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Martes, 13 de Febrero de 2001        

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Un poco de historia

En Río de Janeiro, Venecia o Montevideo, estos son días de Carnaval. Aquí las murgas, los parodistas y los tambores, allá las scolas do samba y las máscaras. El montevideano es el más largo del mundo y luego de 40 días las taquillas de los tablados, el Teatro de Verano y otras actividades arrojarán un saldo que se estima en 3.000.0000 de dólares. Cada tablado, promedialmente, recibirá unas mil personas por noche. Aparte de rey, Momo es un buen negocio que permanentemente se levanta de una muerte siempre anunciada.

La costumbre de celebrar carnaval es de las más antiguas de occidente. Ya en la antigua Roma se festejaba el inicio de la primavera con la saturnalia. Otras ciudades europeas, con diferentes nombres, también festejaban ese cíclico renacimiento de la naturaleza. Con la difusión del cristianismo también se popularizó, por voluntad u obligación, el respeto  de la cuaresma, período de 40 días en los que la Iglesia prohibía cualquier celebración a partir del miércoles de ceniza y hasta el viernes santo, cuando se recuerda la crucifixión de Jesucristo. Los festejos de la primavera, entonces, se adelantaron para los tres días anteriores a la cuaresma. Así, los pueblos disfrutaban de los placeres que tendrían vedados por poco más de un mes.

Según escribe Daniel Vidart en el libro El Espíritu del Carnaval, las referencias a las carnestolendas montevideanas no abundan. Sí, a partir del tercer tercio del Siglo XIX, los negros con su tradición africana y los europeos comenzaron a delinear el carnaval del Uruguay. Comparsas de negros (los lubolos –blancos pintados de negro- no aparecerían hasta finales del esa centuria) junto con los bailes, las guerras de agua, harina, huevos y papelitos se instalaron en Montevideo. Sin embargo, desde el poder político se intentaba controlar esas celebraciones “bárbaras” en pos de una sociedad “civilizada”.

Pedro Barrán cita en Historia de la sensibilidad en el Uruguay que el diario El Siglo publicaba este comentario pro “civilización carnavalera” en 1867: “A la sociedad culta e ilustrada pertenece dirigir esas diversiones en una vía menos escandalosa, demostrando por su ejemplo que es fácil procurarse el mismo placer sin necesidad de rebajarse a los excesos que deshonran a la humanidad”.

La autoridad, en tanto, fue limitando los juegos de agua e incluso reglamentó el tamaño que debían tener los pomos que se importaban de Inglaterra.

Cuenta Barrán que en 1883 se prohibía el uso de pomos de más de 15 centímetros y en 1892, los de más de 10. Ya en 1888, La Tribuna Popular destacaba los logros de estas políticas: “vemos que el bestial huevazo (...), los cantones, el aguacendo, la bomba, el tarro de pintura y hasta el pomo de a litro” llegan al fin al dar lugar a un “carnaval plástico, donde la estética entra en primer término”. Así el agua comenzó a dejarle el lugar a la serpentina que, según el historiador, apareció por primera vez en el carnaval de 1894.

La murga, de historia más conocida, surgió en 1906 cuando un elenco español que tenía muy poco éxito con la zarcuela que representaba en Montevideo decidió salir a la calle a cantar y así juntar el dinero para volver a la madre patria.

Lo lograron y, además, sembraron la que sería –junto a las comparsas y el candombe- la expresión clásica del carnaval uruguayo.

 

Texto: Mauricio Erramuspe
Fotos: Robert Mareco