Luis Alberto de Herrera (que casi no pudo disfrutar del primer triunfo de su partido en casi un siglo); en 1963, Juan Andrés Ramírez; en 1964 nada menos que Luis Batlle; Benito Nardone; Daniel Fernández Crespo; y Javier Barrios Amorin.
 
Al año siguiente fallecía César Batlle Pacheco y dos años después Oscar Gestido.
 
Aquellos eran momentos de cambio y se cruzaban variables locales e internacionales que complicaban la coyuntura: el final del neobatllismo, el primer triunfo blanco del siglo XX, el triunfo de la revolución cubana, la Guerra Fría y el surgimiento de la guerrilla en nuestro país.
 
Tal vez ningún acontecimiento sintetice mejor aquel tiempo que la visita del Che Guevara al Uruguay y su entrevista con Eduardo Víctor Haedo, mientras la guerrilla se preparaba para dar sus primeros pasos.
 
 
LOS DESAFÍOS DE OTRO MUNDO
 
Hoy estamos lejos de los 50 y los 60 en los que también había procesos de cambio, pero el mundo atraviesa otros desafíos: un contexto internacional muy complejo, nuevas potencias, el impactante desarrollo de la tecnología, incertidumbre sobre el futuro del trabajo y del mercado laboral, cambios significativos en materia de comunicaciones, etc.
 
Y hoy, como en aquel tiempo, hay una transición en la búsqueda aún incompleta de figuras que puedan asumir los liderazgos fuertes.
 
Esta transición plantea un doble problema:
 
  1. Político electoral para cada uno de los partidos.
  2. Pero más importante, refiere al Uruguay y a la necesidad de contar con líderes fuertes y modernos, dirigentes capaces de ponerse por delante de las circunstancias, conducir a sus colectividades, al gobierno y a la oposición, en un mundo lleno de cambios, que incluso empiezan a plantear problemas importantes en relación a las normas que nos rigen, superadas cada día por la realidad.
 
VACÍO ENTRE LOS COLORADOS
 
Esta situación es muy clara entre los colorados: ¿quien asume el desafío con la fuerza de Julio María Sanguinetti, que sigue aportando y luchando, pero no desde el centro del escenario o con la potencia y experiencia de Jorge Batlle?
 
El partido histórico del poder y del Estado, no ha logrado renovar sus liderazgos, lo que se ha potenciado por la renuncia de Pedro Bordaberry a ser candidato y encabezar su propio sector.
 
 
EL FRENTE AMPLIO
 
En el Frente Amplio luego de la muerte del general Líber Seregni, aparecieron figuras muy importantes como Tabaré Vázquez, Danilo Astori y José Mujica. Están por supuesto en plena actividad, saludables y gobernando ¿pero quien tiene hoy la fuerza para sustituirlos?
 
Pero además, por diferentes motivos, incluso por ser figuras sectoriales, ni Mujica ni Astori pueden ser líderes incontestados de todo el Frente.
 
Vázquez claramente tuvo mucho más fuerza y capacidad de liderazgo en su primera administración, cuando gozó de mayor cautela de todos los sectores de la izquierda, más alineados, ante el reto de gobernar por primera vez.
 
Y con un gabinete con los líderes de cada partido del Frente Amplio que hacía todo mucho más practico. El crecimiento de Mujica también acotó su poder.
 
El propio Mujica reconoció esta situación hace poco, al hablar del caso Sendic. Seregni, dijo, nos hubiera llamado a todos, nos hubiera dicho que hacer y lo hubiéramos hecho. Lo hubiéramos tratado de autoritario, pero hubiera resuelto el tema.
 
Pero además el Frente tiene dos temas adicionales:
 
  1. Es cada vez más coalición y cada vez menos movimiento, lo que complica sus tomas de decisiones.
  2. Tiene una estructura que responde a una lógica de los 70, en la que los órganos más importantes como el Plenario, están muy lejos de lo que votó la gente, lo que provoca entre otras cosas una disonancia muy grande con la bancada parlamentaria.
Esas realidades, hacen más necesaria la existencia de un liderazgo fuerte.
 
 
LOS BLANCOS
 
El Partido Nacional debió soportar la temprana muerte de Wilson Ferreira y el paulatino paso al costado de un Lacalle Herrera, que está en actividad, pero no en el centro de la escena.
 
Los blancos son quienes más lograron renovarse en estos años, con una sucesión de dirigentes, algunos de los cuales, sin embargo, fueron quedando en el camino, como Alberto Volante y Juan Andrés Ramírez.
Hoy se encuentra en una interna con dos figuras muy diferentes como Lacalle Pou y Larrañaga que tienen el reto de ponerse el partido al hombre.  Es una interna aun en proceso, en la que Lacalle Pou arranca con ventaja. 
 
 
¿CANDIDATO DE TODOS?
 
La oposición en su conjunto tiene una gran oportunidad en las próximas elecciones. Seguramente nunca imaginó que el oficialismo le iba a ofrecer tantos flancos como le ha dado y le está dando; aunque suponer que el Frente Amplio tiene la elección perdida, constituye un grave error que desconoce las potencialidades de la coalición.
 
Sin embargo de la mano de este proceso de renovación recién mencionado, se encuentra también uno de los mayores problemas de la oposición, cuando se la considera como un todo: la necesidad de consolidar una figura que pueda aglutinar en torno a sí al conjunto de los partidos no oficialistas y eventualmente a los frentistas desencantados.
 
Porque además, resulta mucho más sencillo hablar de la oposición como un todo cuando cumple ese rol, que al momento de concurrir a las urnas.

 

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