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    La primera radio uruguaya en Internet

 Viernes, 23 de Marzo de 2001       

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OMAR PREGO GADEA (URUGUAY)

En un tiempo, asaltar bancos era un trabajo peligroso, en el que mas que monedas, corría sangre.

Siempre había algún cajero que se resistía, algún cliente nervioso que gritaba, alguna viejecita que se desmayaba. Ahora, no.

El Uruguay, que en su momento supo ponerle el mango a la pelota,
ha civilizado los asaltos a bancos.

En los tiempos primitivos, entraba un pistolero ametralladora en mano, gritaba groseramente “manos arriba” y disparaba un par de tiros.

Después, se precipitaba, siempre vociferante, sobre la caja.
Allí volvía a disparar, si es posible rompía algún vidrio y, si el caso
se daba, asesinaba a algún funcionario.

Los asaltos de ese estilo no podían funcionar en nuestro
democrático país, echo a la paz y a la concordia.

Eran como los taxis: chocantes.
Con el tiempo, se fueron puliendo las reglas del juego.

En primer lugar, los funcionarios (que al principio resistían y hasta alcanzaron a correr a algún pistolaro novel arrojándole alcancías), llegaron al convencimiento de que no valía la pena exponer sus vidas si detrás de todo estaba el seguro (es decir, el Estado) dispuesto a pagar.

Luego, los asaltantes entendieron que era mejor la cortesía y la
buena educación que la rudeza y el mal humor.

Poco a poco, se fueron creando las reglas del atraco. Del mismo modo que allá en la lejana edad media se perfeccionó el arte de ser caballero, en nuestros medios se afinó el arte de asaltar un banco.

Si se mira bien, el asunto es sencillo.
Se escoge un banco alejado de los barrios densamente poblados, un banco con pocos funcionarios y mucha plata.

Se estudia un poco también el movimiento de la sucursal, para seguir las huellas de los asaltantes de la televisión, y luego se elige el día.

Los mejores días, según la tradición, son los viernes o los lunes, aunque la experiencia demuestra que cualquier día es bueno.
Luego, se prepara el equipo de asaltar. Hay dos o tres variantes al respecto.

Está el asaltante que decide cubrir su rostro con una media, luego de practicarle dos agujeros para ver a través de ellos, está el que trabaja a cara descubierta o el que se calza unos enormes lentes oscuros y hasta hay quienes usan pelucas.

El asaltante novato no puede evitar su nerviosismo, y en más de una ocasión ha sido alentado por los compadecidos funcionarios del banco asaltado sobre todo si ya tienen experiencias anteriores.

El veterano, en cambio, camina resueltamente hacia el mostrador solicita turno para hablar con el cajero o con el gerente y, ya en presencia de los jerarcas, dice respetuosamente: ¡señores, esto es un asalto!

Todo el bancario que se respete detendrá en el acto su trabajo y aguardará la siguiente instrucción del asaltante.

Lo común es que todos (funcionarios y clientes) sean conducidos al baño del banco y encerrados allí.

Hay pistoleros poco civilizados que ordenan a los asaltados tirarse al suelo, aunque esta práctica está ya casi por completo en desuso.

No es secreto para nadie que una de las razones que desencadenó la última huelga bancaria consistió en que los funcionarios exigían baños más amplios y con asientos (aceptaban que fueran reclinables), especialmente adaptados para asaltos.

El cajero entregará al asaltante el dinero exigido y en algunos casos ya está obteniendo que, para evitar disgustos y horas de trabajo extra, el pistolero firme un comprobante en el que conste la suma robada.

Este comprobante, por triplicado, se distribuye de este modo: uno queda en poder del banco a fin de efectuar el arqueo e iniciar el trámite ante el Banco de Seguros.

Otro se envía a la policía y el tercero se entrega a un representante de la prensa.

Finalmente, el asaltante se retira del banco y se aleja del lugar.

Antes era inevitable que utilizara un automóvil, pero ahora se
acepta que también puede huir a pie, en moto y (tratándose de
sucursal es de extramuros) a caballo.

Transcurrido un tiempo prudencial, se da cuenta a la policía, a la
radio y diarios y a la televisión.

Es de buen tono reconocer entre los asaltantes a algún tupamaro.

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Emitido 23.03.2001