Terminó el Carnaval, por Jorge Damseaux

Los vecinos de los tablados pueden ir tranquilizándose, las familias de los componentes pueden ir contando con ellos de regreso, los barrios retoman su cadencia de otoño. El carnaval, ese fenómeno irrepetible que se palpa en las calles desde mucho antes de febrero, terminó.

Lo que resta, estos ecos de marzo, este pobre reflejo, es una yapa lamentable e innecesaria. El jurado (o el reglamento, o el concurso, o los dueños de los conjuntos, o los patrocinadores, échele Ud. la culpa a quien quiera) ha mostrado, una vez más, la hilacha. Y es que la llamada "liguilla" no contará con la incómoda presencia de La Mojigata, que según parece no califica entre las once (¡¡once!!) murgas seleccionadas. Si Ud. cree que esto puede ser normal, acérquese al tablado, oiga, pregunte, vea. Me dará la razón.

No voy a debatir sobre aspectos reglamentarios, que además no me interesan. Alcance decir que, salvo que lo miren de espaldas, no hay código que impida apreciar las enormes diferencias a favor del espectáculo de La Mojigata con, por lo menos, la mitad de las propuestas finalistas. Pero las cuestiones artísticas o estéticas no parecen guiar el concurso. Más bien, éste perpetúa sus peores costumbres, sus rasgos más penosos, a través de un mecanismo siniestro que, voluntariamente o no, promueve la respuesta fácil y el efecto superficial y poco inteligente. Apostar a la simpleza (no entendida como sencillez, sino como demostración de pobreza intelectual) y a comprar en Salamanca lo que natura non da, parece buen negocio. Pero ojo: también aumenta el ghetto, reduce la mira, favorece la manipulación, posterga la reflexión, desestimula el riesgo.

No recuerdo dónde leí, creo que en un texto de Coriún Aharonián, la imposibilidad del carácter neutro en el hecho artístico: o va "para adelante", promoviendo la reflexión y el cuestionamiento, o va "para atrás", favoreciendo el quietismo y el conformismo. En el carnaval, se aprecian muchas intenciones de ir "para adelante", y no pocos lo logran con espectáculos atrevidos y convincentes. Allí está, por nombrar uno, la experiencia conmovedora de La Matineé, que pudo apostar a la nostalgia y prefirió jugar unos boletos al futuro. Otros se quedan en la intención, pero no dejan de buscar, de probar. Hay, también, espectáculos muy interesantes que no pueden evitar algún atajo, aunque ello no invalida la propuesta global.

El espectáculo de La Mojigata va para adelante, siempre. No se queda en la respuesta fácil, más bien plantea preguntas difíciles, incómodas. Ahonda en las debilidades más reales y profundas, y desnuda nuestra indiferencia ante ella, tan cotidiana como acusadora. Derriba los mitos de nuestra supuesta "tolerancia", de nuestra corrección política, de nuestra hipocresía. Duele, claro. Y como lo hace con un humor punzante, agudo, descacharrante, duele más. Hace reír hasta la carcajada, pero deja un sabor lejanamente amargo detrás, que nos recuerda nuestra módica condición humana. Al parecer, es demasiado para nuestro carnaval. No lo merece.

Pero también empieza a notarse una tendencia extremadamente conservadora en términos artísticos, a contrapelo del auténtico esfuerzo de muchos creadores carnavaleros, que no pueden evitar el autoexilio de numerosos artistas valiosos (recuérdese el caso de la Antimurga BCG). Así, se repiten chistes, ideas, postulados, ilaciones, que construyen una realidad "paralela", cómoda, con villanos bien ajenos e identificados, y verdades esperanzadoras, tranquilizadoras, ¿adormecedoras?
Tiene su lógica: además de ser el evento cultural más convocante (¿y el más participativo?) del año, el carnaval es un negocio redondo, manejado por un reducido e impenetrable grupo de empresarios asociados en la inefable DAECPU, que no se dan el lujo de arriesgar sus ganancias al amparo de arrojos estéticos. (Curioso: los conjuntos sostienen un discurso unánimemente antigubernamental, y en muchos casos abiertamente frenteamplista, pero en el carnaval no hay lugar para la sindicalización de los integrantes. Sí, en cambio, existe una patronal - ¿qué otra cosa es DAECPU? - que lo dirige, con el aval ingenuo, al menos en este aspecto, de la administración municipal).

La contracara de esta realidad es el fenómeno de MurgaJoven (ésta sí, una iniciativa digna de la IMM), terreno fermental de ideas y propuestas novedosas, jugadas, inquietantes, testimonio de un pasado creativo que permanece y se multiplica año a año, el de la expresión carnavalera callejera y auténticamente amateur. De allí han surgido algunos de los grupos más interesantes del carnaval "oficial", y allí van a rescatar ideas (cuando no algún integrante) los "profesionales" del concurso.

¿Y la culpa quién la tiene? La realidad suele ser compleja, y la costumbre de embestir contra el jurado resulta una solución facilista y engañosa. Después de todo, DAECPU tiene el carnaval que quiere, y ese carnaval necesita este concurso, que a su vez necesita este reglamento esperpéntico, anquilosado, absurdo. Aunque nada de esto podría ejecutarse, si no se contara con algún estúpido que ejerza el módico poder de su estulticia, a la hora de asignar puntajes. A cuántos (y a quiénes) les cae este humillante sayo, es algo que aún no sabemos.

El tiempo, bien pronto, apagará mi fastidio. Y dentro de unos años, salvo para la inútil especie de los estadísticos, el carnaval 2004 tendrá en nuestra memoria el sello impar de La Matineé y la Mojigata, dos puntas que se unen en el universo de la más intensa sensibilidad.


Leer la opinión de Mariana Gerosa

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