¿Se puede cambiar la política con los mismos de siempre?

¿Se puede cambiar la política con los mismos de siempre?

El triunfo de Donald Trump sorprendió a muchos. Confieso que a mí no. Pero no porque conozca al pueblo norteamericano o tuviera información privilegiada, sino por algo que venimos señalando con diferentes palabras hace dos años: el ciudadano está harto de algunas formas de ejercicio de la actividad política. Pero ¿Trump es lo nuevo?, ¿puede ser nuevo un rico en el poder? o ¿un mentiroso, misógino, discriminador y evasor de impuestos?

Lo vimos recientemente en Argentina: un rico en el poder, evasor de impuestos y con su dinero escondido en las tramoyas de Panamá.

O en Brasil donde se destituye a una presidenta sospechada pero sin acusaciones y se la cambia por un corrupto notorio.

En Uruguay surge un nuevo líder que dice querer mejorar la vida de la gente, pero a sus trabajadores les paga dos mangos.

Tampoco podemos dejar de señalar que en Argentina ganó un empresario rico porque la gente se hartó de que en nombre del pueblo, robaran todo. Igual que en Brasil.

Precisamente la corrupción es un asunto instalado en Uruguay  no desde hace 11 años, sino desde tiempos inmemoriales. 

Hoy Brecha anuncia la creación de un nuevo sector de izquierda aliado al FA, aunque fuera de su estructura, que elige como banderas la ética y la lucha contra la corrupción. Pero integrado por notorias figuras históricamente vinculadas al astorismo, el sector de izquierda que más procesados ha tenido. 

Por ahí anda un ex presidente que conmueve al mundo filosofando sobre la vida y predicando contra el consumismo y el capitalismo. Pero acá, le dio todo el poder a los bancos.

Pues bien hay algo que está muy claro: los que estuvieron, mejoraron algo pero no lograron cambiar nada. En todo caso le hicieron creer a la gente que como dijo Bauman: "En  el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda".

Hay un aterrador vacío de ideologías, de proyectos políticos que vayan más allá de la mera idea de ganar una elección.

Muchísima gente cree que cambiando figuritas, se logran cambios profundos.

El problema es que la idea de cambio es muy diferente para cada uno.

Todos los paradigmas del mundo han estallado delante de nuestras narices. Y no sabemos construir otro. Como decía Leonard Cohen: “Todo el mundo sabe que los buenos perdieron”.

Pero vuelvo a Bauman, quien al definir su concepto de la modernidad líquida sostenía que: “Los pilares sólidos que apuntalaban la identidad del individuo -un estado fuerte, una familia estable, un empleo indefinido...- se han ido licuando hasta escupir una ciudadanía acongojada por la zozobra permanente y el miedo a quedarse atrás”.

 Vivimos en la sociedad de los miedos: miedos que van desde el fútbol hasta los acontecimientos climáticos. Yo creo que cualquier miedo sirve para avanzar en los controles y promover el individualismo.

Siempre me ha llamado la atención como los uruguayos que dicen creer tanto en la democracia y en el sistema republicano, han consolidado caudillismos a lo largo de toda su historia. Es decir, los partidos políticos no serían la estructura del sistema, sino el medio para que un líder se consolide.

Claro, después nos desencantamos de los partidos, cuando en realidad si de desencanto se trata, deberíamos apuntar al caudillo que promovimos.

La política es la única forma que tenemos de modificar lo que no nos gusta de la realidad. Y eso no puede ser obra de una sola persona o un pequeño grupo. El problema es que en política hay que convencer. Por lo menos en democracia.

Llegados a este punto cabe preguntarse: ¿se puede cambiar la política con los mismos de siempre?

No me inscribo entre quienes creen sólo en la voz de la experiencia, ni tampoco entre quienes reclaman histéricos todo el poder a los jóvenes. Creo que si todos nos escucháramos más, aprenderíamos más y tal vez se podrían construir mejores cosas.

Pero claro, tolerancia es lo que escasea en este mundo

Cito nuevamente a Bauman: “Ahora tenemos acceso a más información que nunca. Una simple edición dominical del New York Times contiene más información que la gente más educada de la Ilustración consumía en toda su vida. Al mismo tiempo, los jóvenes actuales, los llamados millenials, que se hicieron adultos con el cambio de milenio, nunca se habían sentido más ignorantes sobre qué hacer, sobre cómo manejarse en la vida...”.

Entonces no se trata sólo de cambiar nombres. Desde mi punto de vista lo que necesitamos es construir otras formas de hacer política. Que no tiene que ver  sólo de vida partidaria sino fundamentalmente de nuevas relaciones sociales y económicas.

Ayer leía que el Secretario Político del FA dice que el mismo “perdió su esencia”. La verdad que uno se agota de tantas declaraciones que tienen más que ver con perfilismos o luchas por lugares de poder más que con propuestas.

No se puede construir política sobre la base de consignas. Lo que necesitamos primero es estudiar, saber, preocuparnos por ser mejores seres humanos cada día, ser mejores trabajadores, buenos vecinos, reconstruir una ética social media. De tal manera que podamos reconstruir los vínculos sociales rotos y que no nos dé lo mismo cualquier cosa.

Tratándonos de traidores o nazis porque no coincidimos en una opinión, sólo profundiza las divisiones. Los enemigos están en otro lado.

Pero como nuestro pasado nos condiciona, no creo que los mismos que nos trajeron hasta acá, puedan cambiar algo. En realidad lo deseable sería que más mujeres y hombres se involucraran, sé que no es fácil.

Pero lo que sí hay que saber es que si queremos un futuro no alcanza con palabras inclusivas, consignas o trapos, tiene que haber una idea y un proyecto común, un camino que involucre a la mayoría y que atienda sus verdaderas aspiraciones. Y esto sólo se logrará con otras formas de hacer política. La que conocemos, se agotó.

La columna de Carlos Peláez