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 Viernes, 30 de Marzo de 2001       

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JUAN JOSÉ MOROSOLI – URUGUAY

Domínguez llegaba recién de las lagunas cortadas, con la ración para el caballo.
Era su única tarea.
Iba allá todos los días a recoger gramilla de superficie, y hojas de parietaria de los troncos podridos de los sauces, para darle a su viejo caballo.
Era este un animal sin dientes, bichoco y con los ojos opacos de nubes lechosas.
Pero era también la única cosa viva que tenía Domínguez.
Después de alimentarse él, no tenía nada, absolutamente nada de qué ocuparse.
Estas hiervas que Domínguez traía a su caballo, eran el único alimento que el pobre animal podía comer.
Enflaquecía a ojos vistas y era seguro que no salvaría con vida el invierno que comenzaba.
Ahora que había terminado con la tarea de racionar el caballo, Domínguez acercó la silla petisa, de asiento de cuero de vaca, hasta las tunas, se sentó y empezó el mate dulce.
Era su desayuno.
Pero no tenía azúcar.
Hacia dos días que desayunaba, almorzaba y cenaba con mate dulce y el azúcar se había terminado.
Pensó si iría a lo de un sobrino que tenía del otro lado del pueblo a procurarse algún alimento.
No tenía deseos de ir, porque al sobrino junto con algún trozo de carne, gustaba darle consejos.
Siempre le decía que parecía mentira que siendo tan viejo no hubiera aprendido a vivir.
Y Domínguez se tenía que olvidar sus canas y sujetarse las manos para que no se le estrellaran en los cachetes del mocoso.
Sí... no deseaba ir, pero dos días sin comer ablandan cualquier cogote...
Fue entonces que oyó el tambor y el clarín del circo.
Un payaso arriba de un elefante andaba por las calles anunciando la función de la noche.
Y recordó enseguida que el hijo menor de Uncieres había pasado por allí arrastrando una bolsa de gatos, camino del circo.
¿Que herejías le andas haciendo a esos bichos?, le pregunto.

Los llevo al circo... compran gatos, perros y caballos, para darles de comer a las fieras...

Domínguez miró al fondo del terreno donde estaba el caballo viejo.
Que el animal estaba cerca del fin no había dudas...
Habrá que enterrarlo... pensó... sacarlo de allí en una rastra... pagar por ese trabajo... además la policía siempre aparecía en esos casos... el rancho estaba en la planta urbana... Y un caballo muerto es un problema bárbaro... si estuviera en las afueras, se muere y se lo comen los cuervos...pero...acá...
Lo volvía a mirar y lo hallaba cada vez más flaco...
Se paró con la yerba del mate sin mojar todavía.
El pobre animal tenía sobre los ojos dos pozos como dos nueces... de noche tosía como un hombre... algunos días ni las yerbas de la laguna comía...
Pensándolo bien, con matarlo se le hacia un favor...

De pronto, el caballo viene hacia él, siempre lo hace.
Se le queda al lado hasta que él se vuelve hacia el rancho y entonces lo va empujando cariñosamente con la cabeza calzada en sus espaldas

Después de mucho pensarlo y ya de tardecita Domínguez salió para el circo.
Al llegar sintió aquel olor a pasto, orines y carne podrida donde estaban las jaulas.
Él iba por un corredor a oscuras.
Las jaulas estaban a los lados.
Se sentían movimientos y quejidos y ronquidos, pero no se veía nada. Sólo cuando se paro a hablar con el hombre vio ocho o diez puntos azules, como botones con luz, que sin duda serían los ojos de los leones o de los tigres.

– Vengo a vender un caballo... medio grande. dijo...
- ¿Gordo?
– No, viejo... caballo viejo gordo no hay... pero es un caballo sano...
- Ocho pesos, contestó el otro.

Domínguez pregunto:

- ¿Dígame una cosa, cuanto vale un cuero?
- ¿Ud. viene a vender un cuero o un caballo?
– Un caballo.
- Bueno, si quiere lo trae sin cuero... y ocho pesos... y hoy, tiene que ser
hoy... pasado mañana nos vamos...
- ¿Uds. lo van a buscar?
- No, lo trae Ud., pero hoy... pasado mañana nos vamos.

Al rato lo trajo, venían despacio, muy despacio.
Casi nadie se daba cuenta que caminaban.
Iban en la oscuridad como otra oscuridad que se movía.
El caballo le había calzado la cabeza en la espalda, como
empujándolo, pero sin duda era para no perderse... Domínguez sentía la cabeza en la espalda como un dolor que le llegaba del caballo.
Entró... los bichos parecieron enloquecerse... sabían que aquello era comida.
Lo entregó allí en el corredor lleno de olores ácidos y rugidos.

- ¿Cómo lo matan? – con eso

El hombre, con una pequeña linterna, señalo un martillo enorme lleno de sangre y pelos.

- ¿Ahora?
- Si, antes de la función... los leones son viejos... matamos el caballo delante de ellos y no le damos de comer... cuando entran al circo parecen jóvenes.

Le dio los ocho pesos.
Domínguez empezó a caminar por el corredor a oscuras como borracho.

Salió a la noche; estaba enfermo...con nauseas.
Entró en el primer boliche, tomó dos o tres cañas y después rumbeo hacia el rancho.
En medio de la noche sentía los ecos de la banda.
Después los rugidos...y aplausos...y música otra vez.
En el cielo la estrella de luces del circo se levantaba como un barco detenido.

Era muy tarde...ahora ya no sentía nada, ni estaba la estrella de luces.
La noche se había vaciado de golpe y en ella quedaba solamente él, al lado de las tunas, con un fuego apagado y un asado que no había comido, esperando que amaneciera.
No fumaba, no pensaba, no estaba triste, no hacia nada más que estar en la noche, hasta que se dio cuenta que era una bobada esperar que amaneciera.
- No tenía nada que hacer.
Ni siquiera traer pasto de la laguna, porque ya nunca, nunca, lo que se dice nunca, tendría más nada que hacer.
Nada...nada... Entonces, se puso a llorar.

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Emitido el 29.03.2001