Columna de Alfonso Lessa

Los blancos enredados en su propia interna

Los blancos enredados en su propia interna
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El debate surgido en el Partido Nacional por las acusaciones contra el intendente de Soriano, Agustín Bascou, replanteó un problema histórico de los blancos que en muchas ocasiones lo debilitó ante sus adversarios: las diferencias internas que en su momento llegaron a la fractura.

Hubo muchas situaciones -lejanas en el tiempo unas, no muy lejanas, otras- en las que esas peleas se convirtieron en un verdadero Talón de Aquiles.
 
No en vano, Wilson Ferreira poco antes de morir, hizo un pedido a sus principales dirigentes: que no se pelearan.
 
Durante mucho tiempo fueron los colorados los que sacaron provecho de esas diferencias. Ahora es el Frente Amplio que, tras la renuncia de Sendic, salió a generar hechos que al menos pudieran bajar en algo el perfil del escándalo provocado por el vicepresidente y eventualmente preparar el terreno para lo que puede venir; tarea más que difícil, vale decirlo.
 
Pero de todas maneras, en lunfardo o en términos futbolísticos, desde la izquierda se hizo "una cama" en la que cayeron los blancos, llevando las disputas al máximo nivel, en un enfrentamiento público que involucra a sus dos principales figuras: Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga.
 
La solución hubiera sido sencilla: dado el antecedente de Sendic y la vara muy alta que colocó el Tribunal de Conducta Política del Frente Amplio, parecía lógico cortar el tema de raíz y negociar un paso al costado del intendente mientras se dilucidaba su caso.
 
Hubo conversaciones entre los líderes, incluso con Lacalle Pou desde España, pero no se llegó a un acuerdo y Larrañaga prefirió continuar con la defensa de un hombre de su sector, como es Bascou.
 
UN POCO DE HISTORIA
 
Las diferencias y peleas internas -que no constituyen, por supuesto, un monopolio nacionalista- se remontan en el caso de los blancos a los comienzos de la historia partidaria.
 
Los siglos XIX y XX abundaron en episodios de este tipo, incluyendo la propia guerra de 1904 y sus antecedentes inmediatos, cuando -entre otros hechos- José Batlle y Ordoñez quiso desconocer pactos anteriores, dando dos de los seis departamentos que administraban los blancos, al sector minoritario que no respondía a Aparicio Saravia.
 
Durante el siglo XX se repitieron los episodios e incluso la colectividad se partió, con la creación en la década del 30 del Partido Nacional Independiente.
 
En 1959, ya al momento de asumir el gobierno por primera vez en casi cien años, los blancos se peleaban entre sí y con su aliado Benito Nardone.
 
Y para no extender este repaso, se reiteraron fuertes diferencias durante el plebiscito por la ley de Caducidad y luego, durante el gobierno de Luis Alberto Lacalle, y la segunda administración de Sanguinetti, teniendo entre otros protagonistas de estos choques, al propio líder herrerista, a Alberto Volonté y a Juan Andrés Ramírez.
 
UNA GRAN OPORTUNIDAD
 
La oposición tiene ante sí una gran oportunidad, reflejada inequívocamente por las encuestas: en las próximas elecciones puede disputar el gobierno con una fuerza que no tuvo en los tres comicios pasados.
 
Y dentro de la oposición, son los blancos, quienes pueden aspirar a un triunfo. Una sucesión de problemas, errores y denuncias de irregularidades y corrupción, han transformado al oficialismo en un rival notoriamente más frágil que en el pasado.
 
Eso, sin embargo, no quiere decir que el Frente Amplio tenga la elección perdida; nada de eso. Por el contrario, la disputa será ardua para todas las partes.
 
Pero para cualquiera de los contendientes, la coherencia y la unidad partidaria, serán presupuestos esenciales.
 
Por eso, si los blancos quieren competir seriamente, no pueden arriesgar fisuras antes de tiempo.
 
Y deben sobrellevar diferencias y disensos, incluso en la disputa por la candidatura, previa a las elecciones nacionales. La competencia interna puede ser muy positiva, pero si se la sabe administrar.

 

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