Finlandia devora libros

Finlandia devora libros

    La tierra del 'Kálevala' y de Jean Sibelius, que tiene hoy uno de los mejores sistemas de bibliotecas públicas del mundo y los más elevados índices de publicación y venta de libros, continúa celebrando los orígenes de su literatura.

    En 2014 el Ministerio de Asuntos Exteriores de Finlandia dio a conocer, en un informe que llevaba el título Finlandia devora libros, números acaso insuperables acerca de los finlandeses y su relación con los libros: unos 600 títulos nuevos de autores finlandeses por año, entre la ficción y libros infantiles nada más; 23 millones de libros vendidos por año en total (unos diez libros al año por persona); 300 bibliotecas centrales funcionando y unas 500 municipales, más 150 bibliotecas móviles y hasta un barco biblioteca que aseguran el acceso gratuito a los libros de todos los ciudadanos, incluyendo a los que viven en las regiones más apartadas de la capital.

    Cien años de independencia (1917) y una joven -en comparación con buena parte de los países de Europa- poesía nacional que comienza en el siglo XIX con el Kálevala, fuente inspiradora inagotable cuya influencia alcanza nuestro tiempo; la relación de los finlandeses con la literatura es sin embargo muy antigua. Rodeada de potencias de las que por mucho tiempo no tuvo más remedio que ser parte, Suecia y Rusia, encontró su propia voz en 1835 cuando el doctor Elias Lönnrot reunió, organizó y fijó por escrito una enorme colección de cantos que procedían tanto del siglo XIV como del siglo V, ecos reconocibles de los primeros pobladores que ocuparon la tierra que conocemos como Finlandia. Lönnrot, poeta y filólogo, realizó un extraordinario trabajo para vivificar esa larga tradición que por siglos mantuvo viva la lengua popular de Finlandia. “El Kálevala sigue vivo”, comentó a Fernando Medina Tarja Laaksonen, del Consulado de Finlandia en Uruguay. “Hay una Fundación Kálevala, hay eventos todos los 28 de febrero –fecha de la publicación original, en 1835-, se continúa enseñando en las escuelas y sigue siendo fuente de inspiración para músicos, artistas y hasta para ilustradores de libros infantiles que han creado, por ejemplo, un Kálevala de perros, una versión más de aquellas antiguas leyendas. En Montevideo los festejos por los cien años de la independencia de Finlandia comenzaron, de hecho, con una charla sobre Kálevala a cargo de Louise von Bergen, que es profesora de literatura nórdica en la Facultad de Humanidades.”

    Una referencia a la histórica región de Karelia, inseparable de la música que Jean Sibelius le dedicó en sus comienzos como compositor, cuando fue más romántico y nacionalista, después de descubrir hacia los veinte años el Kálevala y después de adoptar la lengua finesa como su lengua principal, pese a que en su casa se hablaba en sueco; una de las muchas historias de héroes imperfectos, muy humanos, que se cuentan en el Kálevala; una breve noticia acerca de Arto Paasilinna, destacado novelista finés de nuestro tiempo, varios de cuyos libros están en nuestro idioma publicados por Anagrama y finalmente un recuerdo para Jean Sibelius y su música compusieron esta entrega de El guardián de los libros. “Sibelius es muy grande para Finlandia. Su música es una gran fuente de identidad nacional, además de proveer de material e ideas musicales a muchos músicos, incluso a bandas de rock y de metal como Apocalyptica. Todos los finlandeses llevamos un poco de él en nosotros”, dijo sobre el músico Tarja Laaksonen.      

    Sibelius nació en Hämeelinna en diciembre de 1865 y murió en Järvenpäa en septiembre de 1957 a la edad de 91 años. Es el gran símbolo nacional de Finlandia y es una gran guía para asomarse a su literatura, que leyó con pasión desde temprana edad y copiosamente ilustró con su música.Compuso en total ocho sinfonías, todas inmortales hoy, todas diferentes, personalísimas y al mismo tiempo universales, de gran disciplina clásica, todas con su historia y su fascinación musical, excepto por la octava, de la que sólo sabemos que la escribió pero no cómo es su música, ya que la arrojó al fuego antes de que nadie pudiera verla. La quinta es la favorita del público, la más beethoveniana, verdaderamente grandiosa. La sexta y especialmente la séptima son sin embargo sus logros más importantes, junto al poema Tapiola. Sibelius fue un gran obsesivo, un pertinaz y genial depurador de lenguajes musicales, que buscó siempre lo orgánico y lo auténtico en música. No le gustaban demasiado Mahler ni Bruckner, a los que consideraba excesivamente grandilocuentes y cargados en sus lenguajes. Sibelius aspiraba a la máxima pureza expresiva y sobre todo, aspiraba a superar el vacío, la soledad, las tensiones y el dolor de existir a través de una música que fuera un espejo vital de lo humano, un reflejo simple y al mismo tiempo una revelación. La séptima, de 1924, consta de una sola pieza viva de música. La continuidad entre los tiempos, la unidad sin fisuras entre forma, idea y sonido y el modo arrollador en que un único tema, una única célula produce natural, inevitablemente todo lo que viene después acaso se parecía mucho a lo que había soñado siempre. Los treinta años de silencio que siguieron hasta 1957, el año de su muerte son y seguirán siendo un objeto de misterio.