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Carmona Blanco (Uruguay) Se había superado a través de los años. Sus cometas eran ahora verdaderas obras de arte. Flores, estrellas, perfiles de animales, con colores que su intuición combinaba a la perfección. Poseían el vuelo más sereno y majestuoso que jamás haya tenido pájaro alguno impulsado por el viento. Las seguía confeccionando con materiales nobles, con el mejor papel cometa y cañas elegidas y estacionadas, desafiando a una modernidad plástica, uniforme y masificada. Lo supiese o no, su suerte estaba echada. Mientras los cielos de la ciudad se plagaban de vacilantes y coleantes volantines de plástico, él terminó por no vender una sola cometa. Tenía fabricada cincuenta, todas diferentes, para aquella temporada. Las expuso en todos los puntos estratégicos de la ciudad y no vendió una sola. Pensó en regalarlas. No faltaban gurises a quienes, recibir una cometa de obsequio, podía hacerlos felices. Así lo quiso él. Pero comprobó que aquellos niños también las preferían de plástico. Fue entonces que se le ocurrió la idea. Un domingo a mediodía se dirigió al Buceo. Bajó a la playa. Estaba desierta. A pesar del sol, todavía hacia frío. Una a una fue remontando sus cometas, estaqueando los hilos en la arena con trozos de rama. Cuando las tuvo todas remontadas se sentó a observarlas. Era un espectáculo maravilloso. Las cincuenta cometas con sus vivos colores, reverberaban bajo el sol en un placido balanceo, tan sereno y equilibrado que las gaviotas planeaban confiadas entre ellas. El hombre se quedó allí sentado hasta la puesta del sol. Sin hacer caso de la multitud que, desde la muralla de la playa observaba el espectáculo. Cuando el cielo y el mar se enrojecieron en el horizonte, el hombre extrajo la navaja del bolsillo y fue cortando los hilos de las cometas, uno a uno. Con el atardecer, el viento había aumentado su impulso. Primero fue un ascender de colores. Como si las cometas, liberadas, quisieran ganar el firmamento. Después, comenzaron a colear hacia un lado y otro, subiendo y bajando, para finalmente iniciar la picada en espiral, como una cascada de luces, que las hundiría en el mar. Las gaviotas, sorprendidas, volaban enloquecidas, graznando, procurando esquivar los vertiginosos y centellantes golpes de aquel inmenso relampagueo y de aquella lluvia de transparencia y color. Era un espectáculo alucinante. La gente aplaudió. El hombre se fue despacio y en silencio, alejándose sin mirar a nadie, Arrastrando su cuerpo de anciano por la arena, pensando que ahora tendría que buscar otro trabajo, sabiendo de antemano que ese trabajo, fuera cual fuere, no le gustaría, sintiendo, con turbación y angustia adolescente, que allí mismo acababa de terminar su niñez. |