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WALTER SANTI
(Uruguay) Nos
habían aconsejado: hoteles alejados del centro, comprar en los “4
ases”, pedir el vino Ibamos
a explorar las posibilidades de establecernos con algún negocio. Aquí
un quiosco de cigarrillos, chocolates y caramelos tiene que dejar mucha
plata, me decía Alberto, que repetía con gran imaginación esa audaz y
exclusiva iniciativa que, desde cualquier boliche de Montevideo ya habían
planeado miles de uruguayos. Y
así, como siempre, pasamos un buen fin de semana, recorriendo Lavalle,
Florida, Nueve de Julio y Corrientes, para regresar saturados de bifes de
chorizo y almendrados. Alberto,
al enterarse que el viernes de noche, jugaban River y Platense, me propuso
ir al partido. No
podía dejar de recordar las crónicas policiales y “la calle de los El
partido se jugaba en la cancha de Chacarita Juniors. Me
fascina observar como los porteños suben y bajan de los vagones, de
manera sincronizada con el cierre y la marcha de la máquina. Me
atemoriza, en cambio, ese frenético bamboleo de los vagones, que da la
sensación de rebotar en cualquier momento contra las paredes de los túneles. Sabíamos
en qué lugar debíamos descender pero no donde quedaba la cancha. Era
uno de esos clásicos maniquíes bonaerenses: con un ambo cruzado color
gris, camisa blanca con cuello a la moda, una corbata con discretos
matices rojos y la cara prolijamente rasurada, el cabello ordenado en
adecuado marco a las dimensiones de las orejas y el graneo, remataba su
elegante figura. La
multitud apretujada en el vagón no me permitió divisar sus zapatos, pero
los imaginé negros e impecablemente lustrados. Con
acento cortés dijo que el también iba a ver el partido, y que nos acompañaría
hasta el estadio. Otro
pasajero, con un gamulán, camisa a cuadros y sin corbata, nos dijo que
como nosotros, el era uruguayo. Nos
reconoció por el ”tá” En el trayecto, el
compatriota, reveló que trabajaba de portero en un
edificio, luego de fundirse con un quiosco de cigarrillos, chocolates y
caramelos. El
cumplido porteño nos acompañó hasta la cancha y además indicó que fuéramos
a una tribuna neutral, para evitar problemas. Lo
mejor es sacar entradas en esta tribuna, nos aconsejó. Me
equivoqué en ambas cosas. Las
tribunas mas costosas estaban copadas por las “barras bravas”. Aquí
la costumbre es observar el partido de pie, previno con naturalidad. Yo
no lo entendí y en el minuto de duda perdí la posibilidad de hacerlo. Alberto
se había sentado y yo al fin pude hacerlo, casi encima de él. A todo
esto, nuestro guía ya no tenía la corbata puesta y su saco estaba
desabrochado. Había
gritado y saltado durante todo el primer tiempo, sumándose a coros de
soez originalidad. Cuando
comenzó el segundo tiempo, nos volvimos a parar, en un clima cada vez mas
violento. Se
había quitado el saco y ahora se notaba que habían saltado algunos
botones de su camisa. Se
acordó de la mala reputación de la madre del juez, de la infidelidad de
las esposas de los jugadores del equipo adversario, y por fin, de la falta
de virilidad de los jugadores de su propio equipo. El
partido terminó cero a cero, en medio de un ambiente muy agresivo. Primero
se abrochó los botones que aún quedaban en su camisa, luego se anudó la
corbata y por último se puso el saco, ya algo ajado. Como
si también hubiese recibido los sufrimientos de aquel partido, recuperado
el tono de su voz, algo gastada por la fuerza puesta al servicio de los
insultos, nos dio un nuevo consejo: Por
favor, esperen a salir, no es conveniente hacerlo ahora. Es por las
atropelladas...son unos salvajes. Seguimos
al pie de la letra sus recomendaciones. La multitud se precipitaba en
tropel hacia las puertas de salida. Nuestro amigo porteño mirando el
tumulto, con aire de indignación, ¡Parece
mentira que un simple partido de fútbol los transforme de esa manera! ---------------------- |