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Un poco de historiaEn
Río de Janeiro, Venecia o Montevideo, estos son días de Carnaval. Aquí
las murgas, los parodistas y los tambores, allá las scolas do samba y las máscaras.
El montevideano es el más largo del mundo y luego de 40 días las taquillas
de los tablados, el Teatro de Verano y otras actividades arrojarán un saldo
que se estima en 3.000.0000 de dólares. Cada tablado, promedialmente,
recibirá unas mil personas por noche. Aparte de rey, Momo es un buen
negocio que permanentemente se levanta de una muerte siempre anunciada.
La
costumbre de celebrar carnaval es de las más antiguas de occidente. Ya en
la antigua Roma se festejaba el inicio de la primavera con la saturnalia.
Otras ciudades europeas, con diferentes nombres, también festejaban ese cíclico
renacimiento de la naturaleza. Con la difusión del cristianismo también se
popularizó, por voluntad u obligación, el respeto de la cuaresma, período de 40 días en los que la Iglesia
prohibía cualquier celebración a partir del miércoles de ceniza y hasta
el viernes santo, cuando se recuerda la crucifixión de Jesucristo. Los
festejos de la primavera, entonces, se adelantaron para los tres días
anteriores a la cuaresma. Así, los pueblos disfrutaban de los placeres que
tendrían vedados por poco más de un mes. Según
escribe Daniel Vidart en el libro El Espíritu del Carnaval, las
referencias a las carnestolendas montevideanas no abundan. Sí, a partir del
tercer tercio del Siglo XIX, los negros con su tradición africana y los
europeos comenzaron a delinear el carnaval del Uruguay. Comparsas de negros
(los lubolos –blancos pintados de negro- no aparecerían hasta finales del
esa centuria) junto con los bailes, las guerras de agua, harina, huevos y
papelitos se instalaron en Montevideo. Sin embargo, desde el poder político
se intentaba controlar esas celebraciones “bárbaras” en pos de una
sociedad “civilizada”. Pedro
Barrán cita en Historia de la sensibilidad en el Uruguay que el
diario El Siglo publicaba este comentario pro “civilización
carnavalera” en 1867: “A la sociedad culta e ilustrada pertenece dirigir
esas diversiones en una vía menos escandalosa, demostrando por su ejemplo
que es fácil procurarse el mismo placer sin necesidad de rebajarse a los
excesos que deshonran a la humanidad”. La
autoridad, en tanto, fue limitando los juegos de agua e incluso reglamentó
el tamaño que debían tener los pomos que se importaban de Inglaterra.
Cuenta
Barrán que en 1883 se prohibía el uso de pomos de más de 15 centímetros
y en 1892, los de más de 10. Ya en 1888, La Tribuna Popular destacaba los
logros de estas políticas: “vemos que el bestial huevazo (...), los
cantones, el aguacendo, la bomba, el tarro de pintura y hasta el pomo de a
litro” llegan al fin al dar lugar a un “carnaval plástico, donde la estética
entra en primer término”. Así el agua comenzó a dejarle el lugar a la
serpentina que, según el historiador, apareció por primera vez en el
carnaval de 1894. La
murga, de historia más conocida, surgió en 1906 cuando un elenco español
que tenía muy poco éxito con la zarcuela que representaba en Montevideo
decidió salir a la calle a cantar y así juntar el dinero para volver a la
madre patria. Lo lograron y, además, sembraron la que sería –junto a las comparsas y el candombe- la expresión clásica del carnaval uruguayo.
Texto: Mauricio Erramuspe |