Suena Tremendo

Guillermo Martínez en El guardián de los libros

Guillermo Martínez en El guardián de los libros

En su columna, Fernando Medina presentó al narrador, ensayista y matemático argentino Guillermo Martínez, con quien conversó en Buenos Aires para Suena Tremendo.

Guillermo Martínez, que nació en Bahía Blanca en 1962, y que se doctoró en matemática por la universidad de Oxford, es, por sus lecturas, por su amplia capacidad de invención, por la audacia de sus reflexiones, esencialmente un hombre de letras.

Sus inicios literarios corresponden a la infancia, a concursos de cuentos organizados por su padre, el también escritor Julio G. Martínez. Culminó su primer volumen de cuentos a los 19 años; alcanzó el ápice de su notoriedad en el mundo literario, con la publicación, en 2003, de su magistral novela policial Crímenes imperceptibles, ganadora del Premio Planeta y llevada al cine por Álex de la Iglesia, bajo el título Los crímenes de Oxford. Con Una felicidad repulsiva, su último volumen de cuentos, obtuvo el prestigioso Premio Hispanoamericano del Cuento Gabriel García Márquez. Borges y la matemática, La fórmula de la inmortalidad y La razón literaria reúnen los ensayos y polémicas de este singular escritor, al que la ciencia le ha dado, según el columnista, una extraordinaria lucidez crítica, difícil de encontrar en otros escritores.

Fernando Medina comentó cuatro grandes cuestiones literarias que surgen de sus invenciones y reflexiones: series lógicas, novelas de crímenes en serie y consecuencias extra-literarias; Borges y la matemática; el hedonismo en lectura y la importante cuestión de la originalidad en literatura, acerca de la que Guillermo Martínez ha escrito, en su último volumen de ensayos, La razón literaria: “es la característica que más valoro de un texto: la originalidad de imaginación. Es decir, la facultad de un texto de revelarnos algo del mundo que no sabíamos, de alzar otro mundo en el mundo, de darnos una nueva forma de ver y de percibir, de hacernos parte de algo que no hubiéramos podido aprehender con ninguna de nuestras otras facultades intelectuales, algo que existe y convence y se sostiene sutilmente suspendido en el aire por imperio de conexiones que no son puramente lógicas ni culturales, en ese acto de ilusionismo antiguo y siempre renovado, de asombro consentido, que todavía ocurre algunas veces cuando abrimos un libro”.

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