|
||||||||
|
OMAR PREGO GADEA
(URUGUAY) En un tiempo, asaltar
bancos era un trabajo peligroso, en el que mas que monedas, corría
sangre. Siempre
había algún cajero que se resistía, algún cliente nervioso En los tiempos
primitivos, entraba un pistolero ametralladora en Después, se
precipitaba, siempre vociferante, sobre la caja. Los asaltos de ese
estilo no podían funcionar en nuestro En
primer lugar, los funcionarios (que al principio resistían y hasta
alcanzaron a correr a algún pistolaro novel arrojándole alcancías),
llegaron al convencimiento de que no valía la pena exponer sus vidas si
detrás de todo estaba el seguro (es decir, el Estado)
dispuesto a pagar. Poco a poco, se fueron
creando las reglas del atraco.
Del mismo modo que allá en la lejana edad media se perfeccionó el arte
de ser caballero, en nuestros medios se afinó el arte de asaltar un
banco. Si
se mira bien, el asunto es sencillo. Se
estudia un poco también el movimiento de la sucursal, para seguir las
huellas de los asaltantes de la televisión, y luego se elige el día. Está
el asaltante que decide cubrir su rostro con una media, luego de
practicarle dos agujeros para ver a través de ellos, está el que trabaja
a cara descubierta o el que se calza unos enormes lentes oscuros y hasta
hay quienes usan pelucas. El
asaltante novato no puede evitar su nerviosismo, y en más de una ocasión
ha sido alentado por los compadecidos funcionarios del banco asaltado
sobre todo si ya tienen experiencias anteriores. El
veterano, en cambio, camina resueltamente hacia el mostrador solicita
turno para hablar con el cajero o con el gerente y, ya en presencia de los
jerarcas, dice respetuosamente: ¡señores, esto es un asalto! Todo
el bancario que se respete detendrá en el acto su trabajo y aguardará la
siguiente instrucción del asaltante. Hay pistoleros poco
civilizados que ordenan a los asaltados tirarse al suelo, aunque esta práctica
está ya casi por completo en desuso. No
es secreto para nadie que una de las razones que desencadenó la última
huelga bancaria consistió en que los funcionarios exigían baños más
amplios y con asientos (aceptaban que fueran reclinables), especialmente
adaptados para asaltos. El
cajero entregará al asaltante el dinero exigido y en algunos casos ya está
obteniendo que, para evitar disgustos y horas de trabajo extra, el
pistolero firme un comprobante en el que conste Este comprobante, por
triplicado, se distribuye de este modo: uno queda en poder del banco a fin
de efectuar el arqueo e iniciar Otro se envía a la
policía y el tercero se entrega a un representante de la prensa. Finalmente, el
asaltante se retira del banco y se aleja del lugar. Antes era inevitable
que utilizara un automóvil, pero ahora se Es de buen tono
reconocer entre los asaltantes a algún tupamaro. ------------------------------ |