Margarita Zabalía tiene 70 años. Es argentina pero vivió toda su vida en Nueva York. En este momento de su vida, y luego de sufrir robos en Buenos Aires, decidió instalarse en un lugar abierto, rodeado de naturaleza pero sobre todo, seguro. Por eso eligió Maldonado. En 2006 compró una chacra en las cercanías de San Carlos. Zabalía se "enamoró" del lugar. Compró dos caballos, trajo a sus perros, esperó el container que llegaba de Estados Unidos con todas sus pertenencias y se instaló en la chacra en los primeros días de enero.
"El 12 de enero me fui a la casa de unos amigos en La Barra. Cuando vuelvo, una amiga americana que vive conmigo me dice ‘nos robaron’. ¡Qué sensación de pánico! ¡Qué horrible! Mis perros estaban adentro. El cuidador estaba a unos 150 o 200 metros. Entramos y vemos todo tirado en el suelo, sentimos una sensación horrible de usurpación. Llamo a la Policía más o menos a las 11.30 de la noche y llegó a la 1.30. Ante mi estupor, nunca sacaron una foto de las cosas que estaban en el suelo, nunca sacaron impresiones digitales, nunca interrogaron al cuidador que era quien estaba allí", contó.
Más tarde llegó un grupo que se presentó como "policía especial" y le tomó declaraciones. Cuando terminaron, sobre las tres de la madrugada, le dicen que al día siguiente tiene que presentarse en la jefatura de Maldonado antes de las 7.30 de la mañana.
En esas horas siguientes, Zabalía cuenta que le pasó todo por la cabeza: vender la chacra donde se había instalado hacía menos de dos semanas, volverse a Estados Unidos. En fin, dejar todo.
"Fui al día siguiente, me hicieron esperar y me dijeron ‘ah, no, este es otro grupo, nada que ver con los que le tomaron declaración anoche’. Tuve que hacer toda la declaración de nuevo. Nunca nadie de ese grupo vino a mi casa para ver el lugar del hecho. Miento... Si lo vieron dos o tres días después de que salió una nota periodística en el diario El País. Respondieron más a la nota periodística que a mi llamado de necesidad", recordó Margarita.
Zabalía estima que le robaron unos 100.000 dólares en bienes.
"Tenía una colección de relojes que hacía 40 años la había empezado. Tenían un gran valor económico pero fundamentalmente una gran conexión con mi pasado, con la gente que los había compartido. Hablamos de muchísimos dólares, pero lo triste es que me robaron un sueño. Y hoy me quedan preguntas: ¿y el gobierno qué hizo? ¿Y la Policía qué hizo? Ellos que son la autoridad, los que deberían resguardar mi seguridad, jamás me llamaron. Los he llamado y, a veces, tengo la suerte de hablar con alguien que no me corta el teléfono. Porque lo lamentable de todo esto es que uno está solo", sostuvo la víctima de robo.
Madelin y Bernd Metzger son una pareja de extranjeros que vive en Punta del Este, en la zona de Punta Ballena. Ella es argentina y él alemán. Cuatro años atrás eligieron Punta del Este como lugar de residencia. El 15 de diciembre, Bernd y Madelin viajaron a Buenos Aires.
"El domingo después de la tormenta llamamos para ver cómo estaba todo por acá y los caseros nos dijeron que estaba todo bien. Pero al rato nos llaman y nos dicen: ‘robaron, no nos habíamos dado cuenta’. Fue todo muy oscuro, muy oscuro. Regresamos el mismo domingo de emergencia en el primer vuelo que encontramos. Habían entrado de una forma muy dirigida. Fueron directo a la caja fuerte, deshabilitaron la alarma de esa zona. Fue un robo muy estudiado", contó Madelin.
Los ladrones sortearon la alarma y los cinco perros que Madelin y su esposo tenían en su casa. Cargaron lo robado en un auto deportivo, Chrystler, que estaba en el garaje. El auto había sido comprado apenas cinco días atrás; un auto sumamente lujoso, convertible, con un valor estimado en 70.000 dólares, cuyas llaves estaban en la caja fuerte. Además del auto, les robaron unos 50.000 dólares en bienes.
Madelin y su esposo se pusieron en contacto con la Policía de Solanas primero y, luego, con la Seccional Primera. "Después comenzamos a trabajar con la Primera, pero duró tres días el trabajo. Después no supimos más nada de la Policía, ni del Departamento de Robos y Hurtos, ni de nadie, ni de nada. Al día de hoy no tenemos noticias de nadie", afirmó.
Unos días después apareció el auto, escondido en campo en la zona de La Pataia. Del resto, nunca más supieron nada. Con la Policía, quedaron totalmente descreídos. "Para mi, la Policía de Maldonado está funcionando como la bonaerense, de una forma muy turbia", opinó.
