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 Jueves, 22 de Febrero de 2001       

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“Cuando tengas que elegir entre varios caminos, elige siempre el camino del corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca”.                                                        

Proverbio sufi

PEDRO ORGAMBIDE (ARGENTINA)


Solo cuando estaba muy borracho, Berto recordaba las colinas de Italia.
Entonces si hablaba en su idioma y maldecía su suerte.
Poca miseria...etc...etc...

Pero eso ocurría rara vez.
Los otros días, con sus correspondientes noches y madrugadas, Berto podría vivir aliviado de recuerdos.
Bastante tenía con su trabajo. Que lo dejaran de joder con Italia....
Eso es lo que decía Berto, cuando una o dos veces por año, recibía carta de sus familiares a lo que no veía hacía medio siglo.
Ni falta que hace, decía Berto, cuando su mujer le pedía que escribiese.
A Berto no le gustaba escribir.
El lápiz le hacía doler los callos de los dedos.


¡Merda, me duele!, decía y tiraba el lápiz por la ventana de la cocina de madera.
Su mujer no insistía. Traía el pan, el vino y la polenta.
Después, cuando su marido se dormía, trataba de descifrar las palabras.
Cansada, apagaba el velador.
Quería imaginar otro país, otro olor que no fuera el de la cocina y la pieza y el cuerpo de Berto.
No podía.
A las tres, Berto se levantaba de un salto, llenaba la habitación con sus resoplidos y puteadas y salía al patio para lavarse en la pileta.
Un rato después estaba en el corralón y a la hora en su carro de feriante, metiendo ruido con sus fierros.

Berto, Berto, Berto, ahí viene Berto, decían, porque Berto era el rey de la feria, un espectáculo que crecía a medida que el sol iluminaba la calle rebosante de carnes y de frutas y de chicos ladrones y mujeres.
Porque a Berto le gustaba la feria.
Le gustaba gritar de puesto a puesto, hacerse el payaso con su delantal, ponerse el gorrito sobre los ojos, colocarse una flor en la oreja.


Cuando no trabajaba, Berto perdía la alegría.

Los domingos visitaba a sus hijas y a sus yernos, devoraba en silencio sus tallarines, eructaba y se iba al boliche a jugar a la murra...
¡E uno, e due...e tre! Gritaba Berto y extendía su mano buscando la suerte o la alegría ...o la vida que se le escapaba de las manos.
Entonces bebía...un vaso...otro y otro...
y cuando estaba muy borracho, entonces sí recordaba las colinas de Italia.
Fue un día así cuando llegó la carta.
La leyó una vez, luego otra...y una vez más todavía.
A pesar de la borrachera no podía dormirse.

¿Malas noticias?, preguntó la mujer.

Berto no contestó.
La mujer se tapó la cabeza con la almohada y él seguía leyendo: las mismas palabras, cada letra, hasta que la carta quedó en algún lugar del cerebro de Berto...y permaneció allí durante un día y otro y un mes y otro.
Un domingo, después de los tallarines, mientras se pasaba minuciosamente escarbadientes, Berto anunció a su familia:

Me ne vado Italia.

No dijo porque a Berto no le gustaba dar explicaciones.
Otro domingo, agregó:
Ha morto el tío Nicola. Me dejó una casa frente al mare...frente al mar.

Berto no es el de antes, decían en la feria.
Pero a Berto le importaban poco las opiniones de la gente. Sólo pensaba en su casa frente al mar.
Soñaba con ella y también con las colinas y también con su madre.
Y ya no hacía falta que estuviese borracho para que hablara en italiano.

Las viejas palabras volvían a su memoria.
¿Qué me decís, Berto?, le preguntaba su mujer sin entenderlo y pensaba que su Berto se había vuelto loco.

Pensaba que los viejos son así, que hablan solos, como los locos, sobre todo cuando reciben una carta que los aleja de su familia.
Por eso no se entristeció cuando Berto subió al barco.
Y no se sorprendió mucho cuando llegó la carta en la que le comunicaban que Berto había muerto un día después de su llegada, y a unos pasos de la casa frente al mar.

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Emitido el 22.02.2001