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    La primera radio uruguaya en Internet

 Viernes, 16 de Marzo de 2001       

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WALTER SANTI (Uruguay)

”Fútbol argentino”

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Llegamos el viernes por la mañana a Buenos Aires.
Nos alojamos en un hotel del otro lado de la “Nueve de Julio”, como
le dicen los porteños.

Nos habían aconsejado: hoteles alejados del centro, comprar en los “4 ases”, pedir el vino de la casa, que es igual a los de marca y es mas barato.

Ibamos a explorar las posibilidades de establecernos con algún negocio.
¿Quien no ha soñado con la buena oportunidad del otro lado?

Aquí un quiosco de cigarrillos, chocolates y caramelos tiene que dejar mucha plata, me decía Alberto, que repetía con gran imaginación esa audaz y exclusiva iniciativa que, desde cualquier boliche de Montevideo ya habían planeado miles de uruguayos.

Y así, como siempre, pasamos un buen fin de semana, recorriendo Lavalle, Florida, Nueve de Julio y Corrientes, para regresar saturados de bifes de chorizo y almendrados.
Sin concretar negocio alguno, aunque nos trajimos una divertida anécdota;

Alberto, al enterarse que el viernes de noche, jugaban River y Platense, me propuso ir al partido. Sin mucho entusiasmo, apoyé su invitación.

No podía dejar de recordar las crónicas policiales y “la calle de los Caballos muertos” de Jorge Asís, testimonios de la violencia en las canchas de fútbol de Buenos Aires.

El partido se jugaba en la cancha de Chacarita Juniors. Preguntamos como llegar hasta allí y nos indicaron que debíamos tomar el subte.
Viajar en subte siempre me agradó.

Me fascina observar como los porteños suben y bajan de los vagones, de manera sincronizada con el cierre y la marcha de la máquina.

Me atemoriza, en cambio, ese frenético bamboleo de los vagones, que da la sensación de rebotar en cualquier momento contra las paredes de los túneles.

Sabíamos en qué lugar debíamos descender pero no donde quedaba la cancha.
Se lo preguntamos a un pasajero que por su aspecto regresaba de la oficina.

Era uno de esos clásicos maniquíes bonaerenses: con un ambo cruzado color gris, camisa blanca con cuello a la moda, una corbata con discretos matices rojos y la cara prolijamente rasurada, el cabello ordenado en adecuado marco a las dimensiones de las orejas y el graneo, remataba su elegante figura.

La multitud apretujada en el vagón no me permitió divisar sus zapatos, pero los imaginé negros e impecablemente lustrados.

Con acento cortés dijo que el también iba a ver el partido, y que nos acompañaría hasta el estadio.

Otro pasajero, con un gamulán, camisa a cuadros y sin corbata, nos dijo que como nosotros, el era uruguayo.

Nos reconoció  por el ”tá”

En el trayecto, el compatriota, reveló que trabajaba de portero en un edificio, luego de fundirse con un quiosco de cigarrillos, chocolates y caramelos.

El cumplido porteño nos acompañó hasta la cancha y además indicó que fuéramos a una tribuna neutral, para evitar problemas.

Lo mejor es sacar entradas en esta tribuna, nos aconsejó. Nosotros le obedecimos puntualmente. Yo pensaba que la entrada sería de las mas caras y la tribuna de preferencia.

Me equivoqué en ambas cosas. La entrada era de las mas baratas y la grada estaba detrás del arco, con tablones de madera como asientos.

Las tribunas mas costosas estaban copadas por las “barras bravas”.
Nos ubicamos detrás del arco y cuando intentamos sentarnos, nuestro elegante anfitrión advirtió que no era conveniente.

Aquí la costumbre es observar el partido de pie, previno con naturalidad. Sin embargo, cuando terminó el primer tiempo, grito: ¡Siéntense rápido!

Yo no lo entendí y en el minuto de duda perdí la posibilidad de hacerlo.
Q
uedé parado solo y de inmediato pude comprender la razón de la indicación.
Fui el blanco preferido de una artillería de maníes y vasos de cartón con un líquido ambarino dentro.

Alberto se había sentado y yo al fin pude hacerlo, casi encima de él. A todo esto, nuestro guía ya no tenía la corbata puesta y su saco estaba desabrochado.

Había gritado y saltado durante todo el primer tiempo, sumándose a coros de soez originalidad.

Cuando comenzó el segundo tiempo, nos volvimos a parar, en un clima cada vez mas violento.
La pulcritud y buenos modales de nuestro ocasional compañero habían desaparecido.

Se había quitado el saco y ahora se notaba que habían saltado algunos botones de su camisa.

Sus cabellos caían en forma desordenada sobre su cara, mientras que con el rostro congestionado, insultaba primero al juez, después a los adversarios, y finalmente, a sus propios jugadores. Fue prolijamente histórico en sus denuestos.

Se acordó de la mala reputación de la madre del juez, de la infidelidad de las esposas de los jugadores del equipo adversario, y por fin, de la falta de virilidad de los jugadores de su propio equipo.

El partido terminó cero a cero, en medio de un ambiente muy agresivo.
Nuestro anfitrión-guía comenzó a recomponer lentamente su imagen.

Primero se abrochó los botones que aún quedaban en su camisa, luego se anudó la corbata y por último se puso el saco, ya algo ajado.

Como si también hubiese recibido los sufrimientos de aquel partido, recuperado el tono de su voz, algo gastada por la fuerza puesta al servicio de los insultos, nos dio un nuevo consejo:

Por favor, esperen a salir, no es conveniente hacerlo ahora. Es por las atropelladas...son unos salvajes.

Seguimos al pie de la letra sus recomendaciones. La multitud se precipitaba en tropel hacia las puertas de salida. Nuestro amigo porteño mirando el tumulto, con aire de indignación, nos dijo :

¡Parece mentira que un simple partido de fútbol los transforme de esa manera!

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Emitido 16.03.2001