Conversaciones con libreros. Escaramuza.

Conversaciones con libreros. Escaramuza.

    Facundo Rojí, el invitado en esta oportunidad, es encargado de una de las librerías más importantes y exitosas de Montevideo, que no es únicamente una librería.

    Oír con los ojos continúa su ciclo de conversaciones con libreros. Facundo Rojí representa a una librería que está propuesta -dice su sitio web- “como punto de encuentro para compartir un momento entre libros y café”, que “invita a conocer la convergencia de dos mundos: el oficio del librero y el arte de la cocina”. Abierta desde mayo de 2016, Escaramuza es una iniciativa de impacto ya desde su concepción. “Me costó asimilar la idea del nombre, pero una vez que lo fui entendiendo como algo hecho en colectivo y que genera ruido, fui viendo que coincidía con lo que se esperaba de Escaramuza como proyecto...” explicó el invitado.

    Escaramuza fue creada por dos libreros, uno uruguayo, Alejandro Lagazeta, dueño de La Lupa Libros y de Criatura Editora y otro argentino, Pablo Braun, dueño de Eterna Cadencia de Buenos Aires, librería-editorial-café en la que Escaramuza encuentra indudablemente parte de su inspiración: ambas apartadas de los grandes centros comerciales -Eterna Cadencia en Palermo, en Cordón Escaramuza-, en una gran casona antigua restaurada y no en un local comercial tradicional, cuidadosamente decorada y con el surtido de libros distribuido en espacios bien definidos; con actividades y eventos literarios que generan muchísimo movimiento -sobresale el FILBA- y con un café-restaurante que no es un mero complemento de la librería sino que tiene su autonomía y su vuelo propio (el de Escaramuza está conducido por los mismos cocineros de La Huella de José Ignacio).

    “No existía en Montevideo un proyecto de estas características”, dice Rojí, “un proyecto muy pensado, un lugar muy agradable desde lo estético -esto se siente desde que entrás al lugar-, un lugar donde nada es improvisado sino que todo llevó mucho trabajo, con una propuesta muy variada tanto en libros como en gastronomía; un lugar como para quedarse muchas horas. Hay clientes que llegan por la mañana, desayunan, se quedan mirando libros, luego almuerzan, disfrutan de ese tránsito”.

    El diálogo tuvo un capítulo para las vicisitudes del oficio del librero; Rojí subrayó la importancia de la condición de orientador que debe asumir el librero, frente a sus clientes, por encima de la de prescriptor; y otro para las preferencias personales del invitado como lector: allí destacó su admiración por Horacio Quiroga, por Abelardo Castillo, por Mario Levrero, por Lautréamont y por Borges.