Tanto en el caso de Madelin como de Margarita, nunca las llamaron para reconocer a un detenido. Nunca encontraron nada de lo robado. Nunca sintieron que la Policía se interesara por sus casos.
Pero ojo, porque la inseguridad no es un asunto elitista, algo que sufre sólo la gente de buen pasar. En los barrios más humildes, la inseguridad no perdona y con el agravante de que para estas familias poner rejas, alarmas y seguridad privada es algo muchas veces imposible.
Walter Tabeira es albañil y vive en el barrio San Jorge, un barrio de gente de trabajo. Allí conviven familias nacidas y criadas en Maldonado, con gente que llegó de otros departamentos en busca de trabajo.
Walter nunca deja la casa sola, pero aún así lo robaron. Trataron de entrarle una vez saltando el muro que rodea su casa, así que decidió edificar unos metros más y poner una reja. De todos modos, se llevaron una bicicleta.
Hace tiempo que Walter está armado, como muchos vecinos del barrio. También, como tantos otros en San Jorge, ya no confía en la Policía.
"No confío en la Policía. Hay mucho gato encerrado. Y hay mucho vecino -yo se lo dije a la Policía- que mucha gente se estaba armado acá y están esperando para poder actuar. No podemos esperar a la Policía porque están saturados. No tienen gente y como todo pobre tenemos el palo principal. En verano, la Policía se va a cuidar a los ricachones y nosotros nos quedamos a la deriva. Enfrentamos la inseguridad nosotros y tratamos de que esto sea una convivencia barrial pobre pero una convivencia como tiene que ser", contó el albañil.
Walter hace memoria y dice que antes las cosas eran distintas. Ahora, se perdieron hasta los códigos, resalta. Antes la guerra era "pobres contra ricos", pero ahora es todos contra todos.
"La cuestión es que ahora se perdieron los códigos. Antes iban y le sacaban al rico. Ahora marchan con lo que venga. Ahora usted deja un fierro, un aluminio afuera y se lo llevan, no tienen problema.
Hay gente que vive en el barrio y está para molestar al vecino y al obrero. Si le sacan al rico, aunque no lo deben hacer porque son ciudadanos también, no le duele tanto como al pobre porque éste hace un sacrificio enorme para comprarse un trapo, una caldera, lo que sea", consideró.
En Maldonado, como en muchas ciudades del interior, la cosa era bien distinta años atrás. "Hace 26 años que vivo en Punta del Este. Cuando llegué aquí no cerraba la puerta, nunca cerraba el auto. Hoy eso es impensable. Ponemos la tranca, instalamos rejas y estamos con cuatro ojos", recordó María Sara Baroffio, una fernandina que hace más de 20 años vive allí.
Respecto a cómo se pasó del Maldonado de los zaguanes abiertos al de las armas y las rejas, Grabriel Fleitas (coordinador de Políticas de la Juventud de la Intendencia de Maldonado y hace años que se desempeña como trabajador social en el departamento) explicó que son varios los factores que tienen que ver con el aumento de la inseguridad en el departamento.
"Hubo un crecimiento desproporcionado a partir del año ‘85, con el boom de la construcción. Ese crecimiento trajo aparejado una gran inmigración interna, de otros departamentos. El gran problema es que el crecimiento no fue planificado, no acompasó la infraestructura ni la red social. Y lo peor es que ese crecimiento se ha dado en condiciones infrahumanas, en asentamientos ilegales. No es tan fácil", sostuvo.
En Maldonado, no solamente Punta del Este, la población de los asentamientos creció de forma notoria en los últimos años. Hoy ya hay 23 asentamientos irregulares en el departamento.
Se estima que el 5% de los 150.000 habitantes de Maldonado vive en asentamientos. En Montevideo el 10% de la población del departamento vive en asentamientos y en Canelones el 2%.
Los más grandes y conocidos son El Kennedy, que tiene 500 familias y El Placer, con 150 familias.
Otra característica propia de Maldonado es la falta de identidad del departamento, que tiene que ver con esa llegada continua de gente de otros sitios. Esto tampoco contribuye a la integración de los fernandinos, un elemento fundamental para pelear contra la marginalidad y la desintegración social.
"Maldonado carece de identidad propia. Lo ves distinto en San Carlos, por ejemplo, ellos sienten amor por su pueblo. Acá no se ve ese sentimiento de pertenencia. Vienen selecciones de otro lado a jugar al fútbol y se sienten locatarios acá en Maldonado. Ni que hablar de la cantidad de nietos que crecen lejos de sus abuelos, sobrinos que crecen lejos de sus tíos. Se genera un fenómeno que socialmente es complejo y merece un estudio sociológico", sostuvo Freitas.
