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PEDRO BORDABERRY
(URUGUAY)
Desde que vi la figura del jinete avanzando por la orilla
del mar
supe a que venía.
A las siete de la mañana de ese primero de enero, Julio Martínez, el
enlazador de lobos, llegó a mi
almacén y bar “Jose Ignacio”.
Se apeó de su caballo y avanzó
entre los automóviles que se encontraban estacionados frente al comercio.
Ató la rienda del alazán a la
baranda de madera y se abrió paso
entre la gente que terminaba su salida nocturna en el
lugar.
El contraste era evidente.
Los noctámbulos llevaban en sus rostros y ropas las secuelas del
final de la noche.
Julio, la prolijidad del comienzo del día.
Llevaba alpargatas blancas, bombachas de lino verde oliva y camisa
blanca que contrastaba con su
piel curtida.
En su cintura lucía una faja
negra y, sobre ella, el cinto con una gran hebilla plateada.
Su metro ochenta de estatura lo coronaba con un mechón de pelo negro que
caía, rebelde sobre la frente ancha bajo la cual brillaban los ojos
azules.
Se dirigió al mostrador, colocó sobre él un termo azul y
pidió agua caliente.
¿Llegaron?, me preguntó.
Creo que sí, ayer de tarde vi la casa abierta.
El de la inmobiliaria me dijo que pensaban pasar el fin de año acá,
¿cuántos enlazaste hoy?
Tres, pero dejé uno para la vuelta.
No dijo más.
Se sentó frene a la única mesa vacía, sacó su paquete de tabaco y
unas hojillas de papel, armó un cigarro y se tomó unos mates.
A las nueve salió, desató la rienda de su caballo, montó
y bajó al
trotecito por la calle rumbo a la playa brava.
Se detuvo en lo alto de una duna cerca de la entrada, desmontó y se
sentó delante del animal.
A las nueve y media se habían
marchado del almacén los noctámbulos.
Una poderosa camioneta, con matrícula extranjera, se detuvo frente a mi
comercio y de ella descendió una mujer acompañada de un muchacho y una
niña.
Llevaba traje de baño negro, un
pareo de igual, color anudado a la cintura y lentes oscuros.
Los anillos, pulseras y cadenas de oro brillaban reflejando el sol
matinal.
¿Cómo estás, Martín?, me dijo.
Bien, Virginia, esperando el verano
Qué grandes están tus hijos, replique mientras le daba
unos caramelos a la niña.
¿Es él?, me preguntó, señalando la figura en la duna.
Si, te espera, como siempre.
Virginia se marchó rumbo a la playa.
Desde lo alto contemplé la misma
escena que he visto en los últimos veinte años.
La inmensa bahía que da al este
del pueblo de José Ignacio se encontraba en todo su esplendor.
Las olas rompían sobre la playa, convirtiendo el verde del mar en espuma
blanca que arrojaba sobre la arena.
A la derecha, las pequeñas casas
de colores blancos, amarillo y celeste, con distintos techos y formas,
rodeaban el faro.
El sol hacía brillar el mar y
hacia el este los arenales parecían no tener fin.
Virginia y sus hijos llegaron a la brava e instalaron su sombrilla y reposeras.
La niña fue a jugar a la orilla dando pequeños saltos.
Julio los vio pasar, terminó su cigarro, montó y partió rumbo al este,
a la laguna Garzón.
Julio es mi hermano mayor.
Mi viejo, Fermín Martínez proveía de agua al pueblo de José Ignacio
cuando aún no había servicio público,
nosotros dos, de gurises ,lo acompañábamos.Ahí fue que
conocimos a Virginia.
Su familia fue una de las
primeras en tener una casa de veraneo aquí. Cuando nuestro padre murió
seguimos unos años con el negocio hasta que llegó el agua por cañería.
Ahí tuvimos que cambiar.
Reconversión laboral le llaman
ahora.
Julio se quedó con el rancho y
las cuadras que el viejo tenía allá sobre la laguna Garzón.
A mi me tocó el terreno en el pueblo donde puse la carnicería, que
después fue almacén y ahora también bar.
Mi negocio fue creciendo pero el de Julio no.
Las pocas vacas y ovejas que tenía no le daban mas que para sobrevivir.
Por eso consiguió trabajo como enlazador de lobos marinos.
Lo contrató la intendencia para que sacara los animales
muertos
de la playa, los llevara hasta la ruta y los quemara.
Mantuvo las arenas limpias por mucho tiempo.
Lobo que llevaba muerto a la orilla, lo enlazaba y arrastraba con
su caballo por las dunas hasta amontonar unos cuantos y
quemarlos.
Algunos dicen que lo vieron meterse al galope en el mar y enlazar
un lobo vivo y hasta una tonina.
Hace unos años me lo privatizaron a Julio.
La intendencia dejó de limpiar la playa y se lo encomendó a una
empresa privada.
Esta lo contrató para que siguiera enlazando los lobos
muertos.
Pero dejó de ser mensual.
Ahora le pagan por cada animal
que saca.
Con
Virginia éramos muy compinches de niños.
Tiene casi mi misma edad y solíamos jugar en la plaza del pueblo.
Un verano, ya grandes, ella y Julio se engancharon y se juraron
amor.
Pero unas semanas después, Virginia le dijo que no podía seguir
alentando eso.
Para ella era un imposible que
debía terminar antes que creciera más.
El lo aceptó, montó en su
caballo y se fue a su rancho en Garzón.
Desde entonces nunca mas cruzaron palabra.
Pero
cada primero de enero, Julio viene al pueblo me pregunta si llego y se
sienta en lo alto de la duna a verla pasar.
Después monta en su alazán y enfila, por la orilla del mar, hacia
Garzón.
Las olas, poco a poco, borran las huellas que su caballo va dejando en la
arena.
Es
lo único que le han podido borrar a Julio, a mi hermano, el enlazador de
lobos.
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Emitido 21.03.2001
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