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Frase del día: “Lo que queda detrás nuestro y lo que se extiende
delante nuestro es casi nada comparado con lo que existe dentro
nuestro”.
(Ralph W Emerson)
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ABELARDO CASTILLO (ARGENTINA)
Escuchame, César, yo no sé por donde andarás ahora, pero cómo me
gustaría que leyeras esto, porque hay cosas, palabras, que uno lleva
mordidas adentro y las lleva toda la vida, hasta que una noche siente que
debe escribirlas, decírselas a alguien, porque si no las dice van a
seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza.
Escuchame.
Vos eras raro, uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño.
En la laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos
les daba risa.
Y a mi también, claro, pero yo decía que te dejaran, que cada uno es
como es.
Cuando entraste a primer año venías de un colegio de curas.
No te gustaba trepar a los árboles, ni romper faroles a cascotazos, ni
correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca.
Ya no recuerdo como fue, cuando uno es chico encuentra cualquier motivo
para querer a la gente, solo recuerdo que un día éramos amigos y que
siempre andábamos juntos.
Un domingo hasta me llevaste a misa.
Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo, con voz de flauta,
adiós, los novios.
A vos se te puso la cara como fuego y yo me di vuelta puteándolo y le
pegue tal tremendo sopapo de revés, en los dientes que me lastimé la
mano.
Después, vos me la querías vendar...me mirabas.
Te lastimaste por mí, Abelando.
Cuando dijiste eso, sentí frío en la espalda.
Yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas...no
sé...demasiado blancas, demasiado delgadas.
Soltame, dije.
A lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo, tus manos y tus gestos
y tu manera de moverte, de hablar.
Yo ahora pienso que en el fondo a ninguno de nosotros le importaba mucho,
y alguna vez lo dije, dije que esas cosas no significaban nada, que son
cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre
curas...que se yo.
Pero ellos se reían, y uno también, César, acaba riéndose, acaba por
reirse de macho que es, y pasa el tiempo y una noche cualquiera es
necesario recordar decirlo todo.
Yo te quise de verdad.
Oscura e inexplicablemente, como quieren los que todavía están limpios.
Eras un poco menor que nosotros y me gustaba ayudarte.
A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te explicaba las cosas que
no comprendías.
Hablábamos.
Entonces era fácil escuchar, contarte todo lo que a los otros se les
calla.
A veces me mirabas con una especie de perplejidad, una mirada rara, la
misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte.
Una tarde me dijiste:
Sabes, te admiro.
No pude aguantar tus ojos.
Mirabas de frente, como los chicos, y decías las cosas del mismo modo.
Eso era.
Es un marica.
Dejate de macanas ¿qué va a ser un marica?
Por algo lo cuidas tanto.
Supongo que alguna vez tuve ganas de decir que todos nosotros juntos no
valíamos ni la mitad de lo que vos valías, pero en aquel tiempo la
palabra era difícil y la risa fácil, y uno también acepta, uno también
elige, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche cuando vino
el negro y habló de verle la cara a Dios y dijo:
Me pasaron un dato, por las quintas hay una gorda que cobra cinco pesos,
vamos y de paso el César le ve la cara a Dios.
Yo dije macanudo.
César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos, quiero que
vengas.
¿Con los muchachos?
Sí, ¿qué tiene?
Porque no sólo dije macanudo sino que te llevé engañado.
Vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho.
La luna enorme, me acuerdo, alta entre los árboles.
Abelardo, ¿vos lo sabías?
Callate y entrá.
¡Lo sabías!.
Entrá, te digo.
El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba como midiéndonos.
Cinco pesos por cabeza, pibes.
Siete por cinco, treinta y cinco.
Verle la cara a Dios, había dicho el negro.
De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años.
Moqueando se pasaba el revés de la mano por la boca.
Nunca en mi vida me voy a olvidar de aquel gesto.
Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de
tierra.
El negro hizo punta.
Yo sentía una pelota en el estómago, no me animaba a mirarte.
Los demás hacían chistes brutales, anormalmente brutales,
en voz de secreto.
Todos estábamos asustados.
A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me dio fuego.
Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo, triunfador, abrochándose
la bragueta.
Nos guiñó un ojo.
Pasá vos.
No, yo no, yo después.
Entró el colorado, después entró Aníbal, y cuando salían, salían
distintos..salían hombres.
Sí, era exactamente la impresión que yo tenía.
Entré yo.
Cuando salí, vos no estabas.
¿Dónde está César?
Disparó.
Y el ademán, un ademán que pudo ser idéntico al del negro, se me heló
en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio
porque de pronto yo estaba afuera del rancho.
¿Vos también te asustaste, pibe?
Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda, el chico jugaba
ente sus piernas.
Que me voy a asustar, busco al otro, al que se fue.
Agarró pa allá...
Con la misma mano que sostenía la pava señaló el sitio.
Y el chico sonreía...y el chico también dijo pa allá.
Te alcancé frente al matadero viejo, quedaste arrinconado contra un
cerco, me mirabas, siempre me mirabas.
Lo sabías.
Volvé.
No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.
Volvé animal.
Por Dios que no puedo.
Volvé o te llevo a patadas en el culo.
La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles
y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí,
tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto.
Me ardía la mano.
Pero había que golpear, lastimar, ensuciarte para olvidarse de aquella
cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.
Bruto, dijiste, bruto de porquería...te odio.
Sos igual, sos peor que los otros.
Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la
pieza.
No te defendiste.
Cuando te ibas, alcancé a decir:
Maricón, maricón de mierda... y después lo grité.
Escuchame, César, es necesario que leas esto, porque hay cosas que uno
lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por
las que uno a solas, se escupe la cara en el espejo.
Pero, de golpe, un día necesitás decirlas, confesárselas
a alguien.
Escuchame...
Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor le
pedí, que no se lo fuera a contar a los otros.
Porque aquella noche yo no pude.
Yo tampoco pude.
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Emitido 19.02.2001
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