A todo esto se suman otros datos alarmantes. Maldonado es el departamento más joven del país, pero tiene uno de los índices más altos del país de abandono liceal, con un 20% de deserciones y, en consecuencia, entre 5.000 y 7.000 jóvenes no trabajan ni estudian y tampoco tienen deseos de hacerlo. Esto quiere decir que casi el 5% de la población del departamento tiene una capacidad ociosa brutal, lo cual se traduce en un terreno fértil para la delincuencia.
Además, Maldonado, junto con Canelones y Montevideo, está entre los departamentos donde la pasta base ha pegado más duro y la conducta de los jóvenes consumidores de esta droga repercute en la violencia.
Y hay todavía otro ingrediente propio de Maldonado, que tiene que ver con el turismo y esto incide en los jóvenes, según Fleitas. "Se ve mucho que los jóvenes, en dos meses, logran un poder adquisitivo distinto, lo mejoran, y se compran esto y lo otro. Después no guardan para el invierno y, claro, de pronto se ven sin trabajo y eso trae arraigado todo un fenómeno social", indicó.
El trabajo zafral, típico de este departamento, y el desempleo, son otros ingredientes que hay que analizar al hacer referencia a inseguridad y delincuencia. Según las últimas cifras disponibles del año 2005, Maldonado es el departamento con mayor índice de desempleo del país. El índice alcanzó el 20% de desempleo, seguido de Florida con el 19% y Paysandú con el 16,2%.
En cuanto al funcionamiento del sistema policial y judicial, los vecinos sienten que están desprotegidos. Hablan de las limitaciones que impuso el Código del Niño a la hora de castigar a los menores infractores, así como las complicaciones que tiene la Policía para demostrar la culpabilidad de un delincuente ante un juez.
"Lo que pasa es que acá la Justicia está amparando al delincuente, al malandra. Uno no puede confiar en nadie. Hoy los derechos son más del delincuente que del ciudadano común. Es al revés la cosa", señaló Walter Tabeira.
Y las cifras hablan por sí solas. Según datos del Ministerio del Interior, entre 2005 y 2006 los delitos totales del departamento aumentaron un 10%. En este período hubo un 25% más hurtos, un 16% más rapiñas y los copamientos aumentaron de dos a 10. A su vez, los homicidios se duplicaron.
"El delito en Maldonado viene creciendo de forma sostenida hace ya muchos años. Que haya personas que no se sientan satisfechas con el trabajo policial es razonable y entendible porque la Policía no logra el esclarecimiento del 100% de los hechos. Eso no sólo pasa en Maldonado y en el Uruguay, sino en todas partes del mundo. Maldonado está en este momento con una tasa de 29,4% y en materia de procesados sobre detenidos creo que está en un 30%. El promedio aceptable a nivel europeo es de 25%. En 2005 teníamos apenas un 17%, hemos logrado en dos años llegar a un 29% y esperamos seguir mejorando cada vez más", dijo por su parte la jefa de Policía, Graciela López.
Vecinos organizados
Ante esta situación, que se ha venido agravando a lo largo de los años, algunos barrios se empezaron a organizar y a trabajar entre ellos para mejorar la situación.
En un barrio muy conocido de Punta del Este, una vecina (que prefirió no dar su nombre) y que integra una organización barrial, contó que la Policía de la zona "no tiene ni en qué movilizarse cuando los vecinos acuden a la seccional, ante una urgencia".
Por eso, este grupo tomó cartas en el asunto y empezó a colaborar. Primero les compraron escritorios, sillas y hasta un cartel iluminado que dice ‘Policía’, para la fachada del destacamento local.
Además, les consiguieron una computadora, le instalaron ADSL y hasta le pagaron clases a los oficiales para que aprendan a utilizarlo. Les compraron, también, una cámara de fotos digital, para que tengan con qué registrar una prueba o una cara sospechosa, les pagaron litros nafta para que puedan salir a patrullar y les compraron perros adiestrados.
Baroffio, en tanto, forma parte de una organización llamada Acción Ciudadana que promueve la participación de los vecinos en los asuntos barriales. Dicen que de nada sirve criticar, si no se aportan soluciones.
María Sara explicó en qué consiste una iniciativa en la zona de Punta Ballena: "la Asociación de Punta Ballena, por ejemplo, identificó a los jardineros de la zona y coordinó con ellos para que colaboren con la información. Así, si alguno ve una cara desconocida en el barrio, se comunica con algún vecino y los pone en antecedentes".
En barrios como el de Walter, donde la disponibilidad económica es otra, los vecinos colaboran entre ellos, pero con métodos bien distintos. "Somos seis o siete que estamos siempre alertas. Nos comunicamos por teléfono o, si no, nos comunicamos tirando un tiro para arriba", concluyó Walter.