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 Viernes, 13 de Abril de 2001       

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CÉSAR GONZÁLEZ PAEZ (ARGENTINA)

Las pequeñas costumbres son las que comentan las relaciones de pareja, porque cuando se abren todos los caminos de esa unión, los secretos pilares que los sostienen son los momentos compartidos.
Esos pequeños engranajes que ponen en movimiento la rutina del amor.

Esta historia puede ser un aliciente para otros y versa sobre un
juego secreto entablado en la intimidad de un matrimonio rural. Don Severo tenía una costumbre :
cada primero de año, regalaba a su esposa una agenda, un cuaderno íntimo donde le rogaba que anotara sus impresiones.
Le dijo que sería una manera honesta de descargar sus tensiones y también un buen modo de eternizar sus pensares y sentires.

Este regalo impuesto como una normalidad tenía su reverso, ya que Severo se acostumbró a un extraño ritual primero y a un agradable entretenimiento después: encontrar el diario para espiar los pensamientos de su mujer, ya que no podía llegar a ellos de otra manera, ella lo guardaba en lugares distintos de la casa, hasta que se percató de que su esposo hurgaba sus secretos.

Para evitar este triste espionaje fue inventando lugares insólitos para esconderlo.
pero él se volvió cada vez mas meticuloso y siempre lo encontraba.
La mujer decidió que esa morbosidad debía servirle para algo, de
modo que en su diario consignaba pequeñas ambiciones.
Escribió por ejemplo ” necesito un vestido "y muy pronto el apareció con uno.
También escribía lo que no le gustaba del Severo, que no quería
perderla, fue cambiando paulatinamente su personalidad.
Fue así que descubrieron, cada uno por su lado, que habían vuelto a comunicarse, aunque de una manera complicada y reprimida.
Es muy probable que el placer de la cara, donde el cuaderno era la presa y la habilidad de ella; cada vez mas sutil, para esconderlo, haya hecho el milagro.
Se entendían en ese juego.
Hasta que un día, siempre hay algo que desarticula esa telaraña de costumbres, un pequeño suceso fue suficiente para detonar el desenlace.
Ella buscaba el diario para imponer sus últimos reclamos y él
estaba en el mismo juego para enterarse de las novedades, lo
encontraron al mismo tiempo.
Fue intenso el momento en que los dos se sintieron descubiertos y se miraron de frente.
De inmediato comprendieron que desde allí en más podrían hablarse con naturalidad.
Ella ya no tendría reparos en reprocharle su falta de romanticismo y él dispersó todas sus dudas sobre ella sintiéndose aliviado.

Si fueron felices la leyenda no lo dice, pero deja entrever el final
amable de dos personas que empezaron a confiar el uno en el otro y alejaron el fantasma del divorcio.

Esto sucedió en tiempos de cosechas y el asunto se hubiera olvidado si no fuera porque una muchacha, que trabajaba en la casa, fue despedida bajo injustas razones por su patrona.
Y como la venganza es mujer, la muchacha contó por todo el pueblo como la desagradecida señora, que no sabía ni leer ni escribir, la había usado para redactar el dichoso diario con frases, a su parecer, bastante vulgares.

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Emitido 13.04.2001